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Algunas de vuestras redacciones: 1ºESO

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Michelle Maldonado
Erasé una vez una jirafa a la que nombraron Alhaja, que significaba joya, porque, al fin y al cabo, eso era lo que su madre decía que era ella, su joya predilecta. -¿Es bonita, verdad?, le decía a todo el mundo, mientras ella, avergonzada, se sonrojaba, por eso se cambió el nombre. Según ella se llamaba Ray.


Ray era una jirafa normal. Su madre era costurera y su padre, conserje. Un día, mamá que estaba tejiendo un jersey, le ordenó a su hija que bajase al sótano para buscar agujas y de paso le recordó que se abrochase el ojal del pantalón que lo llevaba suelto.


Ray sonrió y bajó. Casi nunca bajaba ella al sótano, pero la orden de su madre la intrigó bastante, porque siempre le había gustado el misterioso sótano, un lugar muy curioso plagado de artilugios y cachivaches.


En el sótano encontró una figurita de un soldadito de plomo en una caja, un cuadro de un tal Ginés, la famosa receta del potaje de su tatarabuela, que nunca revelaba a nadie y otras muchas cosas.


Finalmente decidió no distraerse más, ya que su madre le había dado un recado concreto, pero era bastante imposible ya que habían tantos objetos y cosas maravillosas. En un momento dado otro objeto le llamó la atención. Se trataba de un libro de geografía que la entusiasmó. Siempre le había encantado viajar y con ese libro seguro que aprendería muchos lugares nuevos que desconocía o, eso creía, pues, al abrir sus páginas, se dio cuenta de que no entendería ni la mitad de las palabras. Afligida, decidió preguntarle a su madre, seguro que ella conocía todo aquel vocabulario tan culto.


A su madre le encantó el interés de su hija y le enseñó lo que significaban muchas de esas entradas, con eso consiguió que su hija jirafa aprendiese a hablar de una manera bastante perspicaz. Era su nuevo hobby, un hobby que se basaba en el descubrimiento del significado de las palabras.


Y por cierto, al comprender la importancia del significado de las palabras, desechó su nombre, Ray y comenzó a llamarse “Alhaja” pues ahora apreciaba el nombre que su madre le había puesto y se lo agradecía sinceramente.


Ainhoa Sabater
Había una vez un conserje llamado Raúl. Raúl era un hombre alto, moreno y de carácter bastante simpático. Tenía aproximadamente cuarenta años y lo cierto es que la gente lo apreciaba bastante.


Un día, de camino al colegio donde trabajaba, se encontró con un chaval llamado Ginés. Estaba tirado en una de las aceras y llevaba los ojales de la camiseta rotos.


En cuanto vio a Ginés en esa situación, Raúl fue corriendo. Quería averiguar qué le había pasado. Ginés lloraba e hipaba porque le habían dado una patada en toda la rodilla y estaba disgustado. Unos ladrones lo habían asaltado y le habían quitado la alhaja que había comprado para su novia.


Se había enterado de que ella tenía la intención de romper con él y, como la quería tanto, había decidido comprarle la joya para ver si ella se ablandaba y conseguía que no se rompiese su relación.


Al día siguiente, Ginés llamó a su novia y le pidió otra oportunidad. Como tenía tantas ganas de verla, la invitó al zoo. Quería enseñarle a la jirafa, uno de los animales más alucinantes del parque. Cuando ellos se aproximaron a la jaula la vieron cómodamente devorando un rico potaje de garbanzos y verduras. Entonces el joven, envalentonado, quiso entrar en la jaula y para conseguirlo abrió con una pequeña ganzúa el bombín de la reja.

En su odisea le acompañó su amigo el geógrafo, que en realidad era Raúl, quien, aunque trabajaba como conserje, sabía mucho de geografía y de las costumbres y características de los animales que vivían en África, como las jirafas. Fue una aventura bastante atrevida, aunque muy divertida. Y a su novia le gustó bastante.


Después, ya en casa de Raúl, se encontraron con la madre de este que estaba tejiendo una manta, que era un regalo sorpresa para el geógrafo. La madre de Raúl estaba algo afligida por su trabajo, así que le pidió que dejase el trabajo de conserje ya que se pasaba el día en el colegio y ella hacía que ella se sintiese sola y que no tuviese el apoyo necesario para realizar las tareas. de casa.

El buen hombre le prometió que intentaría salir antes y echarle una mano, pero que no abandonaría su trabajo, ya que era un trabajo muy importante. Gracias a él todo funcionaba a la perfección en el centro: profesores, alumnos, personal de limpieza. Él era el alma del lugar y no le pasaba por la cabeza abandonar un trabajo en el que sentía tan a gusto y donde todo el mundo era amable y respetuoso con él. ¡Ni soñarlo, mamá! ¡El trabajo es sagrado para mí! Por nada del mundo lo abandonaré y le dio un beso en la mejilla.

Era el beso mágico, el beso que siempre daba Raúl para lograr sus propósitos, el beso que le había dado en la frente a la novia de Ginés, antes de pedirle que no abandonase a su novio y el que él mismo acostumbraba a dar a su madre todas las mañanas antes de salir camino del instituto con aquella sonrisa preciosa y un montón de buenos propósitos en la mochila. 

Bruno Durán
Era un día más. Un día normal y corriente y estábamos en el instituto escuchando la clase de valenciano, cuando, de pronto, tocaron a la puerta y entró el conserje:

-¿Están Ginés, Álvaro y Bruno?

El profesor dijo que sí.

-Pues, que salgan un momento, por favor- añadió el conserje.

Salimos del aula y entonces nos dijo:

-Tenéis que ir al aeropuerto de Valencia. El seleccionador de España sub21 os ha convocado para ir a Sudáfrica a jugar un amistoso contra Argentina.

Así que volvimos al aula, cogimos las mochilas y después de informamos de todo, nos dirigimos a nuestras casas para recoger el equipamiento. El mío tenía roto el ojal del pantalón, pero me dio igual. No podía pararme en ese momento a coserlo.

Después me enteraría de por qué nos habían llamado con tanta rapidez. Tres jugadores se habían lesionado durante el entrenamiento y estaban cojos. De modo, que teníamos que sustituirlos.

Llegamos al aeropuerto y allí nos encontramos con el seleccionador y su entrenador ayudante que, en concreto, se llamaba Carlos.

Seguidamente subimos al avión que puso rumbo a Sudáfrica. La verdad es que el trayecto era largo y pesado porque tardamos unas trece horas en llegar. Lo que no me gustó del viaje, fue la comida, ya que nos dieron algo un poco pesado, para unos futbolista. Se trataba de un potaje de garbanzos y en alguna ocasión tuvimos ir al servicio porque nos provocaba flatulencias.

Una vez llegamos al país, nos encontramos con una temperatura asfixiante, ya que hacía un calor terrible. Eso sería un inconveniente, ya que no estábamos acostumbrados a ese calor pero lo superaríamos porque estábamos juntos.

Cuando nos dirigíamos al hotel vimos una jirafa. En realidad, uno de los zoo más impresionantes del lugar, se hallaba a apenas cinco kilómetros del aeropuerto y, a pesar de la valla, era bastante frecuente encontrarse con animales salvajes, que habían salvado el obstáculo de la valla y se movían en libertad.

Me dio bastante grima la ciudad que nos encontramos al dirigirnos al hotel de la concentración. Se trataba de una ciudad bastante pobre que me afligió bastante y entonces pensé en la cantidad de alhajas que podían encontrarse en algunas vitrinas o escaparates de las tiendas caras y en la falta de dinero y necesidades básicas que sufrían los desfavorecidos. Sin embargo, esas ideas no lograron quitarme el sueño, así que por la noche descansé porque sabía que me esperaba un día bastante duro y que todos los ojos estarían puestos en nosotros, los novatos.

A los tres nos pusieron en la misma habitación y, aunque al principio, estuvimos de cháchara, después, caímos como troncos en las camas. Al día siguiente, lo pasamos entrenando para el partido. El entrenador nos explicó la estrategia y estuvo bastante pendiente de nuestros fallos y también nuestros logros y aciertos.

Pronto llegó el día del partido. Ginés y yo empezamos el partido en el banquillo y no salimos hasta la segunda parte. Ya estábamos en el minuto 80 e íbamos cero a cero, así que el entrenador estaba un poco fastidiado por la falta de aciertos ante la portería. Hasta que llegaron los minutos de descuento. Entonces cogí el balón y me dirigí al córner. Cuando el árbitro pitó. Álvaro, Ginés y yo teníamos una jugada que habíamos ensayado en otras ocasiones. Yo le pasé el balón a Ginés y éste lo envió al otro córner donde estaba situado Álvaro. Este se regateó a dos defensas y volvió a pasarle el balón a Ginés, que a su vez me lo devolvió y yo centré. Mi amigo Álvaro, como una bala, cabeceó y metió el balón dentro de la portería. ¡Gol! ¡Gol!- chillaron nuestros compañeros.


El partido había acabado y la verdad es que los tres estábamos orgullosos por nuestra primera victoria con la Selección. En cuanto llegamos a España y bajamos del avión nos encontramos con muchos hinchas que nos felicitaban, además de entrevistas en la tele y reportajes en revistas especializadas. Era un sueño hecho realidad, pero, sobre todo, una puerta hacia el estrellato que habíamos atravesado sin titubear, con paso firme y mucho entusiasmo.

 

  

 

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