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Volver al final, Carlos Quesada

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Volver al final, Carlos Quesada

 

Analiza los procedimientos de este cuento.

Resume su contenido.

Identifica el tema o temas.

¿Cuáles son los momentos climáticos de la historia? Explícalos brevemente.

Define la psicología de los personajes principales.

Identifica en el texto los guiños irónicos.

Un cuento es ante todo sugestión. Explica el desenlace de la historia.

A partir de una situación similar inventa una historia diferente.

 

Recuerdo perfectamente el día que entré por primera en casa de la que es hoy mi mujer. Lógicamente fue un acto oficial, una demostración de serias intenciones, lo que se llamaba una petición de mano. Era domingo y, posteriormente, si todo había ido bien, me sumaría a la mesa a comer paella formando parte de mi nueva familia. No estaba nervioso; no así mi futura novia que llevaba días intranquila, pensado yo que le preocupaba cómo me acogerían sus padres. ¡Craso error! Ella no me había hablado mucho de su familia; digamos que no había entrado en detalles. Aquel día, nada más entrar, entendí que el temor de mi novia se debía a que si yo la aceptaría a ella con todo el pack familiar incluido.

Me abrió la puerta ella, con un semblante de acompañarme al patíbulo. Curiosamente, lo primero que llamó mi atención al llegar al comedor fue una jaula que se encontraba sobre una mesilla, en cuyo interior había un gorrión al que le faltaba una pata. Parecía deprimido,, es decir, estaba estático, por otro lado normal, dada su situación y, al verme, emitió unos píos, que yo interpreté de auxilio. “¡Calla la boca, Tobías!-, dijo una señora “enlutada”, dirigiéndose al ave tullida. Esta señora estaba cosiendo en una mecedora al otro lado de la mesilla, razón por la que no me había percatado de su presencia.- Es mi abuela-, comentó mi “futura”, casi disculpándose. Como en el comedor no había nadie más, aunque se escuchaba ruido procedente de lo que debía ser la cocina, miré a mi novia como preguntándole qué procedía.  Ella asintió y exclamó:-¡mamá, ya ha venido!-. Como respuesta a tan gran noticia, desde la cocina llegó el ruido de un vaso al romperse, cosa que parecía hacerle gracia a la abuela, ya que no disimuló una sonrisa desdentada mientras seguía con sus labores, interrumpiéndolas unos segundos para coger una barra de pan duro que estaba sobre la mesilla, y atizar un golpe a la jaula del pobre Tobías sin que viniera a cuento; o eso al menos pensé yo, porque después del golpe, instintivamente, mi novia miró un vetusto reloj de pared que, en ese momento, marcaba la una. –Ven, me dijo, -te presentaré a mi abuela-.

Me acerqué situándome a una distancia prudencial frente a su mecedora, ya que el vaivén que acompañaba su tejer pareció acrecentarse al notar mi presencia, como si estuviera cogiendo impulso. No pude menos que mirar con temor las largas y amenazantes agujas que nacían de sus axilas, y que parecía dominar como un samurái a su katana. –Abuela, éste es…-. ¡Sé quién es, y a qué ha venido!, dijo, cortando la presentación. Luego, siguiendo con la costura, murmuró: qué te parece Tobías, apenas una niña tu nieta y ya viene el macho cegado por el olor a hembra-. Sorprendido por el comentario (no por el del macho, que otro lado era cierto, sino lo otro) me quedé en silencio desconcertado mirando a la pretendida hembra. La abuela, como si adivinara mis dudas, dijo: -¿es que no vas a presentarle a tu abuelo?-. Yo sabía que su abuelo había fallecido, así que miré alrededor esperando ver el “ente del mencionado” que había venido para la ocasión. Eso hubiera sido menos sorprendente, ya que mi novia, dirigiéndose a la jaula, hizo las presentaciones:- abuelo, te presento a mi novio-. Me di cuenta que la tejedora estaba atenta y me observaba de reojo. Ésa fue la primera vez aquel día que miré hacia la puerta con intenciones escapistas; sin embargo, sonreí, mirando al “abuelo gorrión” y dije: -encantado de conocerle, señor, ¿qué tal está usted?-. Por supuesto, que no hubo contestación, ni siquiera un pío de cortesía. Eso debió molestar a la abuela, porque dejó la faena y se encaró con él regañándolo: -¡pero qué seco eres, Tobías! Tú siempre a la tuya. Es que sólo te importan los amigotes del bar y las mujerzuelas. No, no, es que ya me lo avisó mi madre cuando me dijo que no me fiara de un cojo…-. Poco a poco nos fuimos retirando a lugar más seguro y los dejamos discutiendo. Bueno, la dejamos.

Sentados en el sofá, esperando, yo cualquier cosa, mi novia se explicó. Al parecer, días después de que su abuelo Tobías pasara a mejor vida (sin duda pensé) y que su abuela dejara el pueblo y viniera a vivir con ellos, apareció en la ventana un gorrión al que le faltaba una pata, al igual que al finado. Su abuela, al oír un golpe en el cristal, se levantó de su mecedora, miró a la ventana y anunció con toda naturalidad que su Tobías había vuelto. Y es que en la familia de su abuela materna, la línea que separa la vida y la muerta estaba por definir, al igual que otras extrañas costumbres como romper un vaso cuando se incorporaba un nuevo miembro a la familia. Me estaba contando esto cuando oímos que su madre la reclamaba en la cocina. Al quedarme solo, mejor dicho, en compañía de la abuela –que ya había vuelto a la costura y su grado de reprimendas había quedado en una letanía ininteligible-, me levanté y me acerqué a un aparador que presidía el comedor, y que tenía en su parte superior una exposición ordenada de fotos en blanco y negro.

En una estaba la abuela junto a su Tobías “humano”, de jóvenes. Éste, apoyado en sus muletas, miraba con la misma alegría del que tiene delante un pelotón de ejecución en vez de una cámara. En el resto, sólo había una persona en cada foto. Fotos de marcos oscuros, caras de despedida, de espera. Seguramente las mismas que luego identificarían al inquilino del nicho. Estaba con estas lúgubres divagaciones, cuando, de pronto, escuché el ruido de una llave intentando torpemente abrir la puerta de la calle, Me giré, y esperé como un hombre la llegada de mi futuro suegro.

Nada más entrar al comedor, la abuela exclamó: ¡Anda que viene fino, si es que es igual que su suegro! Debió sorprenderse al verme, porque me contempló extrañado, como si se preguntara qué hacía ahí ese monigote en mitad del comedor. Estaba valorando las posibilidades que tenía de alcanzar la puerta con éxito, cuando pareció recordar algo y me habló. -¿Ya conoces a la abuela…?, me preguntó con ironía, alcanzándome en pleno rostro su aliento de sepionet cervecero. Me la jugué en la respuesta intentado complacerle en el órdago irónico que me había lanzado.- Sí señor, y al abuelo Tobías también. Su hija me los ha presentado (escuchándose la risita explícita de la abuela: ¡Toma ésa!). ¿Cómo lo interpretaría él? Avanzó hacia mí, y, cuando se encontró a la peligrosa distancia del gancho directo… me sonrió diciendo:-si todavía estás aquí, es que mereces una cerveza, anda, vayamos a la cocina-. En ese momento, el reloj marcó las dos y, la abuela, puntual, atizó con el pan duro la jaula de su Tobías.

Han pasado casi 30 años de aquel día y, a partir de mi entrada en la cocina, los acontecimientos están un tanto confusos. Seguramente serían las cervezas que tomé… No obstante, la mirada de mi suegra al verme. Como si yo fuera un inspector de hacienda que fuera a embargarle a su hija, la recuerdo perfectamente. A lo mejor porque es la misma mirada de recelo que me dedicó hasta el día de su marcha. Luego llegarían los dos hermanos pequeños de mi novia, que venían de jugar. Al saber quién era, y como si eso entrara en el programa de bienvenida, me rodearon y me tiraron al suelo en una fraternal pelea, acompañada de las risas de la abuela. De la comida recuerdo el jolgorio, las risas, gritos, cachetes a mis cuñados, discusiones… Todo normal. Cada uno comportándose como si yo no estuviera allí: me habían aceptado.

Tres años después fallecería la abuela y, al día siguiente, apareció Tobías, boca abajo, perdón, quiero decir pico abajo, con la cabeza sumergida en el bebedero. Según mi suegra, un acto sublime de amor, vamos, un suicidio “gorrionero”. Aunque, la verdad, debió morir de forma natural, cogido al palo con las largas uñas de su única pata, provocando el efecto péndulo, y quedando su cabeza en el lugar mencionado. De todas formas, una extraña coincidencia.

La abuela volvió en forma de perra vieja, casi sin dientes, que mi suegra se encontró junto a los contenedores de basura, hurgando en una bolsa de la que sacó una pata de pollo. Cierto es que a ella era lo que más le gustaba de la paella y la chupaba hasta dejar la radiografía. Mi suegra, por si acaso, se la llevó a casa. No había pasado ni un mes, cuando una noche mi suegro salió a tirar la basura, acompañado de la abuela-can, y volvió solo a casa. Que se había escapado,  dijo, fingiendo pesar ante la incredulidad de mi suegra. Se comenta que durante aquella noche se oyó el lamento de un perro, o perra, que cesó una vez pasó el camión de la basura.

Mi suegro, no hace mucho, nos dejó. Se fue para no volver. De todas formas, por el ¿quién  sabe?, siempre tuve presente las palabras que me confió: ¡deja la jaula abierta! ¡Por Dios, deja la jaula abierta! Poco después mi suegra vino a vivir con nosotros. Ella, más apegada a las tradiciones, estaba segura que volvería –aquí debo reconocer que me emocionó el día que fuimos a su casa por primera vez con mi hija recién nacida y rompió el vaso-. La verdad es que no molestaba. Se pasaba el día en la mecedora de su madre, cosiendo, escrutando la vida que se desarrollaba ante ella, pero sin entrometerse. Hasta que un día las agujas se quedaron en la canastilla y la mecedora quedó inmóvil.

-¡Volveré!- Fue lo último que le oí decir. Lo dijo allí, en la cama del hospital. Abrió los ojos, sorprendiéndonos, como contestando a la pregunta que hizo una de mis cuñadas: -¿ya estará muerta?- Y con razón pues llevaba horas inmóvil e inconsciente; bueno, esto último llevaba años. Fue decir eso y marcharse para siempre…

Yo soy un hombre cabal. No obstante, tras su muerte, me fijé en todo bicho viviente con el que me cruzaba, con esa duda inverosímil de buscar vestigios de mi suegra en ellos. Lo más parecido a un encuentro espiritual con ella, sucedió un día que una paloma, al verme, cambió la dirección de su vuelo y me sobrevoló deliberadamente, soltando su cargo sobre mi cabeza. No, no reconocí a mi suegra en esa paloma; pero… y si ella sí me había reconocido.

Hoy ha venido a comer un amigo de mi hija. Todo está tranquilo. No hay abuelas, ni Tobías, ni madre recelosa, ni siquiera las lúgubres fotos que, ahora después de digitarlas en el ordenador, descansan en paz en una caja de zapatos. No habrá bullicio, ni discusiones en la comida. Todo será correcto. Recogeré la paella a las dos en el bar, mientras tanto, mi hija y su amigo están con el portátil, mi mujer en el jardín, y yo, aquí, en el sofá con la prensa a un lado, recordando con nostalgia otros tiempos que no volverán. Acabo de escuchar un grito de mi hija. Voy corriendo al cuarto pensando en la mala espina que me dio el del piercing y, cuando entró, los veo hipnotizados, frente a la pantalla. -¿Qué pasa?-, preguntó, relajando el puño. -¡Mira papá-, dice mi hija, señalando el monitor. Veo la foto en blanco u negro de un rostro que mira receloso. -¿Qué ocurre?-, escuchó decir a mi mujer, que llega alterada. Me cruzo con ella al salir del cuarto.- Nada, que tu madre se ha puesto al día-, le digo con naturalidad, mientras me dirijo de nuevo al sillón. Poco después, veo a mi mujer entrar en la cocina con la escoba y el recogedor. Suspicaz, cierro los ojos y espero embargado por la incertidumbre.

Me parece oír una risa que llega desde la mecedora precediendo al ruido del cristal.

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