Avisar de contenido inadecuado

Verdad reflejada

{
}

 

Verdad reflejada

Nunca pensé que una cosa tan sencilla como peinarse ante el espejo, pudiese ser el detonante de la aventura más alucinante que puede pasarle a una chica de 17 años.

Era dieciséis de enero y yo estaba peinándome frente al nuevo espejo que me habían traído. Si bien se trataba de un espejo que no habíamos pedido, ante la insistencia del repartidor –que repetía maquinalmente- que ésta era la dirección y que ya estaba pagado; de no haber sido por la cabezonería suya, jamás me habría quedado el espejo y nunca habría sabido la verdad. Así que ahí estaba yo, desenredando mi cabello, ante un espejo que  no había solicitado.

De repente vi algo muy extraño. Divisé un reflejo que se movía; mientras yo, permanecía inmóvil, ni siquiera había deslizado un dedo por el cristal. Me asusté tanto que, en un abrir y cerrar de ojos ya me encontraba en el jardín.

Sin embargo, después de reprocharme por el acto infantil que había realizado, volví a mi habitación, quería saber qué era lo que había visto en el espejo: había sido real o simplemente fruto de mi imaginación. Allí estaba otra vez, con la intención de convocar a los demonios si fuese necesario; no podía cerrarle la puerta a la evidencia: si el espejo había reflejado algo, era porque efectivamente allí pasaba algo raro.

Volví a mirar con el corazón encogido por la ansiedad. Al principio me pareció mi propio reflejo, aunque poco a poco me percate de que sus movimientos no eran los míos; es más, el reflejo no se movía al mismo tiempo, copiaba mis movimientos, pero los movimientos no provenían de mis extremidades.

Poco a poco lo fui desenmascarando. La figura tenía los ojos púrpura y muy brillantes, además –lo más chocante de todo- era su tez, plateada, algo que contrastaba extraordinariamente con sus cabellos dorados.

Estuve así mirando, no sabría exactamente cuánto tiempo permanecía abstraída sin saber qué decir o hacer; tal vez por eso, fue la propia imagen la que dio el primer paso. Su voz era dulce, templada y cálida; cualquiera que la hubiese escuchado hubiese pensado que se trataba de un ángel. 

-Ven conmigo, hermanita mía.

Al escuchar su voz, un escalofrío recorrió todo mi cuerpo. No pude gritar, no me llegaba el suficiente aire a los pulmones. Mientras, ella me observaba con semblante serio. Por fin decidí hablarle.

-¿Quién eres? ¿De dónde vienes? ¿Qué haces en un espejo? –le pregunté, aterrorizada.

-Me llamo Marina- se presentó- Soy de otro planeta muy lejano a éste y tú tienes que venirte conmigo, porque eres mi hermana- reiteró.

Cuando terminó de hablar, me quedé pensativa y llegué a una absurda conclusión: ¿Y si era verdad que María era mi hermana? Mis padres –recordé mentalmente- me habían dicho que yo tenía una hermana gemela que había desaparecido cuando era muy pequeña. Entonces, aunque no sería muy lógico, podría ser que la abdujeran los extraterrestres y de ahí que viviese en otro planeta.

-Tienes que volver, estés donde estés. Si eres mi hermana de verdad, papá y mamá se pondrán contentísimos- le dije con una amplia sonrisa, aunque el tono de mi voz era incierto.

Ella no había esperado esa reacción. Decidió finalmente sincerarse, decirme la verdad, era necesario que yo la creyese y sobre todo, que le hiciese caso. Me intentó explicar tranquilamente cómo había sucedido todo.

-Mira la carpeta morada que hay en el armario de la habitación de tus padres- pidió sin que ni un titubeo, disminuyese el tono imperioso de su voz.

Cuando abrí el cajón, me encontré con la misteriosa carpeta morada. Lo que contenía no dejaba lugar a duda. Yo era la extraterrestre y habían sido los que se habían hecho pasar por mis padres, quienes me había abducido. Una gruesa lágrima recorrió mi mejilla cuando supe la verdad. Ahora ya no había marcha atrás. Tenía que irme de allí. Lo peor fue que allí, en mi propia habitación, estaban mis padres esperándome. En cuanto al espejo, este estaba inservible, se había hecho añicos y eso significaba que no podría comunicarme con mi hermana.

Decidí, sin embargo, que no podía seguir allí: en una casa pintada de mentiras y con unos padres que eran en realidad unos impostores. Conseguí  refugio en casa de una amiga. Esperaba, deseaba con todas mis fuerzas, que mi hermana diese con mi nuevo domicilio y pudiese comunicarse conmigo. Pero esa señal no volvió a producirse. Lo único que me quedaba de ella eran unos tristes trozos de aquel espejo roto, un espejo que había hecho añicos mi tranquila existencia: un espejo que atravesaría muy gustosa, aunque al cruzarlo me dirigiese al lado oscuro de la fuerza.

Elena Sánchez, 2º B

 

{
}

Comentarios Verdad reflejada

Deja tu comentario Verdad reflejada

Identifícate en OboLog, o crea tu blog gratis si aún no estás registrado.

Avatar Tu nombre

Los comentarios de este blog están moderados. Es posible que éstos no se publiquen hasta que hayan sido aprobados por el autor del blog.