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Unas vacaciones inesperadas para Ángel IV

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Por fin, la cena. Lara fue colocando los platos encima de la mesa: raciones de carne torrada, patatas de la huerta con bacón y pimientos de piquillo, una fuente con embutido. ¡Todo el mundo a la mesa! –dijo-. Le pidió a su amigo que se sentase y ella se acomodó a su lado, por si pedía socorro otra vez.

Ángel se fijo en la abuela, que a una señal de su marido asintió y dijo con voz más calmada:

–Venga, hijo. No tengas vergüenza, estás en casa de tus abuelos. Seguro que estás hambriento- lo dijo de corrido, sin mirar al chico a los ojos.

Ángel sí la miró, con desdén.

A Dora le roían las entrañas. Se había perdido todo de su nieto: su niñez, su comunión, buena parte de su pubertad.  Los remordimientos oprimían como tenazas… Todas esas horribles cosas que le había dicho a su nuera, todos esos reproches fieros de su hijo; la boda de las apariencias, donde ni siquiera se dirigieron la palabra, el portazo de las despedidas. Kiko apretó su mano para calmarla y los dos se sentaron y se fijaron en Lara, que como siempre, comía como un cosaco. La chica miraba a Ángel de soslayo y le hacía ademanes para que hiciese lo mismo. Desde luego, las apariencias engañan. Ahora ya no lo veía como un memo engreído, le caía bien el niego de Kiko.

Kiko miró de reojo a Ángel y se dio cuenta. Su nieto miraba a Lara, embobado, era gracioso, se había colado por su amiga. Una punzada ensombreció esa alegría aparente. ¿Lo aceptaría ella? Estaba seguro de que Ángel no sabría cómo tratar a Lara. Era tan imprevisible, tan huidiza. ¿Qué pensaría su padre si se enteraba de esto? ¿Cómo se lo tomaría el viejo?

 Cuando terminó la cena, Ángel se atrevió a preguntar a Lara, si podía acompañarla, si vivía muy lejos.

–No- contestó- la chica. Son sólo unas cuestillas… no hay pérdida.  Será divertido, ¿verdad Kiko? Mañana tu nieto será primera plana.

Kiko  también sonrió. Después de todo ese chico era una caja de sorpresas. Le vendría bien un paseo a solas con Lara y lo que comentase la gente le tenía sin cuidado. Mañana ya lo sabría todo el mundo, todo el mundo comentaría que  que había llegado su nieto y  que lo habían visto con Lara, la hija de Ferran, el de la vaquería, caminando solos tan ricamente de noche. La gente sacaría conjeturas equivocadas. Miró a su esposa, que pensaba mandar a su nieto a la cama sin rechistar, pero  cuando notó la intensidad de la mirada no pudo evitar que se ablandase su corazón.

-De acuerdo- sonrió- pero no vuelvas a las tantas, o te daré una tunda con esta mano-. A continuación rompió a reír y esa fue la risa que acompañó a los chicos hasta la puerta.

 Lara estaba sorprendida. Los yayos, dejaban a su nieto en sus manos y ella era consciente de que eso suponía una responsabilidad añadida. La idea de que el chico se hubiese ofrecido a acompañarla, le había gustado tanto,  aunque no quería pensar en ello, ni hacerse ilusiones, ¿y si al chico le gustaba? Furiosa,  desterró ese pensamiento inmediatamente.

 

La noche de Villarrubias en pleno agosto era una noche ruidosa, tremenda.

Todo el mundo salía. Lo que en otras estaciones del año,  eran calles silenciosas, donde sólo se escuchaba el viento y donde el hecho de hallar a alguien que caminase por la noche era motivo de alarma o de que había ocurrido una desgracia; cuando llegaba el verano, eran noches de jolgorio y alegría. La gente se acomodaba a la fresca, sacando sus sillas; los jóvenes del pueblo y los jóvenes forasteros se presentaban unos a otros y se mezclaban, hasta que a veces surgían chispas y todo el pueblo hablaba de las parejas que se formaban. Miles de ojos te observaban en la semioscuridad y las plazas y callejones  se llenaba de algarabía. Unos se saludaban, otros se presentaban y los ya viejos, se entretenían haciendo sus propias quinielas, mirando quién estaba con quién, escudriñando detrás de la cortina de sus puertas, o preguntando abiertamente de quién era el chico que llegaba con la hija de Andrés o cómo era el chico con el que se había del pueblo por la carretera, Pepa, la hija de Jacinto, el peluquero. No había sitio dónde poder esconderse de los ojos de los otros y eso Lara lo sabía muy bien. Así que advirtió a su amigo, nada más salir.

–Te aconsejo que no te pares, aunque te preguntes, ni contestes. Déjame a mí, si no van a freírte a preguntas –. Era el mismo consejo que le había dicho antes, cuando iban a casa del abuelo.

El chico estaba alucinado. Había oído contar de boca de su propia madre, la tontería que existía en el pueblo de su padre, pero nunca había pensado que ésta llegase a ese extremo. La gente saludaba a Lara y luego, lo miraba descaradamente. Lara hacia como si tal cosa, como si su compañía fuese lo más natural del mundo y no aminoraba el paso. 

La calle se empinaba cada vez más y a Ángel le costaba horrores seguir el paso de su amiga, pero lo hacía porque no quería que su amiga lo considerase un enclenque, un tío incapaz de subir unas cuestecillas como aquellas, que sí que tenían delito, pues ya iba con la lengua fuera. La chica estaba en su salsa, caminaba con garbo, sin percatarse de la gente; mientras que él se sentía como un pez fuera del agua y cada dos por tres bajaba los ojos y se ponía rojo de la vergüenza. Hasta en que un momento dado apretó los puños y la rojez de su rostro se transformó en rabia contenida.

El grupito de la mañana bajaba canturreando por la cuesta. Todos parecían entonados y además Carolina iba con ellos. Lara se puso sería al ver a Iván con ellos, el chico con el que había salido el verano pasado. Su romance había corrido todas las casas del pueblo, hasta el punto de que su padre, le había dado una paliza que ella había borrado, como todas las otras que le daba de vez en cuando. Mientras se acercaban, Iván miraba a Ángel y Ángel, en un momento dado,  se percató de esa mirada furiosa. Observó a su amiga, y vio que ella también lo miraba.

–Vaya, vaya – dijo Carolina – ¿Qué?, haciendo migas con el nuevo-. Toda la pandilla comenzó a reírse–. No hacía falta ser un as para saber lo que estaba insinuando.

–Fíjate, Iván, tu ex ya tiene con quien consolarse –. Iván observó al nuevo. Iba muy modosito, tenía una cara de pijo, que no se la quitaba ni Cristo. Ahora resultaba que el macarra, como le llamaban los otros con desprecio, era un niño pijo, pues sí que lo había disimulado.  Lanzó un escupitajo que fue a parar a los vaqueros nuevos, esos a los  que Ángel tenía en tanta estima.

– Oye tú,  ten más cuidado.  No vaya a darte una colleja –. Ángel se aproximó lentamente y se encaró al nuevo. Frente a frente hasta sus alientos se confundieron.

Iván,  que quería hacerse el machote frente a Lara, subió todavía más el tono de su voz. A él nadie le había birlado la novia antes, y aunque no salían ya, seguía colado. No soportaba verla con ese mamarracho.

–Mirad, cómo me vacila el nuevo. No sabe con quién se la juega.

Lara lanzó una mirada de ira a Carolina, quien se la devolvió multiplicada. La Lara de la vaquería era una pobrecilla, que a todos daba pena.  El año pasado había caído muy bajo, al quitarle a Iván, y ahora sería ella quien le haría la vida imposible… Lara y Ángel… ¡Imposible! Ella lo había visto primero, esta vez no lo consentiría.

            Lara sintió miedo. Ángel se había contenido por la mañana, pero ahora no parecía dispuesto a escucharla. Además ella los conocía y sabía que no se lo permitirían. Le habían echado la cruz y buscaban bulla. Ángel no tenía ni idea de cómo eran ni de hasta qué punto podían jugársela. Cuando Ángel estaba frente a Iván, este hizo un gesto y saco su navaja. Su hoja produjo un ligero brillo en la oscuridad.

 Ángel no se achicó. Hizo el mismo gesto… y entonces se dio cuenta de que no la llevaba. Nunca pensó que necesitaría la  navaja en el pueblo de sus abuelos. Optó por empujarlo y después le lanzó un derechazo con todas sus fuerzas. El otro, que no se lo esperaba, cayó al suelo. La navaja botó de  sus manos; lo que  aprovechó Ángel para cogerla al vuelo y con ella en mano, se dio la vuelta y comenzó a ascender la cuesta, sin dignarse a mirar a su oponente, que le pedía que se la devolviera.

-¡Ni lo sueñes, chaval¡ -dijo-. Ahora es mía. Y te aconsejo que no utilices una como esta, si no tienes agallas-. La cerró. Lara echaba chispas. Se acercó a Iván y soltó aquellas palabras, que se clavaron como puñales.

-¡Nunca serás un hombre!-. Iván estuvo a punto de darle una bofetada sonora. Se la merecía. Alzó la palma. Miró a Ángel, pero éste ya le había dado la espalda. Y entonces Carolina, que había dejado de reírse decidió que era la hora de las paces.  Le brillaban los ojos otra vez.

            – Esta bien, se acabaron las peleas-– se creía que mandaba ella – Hagamos las paces. ¿Por qué no venís tú y Lara  el domingo? Será divertido, Ángel. Te presentaré a todos. Iremos al río Ojudo a bañarnos. El sábado, a las cinco. Si venís, nadie se meterá con vosotros, palabra de honor.

            Iván cruzó los dedos por detrás, por si las moscas.  

            -¡Ni lo sueñes¡- contestó Ángel. En torno a ella, giraban todos, como las moscas a la mierda, pero él no iba a caer en su trampa.

            Carolina, por su parte, miró a Iván, que no daba crédito a lo que estaba escuchando, abrió los ojos como platos. ¿Cómo? ¿qué? Luego miró a Lara… Era tan tentador tenerla cerca otra vez. Si fuesen a la excursión podría gastarle una gorda a ese gilipollas. Después de todo, no era mala idea.

            Carolina interrumpió sus pensamientos, estaba sulfurada:

-¿Cómo has podido ser tan estúpido? Me lo has asustado, hombre. Ahora me será más difícil pillármelo para mí. Hay que ser idiota para sacar la navaja y que te la roben…como a la novia.

            Con la cara como una grana, Iván estuvo a punto de soltarle una hostia. Se contuvo cuando se dio cuenta de que el tío le ponía a cien.

- ¡Bah¡… tías – se dijo. Está coladita por ese. Bueno… pues ya veréis cómo le pongo pronto la cara hecha un mapa, ni siquiera tú, Lara, cariño, vas a reconocerlo.

Y otra tía de la pandilla, que estaba colada por él, apuntilló:

– ¿Estás loco o qué? Mira que sacar una navaja. Ya tendrás tiempo de vengarte y de atizarle si quieres de lo lindo. Pero sé legal, tío. Nada de armas ni navajas, si quieres seguir en nuestra pandilla –. Todavía llevaba el susto en la cara.

Ángel la vio bajar contoneándose como una fiera. Desde luego  ¡qué carácter tenía¡ Pero era corta de mollera, una cerda, más tonta que el bote. Mientras  decía todos los insultos que le pasaban por la cabeza,  Lara entendió que el chico le ocultaba algo;  qué tenía que ver con el autobús, intuía. Nunca había visto a Carolina tan dispuesta a tocarle las pelotas de esa manera. ¿O se la tenía jugada o estaba coladita por sus huesos? Si no sabía de qué iba la cosa, no podría ayudarlo. Lo miró pero se dio cuenta de que éste se fijaba en el movimiento de caderas de la otra.  Que no le gustara no significaba que la tía no estuviera buena, o que no pudiera quedarse mirándola embobado. A Lara se le encendió la sangre.  Esa se había enrollado con medio pueblo, pero siempre – no sabía muy bien  cómo- conseguía quedar indemne, siempre era por culpa de los tíos. La putilla quedaba indemne, sin mancha. Se lo montaba bien. Su madre siempre la creía, la trataba de ingenua en esos casos, incluso delante de otras personas. ¡Pobrecilla!, murmuraban los vecinos, hay cada sinvergüenza suelto por ahí.  Sin embargo, en su caso, sólo una vez se había interesado por alguien. Sólo una se había enrollado. Y ocurrió con Iván… Ni siquiera entendía cómo había podido hacerlo.  Todo el pueblo había murmurado a su espalda. A ella sí  la habían linchado de lo lindo. Encima, el muy cerdo,  se atrevía a mirarla con aquella cara, como si todavía tuviese algún derecho sobre ella  y eso que ella se lo había dejado bien clarito. Después de todo lo que había pasado, del bulo que él mismo corrió (y, que era cierto) no quería volver a verlo nunca más.

– Lo siento, Lara – dijo Ángel –.Ese idiota me ha sacado de mis casillas –. Lara se quedó mirando, triste por el espectáculo que habían dado los dos. Luego pensó en Carolina, todo había sido culpa de ella.

            –. Ten mucho cuidado, Ángel. Ella es una mala pécora y estoy segura de que hará todo lo posible por hacerte la vida imposible. Además, te has ganado un nuevo enemigo. Iván. A partir de ahora, créeme, te la tiene jurada.  

–.Gracias por el consejo, pero sé sacarme las castañas del fuego. No te preocupes tanto. ¿Salisteis juntos? –preguntó, intentando quitarle hierro al asunto.

 –Sí, el verano pasado. Pero lo dejé porqué….Sintió que se avergonzaba sin motivos.

–        No me cuentes nada, Lara. Te entiendo. Hay mucho cerdo por ahí suelto.

El resto del trayecto lo subieron en un silencio embarazoso, hasta que al fin, se divisó la casa.  Ángel no recordaba muy bien la de callejuelas que había atravesado para llegar hasta allí. La bajada sería menos penosa, primero a la derecha, luego, quizá a la izquierda y siempre hacia abajo.

 

 Lara  sintió que algo  no iba bien y se despidió de Ángel, con rapidez. El chico la notó muy nerviosa repentinamente, mientras le decía adiós con la mano. Al principio pensó que había sido culpa suya, por haberle preguntado lo de Iván. A su amiga se le notó que no quería hablar de eso,  por eso se había marchado tan seria, contrariada por lo que había pasado unos segundos antes. Seguramente si él no la hubiera acompañado no habría pasado nada.   Vaya día había tenido. Parecía que iba a terminar divinamente, pero no…tenía que hacerse el machote y fastidiar el final. Más le habría valido haberse ido a la cama, sin chistar, como quería su abuela.  

 Iba a marcharse cuando escuchó un golpe. Una voz atronadora recriminó al alguien y Lara echó a correr hacia la casa, mientras se le saltaban las lágrimas. El chico iba a seguirla, pero un perro gigante le salió al quite  y lo detuvo. Sus rugidos rabiosos se le metieron en la sien y bajó la cuesta a toda carrera, como alma que lleva el diablo. Pensó que el animal se abalanzaría sobre él, pero lo único que lo siguió fue su propia sombra aterrorizada.

 AlbarracínSu amiga se había quedado allí. Estaba seguro de haberla oído chillar, y también de que tenía que hablar con el abuelo.  No podía quitarse ese grito de su cabeza. De pronto estaba ante el abuelo. Este soltó el puro del susto que se dio cuando vio a nieto bajar por la cuesta como una flecha.

–Abuelo – dijo entre jadeos- alguien le está pegando una paliza a Lara –.  El susto del chico era terrible, su miedo le golpeó en la cara.

– Un enorme perro se abalanzó sobre mí, dispuesto a morderme. De pronto oí  una voz. No sé cómo pero el perro dejó de perseguirme. He salido corriendo de la casa, pero ahora tenemos que volver, ¿no consentirás que le hagan daño a Lara?

– El viejo Ferrán, otra vez. Seguro que se ha emborrachado.  No podemos ayudar a Lara, ahora; pero te prometo que subiré y hablaré con él.

La mirada del chico se ensombreció.

–Abuelo, no puedes permitir que le pegue. Si no subes a hablar con él, lo haré yo –dijo, decidido.

–No sabes lo que dices, hijo. Ferrán no es un hombre cualquiera. Haz hecho bien, bajándote. Puede romperte las costillas, si se lo propone.

–Pues aún con más razón, ¿no crees?  

 –A Lara no le hará nada. Estoy seguro de que no ha sido a Lara a quien ha pegado.

Kiko dejó a Ángel con la duda. Si el chillido que había sentido no era el de su amiga, ¿de quién era? ¿Quién había gritado de esa forma tan terrible? 

Apesadumbrado miró al abuelo, pero este no estaba dispuesto a dar su brazo a torcer y le mandó a la cama sin contemplaciones.

–Será mejor que te acuestes, chico- dijo – Mañana te espera un  día duro y no quiero que te duermas en los laureles. Tu abuela dice que te llamará a las siete. Espero que seas consciente de que  aquí no permitimos demoras. Aquí no estás en la ciudad. Deberás ayudarnos y también te espera Lara, le prometí que acudirías a la vaquería a las 8. No te preocupes – añadió – yo te acompañaré: Mañana conocerás a su padre y podrás averiguar lo que pasó anoche, ya verás cómo no todo es tan terrible. No creo que el viejo Ferran haya pegado a su hija, pero si eso ha sucedido – alzó el puño y crispó los nudillos- tendrá que vérselas conmigo. Lara es como una nieta para tu abuela y para mí, me alegro tanto de que os hayáis hecho amigos.

La perspectiva de levantarse a las siete de la mañana no le hacía ninguna gracia, pero luego pensó en su amiga. Pobre Lara, si su padre le había pegado, lo averiguaría. Esa chica era su tabla de salvación, casi sin conocerlo le había salvado; era una chica excelente y él estaba dispuesto a devolverle el favor. No estaba dispuesto a tolerar que ningún hombre, por muy padre que fuera, le pusiera la mano encima, y mucho menos cuando ella no tenía la culpa de nada. Si había llegado tarde a su casa había sido porque quería estar con él, ¡con él! ¡Él tenía la culpa de su retraso!

Estaba convencido de que ella se había quedado muy a gusto, quizá había cometido su mismo error: se había olvidado de avisar a su padre y éste se había asustado por su tardanza, pero de ahí a ponerle la mano encima… Y si –como decía su abuelo- no había sido ella la que había chillado, ¿quién había sido? ¿Quién había chillado de esa forma tan espantosa?

Aghata

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Comentarios Unas vacaciones inesperadas para Ángel IV

Gracias Aghata,
Voy un pelin atrasada en leerte,,pero voy poniendome al día,,
Y sigo repitiendo lo que siempre digo...aquí siempre se aprende.
Un forte forte abraçs
lerna Lerna 19/02/2010 a las 19:34
esta bien bonito y lo vere mas
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lucy lucy 26/02/2010 a las 02:48

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