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Unas vacaciones inesperadas para Ángel I

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<<Menudo rollo>>, pensaba Ángel, mientras se dirigía a su cuarto para hacer la maleta. Que sus padres quisieran hacer un viaje para celebrar su aniversario no le parecía mal, es más, se lo merecían; pero que lo dejasen tirado como una colilla en casa de sus abuelos, era un castigo a traición, no se lo esperaba. Si él hubiera sabido que lo castigarían por no haber aprobado  seguramente se habría esforzado más, pero ahora todas las lamentaciones eran inútiles. El castigo no era negociable.

–Nosotros no nos vamos a fastidiar más –. Le dijo su madre muy seria la tarde anterior. -Ya te dije que este año volvíamos a Italia,  y que espabilaras si te querías venir. Te has pasado todo el año haciendo el vago... Bueno, pues, ahí tienes tu recompensa.

Estaba claro que tenía su parte de razón, pero…

–Vale, vale, ya entiendo la indirecta. Decid que queréis ir solos y ya está. Me las puedo apañar yo solito, tan ricamente.

– ¡Ni hablad! – La cara de Jaime se sulfuró-.  No tienes vergüenza.  ¿Crees que estoy tan loco como para dejarte todo un mes en casa, solo, a tus anchas para que hagas lo que te venga en gana? Que no se pase por la cabeza.

–Pero…pero... Si no pienso hacer nada malo. ¿Acaso  creéis que  en vuestra ausencia  pienso traer aquí toda la  marabunta? No se me ocurriría….

–Nada. Ya está todo decidido. He hablado esta mañana con el abuelo y mañana sales en autobús. Dice que te va a llevar más derecho que una vela. ¡Ah!, y te ha buscado una profesora para que te dé clases de repaso.

– Lo que faltaba. Encima, como si no tuviera ya suficiente castigo con el viajecito.

Su cara era todo un poema. Mientras sus padres se iban nada menos que a Italia a disfrutad de lo lindo, él estaría empollando en el pueblo, con un abuelo cascarrabias merodeando alrededor de él todo el rato y una profesora que ¡vete tú a saber¡ seguramente lo llevaría frito con los deberes. ¡Un panorama estupendo! Mientras subía a su cuarto, se giró para ver la  cara de circunstancias que ponía su  madre. A ella tal vez, con un poco de mamoneo podría convencerla, pero, ¿a su padre? ¡No! Su padre parecía haber cerrado  la puerta a  las negociaciones. Para él, el asunto estaba zanjado.

De pronto sonó el teléfono. Ángel subió los peldaños que quedaban de la escalera como una flecha, agarró el auricular y…

–No te preocupes. Su voz sí que le sonaba, la había escuchado otras veces, con impaciencia decidió espiar lo que decían –. Ángel estará bien  Tengo tantas ganas de verlo. Me parece increíble. Hace tantos siglos que no venís por aquí. Es una vergüenza que no conozcamos ni a nuestro nieto.

Jaime ignoró el comentario sobre sus  visitas, aunque decidió hablarlo con Gloria, él también deseaba reencontrarse con sus padres, después de tantos años. 

–No le pases ni una. Es muy listo. Puede hacer como que estudia y estar escuchando su CD favorito o dibujando caricaturas en el libro de texto. ¿Es verdad que has buscado a alguien que le de clase? Ten en cuenta que es bastante brusco con los desconocidos. No es fácil conectar con él y mucho menos que te haga caso.

Vaya, << sí que está poniéndome verde, mi padre…>>. Era cierto que pasaba de todo, que no había movido  ni un dedo en clase, pero… tampoco era para tanto. ¿Y si para fastidiarlo hacia algo bien, para variar? Con tal de llevarle la contraria.

–Sí, es una profesora joven que trabaja como Interina, en Valencia. Viene todos los años al pueblo. Una chica estupenda,  muy maja, que siempre que  ha dado clases de refuerzo ha dejado muy bien sabor de boca en el pueblo y que además es amiga mía. Dicen que es maravillosa, que conecta con los chicos estupendamente. Ya verás como a Ángel le gusta.

– ¿A ese? Con mi hijo lo único que funciona es la mano dura. El no pasarle ni una.  ¿Hacerse su amiga…? Adviértele que eso no le funcionará con él. Dile que se ponga en su sitio de primera hora o perderá el tiempo y se desesperará.

– Bueno, bueno. Ya verás…Ten un poco de fe, hijo. No puede ser tan tremendo, Mañana en cuanto llegue te llamo. Además, aquí no hay ni play, ni Internet, ni todas esas cosas que tanto les gustan a los chicos,  no le queda otra que hacernos caso, a su abuela y a mí.

Ángel dejó a los viejos conversando y colgó, malhumorado. Estaba hasta las narices… Sacó su bloc de dibujo y se puso a hacer una  caricatura de su abuelo, mirando una foto que este había enviado un año para navidad. La dibujó con rabia. Acentuó el mentón, le colgó más arrugas de las que tenía, forjó una mueca y le hizo los ojos bizcos. Luego la firmó con su nombre de guerra, Kenya. Río. Se la llevaría al abuelo. Ese sería su regalo de bienvenida.

No tenía ganas de meterse en el Messenger, pero quería hablar un rato con su amigo porque estaba ¡de un bajón¡ Marcó su número con impaciencia, rezando para que no estuviera hablando con ninguna chica ni con cualquiera del grupo, porque entonces podía pasarse una hora con el dedo pegado a las teclas.  

¡Oh, no¡ Su amigo estaba hablando con alguien. Llamada en espera. Había sucedido lo peor…Se tumbó en la cama e intentó concentrarse. ¡Venga, Dani!-pensó-, coge el dichoso móvil… Cuando ya creía que no podría despedirse, ¡bingo¡ Sonó  esa musiquita que tan bien conocía y que le supo a gloria. Al menos podría desahogarse con alguien.  Al fin, una voz amiga.

– ¿Qué tal estás? – dijo con impaciencia –  ¿Ya sabes lo de tus padres?

-Sí, ya es oficial…Se hizo un silencio doloroso –.Me largan al dichoso pueblo.

–Pues vaya putada que te han hecho. Bueno, piensa en positivo tío,  a lo mejor no es tan grave.

Al otro lado del hilo Ángel pensaba que sí que lo era. Sería el peor verano de su vida. ¡Estaba tan convencido! Dani esperaba que su amigo hablase como una cotorra, como siempre, pero en esta ocasión sólo se escuchaban sus bufidos de disgusto. El, por su parte, había tenido mucha más suerte. Lo había sacado todo, peladito. Incluso Lengua. Menudo favor le había hecho Ana, y todo por haberse molestado en leerse el libro de lectura, suponía.  Por el contrario, su amigo había tenido la negra…

– ¿Por qué no les preguntas si te dejan venirte conmigo?  Tal vez si mi madre hablase con la tuya, quizá… ¿No crees que podría convencerla?  Déjame al menos intentarlo.  Tú y yo, en el apartamento de Cullera, sería genial, ¿no crees? Nos lo pasaríamos pipa, aunque tuvieses que estudiar.  

–Es inútil tío. No hay nada que rascar. Ahora mismo voy a comenzar a sacar trastos y dejarlos preparados para mañana. No merece la pena que tu madre hable con ellos, porque no me van a dejar. Me la han jugado, chaval.

–A lo mejor no es tan grave. Piensa en las tías buenas  que puedes conocer. No estás cansado de ver siempre a las mismas pijitas. Y si te cae una tía como llovida del cielo, un  ángel de la guarda  y luego no te  quieres volver, ja, ja, ja –.

–No te cachondees, Dani,  yo no le veo la gracia…Eso sólo pasa en las pelís plasta, esas que ni tú ni yo soportamos. ¿Una tía del pueblo? Tú estás de coña, chaval. Seguro que son interesantísimas.

–Nunca se sabe… Recuerda lo que le paso a Iván.  Se fue mosca al pueblo con sus padres y volvió alelado con la Gema esa, que no había quién se la quitaba de la cabeza.

Y este año se ha vuelto a ir, porque estaba deseando verla.

– Sí, claro. ¿Y tú no te enteraste de que le puso los cuernos con otro?  No gracias. No quiero complicaciones. Yo no soy como él. No me dejo camelar tan fácil por ninguna tía. Además parece mentira que no lo sepas. Las tías de pueblo son unas aprovechadas. Cuando llegas, venga mimitos…Y después, si te he visto no me acuerdo. No me cuentes milongas – Dani notó como incrementaba el tono de su voz y se dio cuenta de que no había manera…Ni con sus bromas iba a animarlo. ¡Vaya tela, cómo estaba de hecho polvo su amigo¡

Entonces escuchó el tono exasperante de su madre, que estaba harta de que no dejase el teléfono. Se pasaba el día… en el Messenger…o con el dichoso móvil. Decidió colgar porque se la podía cargar.

–Bueno, tío, te tengo que dejar, que si no mi madre… Si algún día te encuentras mal o no sabes qué hacer,  me llamas y charlamos ¿vale? Y no te calientes tanto la olla, ya verás cómo te lo pasas bien, te lo digo yo, lo presiento  Y ya sabes que nunca fallo. Venga, piensa en positivo, y si quieres hablar, me pegas un toque.  

–Lo mismo te digo, chaval.

Colgó. Sí que tenía guasa el asunto. Sólo le faltaría que se cumpliese la profecía. ¡Bah! Estaba convencido de que eso jamás sucedería. Estaba convencido de que una tía de pueblo y él nunca congeniaría. Ya se desvestía, cuando oyó la voz de sus padres que discutían en el salón.

–Ya te lo he dicho. No pienso volver allí. No soportó su  tontería, el que te miren por encima del hombro, como si fuese un bicho raro. Ya sabes lo que pasó.  Tu madre me lo dijo bien clarito, dijo que era una cualquiera. Nunca en mi vida lo he pasado peor.  No pienso tolerar otra vez  que me insulten y menos… delante de mi hijo.

–Pero papá me dijo que lo sentía, que estaban equivocados. ¿Por qué no puedes perdonarlos todavía? Todos cometemos errores y nos equivocamos. No vamos a quedarnos un mes, sólo iremos  a recoger a nuestro hijo, y a verlos. Un par de días…No más. Hace siglos que no veo a mis padres. Se van a morir y no voy ni siquiera a poder despedirme. ¿No crees que ya está bien de tantos rencores? – Estaba claro que papá quería ver a los abuelos, pero mamá… ¿Por qué mamá no quería ni verlos? ¿Qué podría haber sido tan terrible para que le negase  a ir a casa de los abuelos? Mamá, que siempre le decía a todo que sí. Ahora parecía inconmovible. Papá no sabía  qué  decir para convencerla.

  No sé lo que le dijo papá, pero al final le dijo que sí, que sí que irían. Papa consigue siempre convencerla  y eso me daba rabia.   Tal vez pensó en su dolor, en los años que hacía que no los veía. ¡No lo sé¡ Pero al final la oí, asentir.  Tal vez, por lo del viaje. Supongo que pensó que  no tenía derecho a negarle eso. Papá había organizado toda una segunda luna de miel para ella y eso era de agradecer, aunque el dinero hubiese salido de las ventas de mamá.  Reconocí que la idea de que se fuesen a Italia solos, sin mí, en realidad no me molestaba. Lo que sí era cruel era que no me dejasen ir con Dani o quedarme en casa. El tener que tragarme cuatro horas de viajes para ir al pueblo, eso me irritaba. Pero lo que más me había irritado había sido oír a mi padre, mientras hablaba con el abuelo. Mi propio padre, poniéndome verde, previniendo al abuelo, multiplicando mis fallos. ¿Qué se había creído él? Que yo no era capaz de comportarme en casa de unos desconocidos. En eso se equivocaba. Yo, ante los desconocidos, nunca sabía muy bien cómo comportarme o qué decir. ¡Qué poco me conocía! Verdaderamente estaba hecho un lío. ¿Qué pasaría? ¿Cómo sería el pueblo? ¿Tendría piscina? ¿Y los yayos?  ¿Me tratarían bien o me harían la vida imposible? No…No creo que me hiciesen la vida imposible. Al fin y al cabo, yo era su nieto, y siempre los abuelos se lo consienten todo a sus nietos. ¡Ojala estos también lo hicieran!

 Por la mañana, Ángel lo metió todo en la bolsa de viaje. Era ya un poco tarde. Sin que su madre lo hubiera visto, se había guardado en el bolsillo de detrás del pantalón la PSP, y para disimularla se colocó una camiseta por encima. No le estaba permitido llevarse la play, ni tampoco la PSP ni sus juegos, por eso escondió lo que pudo y rezó  para que sus padres no lo descubriesen. Había cogido como juego,  Assassins. Cuatro horas de viajes podrían resultar insoportables, con toda la calina si no tenia en qué entretenerse. Por otra parte, así se prevenía.  Sus padres ya le habían dejado claro que allí no gozaría de los privilegios de la ciudad. En casa de los abuelos, no había ordenador. Haciendo una concesión sobrehumana le dejaron llevarse el patín y también un casco para la bici, ya que el abuelo les había asegurado que tenía un par de bicis, que las engrasaría y así podría cogerlas… ¡a funcionar! Seguro que eran unas antiguallas impresionantes. Metió toda la ropa apretujándola de mala manera en el fondo de su bolsa. Una vez colocada, sitúo de forma bien visible, para que su madre que no se dejaba nada, los dichosos libros…Cuando al fin, parecía que no se dejaba nada, todo lo había guardado ya, subió ella,  vio el desastre que estaba haciendo, casi le da un patatús.

–Pero, bueno…No tienes remedio, hijo. Lo del colegio mételo, aparte. Y no te dejes nada importante. Acuérdate del diccionario de inglés y de meter el libro de lectura de lengua. ¡Ah! y arregla la ropa si no quieres que llegue tan arrugada que mañana parezcas un adefesio al ponértela y  comenzó a sacarlo todo con suma paciencia, para volver a plegarlo…Lo que él había hecho era faena en balde.

       -Las zapatillas de deporte, las sandalias para la piscina…todo eso en una bolsa aparte, hijo. ¿Cuántas veces voy a tener que enseñarte a arreglar tu ropa! ¡Ya tenías que haber aprendido!

 Sólo  le quedaba una cosa por guardar. Pero esperó a que su madre y entonces los cogió.

Sus tubos de spray, algunos de sus rotuladores…Nunca se sabía lo que podía pasar. Quizá hubiera alguna pared hecha polvo y pudiera practicar. Además allí no estarían sus padres para echarle continuamente el puro, e impedírselo. Eso sí, los colocó a conciencia, fijándose bien  de no dejar ninguno abierto…no fuera a ser que se manchase la cartera o el resto de los libros y entonces sí que tendría movida. ¿Y si se manchaba el libro de lectura de Lengua? ¡Menuda tragedia! Su profesora,  pondría el grito en el cielo, como si la viera. Era más plasta…con las lecturas. Para ella, todas eran super guay, muy entretenidas… ¡Qué sabía esa lo que les gustaba! ¡No tenía ni idea! Siempre  la misma cantinela. Nunca –decía muy seria- recomiendo un libro que yo misma no haya leído. Se jactaba de haber leído montones de libros de adolescentes.  Cuando se enrollaba sobre ellos…era  para echar a correr. A veces saltaba de uno a otro sin venir a cuento y entonces, ya estaba el lío armado. Entonces ya la clase desconectaba del todo y cada cual iba a la suya. Estaba más loca que la una. Incluso quiso convencerle a él, que no he leído dos páginas seguidas en mi vida. Hasta le dejo un libro suyo.

– A lo mejor a ti no te gusta, pero…en fin. No me lo pierdas, ni me lo rompas, que le tengo mucha estima –. Me dijo en cierta ocasión, después de dejarme un libro –.

Me quedé sin respuestas, sin saber qué decir para quitarme el muerto. Pero no pude…No me dejo. Me lo tuve que tragar. Ese tipo de profesoras, son medio psicólogas por dentro y van a por ti, hasta que te desmoronan. Hasta que es literalmente imposible decirles que no. Su cara sería todo un mapa. Y qué cara ponía,  sería un sacrilegio…no haberle aceptado el favor. Al menos su madre no se gastaría pasta, y vería que de vez en cuando abría el libro y hacía como leía. Pero no me lo leí. . ¡Por diós! Si  todo lo más que había leído eran los trucos de los juegos; bueno, y algún que otro Manga.

  Estaba satisfecho de haberles metido la gamba a sus padres, así no se amuermaría en el autobús. Su PSP, cómo iba a dejársela. Sus padres eran inhumanos. Cerró la bolsa y esperó que asomasen la cabeza y le diesen el visto bueno.

Cuando su padre fue a por él, se le quedó mirando… con una cara. Vaya unos pantacas que se había puesto. Unos vaqueros muy desgastados, llenos de rotura y medio deshilvanados. Su madre había puesto el grito en el cielo cuando dijo lo que le habían costado. Además llevaba su camiseta negra, sin mangas. Como un guante, le sentaba. Le daba un aire…Hala, rebelde total. También se puso su muñequera de pinchos y una gorra que se había comprado el año pasado, en el viaje de fin de fin de curso y que guardaba, como oro en paño.

– ¿Quieres ser el hazmerreír del pueblo, nada más llegar, hijo?– Papá me miraba de arriba abajo, se estaba riendo en mi propia cara.

 – ¡Déjame en paz¡ Sólo faltaba que no pudiera ni ponerme lo que me venga en gana. ¿Tampoco puedo ponerme lo que me gusta?

– ¡Allá tú si quieres que te señalen con el dedo nada más llegar!

–  Lo que digan esos paletos me la bufa.

– Te recuerdo que vas a tener que aguantarlos dos meses. No te aconsejo que vayas dando la nota por el pueblo. Tú no sabes cómo es la gente allí.

–  ¡Huf¡ ¡Qué miedo me dan¡ –.

Le importaba una mierda lo que pensasen. Era mejor enfrentarse a ellos. Papá estaría pensando que me daría de bruces…Ahí va el nuevo,  un forastero. Un forastero nuevo en aquel pueblo de mierda debía de ser todo un acontecimiento. ¿Cuántas casas tendría? 400, 500…Bueno, pues todos a por mí, ¡qué más daba¡   Papá bufaba, por el desastre del cuarto. Su hijo, en su innata rebeldía, se había vestido de una forma tan desproporcionada que parecía llevar un cártel a la espalda, ese muñequito que se coloca el día de los inocentes, bueno, era lo que él quería…No pensaba decirle  nada. Salvo…

-Sólo voy a decirte una cosa- mudó el gesto y se puso serio-. Como el abuelo tenga que molestarme en pleno viaje para decirme que no te comportas, que no les ayudas o simplemente que no estudias; te prometo que cuando regresemos tu madre y yo  vamos a plegar esta tienda de campaña que tienes en tu cuarto, se te van a acabar todas las tonterías y vas a vivir encerrado como un ermitaño en un monasterio. .

Aunque esas palabras no era la primera vez que las oía, y siempre volvían a las andadas levantándole el castigo y haciendo concesiones progresivamente; esta vez notó, por el tono encrespado de su voz, que la cosa iba en serio. Decidió, no obstante, probar a mantenerle la mirada.

-Ya lo sé, papá. No hace falta que continúes todo el día con el retintín, que no soy ningún monstruo. Sólo soy un adolescente prepotente y maleducado, como dice la psicóloga. No hace falta que me vengas tú, con la misma monserga.

Su padre crispó los nudillos de su mano. Decidí que no debía echar más leña al fuego.  

-Está bien, está bien – dije, apartando con rapidez la cara de la trayectoria de su mano-. Intentaré ser un buen chico. Te lo juro.

-No jures en falso, chico.  No me hace ninguna gracia. Has sido tú, quién te has tirado solito a la piscina.

En ese momento apareció Gloria. Tenía los ojos humedecidos y se notaba crispación en su mirada.

-Haz el favor de comportarte en casa de los abuelos. No quiero tener problemas con los viejos –.  En su fuero interno le dolía tener que dejar a su hijo en aquella casa de la que sólo recordaba los gritos, la desesperación de su suegra dispuesta a clavarle las uñas, la mirada del viejo carcamales que observaba cada uno de sus pasos y todo lo que hacía le parecía mal, innecesario o desproporcionado. Su esposo le pasó el brazo por encima del cuello, como intentado desentumecerla, que se aliviara y, a continuación, cogió la maleta de su hijo.

– Pero ¿qué llevas aquí?…Ni que te fueses para un año –. Dijo a modo de reproche, al intentar alzar la bolsa..

- Mamá me ha visto colocarlo todo y está conforme- me excusé. Papá giró su cara para mirarla. Era incorregible. Su hijo siempre hacía con ella lo que le daba la gana  y ella se lo consentía todo; aún así decidió que no era momento de discutir y se encaminó hacia la puerta no sin antes echar una mirada al desorden del cuarto. ¡No hay manera! ¡Ay, papá, qué dios te pille confesado!-, añadió en voz alta.

Una vez en la Estación de Autobuses,  y mientras su marido se dirigía a sacar un único billete, Gloria cogió del brazo a su hijo y lo llevó a la parada. Entonces los vio. Como si se desempañase el túnel de un tiempo que ella creía tapiado. Mujeres con canastillas llenas de comida, hombres con sombreros de paja y pantalones de labriego, niñas con coletas y trenzas hechas a conciencia, señoras de bien, con gafas de sol desproporcionadas para sus finas caras…Todo el mundo gritando y despidiéndose. Algunos eran gente de ciudad, que iban a pasar las vacaciones al pueblo…a casa de un familiar, como su hijo. En cuanto subieran a ese dichoso autobús se trasmutarían, harían una transformación camaleónica, conscientes de que ésta era la única manera de pasar  inadvertidos en su  destino. Nadie quería que se les acusase de no formar parte de esa gran familia que al mismo tiempo te abrazaba, pero…mucho cuidado con lo que dijesen de ti a tu espalda.

               Se quedó mirando a su hijo y se lo imaginó carne de cañón. Su forma de vestir o de comportarse no tenía nada en común con la de aquellos chavales apocados y bien vestidos del pueblo, que ella misma creía conocer muy bien. Chicos que ahora serían hombres incompletos, se regodeó en ese pensamiento. Ella sí había conseguido prosperar, pero ¿y la de disgustos que se había llevado? Había tenido que salir corriendo de allí, casi con lo puesto.  Y ¡miradme ahora!, pensaba. Junto a ella estaba alguien, que había sido uno de ellos. Ahora ya no… ahora ya no lo era y todo eso gracias a ella. Ahora era un hombre hecho y derecho.

De pronto se dio cuenta de que su hijo mirara insistentemente hacia un lugar. Una joven de coletas largas, minifalda muy corta y sandalias de plataforma, se apoyaba en uno de los pilares agarrando de la mano a un chiquillo flacucho que parecía muy poquita cosa, pese a las pataletas que daba, ¡menudos modales tenía la criatura¡.

    -Estate quieto, Jorge, deja de dar patadas o  te meto un sopapo. Ahora viene mamá. ¿Ves? – dijo, de pronto – Por allí, llega. ¿Quién será ese tío con el que viene?

Se giró y vio a una señora que llevaba un vestido de vuelo muy corto y un sombrero, que quería parecer una pamela, pero no daba el pego. Se aproximaba al autobús, mientras conversaba… con su marido. ¿Quién sería esta vez?- pensó.

Cuando llegaron, Jaime nos presentó:

–Gloria, te presento a Paca,  la hija de la panadera. Ella también va al pueblo. Le he pedido que vigile a nuestro hijo. ¿Ves, Paca? – señaló con el dedo –. Es ese de ahí.

Paca  se fijó bien. Primero se quedó mirando con la cara muy seria a Gloria, como si estuviese comparándose con ella. Creyó recordar algo y puso cara de mala leche. Vaya, ésta debe ser – pensó- la Gloria que le birló el novio a mi prima. Sintió una antipatía instintiva  hacia ella porque había hecho daño a su prima, Rosa. En su fuero interno apareció un odio inconsciente, que no se molestó en apartar.

–Tanto gusto –. La sequedad de su voz si fue premeditada.  Gloria, aguanto su mirada y respondió en el mismo tono, totalmente cabreada por las atenciones que le dedicaba su marido.

–Ángel – llamó a continuación- ven, tu padre quiere presentarte a alguien.

El chico se aproximó con el mosqueo de rigor. Otra vez  el truco de la simpatía. Miro a su madre y descubrió que no sentía especial interés por presentarle a esa señora tan remilgada que tenía delante. Parecía alguien de alto copete, pero descubrió que sólo era fachada.  No obstante mudo el gesto, ciertamente, cuando vio aproximarse a la tía buena del fondo. A esa sí que quería conocerla. Agarraba a su hermano, casi retorciéndole la muñeca. No, si después de todo iba a resultar que Dani tenía razón. ¡Qué buena estaba la tía!  Antes de que los mayores hubiesen dicho nada, se presentó ella, con un desparpajo que daba miedo. Su voz chillona, dijo con claridad.  

–Hola, hola, soy Carolina. Encantada. ¿Y tú? –.Los besos sonoros que me dio me dejaron de piedra, sin saber qué decir, sin reacción. Me había quedado totalmente paralizado por el roce de sus labios. Y entonces su padre, al darse cuenta de lo que sucedía, decidió echarme un clave. Se había quedado tan anonadado, que si no hubiera intervenido él, seguiría allí, plantado, con cara de idiota… Un completo desastre,

–Este es mi hijo, Ángel – respondió por mí, echándome el cable del siglo. Disimulé y no se lo agradecí, pues hubiera sido como reconocer que no daba pie con bola, en materia de tías.

-¡Hola¡- dije- Voy a Villarrubias, a casa de mi abuelo –, y me paré en seco, después de la parrafada.

– Nosotros somos de  allí – me contestó –. Mi madre es la panadera.

Gloria se dio cuenta de los aires de la niña. Por eso algunos animales se comen a sus crías.  La madre era tonta, pero la hija la superaba con creces. Y no digamos el angelito, que no se estaba quieto ni un segundo.

            Decidió que debía advertir a su hijo, antes de que atravesase la divisoria y fuese de cabeza al otro mundo. No estaba muy segura de dejarle ir, pero… ¡ya estaba decidido! ¡No había marcha atrás!

–Hijo- susurro a su  oído, antes de perderlo por las escaleras- tú no te asustes. La gente de pueblo, no tiene remedio. Que no te atosiguen –Dijo, mientras observaba con horror como su silueta era engullida por el autobús.

–Gracias por el consejo, mamá- contesté- No te preocupes, que no me asusto fácilmente –. El brillo de sus ojos suavizó su pesar, la sensación de culpabilidad que la invadía por dejarlo marchar. Ángel, aunque estaba enfadado, reconocía que con su madre no podía. Siempre conseguía bajarle los humos por las buenas. Ella era un pedazo de pan, era la única que hacía que se avergonzase de verdad, cuando hacia las cosas mal. ¡Cuánto la quería¡

–Mamá, no te preocupes por mí. Estaré bien. Divertíos mucho en Italia.

Luego se giró hacia su padre. El rencor que sentía, tardaría mucho tiempo en disiparse. Con él sí que estaba dolido. A él, no lo perdonaba.

–Adiós, papá. Que lo paséis bien –.Su mirada acentuó la rabia contenida –,.  Volveré hecho un hombre –. Y se cerró la puerta del autobús.

Jaime se quedó con la boca abierta. Pero ¡qué caradura! Desde luego, ese hijo suyo necesitaba un escarmiento. Lo necesitaba pero bien.

Ya iba a arrancar el autobús, cuando una señorita con una maleta voluminosa empezó a levantar los brazos y a correr desde uno de los andenes. Se la notaba acalorada por la carrera.

–Por favor, espere – gritaba, mientras corría con tal desesperó que estuvo a punto de caerse.  – Falto yo, falto yo – Arrastraba una maleta, dándole… unos tumbos. El conductor quitó la llave de contacto. Había reconocido a Ana, una profesora muy querida en el pueblo que todos los años veraneaba allí. Todo el mundo la conocía y el que más y el que menos le hizo gestos a Gerardo, para que parase. Era una joven muy peculiar. Ni alta ni baja,  ni gruesa ni delgada. Más bien, del montoncillo. Llevaba unas gafas que ocultaban unos ojos verdes, algo saltones, pero que tiraban para atrás, si te miraban, de lo bonitos que eran. Su pelo era muy rubio y lacio, tan fino. Ella se lo cardaba a veces, y entonces parecía más alta. Siempre estaba hablando de sus chicos, y a veces te mareaba con sus historias, pero también era cierto que todo el mundo la apreciaba y que aquel que tenía la suerte de pasar por sus manos, durante el verano, aprobaba. Una profesora como la copa de un pino, sí señor.

Jaime decidió ayudarla a subir sus cosas. ¡Dios mío¡ ¿Pero qué llevaba esa señora ahí? –

–Son mis libros. Pesan bastante –.Se excuso, mientras lo ayudaba a levantar la maleta –Es usted muy amable. Muchas gracias, por el esfuerzo. No hacía falta que se molestase.

Desde lo alto, Ángel se daba de bruces contra el asiento delantero, mientras su nueva amiga lo miraba sin comprender, lo que pasaba.

        -¡Oh, no!- pronunció con mala leche-. Esto es el colmo de los colmos. Pero qué mala suerte tengo, si es mi profesora de lengua y está hablando con mi padre, embozándose la gorra hasta la orejas, se agachó al verla subir, para que no reconociese.

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