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La trayectoria de Miguel Hernández.

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Miguel Hernández

Quiero minar la tierra hasta encontrarte/ y besarte la noble calavera, / y desamordazarte, y regresarte”.

Elegía a Ramón Sijé

Estos versos incandescentes son palabras trasmutadas por el dolor ante el amigo muerto. Versos claveteados sobre una tumba que nos traen la voz emocionada de uno de los poetas más auténticos de la poesía española; el poeta autodidacta, aquel que se embebía de poesía clásica mientras cuidaba los animales, el poeta que se desespera ante la ausencia de la mujer y el hijo, el poeta que denuncia el fantasma de la guerra, el poeta lanzado a la nada, a la aterradora soledad de la cárcel, mientras es consumido por la tuberculosis:

“¿Qué hice para que pusieran / a mi vida tanta cárcel?...

Nos resulta difícil considerar “epígono” del 27, al poeta que luchó por su condición con uñas y dientes, aquel que llegó a Madrid con un cuadernillo de poemas y que consiguió hacerse oír, aunque algunos poetes (como Lorca) no lo valoraran debidamente.

 

Nacido en Orihuela, justamente hace 100 años (1910), el niño Miguel estudiaría con los jesuitas, como alumno gratuito; un privilegio que al mismo tiempo era una lacra, pues estos alumnos recibían un trato discriminatorio. Ejerce de pastor, pero eso no le impide dedicarse a su pasión - la lectura-; devora a los clásicos y su sangre llega hasta  sus venas. Luego sabrá devolverles el favor: con versos encauzados en ese estuario, aunque  empapados de sudor,  próximos a lo cotidiano. Todos estos elementos (objetos, seres queridos, espacios) que casi palpamos al leerle, agudizan su autenticidad y lo aproximan al lector.

Reside en Madrid, donde colabora la enciclopedia Los toros. Su humanidad cala hondo en algunos  círculos literarios y algunos maestros como Aleixandre, lo reciben y estimulan.  La Elegía a Ramón Sijé, que aparece en El rayo que no cesa, sería publicada por la Revista de Occidente. Pero la guerra absorbe a las personas y él, afiliado al Partido Comunista, se compromete y actúa como Comisario político en el Quinto Regimiento. Está en el frente jiennense, como corresponsal durante el asedio y posterior rendición de los defensores del Santuario de Santa María de la Cabeza:

Intuí, sentí venir contra mi vida, como un gran aire, la gran tragedia, la tremenda experiencia poética que se avecinaba, y me metí, pueblo adentro, más hondo de lo que estoy metido desde que me parieran, dispuesto a defenderlo firmemente”.

Se casaría con Josefina Manresa en 1937 en plena guerra  y, aunque este hecho no le impediría tener otras aventuras en Madrid,  como la que mantiene con la pintora Maruja Mallo, probablemente la musa que le inspira los versos rotos de El rayo que no cesa. El amor es consustancial a su poesía, aparece una y otra vez; a este amor se le unirán otos temas afines como el dolor de la separación, la pérdida de un hijo y la ausencia del otro, etc. El lector se cuela asaetado por esa tristeza, siente su desgarramiento y cómo éste va poco a poco minando su vida.

 A Josefina le dice:

Para el hijo será la paz que estoy forjando.

Y al final en un océano de irremediables huesos,

tu corazón y el mío naufragarán quedando

una mujer y un hombre gastados por los besos”.

 

Cuando termina la guerra se le encarcela. Pasa por diversas cárceles y es condenado a muerte, aunque después se le conmuta la máxima pena por treinta años de cárcel; pero su vida ya estaba sentenciada a muerte: contrae una tuberculosis aguda en 1941 y muere al año siguiente. Es irónico y retumba la ira en nuestros oídos: aquella marcha fúnebre a cargo de la banda de la cárcel como homenaje póstumo, ante su féretro yacente envuelto en la bandera española, ¿para qué?

Las cárceles se arrastran por la humedad del mundo,

van por tenebrosa vía de los juzgados:

buscan a un hombre, buscan a un pueblo, lo persiguen

lo absorben, se lo tragan”.

 

Su poesía se escapa de los cauces preestablecidos: roza en ocasiones las imágenes gongorinas,   se transmuta en un amor que atiende a todos estadios (pasión, celos, ilusión, soledad desgarrada), se yergue ante el pueblo, se conduele de la condición del hombre;  finalmente vuelve a sus raíces: a la sencillez milimétrica del verso corto, a la autenticidad de la lírica popular, al pueblo del que ha bebido y al que vuelve, ante el augurio de la muerte.

El primer estadio de su poesía lo constituye la honda impresión que le produce el clasicismo y sobre todo Góngora. Perito de Lunas consta de 42 octavas  reales, un homenaje a Góngora peculiar porque la estrofa se insufla de su quehacer cotidiano. Miguel utiliza estos procedimientos barrocos, cuando ya los coetáneos del 27  los habían abandonado: el léxico culto, el abundante hipérbaton, imágenes herméticas que juegan con el lector  instándole  a descifrar el código velado, el que resuena en el acertijo. Aparecen algunos motivos que se tornaran reiterativos, pilares fijos en su producción: la luna, el toro, el labrador y sus aparejos.

En el período 1933-34, Miguel escribe compulsivamente, aunque muchos de esos poemas no se publicarían hasta después de la muerte. Su poesía poco a poco se va atemperando, adquiriendo el tono propicio para dar rienda  suelta a sus emociones. De esta época son –por ejemplo- los silbos. El  Silbo de afirmación en la aldea –por ejemplo- refleja el trillado tema de menosprecio de la corte y alabanza de la aldea. Encontramos también poemas dedicados a la María Santísima, a su Josefina adorada y, por supuesto los que obedecen a su vida campesina como la “Profecía sobre el Campesino” o la “Alabanza del árbol”.

No obstante  el libro que fijo el horizonte de su voz fue  El rayo que no cesa, libro escrito entre 1934-35, aunque no vería la luz hasta 1936. El propio poeta explica en el prólogo de nueve cuartetas, que el rayo que pende sobre el poeta es la muerte: “Algún día/ se pondrá el tiempo amarillo/ sobre mi fotografía”. El libro consta de 27 sonetos, una silva acosonantada “Me llamo barro, aunque Miguel me llamen”,  la Elegía a Ramón Sije y finaliza con un soneto, a modo de coda final y en el que se anudan los temas dominantes del libro, el amor y la muerte: “ Al doloroso trato de la espina, /al fatal desaliento de la rosa/ y a la acción corrosiva de la muerte// arrojado me veo, y tanta ruina/ no es por otra desgracia ni otra cosa/ que por quererte y sólo por quererte”.

La profundidad de la Elegía a Ramón Sijé  nos recuerda una amistad truncada, pues ambos se fueron poco a poco distanciando por la divergencia de ideas. Pero éste era un amigo del alma,  el que  le prologó Perito de lunas. Ambos amigos se habían jurado que si, uno de ellos llegaba a morir, el otro debería cavar la tumba al amigo desaparecido.  Cuando Miguel llegó, Sijé ya había sido enterrado. El amigo pretendió desenterrarle y cavarle una nueva sepultura, pero no pudo hacerlo, aunque a los congregados les costó mucho disuadirlo. Ramón murió en Nochebuena en 1935. La elegía que sería primero publicada en la Revista de Occidente y que después formaría parte del conjunto de El rayo que no cesa está fechada el 10 de enero de 1936, cuando todavía el dolor pende de un hilo como una tenaza. El poeta establece un diálogo abierto con el amigo y acusa a la muerte enamorada de habérselo llevado, él –por su parte- se rebela contra el destino.

Los  primeros tercetos deben aceptar el dolor, el brutal desgarro de la muerte. Pero después de esa primera aceptación llega la rebelión del poeta cabalgando, es inevitable. El poeta quisiera desamordazar la tierra y conducir nuevamente a la vida al amigo. Con la coda final, intenta traspasar el duro cristal de la realidad: el deseo de diálogo continuo, el reencuentro  ansiado en un mundo ideal. Ese es el pañuelo que alza Miguel al viento, en espera de respuesta. La propia Naturaleza sigue estos ciclos: vida, muerte y resurrección. Según esto, la muerte del amigo es la etapa de una trasmutación.  Tras el terrible dolor de espíritu, respira de nuevo el espíritu del poeta, porque el alma, el corazón del amigo, hasta su sangre, todo le interpela al reencuentro.

Pero no es sólo la Elegía a Ramón Sijé, también los sonetos son bellísimos y desgarrados: en ellos hallamos a un Miguel que se debate como un enamorado más con una fuerza asombrosa: a veces se muestra ilusionado, otras desborda de pasión, incluso siente el latigazo ante el desdén de la amada. La presencia del toro es afín a su trabajo, puesto que en esos momentos trabajaba en la enciclopedia. El noble toro, cuyo destino es la muerte nos muestra el sendero poético por el que discurre esa guadaña, el rayo que lanza el poeta a su destino.

Después la urgencia de esa muerte se traslada al campo de batalla, hasta que sentimos como se desabrocha la camisa barroca y se coloca otra, la revolucionaria, la que sella su compromiso humano con el pueblo, con sus convicciones; la poesía que sigue el río de los acontecimientos y se transforma en arma de combate.

Viento del pueblo, libro que  se publica en 1937  constituye junto con El hombre acecha el ferviente ejemplo de su compromiso, el espanto ante lo ocurrido. En el primero encontramos la Elegía a Lorca, las cuartetas de  El niño yuntero, la Canción del esposo soldado en serventesios alejandrinos. Son poemas por los que transita el temblor ante los cañonazos o la ira contra los verdugos. El poeta quisiera ser la voz de todos los hombres, por eso su lenguaje se aproxima a los coloquialismos, a la impureza que abanderaba Neruda.

Después surge El hombre acecha, que se entrega a la imprenta en 1939. Con la derrota de la República, la edición desapareció. Es una nueva versión de la sentencia de Plauto que reza Homo homini lupus y que él traduce como El hombre acecha al hombre. No sin cierto maniqueísmo el poeta disocia dos bandos, como si disociase el as y el envés de la masacre. En algunos poemas  los insultos, muestran que las palabras continúan siendo armas arrojadizas, símbolos de resistencia. El poeta pasa además por una dura vivencia personal: la muerte de su primer hijo; este hecho, unido a la derrota de la guerra lo sumen en una  desolación inmediata.  Sin embargo también encontramos bellísimos mensajes abiertos a la esperanza como el que transfieren estos versos: “El odio se amortigua/ detrás de la ventana //Será la garra suave.//Dejadme la esperanza”.

La etapa final de su poesía se caracteriza por la desnudez, por el deseo de eliminar la retórica y aproximarse al intimismo. En  Cancionero y romancero de ausencias el poema se calza el verso corto, para correr directo al corazón. Los temas siguen siendo las viejas tres heridas del poeta: la de la vida, la de la muerte y la del amor. El poeta siente una terrible añoranza por lo que ha dejado atrás: el amor, la mujer, el hijo… Su desaliento no puede atemperarse, pues estos versos surgen en el colapso de la vida. El cancionero se inicia en 1938, cuando muerte su primer hijo. Es un libro intenso que compuso durante el período (1938-1941). En el  encontramos canciones, romances, coplas, romancillos y seguidillas, como las famosas Nanas a la cebolla, tantas veces cantada y reseñada. En carta a Josefina, fechada el 12 de Septiembre de 1939 le dice:

En carta a Josefina, 12 de Septiembre de 1939 le comenta:

“El dolor de la cebolla que comes me llega hasta aquí y mi niño se sentirá indignado de mamar y sacar zumo de cebolla en vez de leche. Para que lo consueles te mando esas coplillas que le he hecho, ya que para mí no hay otro quehacer que escribiros a vosotros o desesperarme. Prefiero lo primero y así no hago más que eso, además de lavar y coser con muchísima seriedad y soltura, como si en toda mi vida no hubiera otra cosa. También paso mis buenos ratos espulgándome, que familia menuda no me hace falta nunca, y a veces la crío  robusta y grande como el garbanzo. Todo se acabará a fuerza de uña y paciencia, o ellos, los piojos, acabarán conmigo. (…) ¡Pobre cuerpo! Entre sarna, piojos, chinches y toda clase de animales, sin libertad, sin ti, Josefina, y sin ti, Manolillo de mi alma, no sabe a ratos qué postura tomar, y al fin toma la de la esperanza que no se pierde nunca”.

Recordamos la  dolorosa peregrinación, que le condujo a diversas cárceles: Madrid, Ocaña, Alicante. Finalmente moriría en la celda 1009. El tema fundamental es la muerte, la penosa guadaña que convive diariamente con él. Lógicamente a este tema se añade la soledad, la desesperación ante el amor, que es imposible, por la ausencia y junto a ellos la tristeza por no poder ayudar a su familia en estos momentos de miseria.

  Encontramos varios núcleos temáticos, que abarcan su desolada situación personal. Primero, la desesperación ante la muerte de su primer hijo, muerto antes de cumplir un año. Después la soledad, la ausencia de su compañera y la tristeza de estar en el frente, lejos de los suyos. El poeta siente el veneno de la ausencia, un dolor que le traspasa el alma, y al que se añade la dura situación familiar, la imposibilidad de ayudar a sus suyos económicamente. Las Nanas a la cebolla, dedicadas a su segundo hijo, es uno de los momentos álgidos de su trayectoria:

 “Tu risa me hace libre, me pone alas. / Soledades me quita, /cárcel me arranca”.

En palabras de Vicente Aleixandre este hombre anclado en sus raíces fue  “el más puro y verdadero”, “el más real de todos”. Su poesía se clava como una estaca en nuestro corazón; es el momento de esparcirla al viento, para que él pueda escucharse en el latido de cada uno de nosotros y sentir que ahí, nace la libertad, la libertad de esa palabra que nadie ha podido arrancarle.  

Aghata

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Comentarios La trayectoria de Miguel Hernández.

me ha encantado su biografia  la que tu has formado

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