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Traición

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Las imágenes crueles de sus risas histriónicas, los chichones, gritos y lágrimas acudieron  de golpe para salvarme.  En ese momento hubiera sido cruel para mí propio destino que yo hubiese aceptado sus disculpas; que hubiese admitido su conversación como si nada e incluso que me hubiese prestado a su rollo, cosa que inconscientemente sí que hice ya que me sentí ,en un cachito de mi fuero interno, alagada por sus palabras. No pude evitar flirtear con él,  jugar como juegan  los participantes con la pistola a la que zarandean divertidos sabiéndose preparados para una muerte fría si  no les acompaña la suerte, y se dispara la única bala de la recámara. La insulsa conversación que mantenía con él, hubiera sido improbable en otro momento, un año atrás el mismo chaval me hubiese girado la cara e incluso insultado al cruzarse conmigo. Mi respuesta fue de cajón. El imberbe, pretendía ligar, pero no tenía modales. Quizás por eso le dolió que le dijese.

-Vaya, te has puesto gafas. Supongo que poco a poco ha ido apareciendo la miopía en esos ojos cansados o quizás lo que ha pasado es que una lupa te los ha quemado.

-Oye, tía, que yo no ni llevo ni he llevado gafas nunca. ¿Es que no me reconoces? Soy Javier. No te acuerdas que te saqué la puntilla en quinto, si hasta me pusiste una denuncia.

- Ah, sí. Es verdad. Y le miré picarona, sin aquellos enormes moldes culo vaso, sin los aros de los cristales que evidenciaban que tenía mogollón de dioptrías. Había desarrollado el pecho, debido a una regla temprana, había perdido el enorme trasero de niña. Así que me miraba como no dando crédito a lo que veían sus ojos. Ya no era una cosa, ni una piedra  sino una tía. De niños, nunca habíamos cruzado dos palabras que no fueran insultos o improperios y eso era exactamente lo que estaba haciendo ahora: defenderme de su embestida, si a sus palabras una podía considerarlas como tal. Su forma de mirarme me puso en guardia, me recordó su cobardía. Por lo visto me había embestido con poco brío.

 

–Así que Sánchez. Vaya, vaya. Pues sí que estás cambiadita –. Su voz sonaba con sorna, pero sus miradas,  al igual que sus ademanes, delataban que estaba nervioso. Yo lo había calado, lo tenía bien cogidito por los cojones. No daba crédito a lo que veían mis ojos, no tenía ni idea de cómo conquistar a una tía.  Ni gracia, ni simpatía, ni encanto. Nada. Era como un buitre intentando acometer a una presa que se le escapaba irremediablemente y lo peor era que yo sabía exactamente qué lo que debía hacer.. Le estaba atacando donde más dolía, en aquel apéndice que él seguro se pensaba que sólo servía para mear.

Javier entendió mi reacción, me estaba vengando por todas las putadas. Era una reacción lógica, instintiva. La reacción de quién ha sido herido, y devuelve la pelota. Lo tenía merecido.  Pero existía un serio problema,  él no aceptaba nunca un no por respuesta.  A partir de ese momento yo sería su prioridad. Tenía que conquistarme. Estaba como un queso, y todas las que estaban así de buenas, acababan en sus brazos.

Cómo me traicioné a mí misma, no quiero recordarlo. Tanto esfuerzo prematuro para mandarlo al carajo, para al final no escuchar a nadie. En este caso ni Raúl, ni tampoco Ágata, pudieron hacer nada, ni siquiera Inma y muchísimo menos Lorena que ya había salido con él y cuando se enteró de que me pretendía se puso histérica del sofoco. Los únicos consejos que escuchó fueron más falsos que una navaja de doble filo. Hice caso a la persona equivocada: le hizo caso a su hermana Carla.

 Ella tanteó el terreno, con toda parsimonia y después de observar mis reacciones con calma le dijo a su hermano:

–-Espera y verás cómo a ésta le bajo yo los humos. La muy ladina le prometió resultados satisfactorios y se armó de toda la paciencia del mundo para conseguir su propósito, como una celestina astuta y traicionera.

 Según ella su hermano era un pobre idiota, pero al menos en sus sentimientos era honrado. ¡Maldita Carla! Según tú, tu hermano ha cambiado, ya no es el gili de antaño, ahora es únicamente un tonto, algo estúpido, incluso sinvergüencilla. Ella no sería tan gilipollas de decirme que a su hermano le gustaba si no fuese porque era cierto, palabra de honor- añadió, mirándome a los ojos-.

Lo primero que hizo la niña fue invitarme a mí y a mis amigas a su fiesta de cumpleaños.  Para ello se mostró amable, solicita, e incluso se rebajó a pedirme apuntes, con la promesa de devolvérmelos. Todo lo que fuera necesario para  ganarse mi confianza.   Se pegó a mí como una lapa y no era para menos, pues su hermano le pagaba. Le pagaba por el favor. Y con las pocas perrillas que le soltaban sus padres los fines de semana, el dinero que le daba él,  sabía a gloria. No era ni más ni menos que el suficiente para poder ir desahogada con sus amigas, sin tener que quejarse de los padres, sin agradecer el préstamo de sus amigas, aquella cantidad, la convenida, le venía de perilla.

Ni Ágata ni tampoco Raúl tragaron el anzuelo, ambos intentaron por todos los medios que atendiese a razones, que no le diese coba. Sabían o al menos intuían que la lagarta haría todo lo que estuviese en sus manos para que yo me cayese del burro.

Por lo visto todo el mundo te habla de lo maravilloso que es ahora Javi, sobre todo su hermana. Yo, sintiéndolo mucho no pienso seguirles ese juego tan falso cuando imagino lo que pretenden, que te líes la manta al cuello, y aceptes enrollarte con él.  No sería  tu amigo si no te abriese los ojos.  

Dices que ahora está muy simpático y que siempre se te queda mirando con ojos de corderito degollado. Pero por dentro va la procesión y tú  – si te dignas a mirar en tu propio pasado- sabes que tengo razón. Así que sus miraditas, no son la forma más convincente de averiguar si lo que siente es sincero o no.

Dices que su hermana está pegándote la lata continuamente y que hasta en alguna ocasión ha hecho amago de llorar, pero recuerda que ella también es el enemigo, que cuando eras pequeña en más de una ocasión te cardó y secundó los insultos o golpes de otros, sin venir,  ni siquiera, a cuento.

Si su amigo se pone pesado y te dice una y otra vez que le molas a Javi, no te rayes, que tampoco él es trigo limpio. Si tanto dices que lo conoces, por qué no me haces caso. Si se ha encaprichado de ti – lo que no me cabe duda- es mejor que lo largues a cajas destempladas, si no quieres a ese sobón, continuamente pegadito a tus faldas.

Tú misma me has dicho en más de una ocasión que ese no se corta un duro cuando alguien le gusta, te has preguntado por qué tanto interés repentino por ti. Te advierto que puede ser una apuesta, un juego con muy malas intenciones. Mi consejo es que no le des coba alguna, porque si n… y creo conocerte muy bien, acabarás pinchando.

Yo le daría una patada bien hermosa en su trasero y le hablaría de muy malas maneras. Sé que sueles ser muy correcta, a menos que te provoquen de forma deliberada. Pero, no has recibido ya suficientes palos como para vengarte por una vez en tu vida.

Si continuas hablando con su hermana no te doy ni una semana, en menos que canta un gallo te habrás enrollado con él. Yo te lo advierto en serio, para que luego no digas que no sabías de qué pie cojeaba o que no te advertí  lo suficiente. Ahora – y como siempre- eres muy libre de hacer lo que te venga en gana.  ¡Qué remedio me queda!

El tono de resentimiento de tu voz me chocó bastante, pero lo atribuí a que ya estabas bastante harto de mí y no quise darle mayor importancia, ni por asomo pensé en otra cosa. También Ágata, y hasta Inma que había tenido un escarceo con él, me acribillaron para que no siguiese adelante.

Pero  Carla me acribillaba continuamente, pretendía por todos los medios llevarme a su terreno.  Me lo dijo bien clarito:

–-Mi hermano  está pirrádito por tus huesos.

-Cualquiera diría que es él, que tú – supongo –  ya conocerás la fama que siempre ha tenido mi hermano y sus amigotes por esos barrios del chalet, lo que pasa es que, como es mi hermano, me da una pena. Ha caído en su misma trampa y, aunque se lo tenga merecido, que no le viene mal una cura de humildad, porque siempre ha sido él quien ha hecho sufrir a las tías;  pero, ahora se ha derrumbado totalmente. Él, que siempre se las ha dado de ligón, de la cantidad de niñas monas que le iban detrás, fardando sobre todas las que se ha cepillado, ha dado al final contigo – un hueso duro de roer- y se ha enamorado de verdad. Cómo es algo nuevo para él, que nunca le había pasado, esta de un insoportable y el chaparrón me lo tengo que tragar yo.

En realidad, a mí nunca me había caído bien su hermana, en eso Raúl había dado en el clavo.  También ella coreaba a su hermano, cuando se metía conmigo, e incluso en alguna ocasión su propio hermano me había dicho que tras cardarme él, vendría su propia hermanita para rematar la faena.

-Cuando salga Inma, te vas a enterar. Te va a dar una samanta a palos que se te van a quitar las ganas de chivarte al profesor. Esas fueron sus palabras, él día que me acojonó con la navaja y me chive al tutor. 

No entendía como ahora estaba escuchándola. ¿Era sincera? Las palabras de Raúl repiqueteaban en mis oídos, estaba claro que no debía hacerle caso.  Yo misma estaba influenciada por los cuentos chinos que mis amigas contaban de ella.

De Carla se contaban muchos chismes. Por lo visto los dos hermanitos eran tal para cual. Siempre iba con los mayores, con los del Insti. Y cada vez que la veía en la discoteca- la tía cerda- aparecía con un pavo diferente. Incluso, en una ocasión, vi a su hermano pegándose con un mayor, porque él otro la había llamado puta. Según decía todos sus amigos se la habían cepillado.

Javier salió muy mal parado de aquella pelea. La gente coreaba. El Seguridad llegó y de un manotazo los sacó de la discoteca. Pero fuera continuaron los golpes… ¡Vaya reyerta! Javi cayó al suelo, con la cara ensangrentada del puñetazo,  el otro chico le había roto la nariz. Yo lo miré desde lejos, alegrándome hasta la médula de su dolor. Se lo tenía merecido por las putadas.

Carla no desistió. Aquella chica tenía labia.

–Javi siempre se las ha dado de macho ibérico. Una vez me dijo que se había cepillado a una francesa. ¡Tonterías¡ Lo único que se ha cepillado es el póster guarro que tiene encima de la cama.  El pobre no piensa en otra cosa que en ti. Al menos podrías darle una oportunidad.

Y así todos los días. Hasta que piqué en su fiesta. A regañadientes me acompañaron Ágata e Inma. Ambas lo hacían por mí, para no dejarme en la estacada, ambas intuían que se avecinaba el peligro.

 Aquello estaba atestado de gente  Carla salió a recibirme enseguida, con esa falsa sonrisa de oreja a oreja que debería haberme hecho dado cuenta de que pensaba que ya había ganado la partida. Estaba muy contenta, porque  había aprobado la selectividad. Por lo tanto la fiesta era por dos motivos: su cumple y la guinda: había sacado un 7 en selectividad. Así que la fiesta era por todo lo alto. No obstante Ágata,  no se fiaba ni un pelo de lo que podía ocurrir.

-Algo me huele a chamusquina-. Aguzó el oído y escuchó una conversación que mantenían apartados Iván e Javi, antes que el segundo hiciese como que se daba cuenta de la presencia de su amiga.

-Fíjate, vaya cambiazo que ha dado. La muy guarra, vaya pantaloncitos que me lleva- dijo Iván.

- Precisamente, no son los pantalones, lo que me interesa- y  se echó a reír-. ¿Tú crees que habrá mojado ya?

-No sé, no sé… Sí todo va bien, y esto va viento en popa, pronto lo sabrás.

 Iván se giró un instante. Le pareció ver a Ágata, girarse como un resorte, y agarrad a Mamen de la mano. No le quedaba otra…. Se acercó a la mesa donde estaban los discos y eligió el más cañero. Y plantó la música a tope. Después de decirle algo a Javi al oído, se dirigió con todo el morro del mundo hacia donde estaba Ágata para incordiarla. Mientras que Javi  fue derechito hacia su presa. Carla se estaba poniendo pesada, a propósito. Sabía que de esta manera, Mamen optaría por irse con su hermano, un ardid muy astuto.

-¿Os acordáis de ella?- les decía a sus amigas, guiñándoles disimuladamente el ojo.

 Si Javier no hubiera llegado para salvarla, habría tenido a toda la chusma de su antiguo colegio, pegaditos a la cola de sus pantalones.

-Hola- dijo sonriendo- Has venido. Vaya, supongo que mi hermana tiene un gran poder de convicción.

-Sí – contesté. ¿Cómo era posible que estuviese nerviosa? En realidad me sentía en la gloria. Yo creía que tanto halago no se me subiría a la cabeza sobre todo teniendo en cuenta  las personas que me lo decían. Pero, ante tanta distinción, incluso por un instante se iluminó mi rostro.. La niñita estaba ya a punto. Mientras pensaba en esto, yo imaginaba que al fin se habían acabado todas las pesadillas.

Al final me creí toda su babosa palabrería.  Me sentí  feliz e ilusionada, con mis nuevos amigos. Menuda pardilla estaba hecha. . 

– Me gustas mogollón, porque eres diferente a las otras con las que he salido.

–Y las otras son diferentes a mí. Claro, que soy distinta. Soy distinta desde primaria.

–Tienes razón. Me pasé y lo siento. Ya no sé qué decirte para que veas mi sincero arrepentimiento. Mirada contrariada, manos acariciándome el lóbulo de la oreja. Encantador. Que yo no les llegaba a la suela de los zapatos a sus antiguas novias, que no hiciese caso si hablaban mal de él, que todo era envidia, que yo le gustaba.

Vaya metedura de pata de mi vida. No me lo perdonaré nunca. Ni siquiera hoy quiero recordarlo. Porque al fin y al cabo, todo era un camelo para meterme mano y después ir presumiendo y tachándome de guarra, como hacía con todas. Su primer beso –como no- me lo dio allí mismo, en la propia habitación de su hermana.  Supongo que le daría corte que viese su cuarto. Supongo -y creo que supongo bien- que en rincón tendría  aún una lista con todas las tías que se ha cepillado.  Seguramente mi nombre figura aún hoy en ella o tal vez no, porque el camelo no fue más allá de los besuqueos, porque cuando le vi las orejas al lobo me eché atrás. Fue entonces cuando descubrí cuánta falsedad había en todas sus palabras.

Una noche, la última que salí con él, se jugó el todo por el todo.  Ya de camino a casa, me daba algún que otro besito e iba preparando el terreno, poniéndome música suave, hablando con voz melosa y todo eso. Hasta la música era de lo más guay. Había colocado un CD de Gabinete Galigari y de vez en cuando hacía como que tarareaba una de las canciones. La verdad es que se había tomado todas las molestias. Seguramente estaba convencido de que me dejaría, y el hacer de Don Juan, era el papel que más le gustaba, sobre todo cuando la tía – eso se creía él- estaba ya en el bote.  

Cuando nos acercamos al pueblo vi que se desviaba, pero al principio no le di importancia, creí que me llevaría por otro sitio, que conocía alguna otra carretera o algo así.  En un momento dado, dio un volantazo inesperado para meterse por un caminito que yo no conocía. Pensé que se conocía algún atajo o algo por el estilo. Hasta que paró el motor en una zona muy oscura, alejada de toda clase ruidos. Sólo algunas luces de las urbanizaciones, se distinguían a lo lejos. Por lo demás, estaba bastante oscuro. Fue entonces cuando lo calé de pleno.

Le  pregunté que qué era lo que hacíamos allí y él a modo de respuesta empezó a besuquearme, hasta que retiré como pude sus manos justo cuando intentaba meterlas por debajo de mi blusa. Repetí la pregunta, con todo el aplomo del que pude armarme.  Como no era ningún diplomático, fue al grano. Dijo que no me  hiciese la pava, que yo ya sabía perfectamente lo que habíamos ido  a hacer allí, que no tenía el porqué fingir más, que él sabía que yo le deseaba tanto como él a mí, que le había ido detrás desde la escuela y se desabrochó la bragueta sonriéndome. Tenía muy claro lo que quería que hiciese.

Primero intenté calmarme, y le dije que no con muy buenas maneras, pero él no me dejaba en paz. De nada le servían ni mis lágrimas ni mis palabras, que si no empiezo a chillar acaba la faena.  Grité con todas mis fuerzas, le pegué mordiscos (pues ya le había perdido el miedo) y al final… después de despacharse de lo lindo y soltarme no sabía cómo se le había podido ligarme, que qué hacía yo con mis amigos y toda suerte de improperios sobre mi persona, me devolvió a casa sana y salva y sobre todo, intacta. Pero si no llego a chillar, estoy convencida de que me hubiera violado.

 Un no altísimo, fantasmagórico salió de mi garganta.  El coche zigzagueó como una flecha, sin atender al pánico de mis ojos, porque bajábamos como una bala. Me devolvió a pasos agigantados a mi casa, no sin antes mirarme con unos ojos terroríficos, que espero no volver a encontrarme por la calle nunca más.

No quería llevarme, pero le dije que, como no me llevase, me iba a llegar de todos modos y cuando lo pillasen le iba a caer la gorda, que lo denunciaría y se le iba a caer el pelo y de la paliza que le iban a dar mis primos se le iban a quitar las ganas de volverlo hacer.

 En este caso no se escucharon chismorreos. Nadie tuvo que cerrarle el pico, ni se puso tonto como era su costumbre habitual: siempre hacia lo mismo, era su táctica infalible. Llevarse al huerto a la pava de turno y luego dejarla con dos palmos de narices. La guinda del pastel era lo que largaba por la voca.

Ya no volví nunca más a hablar con su hermana, ya no me molestaron más.  En alguna que otra ocasión oí  un murmullo al fondo cuando pasaba cerca de sus amigos. Era como si de repente, todo volviese a la normalidad, a la época de mi desgracia. Pero yo sabía que nunca más podría volver a ser como antes. Yo había estado a punto de hundirme nuevamente en el fango, pero mi fuerza de voluntad, la que durante tantos años se había escondido detrás de mi mirada, me había devuelto mi dignidad, me había enseñado hasta qué punto uno puede transformarse frente a la adversidad, mientras que otros, siguen una corriente ciega.  Ellos eran los que no tienen personalidad. Lo único que demuestran es que se mueven como una peonza en círculos concéntricos, sin poder huir de la gloria del pasado, sin fijar la vista en el presente y sin planificar el futuro.

. Sí, Raúl, lo sé. Sé que estuviste a punto de venir de Bilbao con el propósito de partirle la cara,  pero también dijiste que en parte me lo tenía merecido y eso me dolió.  Según tú, el único medio que funcionaba conmigo, eran los golpes duros de la vida, sólo a ella le haría caso y aún ni por esas…. Me quedó el mosqueo padre durante algún tiempo, hasta que reconocí cuánta razón tenías y te pedí perdón.

Después volví a mis clases, a mis estudios e intenté borrar la mancha que se me había quedado para lo que por una temporada, dejé de salir. Incluso tuve que escuchar a la plasta de  Inma sermoneándome. Y por supuesto, a  Ágata que   puso el grito en el cielo, cuando se entero. Lo que no me imaginaba es que  Lorena intentase colgarse un gol  y  consolarme. Lo que ella me dijo no se lo tuve en cuenta, porque cuando uno ha actuado una vez de forma hipócrita, la falsedad se rubrica en su rostro y es ya difícil que vuelvas a confiar en él o en ella. Por otra parte, yo  siempre había estado furiosa con ella.

–Espero que lo odies, que ya va siendo hora, pues yo sé que por muchos desprecios que te hizo, llegaste a tenerlo en un pedestal, nunca te creíste del todo lo que te advertimos todas y mira ahora. Por desgracia todo eso se queda corto comparado con lo que te ha hecho- palabrería falsa que no llevaba a ningún sitio. Mucho más sentidas eran las palabras de Ágata. Y s enjugaba una lágrima incluyéndose también ella. Sus ojos me miraron fijamente y en ese momento me di cuenta de que por una vez sus sentimientos y los míos se habían revolcado en la misma mierda.

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