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Típicas actividades de Talleres literarios

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Típicas actividades de Talleres literarios

Te ha comido la ilusión el gato: Típicas actividades de Talleres Literarios. 

Mari Carmen Moreno Mozo. Prof. Escritura creativa.

Foto: Juan Frechina. www.jfrechina.com/ Fotógrafo de bodas en Valencia. 

Eventos y Fotoperiodismo

Típicas actividades que se proponen en Talleres literarios

Fija en tu mente aquellos primeros estímulos literarios. Las primeras lecturas, los primeros poemas escritos, la primera imagen sugestiva que tú transformaste en un cuento corto. Elige uno de ellos, el que te provoque más emoción, aquél que vuelve a tu mente con facilidad, porque lo vives y recuerdas a menudo. Intenta transmitir esa primera sugestión a un lector familiarizado con la lectura, huye de lo tópico y manido, huye de lo sofisticado y recrea ese momento con naturalidad. Una vez has dibujado el trazado de tu vivencia, una vez lo hayas leído y comprobado que fue así, que verdaderamente la memoria no te ha jugado ninguna mala pasada, contarás con las herramientas necesarias para el distanciamiento. Vuelve a leer esa historia, pero piensa que no es la tuya, que es la historia de otro/ otra. Madura esa imagen mental, ese deseo de transformar tu relato en un acto ajeno, que no te pertenece. Escribe compulsivamente en tercera persona y vuelve a contar lo sucedido. Ahora esa historia se metamorfosea, se distancia de ti, como si fuese otra persona la que puede mirarse en su ombligo.

Revive un recuerdo traumático de tu infancia. La historia te absorbe plenamente. Sientes casi como te toca, como se resquebraja tu imagen, y el miedo, la soledad, el dolor…te paraliza. Las imágenes se diseñan solas: la luminosidad de la escena, los sonidos, el olor que paraliza. Los personajes son una maraña que se hilvanan y te devuelven tu radiografía, in apenas rozarte. El sentimiento de impotencia vuelve a desempolvar la telarañas El lector siente idénticos zumbidos, el lector se paraliza contigo. Una vez rediseñes esa emoción, puedes probar a transformarla, para mitigar ese dolor. Es un trauma ajeno, que dicta tu mente, alejándose de lo vivido y real. Te aproximas a él, oculto detrás de una cámara, sueltas toda esa rabia ajena, que penetra en la médula del lector. El lector se convulsiona contigo sin poder deshacer el nudo que aprieta su garganta, sin que nadie acuda en su auxilio.


Escoge una fotografía al azar del álbum de un familiar. Una fotografía de la que desconozcas su historia. Un grupo de personas te sonríe, pero sus rostros son anónimos. Fija tu vista en uno de sus protagonistas e intenta quitar el velo que lo oculta. Ponte en su piel, ¿cuál es su historia? ¿qué secreto oculta? ¿quién es? Inventa un cuento breve de misterio, donde ese personaje adquiera un sentido imprescindible para que el puzle que diseña tu mente cobre sentido. Como se trata de un cuento breve, todos y cada uno de los elementos que introduzcas deben jugar un papel determinante. Recuerda que el cuento presenta dos niveles de lectura que se fusionan en la mente del lector: la historia narrada, y la historia intuida, la que subvierte los elementos, la que provoca una fuerte emoción en el lector. Ese joven es cómplice de un asesinato, ha perdido el rumbo, ha enloquecido. Es la pieza clave de una herencia, es un héroe, un asesino, un pobre lunático. Los trazos se convierten en imágenes lúcidas que desnudan u ocultan un alma, de manera que es lector el que encaja todas las piezas del puzle, hasta completar los dos sentidos: el inminente, el que surge, cuando terminas la lectura y el velado, el que descubres después, el que te identifica con lo narrado, el que ha escondido el autor, minimizando sus resonancias, para que seas tú mismo quien lo complete.


Proponemos la lectura de diversos poemas, cuanto más disímiles mejor. Subrayamos con rotuladores, las frases impactantes, las palabras que nos evocan todo tipo de emociones. Nuestros sentidos se disparan… añadimos versos propios, escritos por una mano que no puede detenerse. La cadena de las palabras se dispara… Unas evocaciones nos conducen a otras, un poema nos recuerda otro. Los poemas se completan… y luego se intercambian. Con los fragmentos creados intentamos forjar un poema, que salga de la garganta de todo lo leído. Le buscamos un sentido… hasta conseguir la ecuación perfecta, la completa compenetración entre fondo y forma.


Escogemos diversos libros de nuestra biblioteca, y dejamos que la voz de sus autores nos susurre al oído. Nuestra misión es dotar de sentido a todos esos fragmentos escogidos, transformarlos de manera que, el lector apenas reconozca las fuentes. Debemos escoger el tono adecuado y mezclar los fragmentos, hasta que uno destaque por encima del resto. Una vez sepamos la idea motriz, podemos seguir releyendo hasta que consigamos una perfecta adecuación, fondo y forma. Después cada participante se intercambia los textos con el compañero que tiene enfrente. Se reescribe así la historia del otro, los textos del otro. No sabemos de dónde han sido extraídos, porque han sido difuminados, deshilvanados. Ahora nosotros volvemos a reescribirlos, les damos un punto de inflexión distinto. ¡Voilà! Difícilmente puede reconocerse la fuente, de la que bebieron los otros.

Escojamos poemas que recreen un tópico determinado, por ejemplo el pertinaz…”tempus fugit”, que tanto nos angustia. A partir de esas lecturas, miramos al compañero e intentamos acotar ese momento que se repite con insistencia en nuestra mente, pero viéndolo en boca del otro. Es el otro quien se mueve, el que se alimenta de nuestro recuerdo. Si fijamos más la vista, lo vemos desempeñando nuestros actos, viviendo en nuestra burbuja, dislocando cada uno de nuestras vivencias. Contamos con sus ojos esa experiencia, ese sueño, ese vuelo irrefrenable que se deshace como una pompa de jabón en el silencio.


Elegimos ahora diversos fragmentos de ese encuadre engañoso que es la literatura juvenil. Distintos comienzos apelmazados, como gelatina… Las vivencias adolescentes se disparan: el primer amor, la primera pelea, el recreo. Neuronas adolescentes nos devuelven la radiografía de aquellos años. Optamos por elegir uno de esos temas y, fijándonos en el libro que ha dado pie a nuestra aventura meteórica, recreamos una vivencia, intentando que el lenguaje sea similar al del fragmento escogido.


Ahora hacemos lo mismo, pero con una obra de literatura juvenil clásica: uno de esos fragmentos que releemos con entusiasmo, al que tanto cariño tenemos. Nos colocamos el disfraz para retroceder en el tiempo y nos situamos en la atmósfera de la historia hasta que creemos controlar aquella emoción. Intentamos que se cuele en el texto que nos sirve de estímulo sin que se resquebraje su estructura. Podemos sentirnos un pirata, un caballero andante, un duende. Ese personaje lleno de acné que nos devuelve el espejo no somos nosotros. Nos distanciamos a través de la tercera persona, y nos lo cargamos a la espalda de nuestros sueños más auténticos, pero viviéndolos como si nos perteneciesen. Quizá ahora estemos en condiciones de imaginamos lo que le sucedería a ese personaje si saltamos las casillas del tiempo y lo situamos en una nueva coordenada temporal. Nada tiene que ver con nosotros, no ha seguido nuestro mismo trayecto, sino otro cualquiera. Forjemos esa historia de forma verosímil, hasta que el personaje conecte con el eslabón de sus vivencias, que no son las nuestras. Dotémosle de un rostro, una fisonomía e intentemos profundizar en sus rasgos constituyentes, esos que lo identifican. Introduzcamos esa descripción en el texto que hemos creado.


Busca las palabras adecuadas para finalizar un período temporal que se considera caduco: la finalización de una relación, el despido de tu empresa para emprender una aventura en solitario, el viaje soñado que siempre habías deseado hacer y que ahora emprendes con una expectativa distinta. Entrométete en tu mente y cierra los ojos. Durante unos segundos, imagina esa escena, como una textura distinta que penetra en tus sentidos. Derramas lo que sientes, a través de la escritura automática; te diriges al otro yo, te zafas del yo que intenta impedirte que actúes de esa forma. Tu nuevo yo es un ser que sonríe a la vida, optimista, lleno de vida, que se deja llevar por una corriente que estimula todas sus membranas. No sabe lo que le depara el futuro, pero siente un irrefrenable deseo de romper con el pasado, e iniciar un nuevo proyecto, sin atreverse a sondear o sopesar las consecuencias de sus actos.


Invierte la realidad. Prueba a ser una persona totalmente distinta, a calzarte los mocasines de otro: eres oficinista, peluquero/a, profesor/a de matemáticas, botánico/ a. Diseña un día de esa vida, dotándole de un punto de ternura, e introdúcete tú mismo como personaje. El juego de espejos que provoca el choque entre el personaje y el que tú has creado se unifican en el texto.


Dialoga con una amplia variedad de gentes y de diferentes modos, de forma que recrees sus experiencias a través de tus propios comentarios, irónicos, puntuales, certeros… Comentarios que responde el otro, respetando un rol determinado.


Mantenga una conversación en el papel con ese compañero de trabajo que le está causando problemas porque está actuando como un estúpido. Intente averiguar por qué se comporta así.


Discuta sobre un tema que le apasiona con una persona que tenga una visión diametralmente opuesta a la suya.


Elija un personaje de ficción y configúrelo de manera que combine pensamientos y comportamientos de personas reales, de su mismo entorno. Vuelve a aquella carpeta donde anotaste actos positivos y negativos e introduzca esas perspectivas en ese personaje que nada tiene que ver con usted, pero cuyos patrones sigan esos mismos patrones que ha anotado a lo largo de un tiempo, actos positivos o negativos, afines y al mismo tiempo disímiles porque responden a las miradas de otros.

 
 
 
 
 
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