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La tierra del sol y la luna, Concha López Narváez.

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La tierra del sol y la luna, Concha López Narváez.

Explica el significado de las siguientes palabras.

Redacta una leyenda similar a la propuesta aquí.

<<Hace largos años había en Granada un rey despótico y cruel al que temían todos sus súbditos. Su hijo mayor, el príncipe Hassan, por el contrario, era bondadoso y gustaba de mezclarse con campesinos y gentes sencillas. Sabía de esta manera cómo discurrían sus vidas, cuáles eran sus alegrías y sus inquietudes y pesares. Así, del conocimiento nació la estimación y el mutuo aprecio. Pero ocurrió que, pasito a pasito y sin ruido, llegó el amor y el príncipe se enamoró de la hija de un labrador de la Vega llamado Abahul.

Los jóvenes mantenían en secreto su amor. Pero los rumores son más veloces que el viento; el rey se enteró y prohibió a su hijo que viese a la labradora hasta que no se celebraran sus bodas con la hija del rey de Toledo. A partir de ese momento podría tomar cuántas concubinas quisiera. El príncipe le respondió que amaba tanto a la hija de Abahul, que deseaba tenerla como favorita y primera esposa.

Enfurecido el rey, le encerró en la Alhambra en lo más alto de la torre que llaman de Gomares, sin más compañía que la de un hosco carcelero.

Pasaba Hassan las horas en la más completa soledad y melancolía, mirando entristecido hacia la Vega.

Cientos de aves volaban cerca de la torre. Unas allá abajo, en el verde valle del Darro. Otras arriba, sin más techo que el azul del aire. Algunas próximas, casi al alcance de su mano. Observaba sus vuelos y oía sus cantos y así entretenía su ocio y calmaba su tristeza.

Se sucedieron los meses. El príncipe había llegado a comprender el lenguaje de los pájaros, pero las aves, tímidas y asustadizas, no osaban llegar hasta la torre aunque Hassan deseaba fervientemente conservar con ellas.

Sin embargo, una mañana cayó a sus pies una tórtola herida que huía del azor. La tomó con cuidado y restañó sus heridas; luego calmó su sed y le habló en el lenguaje de los pájaros.

Durante los días que permaneció en la torre, la tortolica y el príncipe llegaron a ser grandes amigos. Le contó ella hermosas historias del aire y él le confió la causa de su tristeza y melancolía.

Sanó al fin el ave, y Hassan la puso en libertad, aunque con gran pena, pues con su marcha tornaba a su soledad.

Una luminosa mañana de primavera voló la tórtola en dirección a la Vega, siguió Hassan su vuelo hasta que la vio perderse en la lejanía. Cayó entonces en el más profundo abatimiento, y así permaneció durante todo el día, hasta que al atardecer se posó la tórtola en el ajimez.

Le contó que había volado a la Vega, y llegando a casa del labrador Abahul encontró a su hermosa hija llorando en el jardín.

Aumentó entonces de tal manera el dolor de Hassan, que no quería tomar alimento ni bebida alguna.

La tórtola, para consolarle, bajo al valle y pidió al mirlo que cantara para él; pero el mirlo con su amarilla flauta no pudo  lograr ni una sola sonrisa de sus labios. Canto luego el verdecillo, después la calandria, y más tarde el pinzón; pero el abatimiento de Hassan iba en aumento.

Salió la luna y se volvieron de plata las aguas del Darro. A lo lejos, coronadas de blancos resplandores, se alzaban las cumbres de Sierra Nevada. Cantó el ruiseñor y sus trinos eran más claros que las aguas del río. Pero el príncipe miraba y no veía la hermosura de la montaña, oía y no escuchaba el canto del ruiseñor. El alba lo encontró acodado en el ajimez, mirando tristemente hacia la Vega.

Reunió entonces la tórtola a las aves de la llanura y del monte, y juntas deliberaron durante toda la mañana, hasta que hallaron la manera de sacar a Hassan de su prisión.

Al atardecer, cientos y cientos de aves llegaron a la colina de la Alhambra.

Estaba el carcelero de vigilancia. La llave pendía de su cuello, y el candado tenía dadas tres vueltas. De pronto, el aire se hizo música. Escuchó sorprendido: ¿qué era aquel sonido suavísimo que descendía de la torre? Nunca había oído nada semejante…

Cantaban las aves y el carcelero las oía embelesado. ¡Qué hermosa melodía! Pero entre aquellos gruesos muros llegaba débilmente. Subió unos peldaños; la música era más clara. Subió un poco más; las notas descendían cristalinas y dulces. Subió y subió hasta llegar a lo más alto. Pinzones, calandrias, verdecillos, ruiseñores… desgranaban unidos sus trinos. Salió entonces la luna y un ensueño maravilloso se apoderó de él. Cantaron las aves durante toda la noche. Con el alba, despertó sobresaltado de su encantamiento. ¡La cinta que sostenía la llave no pendía de su cuello!

La Vega despertaba al sol de la mañana, y el príncipe y la hija de Abahul, el campesino, cabalgaban hacia tierras de Córdoba. >>

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