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Textos para talleres literarios: La puerta tapiada, Hoffmann

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La puerta tapiada

            Te presentamos un fragmento de La puerta tapiada, cuento fantástico escrito por  Hoffmann, en el siglo XIX. Este escritor ha sido considerado por la crítica como uno de los autores más emblemáticos de la narrativa de finales del XIX. Su capacidad para crear una  atmósfera asfixiante por donde se cuelan fantasmas o seres irracionales,, lo convierte en un adelantado de su tiempo. Sus cuentos despliegan el universo del inconsciente, anticipando la atmósfera de Kafka o las teorías del psicoanálisis. Muchos de ellos son una recreación de la locura freudiana, muestras seres autómatas, que bien podrían confundir nuestra percepción de la realidad. Ese automatismo no es del todo nuevo, puesto que ya había aparecido en el siglo XVIII, en el universo de los adelantos técnicos.  Los objetos y seres familiares se tornan siniestros, destejiendo la camisa de fuerza que nos separa de nuestros sueños más inconscientes, hasta borrar esas fronteras.

 

             Hemos escogido este fragmento para que observes por ti mismo cómo el narrador consigue crear una atmósfera determinada, a través de un universo que poco a poco se va cerrando, plegando hasta que confluye en esas confesiones que hermanan a los protagonistas. Lo que te proponemos es que traspases esa puerta tapiada y dotes de corporeidad al ser que se oculta detrás. ¿Qué es? ¿Cuál es el temible secreto que se esconde detrás de esa puerta tapiada a cal y canto? ¿Qué terrorífico ser esconde el castillo? Lo importante a la hora de vislumbrar este tipo de personajes es que el lector se lo crea, que verdaderamente se entrometa su imagen en su inconsciente, de manera que sea capaz de forjarse una imagen del mismo. No es muy complicado, únicamente debes construirlo en tu mente y dotarlo de vida;  una vez forjado, el lector debe sentir hasta su aliento, que lo paraliza de miedo.  

 

            Terminado su servició, Franz se retiró discretamente, la luz de dos bujías y el resplandor del fuego moribundo iluminaban de mil caprichosas maneras los adornos góticos de la sala donde nos hallábamos; los cuadros que cubrían las paredes representaban cacerías y escenas belicosas y los vacilantes fulgores del fuego parecían comunicar vida y movimiento a todas aquellas pinturas, entre las cuales fijé la atención en varios retratos de familia de tamaño natural que sin duda representaban a los individuos más notables de la familia de R....Sitten. La vacilante luz de las bujías hacia resaltar más el espacio blanco de la pared, que al entrar habíamos observado: yo supuse tan sólo que allí debió haber en otro tiempo una puerta de comunicación, que se condenaría más tarde sin tomarse nadie la molestia de ocultar aquel trabajo de albañilería con una capa de pintura semejante a la de la habitación. Prescindiendo de esto, mi espíritu se inclinaba en aquel momento más a favor de los sueños que de las realidades, así que poblé al punto el castillo de apariciones extraordinarias, figurándome que ya las tenía. La casualidad quiso que encontrase en un bolsillo una obrita que en aquella época solían llevar siempre los jóvenes, titulada El visionario, de Schiller, cuya lectura avivó mi imaginación. Ya estaba medio alucinado por el conjunto de aquella sala, cuando me pareció oír pasos ligeros, como una persona que se cruzase por la estancia; escuché atentamente, y percibí un gemido sordo, que se repetía después de un intervalo de silencio: un momento después se me figuró que arañaban el espacio blanco que parecía una puerta condenada.

            No había duda, era algún pobre animal que estaba encerrado allí, pensé que el ruido cesaría si golpeaba el suelo con el pie, o que el prisionero dejaría oír su voz con más fuerza: pero, ¡ oh terror!, el ser desconocido seguía arañando al parecer con más rabia. Mi sangre se heló en las venas: asáltenme las ideas más extravagantes, y quedo clavado sin movimiento en la silla, al tiempo que cesa el ruido misterioso y oigo de nuevo los pasos. Entonces, levantándome, cual movido por un resorte, me adelanto hacia el fondo de la habitación, apenas iluminada por moribunda luz: de improviso, una corriente de aire helado me enfría el rostro, y en el mismo instante un rayo de luna, atravesando las nubes ilumina con pálido fulgor un retrato de hombre de arrogante aspecto; mientras que a mi alrededor, algunas voces que no tienen nada de humano, murmuran las siguientes palabras, semejantes a un gemido: "¡No más lejos, vas a caer en el abismo del mundo invisible!" El ruido de una puerta que se cierra con violencia hace retemblar en aquel instante la sala donde me hallo; oigo distintamente correr por la galería; los pasos de un caballo resuenan en el suelo del patio; el rastrillo se eleva, alguien ha salido y vuelvo a entrar casi al punto. ¿Es bien real todo esto, o solamente es una fantasía de mi espíritu delirante? Mientras lucho con mis dudas, oigo a mi tío suspirar en la habitación contigua; no sé si está despierto, pero cojo la luz, entro y a la primera ojeada reconozco que le acosa alguna pesadilla cruel. al cogerle de la mano se despierta, y profiere un grito, pero pronto me reconoce. "Gracias, primo, me dice; en este instante era presa de un mal sueño, sin duda por la impresión que me produce este alojamiento y por el recuerdo de ciertas cosas que en otro tiempo he visto; pero ¡bah!, más vale conciliar el sueño otra vez y no pensar en el pasado. Al pronunciar estas palabras, se cubrió bien con la colcha, se tapó la cabeza con la sábana, y me pareció que volvía a dormirse; más cuando llegué a mi lecho oí al buen hombre murmurar una oración y maquinalmente hice lo mismo.

            Al día siguiente, a primera hora comenzamos a ejercer nuestras funciones: al mediodía acompañé a mi tío a visitar a las damas, después de haber sido anunciados por Franz; y al cabo de largo rato, una anciana jorobada, con vestido de senda, nos introdujo en el salón. Las dos damas vestían a la antigua, y me miraron con cierta sorpresa que me habría hecho soltar la carcajada, si mi tío no se hubiese apresurado a decirles que yo era un joven legista, pariente suyo, que había venido a R... Sitten para prestarles mi ayuda.

            El rostro de aquellas dos antiguallas femeninas se estiró; su expresión parecía indicar que no tenían mucha confianza en mi provenir y desde aquel momento la visita fue para mí por demás desagradable: hallábame aún dominado por la impresión de los incidentes de la pasada noche, y estaba muy dispuesto a no ver sino brujas bajo los oropeles con que se habían engalanado como pendones de iglesia, las dos damas de R... Sitten.

            Sus figuras fantásticas, sus ojillos ribeteados de rojo, su nariz puntiaguda y su voz gangosa, sólo podían pertenecer legítimamente a seres de otro mundo.

            En la noche de este primer día me hallaba como mi tío en nuestro cuarto;  y con los pies apoyados en los hierros de la chimenea, e inclinada la cabeza sobre el pecho, estaba entregado a mis reflexiones.

            -¿Qué diablos te ha embrujado desde ayer?- me preguntó de pronto el bueno hombre-: no comes ni bebes, y por tu aspecto pareces un enterrador.

            No me pareció conveniente ocultar a mi tío la causa de mi malestar; y después de escucharme con la mayor atención, me dijo con cierta gravedad:

            -Es extraño, yo he visto en sueños todo cuanto me dices, un hediondo fantasma en la habitación, se arrastraba hasta la puerta tapiada y arañaba con tal furia que sus dedos se hacían pedazos; después bajo por la escalera, hizo salir un caballo y volvió casi en seguida... Entonces fue cuando tú me despertaste, y al volver en mí me sobrepuse al secreto horror que siempre me producen las relaciones con el mundo invisible.

Hoffman

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