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Textos para talleres literarios: Parábola del trueque, Juan José Arreola

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Parábola del trueque  Juan José Arreola

"La mujer a la que amé se ha convertido en un fantasma, yo soy el lugar de las apariciones"

Te presentamos ahora un cuento perteneciente al libro de relatos Confabulatorio total del mejicano, Juan José Arreola, uno de los exponentes más significativos del relato breve. Perteneciente a ese grupo de autores hispanoamericanos de lectura obligada para los amantes de la narración breve, Arreola destaca por su capacidad de síntesis, por trasferir a la palabra el carácter enigmático de la existencia, por hacernos partícipes activos de la trama. El autor recrea con ironía los temas universales como las relaciones de pareja, que aparece en este cuento.  Consigue crear   un universo autosuficiente que se abre en un pasmo, en un azar que se dispara, provocando una metamorfosis  que deslumbra al lector en ese fogonazo que es el relato breve.

En este caso el carácter burlón se manifiesta en la mirada de un protagonista que asiste al espectáculo que se produce cuando llega un  mercader a su pueblo y  grita a los cuatro vientos que cambia esposas viejas por nuevas. El revuelo que se produce es inmediato: todos los hombres se confabulan y se las prometen muy felices en ese cambio, pues las nuevas esposas son extraordinarias, y resplandecen como soles.  Todos han realizado el cambio, menos el protagonista que debe aguantar las pullas de los vecinos que lo acusan de haberse acogido a una fidelidad estúpida; hasta su propia mujer le recrimina que no realizase el trueque, ya que - según ella- él actúo cobardemente y no le perdona que se sienta culpable. Pronto adivinamos que  las  nuevas mujeres no son ese dechado de cualidades que se creía. El entusiasmo del cambios cegó a los hombres y ahora se lamentan. Arreola despliega con acierto la ironía: a las mujeres les dieron un baño de oro, de ahí su resplandeciente belleza.  Cuando  es evidente la estafa, los  hombres del pueblo  organizan una expedición para buscar al embaucador, nada dicen de recuperar a sus antiguas esposas, sólo les importa la venganza.

El acierto del  título contribuye a esa desmitificación de las relaciones humanas, desvelando de forma sencilla cuán frágil son.  El autor consigue  que intuyamos la psicología de los protagonistas principales y crea el espacio apropiado para el desarrollo de los acontecimientos. La mirada del narrador selecciona únicamente las notas necesarias para crear un microcosmos spor el que se mueven los personajes, asistiendo de forma progresiva a sus trasmutaciones.

Vamos a pedirte en primer lugar que subrayes en el propio texto los matices que diseñan los sentimientos de los personajes, con esos matices intentaremos construir una descripción que  pueda asociarse perfectamente a lo narrado. Por lo tanto, primero diseñaremos nuevas  descripciones de los personajes, nuevos trajes para que nuestra retina se los imagine. También deberemos dotar de vida a una de esas nuevas mujeres, la introduciremos en el relato y podrá expresar su desagrado -por ejemplo- cuando el nuevo marido, la somete a toda clase de pruebas, antes de constatar su mala calidad.

Una vez tengamos delineados los personajes, intentaremos adoptar una perspectiva distinta, intentaremos construir la historia desde el punto de vista de la mujer del protagonista principal, o sea, desde el punto de vista de Sofía.  Es evidente que este hecho contribuye a ensayar nuestra pericia como narradores, puesto que ahora debemos describir los hechos según su mirada, y por lo tanto deberemos adoptar  lo sucedido a las nuevas lentes.  

Imaginemos que el hombre decide cambiar a su esposa (seguimos asumiendo que ahora es ella la que narra lo sucedido), transformemos la historia introduciendo este nuevo dato.  Ella siente nostalgia u no, imagina el desarrollo de los acontecimientos, se imagina a la usurpadora...

El reencuentro se produce porque el marido sale con los de la caravana que buscan al mercader. ¿Qué sucede entonces? ¿Se produce o no una reconciliación? Medita cuál sería el final más apropiado.

Por último transformemos la historia nuevamente, pero en este caso adoptaremos el punto de vista del embaucador, el mercader. Introduce todas las pistas que consideres necesarias para permitirle establecer un guiño con el lector, como si el mercader conspirase con el propio lector para engañar a los hombres. Ambos saben lo que va a suceder, casi antes de que suceda...el único que no lo sabe es el protagonista, que está furioso.

¿Cómo interpretas el desenlace? ¿Qué sentido tiene en el texto el colofón de la parábola?

 

 

Estudio del vocabulario:

Averigua el significado de las siguientes expresiones que aparecen en el cuento:

Las mujeres, según el comerciante, eran de veinticuatro quilates. Todas rubias y todas circasianas. Y más que rubias, doradas como candeleros.

Ajena al tumulto, ensartó  la aguja con sus dedos seguros. Solo yo que la conozco podía advertir su tenue, imperceptible palidez.

No pude contestarle, y los dos caímos más hondo en el vacío. Nos acostamos temprano, pero no podíamos dormir. Separados y silenciosos, esa noche hicimos un papel de convidados de piedra.

Me señalaban con el dedo, riéndose, lanzándome pullas desde sus opulentas trincheras. me pusieron sobrenombres obscenos, y yo acabé por sentirme como una especie de eunuco en aquel edén placentero.

Se puso a pensar desde el primer momento que su humilde semblante de todos los días era incapaz de apartar la imagen de la tentación que yo llevaba en la cabeza. Ante la hermosura invasora, se batió en retirada hasta los últimos rincones del mudo resentimiento.

Los maridos se ocultaron unos a otros las fallas de sus esposas, atormentándose en secreto con terribles sospechas acerca de su procedencia. Poco a poco salió a relucir la verdad, y cada quien supo que había recibido una mujer falsificada.

Dando pruebas de un apego maniático dice que ahora será fiel hasta que la muerte lo separe de la mujer ennegrecida, esa que él mismo acabó de estropear a base de ácido sulfúrico.

A la luz de la lámpara, su rostro dormido se va llenando de reflejos. Como si el sueño le saliera leves, dorados pensamientos de orgullo.

 

 

 

 

Al grito de << ¡Cambio esposa viejas por nuevas!>> el mercader recorrió las calles del pueblo arrastrando su convoy de pintados carromatos.

Las transacciones fueron muy rápidas, a base de unos precios inexorablemente fijos. Los interesados recibieron pruebas de calidad y certificados de garantía, pero nadie pudo escoger. Las mujeres, según el comerciante, eran de veinticuatro quilates. Todas rubias y todas circasianas.  Y más que rubias, doradas como candeleros.

Al ver la adquisición de su vecino, los hombres corrían desaforados en pos del traficante. Muchos quedaron arruinados. Solo un recién casado pudo hacer cambio a la par. Su esposa estaba flamante y no desmerecía ante ninguna de las extranjeras. Pero no era tan rubia como ellas.

Yo me quedé temblando detrás de la ventana, al paso de un carro suntuoso. Recostada entre almohadones y cortinas, una mujer que parecía un leopardo me miró deslumbrante, como desde un bloque de topacio. Presa de aquel contagioso frenesí, estuve a punto de estrellarme contra los vidrios. Avergonzado, me aparte de la ventana y volví el rostro para mirar a Sofía.

Ella estaba tranquila, bordando sobre un nuevo mantel las iniciales de costumbre. Ajena al tumulto, ensartó la aguja con sus dedos seguros. Sólo yo que la conozco podía advertir su tenue, imperceptible palidez. Al final de la calle, el mercader lanzó por último la turbadora proclama: <<¡Cambio esposas viejas por nuevas!>>.  Pero yo me quedé con los pies clavados en el suelo, cerrando los oídos a la oportunidad definitiva. Afuera, el pueblo respiraba una atmósfera de escándalo.

Sofía y yo cenamos sin decir una palabra, incapaces de cualquier comentario.

-¿ Por qué no me cambiaste por otra?- me dijo al fin, llevándose los platos.

No pude contestarle, y los dos caímos más hondo en el vacío. Nos acostamos temprano, pero no podíamos dormir. Separados y silenciosos, esa noche hicimos un papel de convidados de piedra.

Desde entonces vivimos en una pequeña isla desierta, rodeados por una felicidad tempestuosa. El pueblo parecía un gallinero infestado de pavos reales. Indolentes y voluptuosas, las mujeres pasaban todo el día echadas en la cama. Surgían al atardecer, resplandecientes a los rayos de sol, como sedosas banderas amarillas.

Ni un momento se separaban de ellas los maridos complacientes y sumisos. Obstinados en la miel, descuidaban su trabajo sin pensar en el día de mañana.

Yo pasé por tonto a los ojos del vecindario, y perdí los pocos amigos que tenía. Todos pesaron que quise darles una lección, poniendo el ejemplo absurdo de la fidelidad.  Me señalaban con el dedo, riéndose, lanzándome pullas desde sus opulentas trincheras.  Me pusieron sobrenombres obscenos, y yo acabé por sentirme una especie de eunuco en aquel edén placentero.

Por su parte, Sofía se volvió cada vez más silenciosa y retraída. Se negaba a salir a la calle conmigo, para evitarse contrastes y comparaciones. Y lo que es peor, cumplía de mala gana con sus más estrictos deberes de casada. A decir verdad los dos nos sentíamos apenados de unos amores tan modestamente conyugales.

Su aire de culpabilidad era lo que más ofendía. Se sintió responsable de que yo no tuviera una mujer como las otras. Se puso a pensar desde el primer momento que su humilde semblante de todos los días era incapaz de apartar la imagen de la tentación que yo llevaba en la cabeza. Ante la hermosura invasora, se batió en retirada hasta los últimos rincones del mudo resentimiento. Yo agoté en vano nuestras pequeñas economías, comprándole adornos, perfumes, alhajas y vestidos.

-¡No me tengas lástima!

Y  volvía la espalda a todos los regalos. Si me esforzaba en mimarla, venía su respuesta entre lágrimas:

-¡Nunca te perdonaré que no me hayas cambiado!

Y me echaba la culpa de todo. Yo perdía la paciencia. Y recordando  a la que parecía un leopardo, desea de todo corazón que volviera el mercader.

Pero un día las rubias comenzaron a oxidarse. La pequeña isla en que vivíamos recobró su calidad de oasis, rodeada por el desierto. Un desierto hostil, lleno de salvajes alaridos de descontento. Deslumbrados a primera vista, los hombres no pusieron realmente atención en las mujeres. Ni les echaron una buena mirada, ni se les ocurrió ensayar su metal. Lejos de ser nuevas, eran de segunda, de tercera, de sabe Dios cuántas manos. El mercader les hizo sencillamente algunas reparaciones indispensables, y les dio un baño de oro tan bajo y tan delgado que no resistió la prueba de las primeras lluvias.

El primer hombre que notó algo extraño se hizo el desentendido y el segundo también. Pero el tercero, que era farmacéutico, advirtió un día entre el aroma de su mujer la característica emanación del sulfato de cobre. Procediendo con alarma a un examen minucioso, halló manchas oscuras en la superficie de la señora y puso el grito en el cielo.

Muy pronto aquellos lunares salieron a la cara de todas, como si entre las mujeres brotara una epidemia de herrumbre. Los maridos se ocultaron unos a otros las faltas de sus esposas, atormentándose en secreto con terribles sospechas acerca de su procedencia. Poco a poco salió a relucir la verdad, y cada quien supo que había recibido una mujer falsificada.

El recién casado que se dejó llevar por la corriente del entusiasmo que despertaron los cambios, cayó en un profundo abatimiento. Obsesionado por el recuerdo de un cuerpo de blancura  inequívoca, pronto dio muestras de extravío. Un día se puso a remover con ácidos corrosivos los restos de oro que había en el cuerpo de su esposa, y la dejó hecha una lástima, una verdadera momia.

Sofía y yo nos encontramos a merced de la envidia y el odio. Ante esa actitud general, creí conveniente tomar algunas precauciones. Pero a Sofía le costaba trabajo disimular su júbilo, y dio en salir con sus mejores atavíos, haciendo gala entre tanta desolación. Lejos de atribuir algún mérito a mi conducta, Sofía pensaba naturalmente que yo me había quedado con ella por cobarde, pero que no me faltaron ganas de cambiarla.

Hoy salió del pueblo la expedición de los maridos engañados, que van en busca del mercader. ha sido verdaderamente un triste espectáculo. Los hombres levantaban al cielo los puños jurando venganza. Las mujeres iban de luto, lacias y desgreñadas, como plañideras leprosas. El único que se quedó es el famoso recién casado, por cuya razón se teme. Dando pruebas de un apego maniático, dice que ahora será fiel hasta que la muerte lo separe de la mujer ennegrecida, esa que él mismo acabó de estropear a base de ácido sulfúrico.

Yo no sé la vida que me aguarda al lado de una Sofía quien sabe si necia o si prudente. Por lo pronto, le van a faltar admiradores. Ahora estamos en una isla verdadera, rodeada de soledad por todas partes. Antes de irse, los maridos declararon que buscarán hasta el infierno los rastros del estafador.  Y realmente, todos ponían al decirlo una cara de condenados.

Sofía no es tan morena como parece. A la luz de la lámpara, su rostro dormido se va llenando de reflejos. Como si del sueño le salieran leves, dorados pensamientos de orgullo

De Confabulario total, 1961

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Comentarios Textos para talleres literarios: Parábola del trueque, Juan José Arreola

ta bueno

yoel-punk-posthardcore yoel-punk-posthardcore 02/02/2010 a las 21:43

oks.....   its a good creation that unexpect my mind... its beautiful....

i love it

Sasha Renal Paparazi Sasha Renal Paparazi 03/05/2010 a las 01:09

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