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Textos para talleres literarios Papeles póstumos del club Pickwick

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Papeles póstumos del club Pickwick

 

Charles Dickens

 

Te presentamos en este caso un fragmento de "Papeles póstumos del club Pickwick", novela escrita por Charles Dickens cuando apenas tenía 24 años.  El periódico The Evening Post Chronicle le encargó al joven Dickens  que escribiese una serie de textos de carácter costumbrista  para las ilustraciones del famoso dibujante Robert Seymour. El dibujante hacia las ilustraciones que eran acompañadas por el texto adicional; lógicamente  la trama de las historias se subordinaba al dibujo. Pronto  surgieron las desavenencias y el dibujante abandonó el proyecto, a partir de ese momento sería  Phizz quien se encargase de los dibujos.   Poco a poco Dickens se adueñó de la historia y los papeles se invirtieron, ahora era Dickens quien escribía el texto y,  a partir de su gestación, se hacía la ilustración; este hecho demuestra  que se estaba gestando un gran escritor, un escritor capaz de adueñarse de un proyecto y hacerlo suyo, imprimiéndole su carisma.  A pesar de algunos defectos, de ese dibujo preciso pero inalterado de los personajes,  o  de la falta de hilo argumental, dada la naturaleza de la obra, encontramos  en la novela esa innata capacidad ficcional, la extrañeza, un gusanillo nos impele a continuar la pericia vital de los personajes, aunque estos aparezcan deshilvanados, no presenten una estructura coherente o se muevan por una multiplicidad de espacios, a cual más hilarante.

El argumento es sencillo. Mr. Pickwick, un caballero inglés, funda un club  con el mismo nombre de su apellido. Lo integran, además de él, sus amigos Snodgrass, Tupman y Winkle.  Dickens mueve como nadie a los personajes por la alta sociedad diseccionando costumbres, comportamientos y actitudes, hasta ofrecer al lector una visión ácida y fresca, sin ese  imperativo moral de  otras  obras, ahora difuminado. El lector se queda con ese aguafuerte, con  el traslúcido humor inglés y con el alma de las situaciones.  El elemento que produce la trabazón de las escenas es el viaje, la aventura constante. Deambulamos con Pickwick, loco pensador, una especie de Don Quijote, meticuloso, Tupman (un viejo verde, que se ve envuelto en algunos lances disparatados), Snodgrass ( prototipo del poeta cobarde y asustadizo) y Winkle ( un deportista con muy mala suerte) Por otra parte la aparición de Samuel Weller ( criado de Pickwick)  sirve al autor para mostrar el contrapunto con su señor. Vuelve a forjarse   el contrapunto realismo -  idealismo. No obstante, pese a las similitudes con El Quijote, debemos disociar  el punto de vista, la mirada de una u otra obra.  En el caso de Dickens, la fina ironía, el humor inglés es una aguja que hilvana la aventura.   Dickens se mueve con verdadera maestría por ese escenario narrativo, dotando a un primerizo folletín de una calidad atípica que lo aproxima a sus logros posteriores,  al mostrarnos ya algunas de esas líneas incipientes que lo constituirán en un maestro indiscutible.

Lo que te propongo, curioso lector, es relativamente sencillo. Recuerdas la génesis de la obra.

El autor debía adaptar la pericia vital de los protagonistas a una ilustración determinada.  Quiero que tengas esto bien presente antes de continuar y que te imagines las dificultades que esto entrañaba. Escucha a media voz la conversación de los protagonistas,  como va creciendo el horizonte de expectativas para mostrarnos diversas situaciones hilarantes, capaces  de hacernos dibujar sonrisas.  Quiero que busques folletos u propagandas antiguas de medicamentos, que te fijes en los rostros felices, en el trazado de aquellas letras  que anunciaban milagros, en las figuras de los personajes, en las letras de los productos.  Quiero que después le atribuyas una trama a cada uno de esos folletos, que dotes de vida a los personajes y construyas una historia verosímil, creíble para todos aquellos que la lean u escuchen. Para ello podéis optar por buscar en grupo un folleto determinado, cada componente del grupo escribirá una historia, basándose en los mismos personajes u personaje; después,  se intentarán hilvanar, de manera que se construya un pequeño microcosmos, lo que podría ser la  génesis de una novela. 

Otra forma de realizar la actividad sería que todos eligiesen el mismo folleto y a los mismos personajes.  A partir de unas pautas determinadas cada alumno escribiría una aventura distinta. Después se intentaría construir una pequeña novela con todas esas historias.  El profesor u profesora podría señalar una serie de pautas:  notas cómicas u de humor, posibles encuentros o espacios donde se pudiese desarrollar la historia, encontronazos con otros personajes, deslices, trabas, etc.  Finalmente se encuadernaría la historia resultante que podría ser guardada en la biblioteca.  

 

 

-¿Vive aquí el señor Sawyer?...-preguntó al señor Pickwick una vez que abrieron la puerta.

-Sí- contestó la muchacha-; en el piso primero. La puerta que encontraréis enfrente, cuando hayáis llegado al final de la escalera.

Después de dar instrucciones, la doncella, que se criara entre los aborígenes de Southwark, desapareció en las profundidades de las escaleras de la cocina, llevándose la vela en la mano, absolutamente convencida de que había hecho todo cuanto podía esperarse de ella en tales circunstancias.

El señor Snodgrass, que entrara el último, cerró la puerta de la calle tras varios ineficaces esfuerzos, enganchando la cadena; y sus amigos subieron tropezando al piso de arriba, donde fueron recibidos por Bob Sawyer, que no se atrevió a bajar por temor a que la señora Raddle estuviera al acecho.

-¿Cómo estáis?- preguntó al desconcertado estudiante-. Celebro veros... Cuidado con los vasos.

Esta advertencia iba dirigida al señor Pickwick, que había colocado el sombrero en la bandeja.

-¡Dios mío!-exclamó el señor Pickwick-. Perdonadme.

-No es nada, no es nada- dijo Bob Sawyer-. Ando bastante escaso de espacio aquí; pero si venís a ver a un joven soltero, tendréis que amoldaros a ello. Pasad. Me parece que ya conocéis a este caballero.

El señor Pickwick estrelló la mano de Benjamín Allen, y sus amigos le imitaron. Apenas habían tomado asiento, cuando oyéronse dos golpes nuevamente.

-¡Será Jack Hopkins!- dijo Bob Sawyer-. ¡Chis! Si, él es. Sube, Jack, sube.

Oyéronse unos fuertes pasos en la escalera y apareció Jack Hopkins. Vestía un chaleco de terciopelo negro y una camisa a rayas azules, con blanco cuello postizo.

-Vienes tarde, Jack- dijo Benjamín Allen.

-Me han entretenido en San Bartolomé- contestó Hopkins.

-¿Alguna novedad?

-No, nada de particular. Un buen accidente que llevaron a la sala de guardia.

-¿Qué ha sido caballero?- preguntó el señor PIckwick.

-Nada, un hombre que se ha caído de la ventana de un cuarto piso; pero es un caso estupendo... estupendo de veras.

-¿Queréis decir que el paciente se encuentra en buenas vías de restablecimiento?- preguntó el señor Pickwick.

-No- respondió Hopkins con indiferencia- No; yo diría que no. Sin embargo, la operación de mañana tiene que ser espléndida... Un magnífico espectáculo, si la hace Slasher.

-¿Consideráis a Slasher un buen operador?- dijo el señor Pickwick.

-No hay otro mejor- contestó Hopkins-. La semana pasada le quito la pierna a un chico mientras éste se comía cinco manzanas y un pastel de jengibre. A los dos minutos justos de haber terminado todo, el chico dijo que no quería quedarse allí para que se divirtieran con él, y le pregunto a su madre si no iban a empezar.

-¡Válgame dios!- exclamó el señor Pickwick estupefacto.

-¡Bah! Eso no es nada, nada- repuso Jack Hopkins-. ¿Verdad Bob?

-Nada en absoluto - contestó Bob Sawyer.

-A propósito, Bob- dijo Hopkins, lanzando una mirada apenas perceptible al rostro atento del señor Pickwick-. Anoche tuvimos un accidente muy curioso. Nos trajeron a un chiquillo que se había tragado un collar.

-¿Qué se había tragado el qué, caballero?- interrumpió el señor Pickwick.

-Un collar- respondió Jack Hopkins-. Todo de una vez, no; ¿comprendéis? Eso hubiera sido demasiado. Aunque el chico se lo tragase, vos no podríais, ¿eh, señor Pickwick?  ¡Ja, ja, ja!

Y el señor Hopkins pareció sentirse muy satisfecho de su ingeniosidad, por lo que prosiguió:

-No; la cosa fue así: los padres del chico eran gente pobre que vivían en una callejuela. La hermana mayor del chico se compró un collar, un collar corriente, de grandes cuentas  de manera. El chico, a quien le gustaban mucho los juguetes, arrampló con el collar, lo escondió, se puso a jugar con él, rompió el cordón y se tragó una cuenta.

-¡Bendito sea Dios!- exclamó el señor Pickwick-. ¡Qué espanto!...  ¡Perdonad, caballero; continuad!

-Al día siguiente el chico se trago dos cuentas; al otro día, se sirvió tres, y así sucesivamente hasta que en una semana acabó con el collar; veinticinco cuentas en total. La hermana, que era una muchacha muy hacendosa, y que rara vez se permitía el lujo de una chuchería, lloró amargamente la pérdida del collar; lo buscó por todas partes, pero no necesito decir que no lo encontró. Unos días después, estaba comiendo la familia- pierna de cordero, guisado con patatas-, y el chico, que no tenía ganas, andaba jugando por la habitación, cuando de pronto se oyó un ruido tremendo, como una pequeña granizada. "No hagas eso, hijo mío", le dijo el padre. "Si no hago nada", contestó el chico. "Bueno, pues no lo hagas otra vez", dijo el padre. Se hizo un breve silencio y otra vez empezó aquel ruido con más fuerza que antes. "Si no haces caso de lo que te digo, hijo mío- dijo el padre- te voy a meter en la cama en menos que canta un gallo". Le dio un empelló al chico para que obedeciese y se produjo un estrépito inaudito. "Pero, ¡caramba!, si es en el chico- dijo el padre-; le ha entrado garrotillo donde no debía." "No, no es eso, padre- dijo el chico, empezando a llorar-; es el collar: me lo he tragado, padre." El padre cogió en brazos al chico y corrió con él al hospital, con el traqueteo, las cuentas fueron metiendo ruido todo el tiempo en el estómago del chiquillo, y la gente miraba al aire y a los sótanos para averiguar de dónde salía aquel ruido extraño. Ahora está en el hospital - añadió Hopkins-, y cuando anda arma un ruido tan endiablado, que hay que envolverle en un capote de sereno por temor a que despierte a los enfermos.

- Es el caso más extraordinario que he oído en mi vida- musitó el señor Pickwick descargando un enérgico puñetazo sobre la mesa.

-¡Oh!, pues eso no es nada- añadió Jack Hopkins-. ¿ Verdad, Bob?

-Claro que no- contestó Bob Sawyer.

-En nuestra profesión ocurren cosas muy singulares, os lo aseguro, caballero- dijo Hopkins.

- Ya empiezo a imaginármelo- replicó el señor Pickwick.

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Comentarios Textos para talleres literarios Papeles póstumos del club Pickwick

:-) Gracias Aghata
lerna Lerna 01/04/2009 a las 14:31

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