Avisar de contenido inadecuado

Textos para talleres literarios: Mujeres cantando suavemente, Wilhelm Genazino

{
}

 

Wilheim Genazino forma parte de esa nómina de autores alemanes que se ha creado un hueco literario en nuestro país. Junto a otros escritores alemanes  como Thomas Brussing,  Ingo Schulze, Marcel Beyer, su obra literaria ha sido traducida y reconocida por editoriales de  como Mondadori o Bassarai. Este reconocimiento no es un acto fortuito sino que viene avalado por el prestigio que ha obtenido el propio autor, al que  se le ha otorgado premios muy importantes como el Premio de la Academia de las Artes de Baviera, el Kranichsteiner o el Premio Theodor Fontaine, entre otros. Sin duda el mayor reconocimiento que ha obtenido este autor, oriundo de Manheim, ha sido el Georg Büchner, galardón que viene reconociendo desde 1923 a los mejores autores alemanes, y que poseen -por ejemplo- Günter Grass o Friedrich Dürrenmat.

                Genazino ha trabajado en diversos medios de comunicación periodísticos. Comenzó como voluntario en el periódico Rhein- Necker- Zeiitung, y poco a poco fue perfeccionando su estilo de redactor lo que permitió, entre otros placeres, formar parte de la revista satírica Pardon, medio que le sirvió de plataforma para desarrollar su agudeza verbal con un sarcasmo que con el paso de los tiempos ha ido suavizando. También fue coeditor de la revista Lesezeichen y trabajó como actor radiofónico, medio en el que es casi una leyenda.

Sus primeras novelas muestran un realismo crítico que ausculta la vida de  un oficinista, se trata de la trilogía Abschaffel, que se hizo famosa. Su estilo  se ha ido poco a poco interiorizando hasta  mostrar  un mosaico particular de lo cotidiano. Sus protagonistas deambulan por las ciudades, y nos ofrecen esa realidad inmediata que nos circunda. Las vitrinas de los escaparates, los parques y sus pájaros o las gentes que pasean son observados meticulosamente y, tras ese gesto banal, se nos descubren sus mundos interiores. Esa camisa de fuerza que es el tiempo los paraliza ante nuestros ojos, aunque se trate de instantes efímeros que pasan con rapidez.   El personaje nos descubre qué se oculta detrás de nosotros mismos, qué lazos imperceptibles nos unen o qué conciencias nos separan. Así encontramos personajes como el del doctor de filosofía que se sobrevive en el esperpento de lo cotidiano gracias a su función de probador de zapatos de lujo (Un paraguas para ese día), o el ser que  asiste a la pérdida de una oreja, que se cae al suelo sin más, acto que pasa a un segundo plano pero que ofrece una pista sobre la naturaleza del protagonista, como una tara oculta de sus carencias vitales (Un toque de nostalgia).  Mujeres cantando suavemente reincide en esa "fenomenología de lo cotidiano" que acompaña a un lector, ávido de argumentos, hacia un territorio íntimo y sorprendente. El lector se siente inmediatamente atrapado por ese lenguaje sencillo y envolvente que acompaña las percepciones del protagonista. Sigue a su personaje mientras  va de un sitio a otro observando lo que sucede a su alrededor. Algunos recuerdos dolorosos (como el recuerdo de Paul Celan) son despejados a partir de visiones tan nimias como la contemplación de un sombrero de señora que le recuerda el asesinato de la madre del artista ( Fritzi Antschel).  

Pese a la singularidad de estos devenires exentos de pericia argumental, donde parece que no sucede nada, estas novelas desenmascaran las diversas crisis de identidad que atraviesa el ser humano: los objetos, los procesos interiores que escondemos detrás de nuestros gestos. Los  hombres, niños o mujeres con los que se topa se mueven como  títeres sin detenerse ante los hallazgos (un zapato, una papelera, un vecino que le sale al paso);  todo se confunde  en la  muchedumbre anónima. El lector agradece esa mirada inteligente, capaz de detener el carro que nos obliga a transitar para reconocernos en cada uno de esos gestos como si se parase una moviola y nos sorprendiese.  

 

Hemos escogido tres fragmentos ilustrativos de la novela para que trabajes la escritura automática.

El primero parte de un motivo relativamente sencillo. El protagonista se percata de la pérdida de un objeto que estima e inmediatamente se dispara el mecanismo de las asociaciones. Primero nos informa de cómo era el objeto, y de lo que ocurrió cuando lo adquirió. A continuación, lamenta su pérdida y se pregunta cómo ha podido suceder si lo llevaba en el bolsillo. En su delirio adelanta una hipótesis y se dispone a desandar lo andado para encontrarlo. No obstante constata que no sabe muy bien por donde ha deambulado, idea que le sirve para improvisar una pequeña reflexión sobre el tiempo. Se da cuenta de que pasa habitualmente por una pescadería, aunque este hecho no signifique nada y vuelve a sus divagaciones, deteniendo nuevamente el fluido de sus pensamientos sobre los puestos de peces  muertos.  

Proponemos pues que emules al protagonista y que escribes una divagación similar. Detén el tiempo mientras caminas por un lugar que conoces, piensa en la pérdida de un objeto entrañable que ha desaparecido de pronto y desanda tú también el espacio recorrido. Haz una radiografía del momento en el que adquiriste el objeto y de sus características, mientras te fijas en los rostros o en los lugares, calles u escaparates que vas viendo y que te ofrecen visiones inéditas de la realidad que interiorizas.

                                                                 1 fragmento

Desgraciadamente he perdido mi trompo o lo he dejado en algún sitio. No me puedo explicar cómo ha podido ocurrir esto. El trompo tenía un eje relativamente largo y un cuerpo de madera ancho. Debido a esta construcción, tenía una gravitación  desproporcionada y describía, cuando lo hacía bailar sobre una mesa, elipses cortas, estrechas. Había comprado el trompo en una fiesta del vino en Rheingau. Lo tuve un poco en la mano y enseguida supe que quería llevarlo en el bolsillo de mi chaqueta. Ya poco después, cuando me senté y pedí un vaso de vino, saqué  el trompo y lo hice bailar en la mesa. Un niño quejoso cayó inmediatamente en un bello silencio admirativo. Tuve que aclararle a la madre dónde se podía comprar este sencillo juguete. Desde entonces llevaba yo el trompo casi todos los días conmigo. Desgraciadamente me he dado cuenta de la pérdida hace sólo media hora. Puse en la cocina el par de cosas que había comprado de camino, metí la mano en el bolsillo de mi chaqueta y ya no lo encontré. Me acuerdo que de camino me había limpiado una vez la nariz. Tal vez se ha enredado el trompo en mi pañuelo y al sacarlo del bolsillo se ha caído a la calle. Naturalmente quisiera recuperar mi trompo. Lo mejor será que recorra otra vez las mismas calles que he pasado de vuelta a casa.

Pero ¿por qué calles he pasado y por cuáles no? Con mi manera de ir de un sitio a otro no se pueden recordar fácilmente los caminos recorridos. Yo mismo llamo a este ir de un sitio a otro, "trotar" o " ir al trote". Estas palabras significan que a menudo me quedo parado o hago como que espero. Me gusta cuando el tiempo se desintegra así en muchos trozos pequeños que puedo observar uno a uno. Antes he querido saber exactamente qué significaba este ir de un sitio a otro y perder el tiempo; por suerte estas explicaciones ya no son hoy importantes. Paso por la pescadería de la calle Martin Luther, pero eso no quiere decir nada. Pues el escaparate de esta pescadería lo miro casi todos los días. Delante hay siempre puestos unos peces; están rodeados de muchos terrones pequeños de hielo, son lisos, brillan y tienen una piel bella. Excepcionalmente no me importa que estén muertos, pues los peces son los animales menos parecidos a los hombres. No tienen piernas, ni brazos, ni manos, ni dedos, ni siquiera tienen pelos. Ya los pollos muertos que hay en una calle más allá en el escaparate de una pollería me producen un pequeño, porque tienen muslos que, aunque sea sólo muy lejanamente, recuerdan las piernas de los hombres.

 

A continuación quiero que te fijes en este fragmento en el que el protagonista fantasea sobre las personas con las que se topa habitualmente. Esos vecinos a los que en ocasiones saluda y que aparecen en su óptica de visión cotidiana.  El protagonista crea una ilusión, un puente de comunicación entre él y la joven de la bicicleta. Se intuye que son  los salvavidas de un loco  a los que se aferra, de ahí esa obsesión por los paraísos artificiales de la literatura.  Te sugiero que sigas el ejemplo. Aférrate al universo exterior que te rodea, mira con buenos ojos a todos esos rostros conocidos con los que topas e invéntate un enlace, un puente de unión con uno de ellos. Después podrás explicarnos lo que significa para ti ese castillo de naipes que has levantado, y aventurar qué significa para ti la literatura.

 

 

 

                                               2 fragmento

De las muchas  personas que no conozco en mi vecindad, que sin embargo se encuentran conmigo frecuentemente, no quiero echar de menos a ninguna. A algunas saludo, a otras no, a otras  las miro sólo. Su condición de imprescindibles se basa en programas visuales que se han ejercitados entre ellos y yo durante años. Es decir, tenía que aclararse con cada una largo tiempo y casi siempre sólo con la mirada, sin mirarse era posible y aceptable y tal vez incluso agradable. Volver a mirarse y a conectarse es consolador, y más de una manera mutua. El ser de la casa es necesario en las miradas de los otros porque las viviendas nunca llegan a crear el sentimiento de comunidad.

Me gusta imaginarme que voy a recibir pronto una carta de amor de una mujer que a veces riendo frescamente pasa delante de mí en una bicicleta. Cuando la mujer pasa, entonces está de nuevo claro que no me va a escribir ninguna carta y que tampoco voy a recibir ninguna. Al día siguiente se repite la pequeña y ridícula ilusión de espera y termina tan inocente como el día anterior. ¿Qué puedo hacer con estas escenas de títeres interiores? Tal vez me voy a volver loco poco a poco, naturalmente bajo la apariencia de literatura, que es necesaria porque el arte es utilizado como actividad encubridora para una locura que se impone lentamente. Este pensamiento fulminante sólo lo soporto un poco; entonces voy a la calle con un mayor placer todavía y envío miradas casi como flechas, solamente  para pensar en poco tiempo con una feliz certeza aumentada: nadie se vuelve loco, ni uno solo; todos vamos con inaudita lentitud hacia la muerte y de camino queremos ser mirados, tan frecuente y caprichosamente como sea posible.

 

Finalmente quiero que te detengas en este fragmento y lo leas a conciencia porque el ejercicio que voy a proponerte es un poco más complicado, aunque estoy convencida que puedes desarrollarlo. El fragmento podía formar parte de una antología de microrrelatos tan de boga actualmente.  Lo que debes hacer es desarrollarlo, transformarlo en un cuento corto. ¿Cómo es la joven japonesa? ¿Por qué escribe tarjetas? ¿Qué relación existe entre ella y el protagonista? Introduce todos los elementos necesarios para que sea verosímil su final.

 

                                      3 Fragmento

En el zócalo de la fuente delante de la Ópera está sentada la joven japonesa junto a la que hace unos días he esperado una tormenta. Ahora escribe las tarjetas que bajo el toldo sólo había mirado. Tras cada oración escrita mira arriba hacia las nubes. Acto seguido sabe su frase, que entonces le sale rápida de su mano. Me pongo de tal manera que su mirada debe rozarme cuando retorna del cielo a las tarjetas. Me reconoce inmediatamente; deja caer la mano que escribe, me sonríe y mueve las puntas de los zapatos de seda por los que estaba preocupada. Ese debe ser el agradecimiento por la salvación de la casa ardiendo.

 

{
}
{
}

Deja tu comentario Textos para talleres literarios: Mujeres cantando suavemente, Wilhelm Genazino

Identifícate en OboLog, o crea tu blog gratis si aún no estás registrado.

Avatar Tu nombre

Los comentarios de este blog están moderados. Es posible que éstos no se publiquen hasta que hayan sido aprobados por el autor del blog.