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Textos para talleres literarios: Lírica tradicional

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Cancionero de la lírica tradicional.

 

Te presentamos algunos poemas de lírica tradicional. En ellos aparecen algunos elementos típicos como  el uso de paralelismos, las exclamaciones e increpaciones al amante o amada, el desconsuelo, la confidencia a la madre, etc. Si te das cuentas las estructuras son muy sencillas y casi todas ellas encierran pequeñas historias de amor u deseo que se reiteran una y otra vez. No olvidemos que los propios poetas han participado de ese fervor popular, construyendo ellos mismos sus propios poemas, cancioncillas, glosas, villancicos...; incluso en ocasiones es difícil discernir entre poesía tradicional anónima y poesía tradicional escrita por un poeta u otro.

Vamos a ver si eres capaz de captar el ritmo poético que subyace en estas composiciones y escribir tus propios esquemas. Apunta en una hoja todos los temas: celos, despedidas al alba, la malcasada, la confidencia a la madre, el engreimiento de unos ojos o su profundidad. Una vez los hayas localizado, quiero que atiendas a la estructura poética e intentes tú mismo ampliar o rescindir la composición, de manera que la composición resultante sea distinta. También puedes entrecruzar los versos, o añadir gazapos, ideados por ti; incluso si te atreves puedes intentar una melodía que acompañe.  Si los cruces son eficaces, si viertes toda esa musicalidad que llevas dentro y omites poco a poco, los versos que aparecen, podrás escribir tus propias composiciones.

Finalmente quiero que escojas una de esas composiciones y la trasformes hasta convertirla en una historia verosímil. Puede ser una historia de amor, de celos, de despedida u reencuentro... Lo más importantes es que te metas en la sustancia de la historia, hasta el punto de dotarla de vida propia, de manera que el lector se sienta verdaderamente trasladado a esa época y  atienda a ese momento de estaxis que reclamas para los protagonistas.

 

¡Ay que muero de celos

de aquel andaluz!

¡Háganme si muriere

la mortaja azul!

 

Sólo a darme guerra

Pasó, madre mía

del Andalucía

mi Morena Sierra.

Fue de Inglaterra

su fingida fe;

pero nunca fuese,

que es tan común.

¡Háganme, si muriere

la mortaja azul!

 

Mi amor pagó en hielos,

mi fe con mudanzas,

verdes esperanzas

en azules celos;

si vuelvo a los cielos

a pedir favor,

de su azul color

hace mi inquietud.

 

¡Háganme, si muriere,

la mortaja azul!

 

 

Llaman a la puerta

y espero yo al mi amor.

¡Ay, que todas las aldabadas

me dan en el corazón!

 

 

¿Qué de vos y de mí, señora,

qué de vos y de mi dirán?

 

De vos dirán, mi señora,

la merced que me hacéis,

y que cosa justa es

querer a quien os adora;

y que siempre como agora

muy fuerte y firme os verán.

¿Qué de vos y de mí, señora

qué de vos y de mí dirán?

 

De mí dirán que por vos

todo lo puse en olvido,

y si así no hubiera sido,

que me castigará Dios.

¡Mi bien! ¡ De entrambos a dos,

oh cuánta envidia tendrán!

¿Qué de vos y de mí, señora,

qué de vos y de mí, dirán?

 

De vos dirán cien mil cosas,

si las saben entender;

que son otras tan hermosas,

mas no de tal parecer.

De la más gentil mujer

todos sus votos os dan.

¿Qué de vos y de mí, señora,

qué de vos y de mí, dirán?

 

De mí dirán que he salido

Con ser bienaventurado

y que bien pagado he sido,

aunque poco he trabajado;

mas que de tan alto estado

malas caídas se dan.

¡Qué de vos y de mí, señora,

qué de vos y de mí dirán?

 

 

Con el aire de la sierra

híceme morena.

 

Un cierzo indignado,

a vueltas del sol,

cualquier arrebol

dejan eclipsado;

ellos y el cuidado

que mi muerte ordena:

con el aire de la sierra

híceme morena.

 

Si blanca nací,

y volví morena,

luto es de la pena,

del bien que perdí,

que sufriendo aquí,

rigores de ausencia,

con el aire de la sierra

híceme morena.

 

 

Si la noche  hace escura

y tan corto es el camino,

¿cómo no venís amigo?

 

La media noche es pasada

y el que me pena no viene:

mi desdicha lo detiene,

¡que nascí tan desdichada!

 

Háceme vivir penada

Y muéstraseme enemigo.

¿Cómo no venís, amigo?

 

Lindos ojos ha la garza,

y no los alza.

 

 

 

 

 

Al alba venid, buen amigo,

al alba venid.

 

Amigo, el que yo más quería,

venid al alba del día.

 

Amigo, el que yo más quería,

venid a la luz del día.

 

Amigo, el que yo más amaba,

venid a la luz del alba.

 

Venid a la luz del día,

non trayáis compañía.

 

Venid a la luz del alba,

non traigáis gran compaña.

 

 

¡Quedito, no me toquéis,

entrañas mías,

que tenéis las manos frías! 

 

 

 

Si los delfines mueren de amores,

¡triste de mí!, ¿qué harán los hombres

que tienen tiernos los corazones?

¡Triste de mí! ¿Qué harán los hombres?

 

 

Miraba la mar

la mal casada,

que miraba la mar

cómo es ancha y larga.

 

Descuidos ajenos

y propios gemidos

tienen sus sentidos

de pesares llenos.

Con ojos serenos

la mal casada,

que miraba la mar

cómo  es ancha y larga.

 

Muy ancho es el mar

que miran sus ojos,

aunque a sus enojos

bien puede igualar.

Más por se alegrar

la mal casada,

que miraba la mar

cómo es ancha y larga.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Puñalitos dorados

son mis dos luces,

que los meto en el alma

hasta las cruces.

 

  

 

 

 

A sombra de mis cabellos

se adurmió:

¿si le recordaré yo?

 

 

No me mires, moreno,

cuando te miro;

que se encuentran las almas

en el camino.

 

 

Siento unos celos

en las pestañas,

que se me azulan

si se me cuajan.

 

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