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Textos para talleres literarios:" Los jóvenes Einstein"

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Los jóvenes "Einstein" conquistan el espacio desde la ría de Vigo

Lee con atención este reportaje dedicado a los jóvenes Einstein, cuyo proyecto ha sido seleccionado por la Universidad de Stanford, para participar en el congreso universitario que reúne a centros de estudios de Estados Unidos, Canadá y Japón en el desierto de Black Rock. Su propósito: lanzar satélites desde el desierto de Black Rock. Vamos a proponerte que te enroles en esa aventura. Ahora ya sabes que el profesor no viaja con ellos, que no pueden llevar el satélite porque podría confundirse fácilmente con una bomba, que han trabajado muy duro, que son todos chicos formales y estudiosos, pero no unos freakies. Te propongo que asumas el rol. Imagínate el viaje: Vigo- Madrid- Chicago- Los Ángeles- Reno, la furgoneta recorriendo un desierto inmenso. Los nervios recorren tu espina dorsal, los nervios paralizan vuestros sentidos. Pero al fin y al cabo, ahora no puedes echarte atrás.

 Es el momento de la verdad, ¿ vuestro momento de gloria? Recuerda la importancia de la verosimilitud, aunque puedes introducir anécdotas, dificultades, impresiones... Lo importante es que consigas esa palabra precisa y envolvente que demuestra que eres capaz de asumir roles diversos y enfrascarnos a todos en tu propia aventura.

El mayor de estas promesas de la aeronáutica gallega está aún en bachillerato. Ni él, ni sus cinco compañeros creyeron irrealizable construir un satélite. Este prodigio tecnológico, seleccionado por la elitista Universidad de Stanford (EEUU), se lanzará, el próximo viernes, sobre el desierto de Black Rock. Será el primer aparato espacial europeo de este tipo en alcanzar la tierra de Bush.

El taller está en un piso céntrico de Vigo, lejos de las risas y el sol que animan el arenal de Samil. La palabra satélite provoca en la mente imágenes impactantes, pero lo que muestra Adrián Bas (15 años, 4º ESO) es una pequeña estructura de alta tecnología, elaborada con placas de aluminio de 1.100 gramos de peso. Es el proyecto que seis adolescentes vigueses llevarán al desierto de Black Rock (Nevada, EEUU) para superar un reto planteado por la prestigiosa Universidad de Stanford, cuna del espíritu Sllicon Valley.

El desafío es el siguiente: enviar un minisatélite propulsado mediante cohete - este lo facilitan los americanos- a 4.500 metros de altitud. Allí será soltado y descenderá a 120 kilómetros por hora hasta alcanzar una altura de 1.500 metros. El paracaídas se abrirá entonces y la desaceleración será vertiginosa: de 120 a 12 kilómetros por hora. El satélite debe completar su descenso en unos 20 minutos, sin dejar de transmitir datos de presión y posición a una estación central. Y debe caer en un punto prefijado, con un radio de error máximo de 100 metros.

"Los satélites de verdad, que hacen ese mismo recorrido al entrar en la atmósfera terrestre, tienen un margen de error de 50 kilómetros", aclara Javier Berbel, economista de 41 años, animador de las Jornadas de Jóvenes Científicos del club Doira. Esta institución, ligada al Opus Dei, patrocina a jóvenes valores de las ciencias. Por las paredes se desparraman imágenes de la Virgen y fotos de helicópteros militares.

"Es importante que el paracaídas se abra bien", explica optimista Nicolás Cuevas (15 años, 3. ESO), el benjamín del grupo. "Que soporte el tirón. Si pasa esto, yo creo que está hecho". En torno a Adrián y Nico está un grupo de chicos educados y expectantes: Fernando Gallego (17 años, 1º de BAC), Juan García Romero (16 años, 4. ESO), Víctor Pereira (16 años, 4º ESO) y Sergio Pego (18 años, 2º de BAC). Hoy reina el silencio en el club, pero no siempre es así: "a alguno le gusta la música cacharrera, cuenta Javier jovialmente.

David Pérez- Piñar, ingeniero de telecomunicaciones, 36 años, observa en silencio a quienes llama "sus muchachos". Es el jefe técnico del equipo y quien creyó que unos adolescentes de Vigo podían competir en una de las mecas de la tecnología. El cuento es así. En las primeras Jornadas de Jóvenes Científicos del Doira, celebradas en 2003, superados los escarceos con cohetes de agua y maquetas de puentes, se creyó que los chavales del club- un equipo distinto al del satélite- podían armar un cohete propulsado con propelente sólido, el nuevo combustible de los transbordadores espaciales. Después de varios meses, lo consiguieron. "Lo elevamos un kilómetro. Nos fuimos un día a las afueras, sin pedir permiso ni nada y ...¡ que no pasa ningún avión, dale!", relata Berbel. "Conseguimos el segundo premio nacional de investigadores en 2005".

Los cazatalentos de Stanford, la elitista universidad de California, estaban al tanto de estas aventuras. "En diciembre de 2005, el director de miniaturización de satélites, Bob no-sé-qué, al oír lo del cohete le propuso a David hacer el satélite. David hizo el proyecto y se lo envió". Resultado: los de Stanford invitan a los de Vigo a sumarse a los congresos universitarios de septiembre de 2006, que reúnen a centros de estudio de Estados Unidos, Canadá y Japón en el desierto de Black Rock con el provechoso propósito de lanzar satélites. Y donde "alguna vez", dice Berbel, "han invitado a high schools norteamericanas". En realidad, Bob no-sé- qué ha visto la luz en estos adolescentes gallegos. Tres grupos de estudiantes de high schools y universidades americanas han fracasado, un año tras otro, al emprender el desafío. Esta será la primera vez que asuma el reto un equipo del nuevo del Viejo Continente. El premio en metálico aumenta cada año, comenzó en 2.000 dólares (aproximadamente 1.600 euros). Ahora está en 8.000 ( 6.400 euros).

Era tan ambicioso el proyecto que, en marzo de este año, se tuvo que comenzar la búsqueda de un equipo de jóvenes Einsteins que pudiera llevarlo a cabo. Ellos tendrían en sus manos el éxito o fracaso. Se realizaron duras pruebas teóricas y entrevistas  personales en profundidad. Algunos de los que pasaron la criba estaban ya vinculados al club. Como Fernando Gallego, llegaron llenos de ilusiones: "De pequeño quería ser astronauta. Por cierto, me dice mi madre que reivindique que el estudio en un colegio público ( es el único, el resto estudia en centros privados). Y desde aquí lo digo". Con sus rizos rebeldes y su desparpajo, se integró en el equipo con las mismas condiciones que sus compañeros de colegios religiosos: sabiendo exactamente lo que debía hacer. "Me hubiera gustado dedicarme a programación, pero soy muy malo. Me encargué de los circuitos. ¡Mira mis circuitos impresos! Con estas manos los he hecho".

"Para este equipo buscábamos chicos con buenas notas," cuenta Berbel. " Pero no unos de todo 10 que jueguen al ajedrez con el ordenador. Alguien así no sirve: no sabe trabajar en equipo. Y a estos muchachos es alucinante verlos trabajar en equipo. Son equilibrados, deportistas, sociables...".

Todos están cansados, muy cansados. Después de cuatro meses sin disfrutar de un solo fin de semana, el equipo inicial de siete chicos, se quedó en seis. Eso demuestra lo que se han esforzado. "El otro chaval rompió", admite Berbel. "Ha sido duro. El 85% del trabajo del satélite lo han hecho los chicos solos. El 15% restante requiere una carrera para entenderlo. El afán de trabajar y las ganas son más importantes que saber resolver una integral doble", dice el ingeniero sobre sus pupilos.

El viaje. David Pérez y los seis chicos se embarcan hoy, 17 de septiembre, en un viaje Vigo-Madrid- Chicago-Los Ángeles- Reno. Después en furgoneta, recorrerán 300 kilómetros desierto adentro. El satélite no irá con ellos. "Explícale al de seguridad del aeropuerto de Chicago que no es una bomba", sonríe Berbel. " Ni la Policía ni la Embajada nos ha garantizado la posibilidad de certificarlo. Lo enviaremos días antes por mensajería a un conocido que vive cerca de Los ángeles. Él irá a Reno a llevárnoslo".

Una reportera de televisión les preguntó si se consideraban unos freakies. Todos se rebelaron y repitieron la consigna que Fernando  dice con seguridad: "No lo somos. Somos chicos normales".

La experiencia les ha enseñado el camino del compañerismo y la amistad. "A trabajar en equipo y a exponer en público", resume Juan que, como todos, desprende seguridad. "Lo más aburrido era que cada uno, cuando hacíamos nuestra parte, teníamos que redactar un informe para que los demás lo entendieran", añade Adrián. "¡Y lo más divertido, las meriendas!", salta Nico. Después de esto, Fernando, el que soñaba con ser astronauta, se decidirá por alguna carrera de ingeniería. " Yo soy la oveja negra", dice Juan. " Voy por Letras: Derecho".

"Tengo un hormigueo: creo que lo vamos a conseguir", afirma Berbel. Él, que no vuela a Estados Unidos, rezará para que el cohete eleve su minisatélite hacia el cielo limpio de Black Rock, que el paracaídas se despliegue y lo haga descender, elegante y preciso, dentro del radio fatal de 100 metros. Será el viernes 22 de septiembre. Y sólo harán dos intentos, porque los americanos, siempre con calculadora, cobran 350 euros por cada subida de cohete. Por si no quedara claro, a los de Vigo les importa poco el bote de 6.400 euros.  Lo primero, el orgullo de la victoria.

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Comentarios Textos para talleres literarios:" Los jóvenes Einstein"

ja,que bueno,como dice esa frase .."lo consiguieron por que no sabían que era imposible".Buen post,no tenia noticia de esa aventura,...me pondré al día.Un saludo.
martx martx 25/02/2009 a las 17:26

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