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Valentina

La reprimenda era más dramática que nunca. Yo había decidió no escuchar a mi padre, pero no me atrevía a marcharme hasta que no me lo ordenara. Pensaba en cosas indiferentes. A través de la idea, por ejemplo, de mis trampas de pájaros puestas en el corral, penetraba la voz de mi padre grave y tozuda: <<La miseria de la familia, la vergüenza de todos, una plaza de aprendiz de zapatero si no aprueba en el instituto>>. En lugar de cosas indiferentes pensé en otras apasionantes. En Valentina. Y estaba enamorado de Valentina, la hija menor del notario. Aquella imagen, era impenetrable para las palabras de mi padre. Valentina tenía grandes ojos que no le cabían en la cara y sus dos trenzas cortas se levantaban sobre la cabeza, y en el lugar donde se unían, su madre le ponía un pequeño ramillete de flores de trapo, pequeñas, amarillas, verdes, rojas. Y cuando yo le hablaba, ella se ponía sobre un pie y sobre otro, y a veces se rascaba con el zapato en la otra pierna aunque no tuviera necesidad. Allí se estrellaba verdaderamente mi padre. Su voz sonaba falsa y cuando más grave quería ser, era más artificial y sin sentido.

Sender, Ramón.: Crónica del alba 1. Alianza Editorial. Madrid, 1980.

 

Una vivienda

Ante sus ojos surgió una vivienda de campesinos pobres, con paredes de adobe blanqueadas a la cal, cubierta de tejas desteñidas, un corredor delante de la puerta y una sola ventana en toda la construcción. Al frente se extendía un amplio patio limitado por una parra sin hojas, como un arabesco de ramas secas y torcidas, donde asomaban los primeros brotes presagiando la sombra del verano. Divisaron un pozo, una caseta de tablas que parecía una letrina y un poco más allá una sencilla edificación cuadrada destinada a la cocina.

Allende, Isabel: De amor y de sombra. Plaza y Janés editores. Barcelona,, 1995.

 

Lord Jim

Faltaríanle una o acaso dos pulgadas para tener los seis pies ingleses de altura, era fornido, corpulento, y, al abordar a la gente, hacíalo combando ligeramente los hombros, avanzando la cabeza y con la mirada fija, profunda, bajo el dosel de las cejas, de tal suerte que evocaba el recuerdo de un toro en el momento de embestir. Recia y alta, como él, era  también su voz, y en su porte echábase de ver una especie de ceñudo aplomo que nada tenía de agresivo. Parecía obedecer más bien a cierta necesidad de su temperamento, y podía presumirse que tanto rezaba aquel aire consigo mismo como con los demás. Era intachablemente limpio, vestido de inmaculado blanco desde los zapatos hasta el sombrero, y en los varios puertos orientales en que se ganaba el sustento como corredor de agencias proveedoras de barcos, había llegado a adquirir gran popularidad.

Conrad, J: Lord Jim. Editorial Bruguera, Barcelona, 1985.

 

La señorita Leocadia.

La señorita Leocadia era alta y gruesa, tenía el carácter más bien áspero y grandes juanetes en los pies, que la obligaban a andar como quien arrastra cadenas. Las clases en la escuela, con la lluvia rebotando en el tejado y en los cristales, con las moscas pegajosas de la tormenta persiguiéndose alrededor de la bombilla, tenían su atractivo. Recuerdo especialmente a un muchacho, de unos diez años, hijo de una aparcero, muy pobre, llamado Ivo.

Era un muchacho delgado, de ojos azules, que bizqueaba ligeramente al hablar. Todos los muchachos y muchachas de la escuela admiraban y envidiaban un poco a Ivo, por el don que poseía de atraer la atención sobre sí, en todo momento. No es que fuera inteligente ni gracioso, y, sin embargo, había algo en él, en su voz quizá, en las cosas que contaba, que conseguía cautivar a quien le escuchase.

Matute, Ana Mª: El árbol de oro y otros relatos. Ed. Bruño. Madrid, 1991.

 

El retrato

Retrato de Juanito Santa Cruz

 

Era el hijo de D. Baldomero muy bien parecido y además muy simpático, de estos hombres que se recomiendan con su figura antes de cautivar con su trato, de estos que en horas de conversación ganan más amigos que otros repartiendo favores positivos. Por lo bien que decía las cosas y la gracia de sus juicios, aparentaba saber más de lo que sabía, y en su boca las paradojas eran más bonitas que las verdades. Vestía con elegancia y tenía tan buena educación, que se le perdonaba fácilmente el hablar demasiado. Su instrucción y su ingenio agudísimos le hacían destacar sobre todos los demás mozos,, y aunque a primera vista tenía cierta semejanza con Juanito Pez, tratándolos se percibían entre ambos notables diferencias, pues el chico de Pez, por su ligereza de carácter y por la garrulería de su entendimiento era un autentico botarete.

Pérez Galdós, B.: Fortunata y Jacinta. Editorial Hermando. Madrid, 1979.

Caricatura

El Buscón

Él era un clérigo cerbatana, largo sólo en el talle, una cabeza pequeña, los ojos avecindados en el cogote, que parecía que miraba por cuévanos, tan hundidos y oscuros, que era buen sitio el suyo para tienda de mercaderes; (…) las barbas descoloridas de miedo de la boca vecina, que, de pura hambre, parecía que amenazaba comérselas; (…) el gaznate como de avestruz, con una nuez tan salida, que parecía se iba a buscar de comer forzada de la necesidad; los brazos secos, las manos como un manojo de sarmientos cada una. Mirado de medio abajo, parecía tenedor o compas, con dos piernas largas y flacas. Su andar era muy espacioso, si se descomponla algo, le sonaban los huesos como tablillas de San Lázaro. La habla ética, la barba grande, que nunca se la cortaba por no gastar y él decía que era tanto el asco que le daba ver la mano del barbero por su cara, que antes de dejarla matar que tal permitiese (…).

Quevedo, F. de: Historia de la vida del Buscón. Editorial Taurus. Madrid, 1988.

Pobre hermana

Alguien, Dios sabe con qué fin, le había dicho a mi hermana, siendo ella adolescente, que se parecía a Juanita Reina. Ella, pobre, lo había creído y todavía vivía aferrada a esa ilusión. Pero no era cierto. Juanita Reina, si la memoria no me engaña, era una guapetona, de castiza estampa, cualidades estas que mi hermana, lo digo con desapasionamiento, no poesía. Tenía, por el contrario, la frente convexa y abollada, los ojos muy chicos, con tendencia al estrabismo cuando algo la preocupaba, la nariz chata, porcina, la boca errática, ladeada, los dientes irregulares, prominentes y amarillos (…).

Mendoza, E: El misterio de la cripta embrujada. Editorial Seix Barral. Barcelona, 1988.

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