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Teresa

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Teresa

Aquel día yo me dirigía en mi coche a casa de Teresa. Ella era la chica de mis sueños y, aunque había titubeado, por fin había conseguido que no me quebrase la voz al invitarla al baile de graduación. Toqué al timbre impaciente, mientras pensaba cómo la complacería, de qué hablaríamos, cómo conseguiría fascinarla para que se quedase a mi lado. De pronto la luz de sus ojos me deslumbró: allí estaba ella, preciosa como siempre.

El pelo corto, que le caía a la altura de los hombros, se lo había soltado esa tarde. Lo llevaba brillante, engominado. Nuevamente me llamaron la atención aquellos ojos, de un azul cobalto, cuya fuerza era capaz de hacerme bajar la vista, enrojecido de vergüenza, pues no sabía exactamente qué decirle o cómo comportarme. Se había puesto un vestido de la misma tonalidad, lo llevaba muy ceñido y corto; estuve a punto de lanzar una exclamación de júbilo al verla tan guapa. Me contuve a tiempo, no quería hacer el ridículo en nuestra primera cita.

En cuanto entramos a la fiesta, todo el mundo se quedó boquiabierto; dejé de sentirme estúpido, ahí sí que escucharon esas exclamaciones de júbilo, aunque el ruido de la música las atenuaba y ella no se daba cuenta de nada. Bailamos muy juntos, tanto, que me creí en la gloria. En un momento dado, me armé de valor y la besé apasionadamente en los labios. Teresa se separó de mí con brusquedad, una vez terminada la canción. No comprendía qué estaba sucediendo. Consternado, la vi alejarse. Creí que todo era culpa de mi atrevimiento,  así que no tuve valor para echar a correr detrás de ella o perseguirla.

Dicen que el tiempo todo lo cura, pero yo sé que en mi fuero interno, todavía había quedaba el rescoldo de la llama, aunque está se iba apagando poco a poco. Pero un año –cinco larguísimos años después- volvimos a coincidir en una discoteca.

 Fue ella la que me reconoció. Sé que fue un golpe de suerte, un golpe del destino que todavía no quiero evaluar en una balanza. Sé que el amor es vaporoso, voluble, que fluctúa haciendo que la balanza de los sueños se mueva caprichosamente hacia uno u otro lugar. La cuestión es que el reencuentro reabrió mi herida y mientras yo iba poniéndose más nervioso, ella se iba calmando. Se disculpó por su chiquillada, dijo que había sido el beso. Yo le apremié a escucharme, le pedí una y mil veces perdón, por el torpe atrevimiento del pasado. Ella, sin embargo, se rió. Dijo que no había sido culpa del atrevimiento, sino de la intensidad. Dijo que aquel beso sellaba un compromiso que ella –en aquel momento- no estaba segura de poder mantener en pie.

Pero ahora:

-Ahora sí, amor mío.

Y me beso en los labios, como si nunca el tiempo se hubiese movido. Su reacción abrió la puerta de mi felicidad, una puerta que yo pensé que se había cerrado de golpe, pero que ahora volvía a abrirse de par en par: un beso era la clave, la llave que daba cuerda a la moviola de los sueños.

Adrián, 2º B

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Comentarios Teresa

Una selección preciosa la que nos ofreces de tus alumnos ... no hay que perderse ni una sola página
Besos querida profe ... en la distancia corta.

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