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El teatro medieval: los orígenes

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El teatro medieval: Los orígenes

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A la hora de hablar de los orígenes del teatro medieval hemos de tener en cuenta tanto los textos litúrgicos, como los profanos. En el primer caso nos encontramos con los llamados tropos: fórmulas musicales que eran intercaladas en el desarrollo de los oficios religiosos celebrados en canto gregoriano y que, posteriormente, se transformaron en un texto escrito muy breve que se cantaba con la citada música. De hecho se conserva un ejemplo, perteneciente al siglo XI que se representaba en el monasterio benedictino de Silos.

No podemos olvidarnos tampoco de la labor desarrollada por Gómez Manrique- que no era exactamente un hombre de teatro, sencillamente porque el teatro, como género, no existía; se trataba de un poeta perteneciente a la lírica del cancionero, cuyo impulso lírico es fundamental para la creación de una obra que se ha considerado un antecedente del género dramático: la Representación. Esta pieza fue escrita por recomendación de su hermana, vicaria de un convento, y su finalidad era amenizar la Nochebuena. De los elementos presentes destacan dos que se han considerado antecedentes del género dramático. Uno, la introducción,  donde aparecen elementos dramáticos inspirados en aquellas representaciones callejeras de las escenas sagradas y que son una muestra de dramatización en un lugar cerrado frente a un público. El otro, la aparición del diálogo, lo que supone un ejemplo fehaciente de la evolución de los gustos literarios, que poco a poco van afianzando las formas dramáticas.

El teatro religioso intentaba emocionar a los fieles, al igual que ocurría con el arte: capiteles, pinturas  murales o vitrales de la época, convertido en un reflejo de cómo debía interpretarse el mundo. Por su asunto este textos se clasificaba en misterios y moralidades.

Los misterios eran piezas realistas que conservaban los tres ciclos tradicionales: Navidad, Epifanía y Resurrección. La crítica ha estudiado la difusión de estas obras sacras, pertenecientes a estos tres ciclos, sin embargo apenas hay testimonios escritos, por lo que se supone que la transmisión se produjo por vía oral. Los autos navideños que hoy todavía se representan probablemente provengan de ese remoto origen.

Por el contrario, las moralidades poseían un carácter alegórico. Sus personajes eran abstracciones como la caridad, la virtud, la fe, los vicios, la muerte, etc. Procedentes de ellos, los autos sacramentales adquirieron un papel preponderante en los siglos XVI y XVII y contaron con el fervor del público.

Por lo que se refiere al teatro profano, no podemos olvidar la labor ejercida por los juglares, que se dedicaban a la recitación y la representación. Estos artífices de la lengua lograron dotar a sus composiciones épicas, líricas o dramáticas de los mecanismos necesarios para el desarrollo de un lenguaje acotado a cada género primigenio.

Se trataba de poesía oral, que generalmente se acompañaba de algún instrumento y que ejercía sobre el público la fascinación espectacular de lo primitivo: cantores, recitadores, tañedores de instrumentos, mimos, etc. Su presencia siempre era requerida en las fiestas o banquetes, en los festivales religiosos, en viajes y plazas públicas e incluso en el contexto cruento de las batallas, amenizadas con juegos de escarnio.  Se trataba de juegos burlescos que ponían a prueba la pericia del juglar y donde lo literario, lo burlesco o el carácter inconfundible del folklore se mezclaban. No sólo los campesinos y gente del pueblo se sintió atraída por este tipo de espectáculos; también les rindieron pleitesía los clérigos, que permitían que las actuaciones se realizasen dentro de los templos de culto.

Es obvio que el juglar no se limita a teatralizar textos profanos, sino que también participa en los textos religiosos. Recordemos el canon del III Concilio toledano que denuncia, las costumbres licenciosas que se producen en los templos: saltos, bailes, cánticos torpes. El rey Alfonso X, el Sabio, en sus famosas Partidas, impide a los clérigos participar en los <<juegos de escarnio>>, llegando a prohibir este tipo de fiestas populares en las iglesias; sin embargo, ese hecho no significa que no se realicen representaciones religiosas ligadas a los ciclos tradicionales del Nacimiento, Pasión y Resurrección.

Las ilustraciones aparecidas en muchos templos, son muestras de estas actuaciones, dedicadas en un principio a los dramas litúrgicos. Este nexo entre los  primitivos actores y los textos de teatro profano y religioso se convertirá en un elemento decisivo para el paso del latín ´lengua de culto litúrgico que el público no entendía- a la lengua romance, que era el armazón sobre el que se desarrollaba la trama de semejantes espectáculos. Además es importante tener en cuenta la existencia de citas y referencias, aparecidas en manuscritos diversos, donde se comenta que hubo representaciones de temas religiosos durante la Edad Media en numerosas iglesias y catedrales, como así sucedió en Granada o Toledo, cuyas manifestaciones se remontan a los preliminares del teatro, tal y como lo conocemos.

Esta celebración de representaciones sacras puede atestiguarse gracias a un pequeño texto, compuesto en Toledo y conocido como el Auto de los Reyes Magos, cuya antigüedad le lleva a ocupar un puesto sobresaliente entre las más antiguas muestras de la lengua española.

El texto está incompleto y su origen se remonta a mediados del siglo XII, o sea, apenas unos años posterior al Poema de Mío Cid. Se trata de una obra teatral de carácter litúrgico formada por 147 versos pareados de diversa medida, con predominio de los de ocho, nueve, diez, siete y seis sílabas. Se distribuyen en cinco escenas, aunque es probable que exista una séptima, la visita al pesebre, donde Cristo demostraría que también es mortal, representando tanto la idea de Rey de la tierra, como la de Rey de los cielos.

En la escena de los rabinos se sustenta el cénit del drama, el momento de mayor clímax dramático: cuando la duda está a punto de dispararse para los cuatro reyes ante una verdad incuestionable: el Nacimiento del Mesías.

El auto es poco respetuoso con las unidades de tiempo y de lugar, probablemente se necesitase un escenario múltiple para poder representarlo y que aparecería dividido en diversas secciones donde varias escenas serían representadas de forma simultánea.

La obra, pese a su carácter primigenio, muestra ya rasgos de maestría: por ejemplo, la actitud de los tres Reyes frente a la estrella con sus dudas, que posee un marcado carácter dramático; también lo posee el personaje de Herodes, el rey judío, que se muestra confundido, ante la noticia de los Magos, sus dudas y preguntas, que dotan al texto de una intencionalidad determinada. Los aspectos cómicos tampoco estarían ausentes y ello se acentuaría en la presentación del carácter docto y pedante de los rabinos, quienes juegan incluso con el antisemitismo imperante en la época.

El hecho de que el texto se halle incompleto dificulta su estudio en una época en la que la lengua todavía se mostraba vacilante y donde además el carácter teatral de una obra no había adquirido sus rasgos definitorios. Nos encontramos pues con un texto inmaduro, pero eso no significa que carezca de rasgos dramáticos que nos hagan pensar en la existencia de una tradición teatral, si no en España, al menos sí en Francia, lugar de procedencia probable para la fuente textual.

Pese a ello habría que esperar al siglo XV, para que el teatro adquiera una delimitación clara. En los siglos XIII y XIV no se encuentran fragmentos o piezas profanas o litúrgicas. No sabemos si se trata de la pérdida de manuscritos o bien del carácter oral de los textos, que no serían recogidos por escrito. Sería pues el siglo XV, el momento propicio para la génesis de una tradición que daría sus frutos más maduros en los siglos de Oro.

El primer representante de este período sería el poeta Juan del Encina, un hábil poeta del cancionero, excelente músico y dramaturgo, un escritor precoz, que ha sido considerado el padre del teatro castellano y que compuso sus primeras Églogas religiosas y profanas en las que incluyó villancicos y danzas.

Para nombrar sus obras, Juan del Encina utiliza la palabra Égloga, procedente de Virgilio y que carecía al principio de significado teatral. En ella se sientas las bases para que el teatro se vaya poco a poco emancipándose, forjando unos rasgos que lo convertirían en un género literario.

En su teatro de asunto religioso se aprecian aún los caracteres del drama medieval, pues aún son frecuentes los esquemas rituales del ciclo de la Pascua u otras escenificaciones de tema navideño.  Una de las figuras artífices de este teatro sería el pastor bíblico, aunque aparezcan otras: el rústico lugareño o el propio autor. Se permite así la introducción de aspectos de la realidad cotidiana o autobiográfica. El lenguaje empleado es el sayagués literario, exento de correspondencia dialectal, y sienta sus bases en las expresiones cotidianas de la vida en el campo.

Sobre esta fórmula dramática –endeudada con la poesía cancioneril- por sus formas métricas, se construyen la mayoría de sus Églogas. Algunos incluyen escenificaciones del carpe díem, con rasgos del folklore carnavelesco, como ocurre en la Égloga de Entruejo o Carnaval. Otras, en cambio, tratan del amor como motivo y lo ambientan, a su vez, entre pastores. En algunas triunfa el amor erótico sobre la vida ascética; en otras, en cambio, asistimos al suicidio del amante no correspondido o nos deleitamos con la redención del infortunio amoroso y de la propia muerte, como ocurre en Plácida y Vitoriano (1513). Se trata esta última de la más extensa y también de una pieza mejor urdida, capaz de incluir lo mitológico, el mundo urbano de raíces celestinescas y que forman el legado de Encina a un género que sería autónomo, un digno representante del teatro anterior a los siglos de Oro.

Otro nombre importante es el de Lucas Fernández (músico, poeta y dramaturgo) y que fue considerado discípulo del predecesor, aunque llegaría a rivalizar con él, logrando de ese modo distanciarse de su maestro. Farsas y églogas al modo y estilo pastoril y castellano (1514). Se trata en realidad de seis piezas dramáticas, tres de asunto profano y tres de tema religioso.

De las profanas destacamos la Comedia de Bras- Gil y Beringuella (protagonizada por pastores) y la Farsa o cuasi comedia de una doncella, un pastor y un caballero. Es importante subrayar la ampliación del vocabulario teatral para nombrar sus subgéneros: autos, églogas, faras y el significado de cuasi comedia, que el propio autor emplea. Su obra maestra es el Auto de la pasión, una versión impactante de la pasión de Cristo a través del relato de Pedro, Mateo o las tres Marías, testigos de los hechos. Se trataría de una versión literaria y dramática de las representaciones populares que escenificaban en la calle muchos sucesos de un espectáculo tan variado, teatral y trágico.  Como divergencia tenemos el carácter cortesano e interior de sus representaciones, que buscaban la conmoción piadosa y que movían a la devoción por parte del público.

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Comentarios El teatro medieval: los orígenes

que buena informacion gracias
daniel daniel 22/10/2013 a las 04:24

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