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Te cuento tus derechos, Graciela Montes

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Ahora puedes intentar transformar este cuento, realizando una amplificación que se adecúe a su contenido. Puedes intentar un parlamento entre ambos mandatarios, antes de la guerra. También puedes inventar el motivo que los ha enemistado, cuanto más risible sea éste, más posibilidad de transgredirlo. También puedes incluir las opiniones del pueblo, incluso, las de aquellos soldados que son obligados a ir a la guerra.

Imagina que se encuentran en un punto determinado, pero ocurre algo… que imposibilita las intenciones de los dignatarios. Te aconsejo que dotes a los personajes de un tono sarcástico, de forma que el resultado sea más verosímil.

Finalmente te propongo que extraigas una moraleja, que pienses qué puede enseñarle el cuento al lector

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El País de los Gorras Azules y el País de los Gorras Rojas no se llevaban nada bien. Es más se llevaban mal, muy mal, tan mal se llevaban que entraron en guerra.

-¡Mueran los Gorras Rojas!- gritó el presidente de los Gorras Azules parado en un banquero.

-¡Mueran los Gorras Azules!- gritó el primer ministro de los Gorras Rojas juntaron sus armas, tanques inmensos, misiles veloces, portaaviones, como ciudades, bombas, metralletas, granadas, morteros, balas redondas, balas afinadas. Los armamentos se prepararon para una guerra.

-Solo faltan los soldados-dijo el presidente de los Gorros Azules.

-Los soldados son lo único que falta- dijo el primer ministro de los Gorras Rojas pronunciaron muchísimos discursos.

-¡Muchachos! ¡Mis valientes!- decían-. ¡Vamos a la guerra!

Pero los muchachos del País de las Gorras Azules estaban cosechando el trigo, o cambiándole el aceite a los autos, o tocando la guitarra, o juntando flores para regalársela a la chica más linda.

Y los muchachos del País de los Gorras Rojas estaban cosechando maíz, o desarmando una radio, o bailando rock, o mirando el cielo para ver caer una estrella.

-¡Muchachos! ¡Mis valientes! ¡Vamos a la guerra!- insistían el presidente de las Gorras Azules y el primer ministro de los Gorras Rojas-. ¡Démosle su merecido al enemigo! ¡Destruyámoslo! ¡Aplastémoslo! ¡Hundámoslo! ¡Reventémoslo!

Y todos los televisores de los dos países retumbaban con esas palabras. Pero los muchachos seguían cosechando y bailando y cantando y juntando flores y mirando el aire.

Entonces el presidente de los Gorras Azules y el primer ministro de los Gorras Rojas sonrieron en los televisores y les prometieron medallas brillantes a los que quisieran ir a la guerra. Y después rugieron y amenazaron con mandar a la cárcel a los que no quisiesen ir. Y ni aún así hubo soldados suficientes.

Pero las guerras no esperan. Así que el pequeño ejército de los Gorras Azules- tan pequeño que los dedos de una mano y un pie alcanzarían para contar sus soldados- se puso en marcha hacía el País de los Gorras Rojas. Los dos ejércitos marcharon, uno contra el otro. Atravesaron pantanos, llanuras inmensas, bosques tupidos y cadenas de montañas, tan altas que trepaban más que las nubes. A veces creían divisar al enemigo a lo lejos y el general daba la orden: “ ¡Apunten! ¡Fuego!”, pero no era el enemigo; era un tren de carga, o un ñandú que corría a lo loco, o una bandada de pájaros que levantaba el vuelo. El enemigo estaba, mientras tanto, a muchísimos kilómetros de allí, gritando: “¡Apunten! ¡Fuego!” y gastando sus balas en lo que le había parecido un ejército y que en realidad no era más que una nube baja o una parva de pasto.

Hace años que caminan y se buscan. Y siguen caminando y buscándose todavía. Son dos países muy grandes y dos ejércitos demasiado pequeños. Lo más probable es que no se encuentren, sino por causalidad y al cabo de cien años. Eso al menos es lo que calculan los científicos. Y para cuando se encuentren, los hombres estarán demasiado viejos, y los tanques, los misiles, las metralletas, las bombas, los morteros y las balas, muy pero muy oxidados.

 

Graciela  Montes, cuento extraído del libro Te cuento tus derechos. 

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