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Nosotros también somos Quijotes. Redacciones 2ºESO.

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Mi lado más humilde


¿A vosotros os ha pasado alguna vez que lo que habéis soñado se ha hecho realidad al día siguiente o que, cuando os levantáis una mañana, tenéis ganas de hacer una buena obra? Pues eso fue lo que me pasó a mí y ahora os lo voy a contar de “pe a pa”.


Todo ocurrió un día del verano pasado. La noche anterior había soñado que salvaba a un gatito callejero que estaba a punto de morir. Como yo nunca he soñado con hacer cosas heroicas ni tampoco había realizado nunca ninguna, al abrir los ojos esa mañana me sentí raro y con un sabor agridulce.


Me levanté de la cama, me vestí de forma aleatoria, me cepillé los dientes y, a continuación, me puse en marcha porque quería realizar una buena acción ya que pensaba que ya era hora que hiciese algo por alguien. Tenía doce años y no había hecho nada productivo en mi vida. Me sentía como si fuese el señor Burns (el personaje más viejo y rico de la saga “The Simpsons”).


Lo malo es que durante toda la mañana no había visto ninguna situación que me permitiese hacer algo bondadoso, de manera que volví desilusionado a casa. Como madre vio que ni siquiera había probado la comida y además se me notaba triste, decidió que podríamos pasar un par de horas en el parque, tal vez una salida en familia me devolviese la moral. Mi hermano y yo aceptamos y salimos de casa en un abrir y cerrar de ojos.


Seguidamente nos aproximamos al parque que está situado al lado del mercadillo de Gandía, o sea, muy cerca de uno de los parkings. Allí decidimos los dos jugar al escondite. Mi hermano estaba contando mientras yo me escondía, cuando sucedió algo. ¿A qué no sabéis lo que vi? ¡Un gatito abandonado a punto de morir como en mi sueño! Me quedé boquiabierto, pero solo durante un segundo, porque era consciente de que debía reaccionar si quería ayudarla. Me aproximé a él bruscamente, el gatito resbaló y cayó de una altura de dos metros. Yo entonces salí pitando en esa dirección y, como no podía hacer nada más, ni siquiera moverse, se dejó coger. Con el pobre animal malherido me dirigí a donde estaba mi madre y le pregunté si podía quedármelo para curarlo. Ella sintió lástima y pena por el animal, así que aceptó.


Pasadas dos semanas, el gatito se recuperó: le volvió a crecer el pelo, ya no tenía pulgas, se dejaba acariciar, etc. Y llegó la hora de llevarlo a una familia dispuesta a cuidarlo y a no maltratarlo; conque conseguimos una familia y se lo llevamos. Nos despedimos con algún abrazo y demás lágrimas y lo dejamos allí con su nueva familia.


Por fin había encontrado mi lado más humilde. Esa había sido mi primera buena obra.

 

 Un acto heroico

Ese día, como otro cualquiera, bajé a la piscina de mi apartamento para relajarme un poco y tomar el sol.


La piscina estaba llenísima, sobre todo de niños pequeños con sus madres. Quizá se tratase de algún cumpleaños ya que hacían mucho ruido y los niños, de unos tres años, se abrazaban los unos a los otros y no paraban de cantar canciones a alguien.  Tenía un mal presentimiento. Niños de tres años que no hacen caso a nada ni a nadie, cerca de una piscina y supuestamente sin saber nadar. Estaba segurísimo de que algo iba a salir mal.


Los niños acabaron de comer y se pusieron a jugar al escondite, mientras las madres se sentaban relajadas y hablaban entre ellas de sus cosas. Todos los niños, menos uno que era el que pagaba, salieron en estampida para esconderse por todo el recinto de los apartamentos. Unos se escondían detrás de las palmeras del jardín; otros, detrás de las madres.


Era muy peligroso que corrieran de esa forma cerca de una piscina, sobre todo porque no sabían nadar. Unos cuantos niños pasaron delante de mí. Se movían, reían y peleaban cerca de la piscina, cuando, de repente, un niño cayó al agua. Los demás críos siguieron corriendo dejándolo atrás. Miré hacía las madres pero ninguna se había enterado de nada.
Me levanté aterrorizado de la hamaca y me planté al lado de la piscina para ver si podía ver a aquel niño, que se había caído al agua. Pasaron unos segundos que se me hicieron eternos, cuando vi aparecer aquella cabecita a la superficie. Era una cabecita asustada y que no sabía cómo reaccionar.


En ese momento me vino a la mente aquel recuerdo de mi infancia, cuando un amigo de mi madre me lanzó a la piscina. Tenía tres años y él no tenía ni idea de que yo no sabía nadar. Inmediatamente y al ver que yo no sabía nadar, se lanzó a por mí y me salvó la vida. Era la misma escena, por eso sentí en mi piel lo que él crío sentía, sabía exactamente lo que le estaba pasando.


Me lancé al agua, me lancé a por él para salvarlo ya que no podía ver cómo se ahogaba delante de mí. En cuanto pude cogerlo, lo saqué del agua y lo tapé con una toalla. El me miraba sin comprender quién era yo y seguía temblando como pez fuera del agua.
En ese momento recordé que llevaba el móvil en el bolsillo del pantalón. Se había mojado y ya no funcionaba pero no me importó. El haber salvado a aquel niño era más importante e hizo que me sintiese un héroe, algo que ningún móvil es capaz de hacer.

 

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