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Talleres literarios. El esparadrapo. Jordi Lavilla.

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 Textos para talleres literarios.

El esparadrapo. Jordi Lavilla.

Introducción

Este texto es muy adecuado para mostrar a los alumnos cómo se puede construir una historia partiendo en un hecho insignificante. El autor parte un acontecimiento trivial que le sirve de estímulo. Esto demuestra que  los autores se sirven, en ocasiones,  de hechos intranscendentes y, a partir de ellos, construyen una historia con una perfecta progresión temática.

En primer lugar se  nos presenta a la protagonista de la misma: en el fragmento I, una adolescente pecosa, que se deja llevar por el ardor juvenil, y es dominada; primero, por el adolescente que le causa el moratón en el cuello;   luego, por su padre. Poco se nos dice de ese adolescente, únicamente se atiende a su falta de tacto. Tanto la madre como la abuela aparecen como aliadas de la joven al pretender preservarla de la reacción paternal. No obstante ésta es inevitable.

 En el segundo, es ella la que se burla, porque ella es la infiel. Sin embargo el recuerdo del episodio de su adolescencia le produce una instintiva reacción: pegarle un bofetón a su marido. Lo hace de forma inconsciente sin atender  a las explicaciones dadas por su hijo. Luego esconde la cabeza como el avestruz en el cuarto de baño, hasta que descubre que ha conseguido vengarse y entonces se echa a reír.

Veamos si somos capaces de construir una historia similar: imaginemos una situación paralela a la del cuento intentando respetar a sus protagonistas y hagamos lo propio, sin olvidar que en la construcción debemos respetar las expectativas con las que introducimos la historia.

 Puede ser una salida de copas, afirmas que estás en un lugar donde no estás, pero se descubre el pastel. Ya sabes el refrán, "más sabe el diablo por viejo que por diablo". En alguna ocasión, ¡seguro que sí¡ tus padres han hecho lo mismo que tú. No tienes escapatoria, te han pillado. Una mentirijilla de nada. ¿Y ahora qué? ¿Qué ocurre a continuación? Por mucho que hables atropelladamente, primero repitiendo la mentirijilla; luego ya, inventándote otra historia, justificándote, echándole la culpa a ellos que nunca te dejan ir con tus amigos...

El esparadrapo

                               1             

Una adolescente de catorce años, pelirroja y con la cara llena de pecas, había pasado la tarde del domingo con un chico muy avispado para algunas cosas (y para ésta, muchísimo). En el aplisado de la falda de la chica se había pegado una brizna de paja rebelde, y la tela blanca de las zapatillas mostraba signos inequívocos de revolcones (eccemas de tierra rojiza, restos de barro). El chico la cubría de besos con una pasión desenfrenada que había aprendido en las películas. En un momento de forcejeo, de aquella pasión  por la cosa nueva y soñada durante tanto tiempo, repleta de todo tipo de imaginaciones, le chupó, más que besar, el cuello, allí donde se encuentra con la deliciosa planicie del hombro. A la chica se le hizo una mancha cuajada de lujuria como las que sólo pueden verse en ciertas revistas, que pasó, en unos pocos minutos, del rojo amarillento a un morado inapelable de pequeñas venas sacudidas y deseo frenético.

En el botiquín de la casa del chico no había tiritas: su acaso, esparadrapo. La chica cortó un trocito con la única ayuda de los dientes, y se lo pegó sobre la encarnación del mal (una silueta febril y hasta de labios estampados con una sangría sucia).  Tapaba bien pero, como es lógico, levantaba todo tipo de sospechas. Seguramente, una tirita no hubiera provocado tanta desconfianza. Pero el pedacito de esparadrapo... Y con el chupetón todavía caliente sobre la piel y el trabajo a medio hacer, la chica  volvió a su casa. Algo acongojada, dicho sea de paso.

Su madre, la pobre, para encubrirla, se lamenta en voz alta (<< a la niña de mis ojos le ha pellizcado un gato>>; la abuela, tanto o más pícara que la nieta en su juventud, se sumó también a la solidaridad femenina (<>). Pero el padre... Ay, el padre. El padre estaba cortado por otro patrón, más viril, más de porrazo y trago de aguardiente. Ni pidió explicaciones, ni esperó  que la hija destapara el trocito de tela pegada ni nada de nada. Bofetón con carrerilla de 180º de brazo extendido, y listos. Pocas pecas escaparon a aquella mano que se imprimió sobre la mejilla derecha de la chica y le hizo un hematoma contundente que no hubiera podido  tapar todo el rollo de esparadrapo del botiquín de la casa del chico (aquel mismo chico que, por su desenfreno succionador, por la impaciencia del tarambana, ahora se tenía que masturbar con la mano izquierda en la penumbra de su habitación, a un kilómetro escaso del comedor de la casa en la que un padre enojado, en aquel preciso instante y también con la mano izquierda, abofeteaba en seco a su hija procaz y poco avispada para algunas cosas: una adolescente de catorce años, pelirroja, con la cara llena de pecas como hormigas rojizas aplastadas en plena época de celo por dejarse engañar por las cigarras).

                                    2

Una mujer de treinta y seis años, pelirroja y con la cara llena de pecas, había pasado la tarde del sábado trabajando (oficialmente) en una oficina del centro de la ciudad. Era secretaria, y su director siempre tenía un montón de informes y de presupuestos que acabar. Por eso tenían que trabajar los sábados hasta tarde (oficialmente). La mujer, cuando terminaba el trabajo, se alisaba la falda y se calzaba los zapatos de tacón alto (de charol negro impecable), porque para trabajar, y más fuera de horas de oficina y sin el resto de empleados alrededor, va muy bien descalzarse. Los dedos (de la mano) teclean con más alegría. Los números salen más redondos. El director está más contento. La moqueta del suelo permite que no tengas frío en las plantas de los pies ni en las nalgas.

Al llegar a su casa, la mujer encuentra a su marido quemándose las cejas con un arsenal de facturas que hay que clasificar (electricidad, agua, gas, suscripción a Vida y familia). El hombre, con manguitos y zapatillas, va haciendo círculos con rotulador rojo alrededor de números y más números, y pone una frete ( no se le ve la cara, porque esta inclinado sobre el papeleo que cubre la mesa para aprovechar la poca energía de la luz de una bombilla de 20w) de muy pocos amigos. El niño y la niña, tumbados en el suelo, se entretienen haciendo castillos de equilibrio precario con las copas de cristal de Bohemia de la vajilla de boda. La mujer se pone hecha una fiera, porque el hombre lo ve y no hace nada por evitarlo. Ya faltan tres copas de vino y cuatro de champán. Va a cantarle las cuarenta, pero  el hombre levanta la cabeza y su mujer advierte un trozo de esparadrapo pegado al cuello, allí donde se encuentra con la planicie pilosa del hombre. El pedazo de tela del esparadrapo no ha podido contener una gotita de sangre testaruda, que se apunta como un grano de granada.

El hiño, ¡qué guapo!, habla por su padre (<>); la niña no dice nada porque, a pesar de que ya tiene cuatro años, es perezosa para hablar y sólo dice palabras descontextualizadas (vitrocerámica, por ejemplo, caca o revestimiento). El hombre, que todavía exhibe un poco de espuma de afeitar incrustada en el pabellón auricular, se levanta de la silla con una sonrisa algo boba y falsamente aligerado y hace el ademán de besar a su mujer y preguntarle cómo le ha ido el día. Entonces ve que ella tiene los ojos inyectados en sangre (como dicen en las novelas); unos ojos que se le salen para verle mejor. Ni atiende a las explicaciones del hijo ni se fija en la oreja a punto de nieve del hombre y marido. Bofetón de carrerilla de 180º de brazo extendido y listos.  Los dedos de la mano izquierda enjoyada se han clavado, más que espantarse, en la mejilla derecha del hombre, que a partir de hoy no tendrá que afeitarse nunca más.  La piedra verde del anillo del décimo aniversario de boda ha abierto una brecha contundente encima del viril labio superior, ni siquiera todo el rollo de esparadrapo, ni uno por estrenar de papel higiénico, hubieran podido taparla.¡Menuda hemorragia!

Sólo en aquel preciso instante, la mujer comprende las palabras del hijo. Identifica la espuma en la oreja del afectado. Recuerda otras ocasiones en que el hombre se ha cortado afeitándose, y que siempre detiene la sangre con un trocito de esparadrapo.

La mujer se encierra en el lavabo, y a pesar de que todo el hombre- que sangra a chorro- le sigue de rodillas, humillándose, suplicándole perdón si es que le ha ofendido por algo y diciéndole que , si quiere, en lugar de esparadrapo, otro día se pondrá un adhesivo de Nike. Ella le cierra la puerta en los morros y corre el cerrojo. No sabe si reír o llorar. Finalmente, se ríe con ganas, cada vez más fuerte; parece que la esté empalando el diablo. La familia, en el comedor, se mira con sorpresa: no entiende nada de nada. La niña, asustada por la exaltación materna, y quizás sumándose a esa suerte de solidaridad femenina universal, empieza a proferir, con una voz que hace estallar los tímpanos, palabras descontextualizadas (serpentina de cobre, gastos fijos, vitroceráááámica).

Cuando se recupera del espasmo, la mujer se moja la cara, se retoca el peinado con el cepillo de púas blandas, repasa el negro de los labios con la barra aceitosa y, finalmente, sale reconfortada del lavabo, sintiendo que ha reparado una deuda antigua (contenta por las hormigas que le muestran su satisfacción por medio de las pecas sonrientes).

Jordi Llavina

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