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Talleres literarios: Bravísimo Lafcadio Hearn

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     Adentrarse  en las historias de fantasmas y aparecidos relatadas por  Lafcadio Hearn supone penetrar en ese territorio de lo resbaladizo en el que no se distingue lo real de lo mítico. Una procesión de personajes nos asaltan, sus almas siguen vivas en esos espíritus que no tienen rostro, transfigurados por la muerte. Son seres que nos hablan al oído, que confunden nuestros sentidos y nos arrojan a la cara  historias que yacen en la cabecera más profunda de nuestras pesadillas,  tan omnipresentes que parecen capaces de lanzarnos al mismísimo infierno, en busca de respuestas nunca sentidas o escuchadas. Nos aterra pensar que esos seres que pueblan  estas fábulas fantásticas, puedan despertarnos, volver  para mostrarnos  cuán fatua  es nuestra vida, un  carro que ellos pueden gobernar  con sigilo, sin que los veamos,   hasta que se detiene.

            Lo más carismático de estas historias es la forma tan sorprendente de conmover nuestros bajos instintos e instalar el miedo, el terror, el sentimiento de desasosiego mediante  una atmósfera precisa, casi cinematográfica que adelanta a cada paso el siguiente movimiento de los personajes, lo que no impide mantener nuestro corazón encogido y nuestra alma en vilo. Y luego está la fascinación que ejerce en nosotros esas culturas ancestrales, milenarias y desconocidas pero capaces de forzar la balanza hacia sus tradiciones, de manera que no podemos ocultar la curiosidad y fascinación que nos producen.

            Lafcadio Hearn, fue uno de esos maestros capaces de dejarnos el alma en vilo, en continuo desasosiego con sus narraciones fantásticas. Durante sus 54 años de existencia ( 1850-1904) ese narrador omnipotente padeció tanto desarraigo como sus inconfundibles personajes, y ese deambular sin rumbo fijo, forjó al personaje tímido, delicado, e inseguro con el que nos topamos cuando miramos su fotografía: siempre lo vemos de lado y con los ojos cerrados, ya que padecía una terrible miopía y además, le faltaba un ojo, lo que hacia que se sintiese incómodo y acomplejado. Su biografía ha sido comparada con la de otros grandes escritores de su época y se ha buscado concomitancias y precedentes. Plumas de oro, todos ellos, su capacidad de fabular  es incuestionable: Joseph Conrad, Richard Burton. T. E. Lawrence y R. L. Stevenson.  Son -por otra parte- los años fríos del positivismo científico, los de moral encorsetada, esos que provocaron la eclosión de personajes decadentes, que lucharon a su manera contra el entorno.

            Las raíces genealógicas de Lafcadio nos muestran un cruce cultural muy interesante, puesto que su madre era una muchacha griega y su padre, un médico británico, que había sido envíado a las Indias occidentales. El joven recibiría una variopinta educación en Inglaterra, Francia e Irlanda, pero el descuido de sus progenitores y la obsesión de la tía que se ocupó de él y que quería que iniciase la carrera eclesiástica, facilitaron que diese el salto y se marchase a América.

El joven marcharía a Nueva York en 1869, comenzando allí un periplo de trabajos precarios en diversos restaurantes.  Pero tuvo suerte: el advenimiento del periodismo que comenzaba su auge y su capacidad narrativa propiciaron sus primeros trabajos en la redacción del The Cincinnati Enriquer, del que se convertiría en cronista. Sin embargo,  sus relaciones con una mulata provocaron un gran escándalo en aquella sociedad tan poco dada a los excesos y lo echaron. Se pasó al enemigo, al periódico de la competencia,  pero también de este lo echarían.

            Su calidad como escritor perfectamente avalada por estos precedentes, lo llevaría al The Times-Demócrat y a trabajar en revistas de prestigio como The Harper´s Magazine. Su capacidad como cronista era indudable. La redacción decidió entonces mandarlo a las islas Martinico, donde permaneció dos años y medio. Las impresiones de esta estancia las relataría en el libro Dos años en las Indias Occidentales Francesas, donde cuenta sus impresiones de la isla y sus gentes. El éxito de sus relatos, propiciaría que la revista lo mandase a Japón en 1890 para escribir artículos, sin embargo, las exigencias de sus editores provocaron que se desvinculase del periódico y comenzase otros trabajos, primero como profesor de ingles en Matsue, provincia de Shimane, después en como editor jefe del Kobe Cronicle, periódico local en inglés y finalmente como profesor en la Universidad de Tokio, gracias a la intercesión del profesor Basil Hall Chamberlain.

            Totalmente fascinado por la cultura japonesa el autor fijaría su residencia en Matsue, provincia de Shimane. Allí se casaría con la hija de una familia de samurais, abrazaría el budismo y adaptaría la nacionalidad japonesa con el nombre de Yamuko Koimuze. Su producción recoge artículos periodísticos, crónicas sobre sus viajes, ensayos sobre supersticiones como el vudú e incluso tratados sobre insectos, plantas o animales y su relación con el budismo. Nos dejaría además traducciones de autores franceses de culto como Gautier y Flaubert; pero, serían sus relatos fantásticos y sus reflexiones filosóficas los textos que dejarían huella, una huella que han recogido posteriormente otros autores misántropos y cosmopolitas, como el inconfundible Borges.

            Todas esas fábulas y cuentos fantásticos que centran su atención en la cultura japonesa proceden de narraciones locales, la mayoría contadas por su mujer o sus propios alumnos y que él recoge con una maestría inigualable, hasta el extremo de ser comparado por esa labor recopilatoria con nombres tan carismáticos como Andersen o los hermanos Grimm. Los textos, nos adentran en el territorio de lo inexplorado y monstruoso con un refinamiento exquisito que lo aleja del decadentismo al uso de la época y lo aproxima a autores actuales. Esa sencillez, fruto de la depuración del lenguaje nos muestra unos personajes forjados en el aguafuerte de sus obsesiones. Un mundo ancestral, mítico y milenario que ha sido incluso llevado al cine, de la mano de Masaha Kobayashi, quién en 1964 realizó un film, Kwaidan que incluye algunas de las leyendas ( Historia de Mimi.Nasni.Hoichi, La reconciliación, Auki-Onna y En una taza de te. En castellano gozamos de dos ediciones llevadas a cabo por editoriales de gran prestigio, la de Siruela y la de Alianza Editorial, ambas rinden a su modo, un merecido homenaje al autor.

            Lafcadio Hearn fallecería en Japón, después de una grave enfermedad. Sus últimas palabras las pronunciaría en esta lengua, que nunca llegaría a dominar a la perfección: Ah, byoki no  tame, "Ah, por culpa de la enfermedad". Esa ciudad que lo adoptó y que daría sus frutos, le rendiría un último homenaje en una ceremonia budista donde se exhumarían sus cenizas que quedarían sepultadas en su amada tierra, la única ciudad que supo acogerle como un hijo y a la que él brindó una leyenda.

A continuación te mostramos dos pequeñas joyas maestras: el cuento Mujima, y la inolvidable Historia de Mimi.Nashi.Hoichi.

 

Estoy convencida de que ambas van a ponerte los pelos de puntas, pero confío que sigas ahí, después de su lectura.

En el primer caso lo que voy a pedirte es que transformes el cuento, pero no, la atmósfera que consigue el autor mediante una cuidada selección de los elementos espaciales y la descripción de los personajes.

Imagina que el ser que acude a buscarlo es alguien de mayor abolengo social, por ejemplo, una princesa, un príncipe. Lo que pretende el ser es despertar a los ejércitos para que vuelva a desarrollarse la famosa batalla, puesto que el dolor por los acontecimientos ocurridos no permite a las almas descansar en paz. El único capaz de obrar el milagro es el pobre anciano ciego, cuya música obrara ese papel balsámico que curará las heridas. Tampoco en este caso, el pobre anciano sabe muy bien lo que está ocurriendo, puesto que no puede ver pero intuye que el ser que se le habla con esa voz tan fría, pese a su aparente dulzura, es un ser de ultratumba, así que obra en consecuencia. El sabe perfectamente cómo obrar magia con el biwa, cómo debe actuar. Aunque es peligroso, sabe que es la única manera de evitar la destrucción de su pueblo, puesto que si se niega, los fantasmas pueden obligarlo, y seguir su demanda es un suicidio para él y para él sus amigos. Así que trama un plan...pero ¿cuál?

No olvides recrear a los personajes con la misma elegancia. Quizá pueda ser buena idea que busques de antemano imágenes a las que puedas dotar de carisma y que puedas introducir como personajes, e incluso, sería muy interesante, si tienes destreza que intentaras dibujarlos. También puede serte de ayuda buscar información sobre otras narraciones o cuentos fantásticos japoneses, incluso puedes buscar otras narraciones del autor, sin embargo, no se trata de que calques la historia o que sigas un modelo prefijado de antemano, deja que vuele

tu imaginación, haz un esfuerzo por inmiscuirte de soslayo en esa historia trágica y no olvides que tu propia transformación, puede provocar incluso, más variantes, más historias...Cada leyenda oral, es un filamento de una gran araña milenaria, cuyos hijos acogen  fascinados por su maestría.

 

Hace más de setecientos años, en Dan-no-ura, en el estrecho de Shimonoseki, se libró la última batalla de la larga contienda entre los Heike o clan Taira, y los Gengi, o clan Minamoto. Allí fueron exterminados los Heike, con sus mujeres y sus niños, y su pequeño emperador, hoy recordado como Antoku Tenno. Y hace más de setecientos años que el mar y la costa están encantados... En otra parte me he referido a los extraños cangrejos de mar, llamados cangrejos Heike, que lucen rostros humanos en el lomo y que son, según se dice, los espíritus de los guerreros Heike. En esa costa se ven y se oyen cosas muy raras.  En las noches sin luna, millares de fuegos espectrales revolotean sobte la playa o chispean sobre el oleaje, pálidas luces que los pescadores llaman Oni-bi o fuegos demoníacos; y, cuando arrecian los vientos, intensos alaridos provienen del mar, como el clamor de una batalla.

En otra época, los Heike estaban aún más inquietos que ahora. Por las noches, se encaramaban a las naves e intentaban hundirlas, y acechaban a los nadadores para arrastrarlos al fondo. Para aplacar a esos muertos se construyó un cementerio cerca en la playa, en cuyos monumentos se inscribió el nombre del emperador ahogado y de sus grandes vasallos; y allí se realizaban regularmente budistas consagradas a esos espíritus. Una vez edificado el templo y erigidas las tumbas, los Heike causaron menos problemas que antes, pero no dejaron de hacer cosas extrañas, en ocasiones, demostrando que aún no habían hallado la paz perfecta.

Hace uns siglos vivía en Akamagaseki un ciego llamado Hoichi, famoso por su destreza en la recitación y en la ejecución del biwa. En la infancia le habían enseñado a tocar y recitar, y en la juventud ya superaba a sus maestros. Como biwa-hoshi profesional, debía ante todo su fama a su modo de recitar la historia de los Heike y de los Gengi, y se cuenta que cuando cantaba la canción de la batalla de Dan-no-ura <>.

En los inicios de su carrera, Hoichi era muy pobre, pero encontró un buen amigo que le brindó ayuda. El sacerdote del Amidaji gustaba de la música y la poesía, y con frecuencia invitaba a Hoichi a tocar y recitar en el templo. Más tarde, impresionado por la maravillosa habilidad del joven, el sacerdote le propuso que se alojara en el templo, oferta que él aceptó con gratitud. Hoichi recibió una habitación dentro del edificio y, a cambio de comida y alojamiento, sólo debía deleitar al sacerdote con su música en las veladas en que no tuviera otros compromisos.

Una noche de verano llamaron al sacerdote para realizar una ceremonia budista en casa de alguien que había muerto en la vecindad; él se fue con su acólito y Hoichi quedó sólo en el templo.  Era una noche tórrida, y el ciego quiso refrescarse en la veranda que había en su dormitorio.  La veranda daba a un pequeño jardín, en la parte trasera del Amidaji. Allí aguardó Hoichi el regreso del sacerdote, e intentó aliviar su soledad con la música de su biwa. Pasó la medianoche, y el sacerdote no aparecía. Pero como el interior aún estaba demasiado sofocante, Hoichi se quedó fuera. Al fin oyó unos pasos que se acercaban desde la puerta de atrás- Alguién cruzó el jardín, avanzó hasta la veranda y se detuvo justo frente a él... pero no era el sacerdote. Una voz profunda pronunció el nombre del ciego con la voz cortante de un samurai interpelando a un subalterno.

-¡Hoichi!

El sorprendido Hoichi no respondió en seguida y la voz lo llamó una vez más, áspera y perentoria:

-¡Hoichi!

-¡Hai!-respondió el ciego, amedrentado por esa voz amenazadora-. ¡Soy ciego!¡ No sé quién me llama!

-¡No hay nada que temer¡-exclamó el desconocido con voz más mensurada-. Acampó en las cercanías de este templo y me envían con un mensaje. Mi actual señor, hombre de altísimo rango, se aloja en Akamagaseki, con muchos y nobles servidoras. Deseaba comprobar el escenario de la batalla de Dan-no-ura, y hoy visitó ese lugar. Como supo de tu habilidad para recitar la historia de la batalla, desea que actúes en su presencia. Coge tu biwa y acompáñame al palacio donde aguarda la augusta asamblea.

En aquellos tiempos, nadie desobedecía a un samurai sin un buen motivo. Hoichi se calzó las sandalias, tomo su biwa y siguió al desconocido, quien lo guió con destreza, aunque obligándole a caminar muy deprisa. Lo llevaba con mano ferre y su andar rechinante mostraba que estaba completamente armado. Quizá fuera un centinela de palacio. Hoichi perdió su temor y pensó que era muy afortunado, pues, al recordar que el servidor le había hablado de un "hombre de altísimo rango" pensó que el señor que deseaba escucharlo no podía ser menos que un daimyo de la clase superior. El samurai no tardó en detenerse; y Hoichí advirtió que habían llegado ante un amplio portal, lo cual le intrigó, pues no recordaba ningún portal en esa parte del pueblo, salvo la entrada principal del Amidaji.

-Kaimon¡- gritó el samurai. Se oyó un ruido metálico y ambos pasaron. Atravesaron un vasto jardín y se detuvieron nuevamente ante otra entrada.

-¡Acercaos-gritó el samurai- Traigo a Hoichi.

Hubo correteos, susurro de mamparas, rumor de puertas correderas y murmullo de voces femeninas. Por el lenguaje de las mujeres, Hoichi supo que eran criadas de un señor de alcurnia, más no pudo imaginar a qué sitio lo habían conducido. No tuvo tiempo de hacer conjeturas. Alguien le ayudó a subir varios peldaños de piedra (en el último de los cuales debió dejar sus sandalias), una mano de mujer lo guió por interminables y bruñidos entarimados, lo hizo girar ante innumerables esquinas con columnas y lo llevó, por pisos de esterilla de superficie asombrosamente amplia, hasta el centro de un vasto recinto. Pensó que allí se congregaba una multitud de gente de rango, pues el susurro de la seda evocaba el sonido de las hojas de un bosque. También oyó un gran murmullo de voces que cuchicheaban en lenguaje cortesano.

Le dijeron que se acomodara a gusto y Hoichi descubrió que le habían preparado un almohadón. Una vez que se instaló y afinó su instrumento, la voz de una mujer, quien, supuso Hoichi, sería la Rojo, o matrona a cargo del personal femenino - lo interpeló con estas palabras:

-Recítanos la historia de los Heike, acompañándote con tu biwa.

La recitación completa del poema habría requerido muchas noches; Hoichi, pues, se aventuró a preguntar.

-Siendo la historia tan larga ¿qué parte desea mi augusta audiencia que recite?

La voz de la mujer respondió:

-Recítanos la historia de la batalla de Dan-no-ura, que es una historia de profunda piedad.

Hoichi elevó la voz y entonó el canto del combate en el mar encrespado, y los sonidos de su biwa imitaban el chasquido de los remos y el hogar de las naves, el zumbido y el susurro de los dardos, los gritos y embates de los guerreros, el crujido de acero sobre los yelmos, la caída de los cuerpos en el agua. Y cada vez que había una pausa, oía voces elogiosas que murmuraban.

-¡Qué artista maravilloso¡¡Jamás, en nuestra provincia oímos cantar de ese modo¡¡No hay en todo el imperio un interpreté como Hoichi¡

Esto le infundió nuevos ánimos. Tocó y cantó aún mejor que antes; y lo rodeó un profundo susurro de asombro. Mas cuando llegó al adverso destino de las bellas y los débiles, al estremecedor exterminio de las mujeres y los niños, y al salto de muerte de Nii-no- Ama, con el heredero del trono en sus brazos, los concursantes lanzaron un trémulo y prolongado grito de angustia al que siguieron gemidos y sollozos tan intensos que el ciego sintió temor de la violenta pesadumbre que había suscitado. Los llantos y gemidos continuaron largo rato. Pero gradualmente cesaron los lamentos; una vez  más, en el hondo silencio. Hioichi oyó la voz de la mujer que, según él creía era la Rojo.

Ésta le dijo:

-Aunque nos habían asegurado que eras muy hábil en la ejecución de la biwa, y que tu canto era incomparable ignorábamos que alguien tuviera tanta destreza como la que has demostrado esta noche. Nuestro señor se complace en  anunciarte que está dispuesto a ofrecerte una recompensa que iguale tus méritos. Más desea que actúes en su presencia en las seis próximas noches, al cabo de las cuales es probable que emprenda su augusto viaje de retorno. Mañana por la noche, por consiguiente, debes venir aquí a la misma hora. El servidor que esta noche fue a por ti, irá a por ti. Hay otra cosa que me han ordenado que te informe. Se te requiere que a nadie menciones las visitas que nos haces durante la augusta permanencia de nuestro señor en Akamagaseki. Como él viaja de incógnito, ordena que nadie se entere de lo que ocurre. Ahora, estás en libertad para volver a tu templo.

Hoichi manifestó su gratitud y la mano de la mujer lo condujo hasta la entrada del palacio, donde le mismo samurai que lo había traído aguardaba para conducirlo a su casa. El servidor lo llevó hasta la veranda de la parte trasera del templo y se despidió de él.

Hoichi manifestó su gratitud y la mano de una mujer lo condujo hasta la entrada de palacio, donde el mismo samurai que lo había traído aguardaba para conducirlo a casa. El servidor lo llevó hasta la vereda de la parte trasera del templo y se despidió de él.

Hoichi regresó casi al alba, pero nadie había advertido su ausencia pues el sacerdote, que había vuelto a horas tardías, supuso que él dormía. Hoichi pudo descansar durante el día y no mencionó su extraña aventura. A la medianoche siguiente, el samurai volvió en su busca y lo condujo ante la augusta asamblea, ante la cual Hoichi volvió a actuar con el mismo éxito que había obtenido la noche anterior. Pero, durante esta segunda visita, descubrieron accidentalmente su ausencia en el templo; cuando Hoichi regresó al amanecer, el sacerdote requirió su presencia y le dijo, en tono de amable reconvención:

-Nos has causado gran ansiedad, amigo Hoichi. Salir a ciegas y a solas a horas tan avanzadas es peligroso. ¿Por qué te fuiste sin avisarnos? Pude poner un sirviente a tu disposición ¿dónde has estado?

-¡Perdonadme, querido amigo!- respondió evasimente Hoichi -Hube de atender un asunto particular y no pude hacerlo a otras horas.

La reticencia de Hoichí causó más asombro que aflicción al sacerdote: le parecía poco natural y le despertaba sospechas. Temía que algún espíritu maligno hubiese embrujado o engañado al joven ciego. No hizo más preguntas, pero ordenó a sus servidores del templo que vigilaran los movimientos de Hoichi, y lo siguieran en caso de que él volviera a alejarse durante la noche.

A la noche siguiente observaron que Hoichi volvía a dejar el templo; los sirvientes encendieron las lámparas y lo siguieron. Pero era una noche lluviosa y muy oscura, y antes de que los sirvientes pudieran llegar a la carretera Hoichi había desaparecido.  Era obvio que había caminado con gran rapidez...un hecho asombroso, teniendo en cuenta su ceguera, pues la carretera estaba en pésimas condiciones. Los hombres recorrieron las calles y preguntaron en todas las casas que Hoichi solía frecuentar, pero nadie lo había visto. Al fin, cuando regresaban al templo por el camino de la costa, les sorprendió el sonido de su biwa, ejecutado con tenacidad en el cementerio de Amidaji. A excepción de algunos "fuegos demoníacos" -habituales en ese lugar en las noches tenebrosas- todo era negrura en esa dirección.  Los criados fueron deprisa al cementerio; a la luz de sus lámparas, descubrieron a Hoichi, sentado a solas bajo la lluvia, ante el monumento erigido a la memoria  de Antoku Tenno, tocando el biwa y entonando en voz alta el cantar de la batalla de Dan-no-ura. Y detrás de él, y a su alrededor, y en todo el cementerio, ardían como bujías los fuegos de los muertos. Jamás mortal alguno presenció tan numerosa congregación de Oni-bi.

-¡Hoichi San¡ ¡Hoichi San¡-gritaron los sirvientes- estás embrujado. ¡Hoichi San¡

Pero el ciego no parecía oírlos. Tañía el biwa con rasgueos, crujidos y pulsaciones y cantaba la batalla de Dan-no-ura con voz cada vez más estentórea. Lo aferraron y le gritaron al oído.

-¡Hoichi San¡¡Hoichi San¡ ¡Acompáñanos al acto¡

Él les dirigió un severo reproche:

-Semejante interrupción, ante tan augusta asamblea, es intolerable.

Pese a las perturbadoras circunstancias, los sirvientes no pudieron contener la risa. Seguros de que Hoichi estaba embrujado, lo pusieron de pie y por la fuerza lo arrastraron al templo, donde el sacerdote ordenó que le quitaran sus ropas húmedas, lo cubrieran con otra vestimenta y le ofrecieran comida y bebida. Entonces el sacerdote exigió una detallada explicación de la asombrosa conducta de su amigo.

Hoichi vaciló largo rato. Al fin, comprendiendo que su conducta realmente había alarmado y enfurecido al buen sacerdote, decidió deponer su reserva; refirió, pues todo lo ocurrido a partir de la primera visita del samurai.

-¡Hoichi, mi pobre amigo- dijo el sacerdote- corres un gran peligro¡ ¡Qué lástima que no me lo hayas dicho antes¡ Tu maravillosa destreza musical te ha metido en extraños problemas. Debes saber que no has visitado palacio alguno, sino que has pasado las noches en el cementerio, entre las tumbas delos Heike, y esta noche nuestra gente te halló, sentado bajo la lluvia, ante el monumento que conmemora a Antoku Tenno.

Todo fue una ilusión... salvo la llamada de los muertos. Al obedecerlos una vez, te has puesto en sus manos. Si vuelves a obedecerlos después de lo ocurrido, te harán trizas. De todos modos te hubiesen destruido,   tarde o temprano...Ahora bien, esta noche no podré permanecer contigo, pues han solicitado mis servicios. Pero, antes de irme, será necesario que proteja tu cuerpo cubriéndolo con textos sagrados.

Antes del ocaso, el sacerdote y su acólito desnudaron a Hoichi, con sus pinceles le trazaron sobre el pecho y la espalada, la cabeza y el rostro y el cuello, los miembros y las manos y los pies -y aún sobre las plantas de los pies, y sobre cada rincón de su cuerpo- el texto del sutra sagrado que denominan Hamnya-Shin- Kyo.

Cumplida esta tarea, el sacerdote instruyó a Hoichí de este modo:

-Esta noche, apenas yo haya partido, debes sentarte en la veranda y esperar. Te llamarán,. Pero, pase lo que pase, no respondas ni te muevas. No digas nada, quédate quieto, como si estuvieras meditando. Si te mueves o haces algún ruido, te destrozarán. No te asustes, y ni sueñes con pedir ayuda...pues ninguna ayuda podrá salvarte. Si haces tal como digo, el peligro se disipará y quedarás libre de todo temor.

En cuanto anocheció, el sacerdote y su acólito dejaron el templo, y Hoichi se sentó en la veranda de acuerdo con las instrucciones que había recibido. Dejó el biwa en el suelo, asumió una postura de meditación y permaneció inmóvil, cuidándose de no toser, y de que no se oyera su respiración. Estuvo así durante horas.

Al fin oyó pasos en el camino. Éstos cruzaron la entrada, atravesaron el jardín, se aproximaron a la veranda y se detuvieron frente a él.

-¡Hoichi- llamó la voz profunda. El ciego contuvo el aliento y se quedó quieto.

-Hoichi- repitió- ásperamente la voz.

Y por tercera vez, con ferocidad:

-¡Hoichi!

Hoichi seguía inmóvil como una piedra.

-¡Nadie responde!-gruño la voz-. Veamos ¡dónde está este sujeto¡

Pasos de hierro retumbaron en la veranda. Los pies se acercaron, se detuvieron ante Hoichi. Hubo una larga pausa de silencio, y Hoichi sintió que todo su cuerpo temblaba siguiendo el ritmo de su corazón.

Al fin la voz ronca murmuró junto a él:

-Aquí está el biwa, pero del intérprete sólo veo.¡ un par de orejas¡ Eso explica que no haya respondido: no tiene boca para responder...de él no quedan sino orejas...Le llevaré, pues, estas orejas a mi señor, como prueba de que sus augustas órdenes han sido obedecidas, en la medida de lo posible...

Hoichi sintió que unos dedos de hierro le agarraban las orejas y se las arrancaban. Pese al dolor, contuvo sus gritos. Los pesados pasos abandonaron la veranda, descendieron al jardín, llegaron a la carretera, dejaron de oírse. A ambos lados de la cabeza, el ciego sentía correr un líquido cálido y espeso, pero no se atrevía a levantar las manos.

El sacerdote regresó antes del alba. En el acto se dirigió a la veranda del fondo, y al entrar resbaló en una mancha viscosa que le arrancó un grito de horror, pues la luz de la lámpara le reveló que esa viscosidad era sangre.

Entonces vio a Hoichi, sentado en postura de meditación, aun sangrando por las heridas.

-¡Mi pobre Hoichi¡! exclamó el alarmado sacerdote-¿ Qué es esto? ¿Te han herido?

Al oír la voz de su amigo, el ciego se sintió a salvo. Rompió a llorar y entre lágrimas refirió su aventura nocturna.

 

-¡Pobre, pobre Hoichi!-exclamó el sacerdote-. ¡Todo por mi culpa, todo por mi imperdonable culpa...! En cada rincón de tu cuerpo inscribimos los textos sagrados....¡salvo en tus orejas! Confié a mi acólito esa parte de la tarea, y fue un gran error no haberme cerciorado de que lo había hecho...Bueno, nada puede hacerse ahora, salvo tratar de curar tus heridas sin demora...¡Alégrate amigo mío¡ Ha terminado el peligro. Esos visitantes no volverán a molestarte.

Gracias a la asistencia de un médico, Hoichi no tardó en recobrarse de sus heridas. La historia de su extraña aventura se propagó por doquier y lo hizo famosos. Muchos nobles acudían a Akamagaseki para oírle recitar; y Hoichi recibió generosas dádivas en dinero que hicieron de él un hombre de fortuna. Pero, desde aquella aventura, sólo se lo conoció por el apelativo de Mimi-nashi- Hoichi: "Hoichi el Desorejado ".

-El biwa es una especie de laúd de cuatro cuerdas que se usa ante todo en la recitación musical. El biwa se toca con una especie de plectro llamado bachi, habitualmente hecho de cuerno.

Kaimon: un término respetuoso para solicitar la apertura de una puerta. Solían usarlo los samurais cuando pedían a los guardias de una casa señorial que les permitieran la entrada.

La segunda historia es probable que te deje totalmente desconcertado. Parece la típica historia de final truncado, que nos deja con la miel en la boca. Ese final abierto es lo que tu pericia va a intentar paliar. No es tan complicado, aunque sí debes pensar cómo hacerlo sin privar a la historia de su halo de misterio. Lo que te propongo es que alargues la trama y propongas un final. Puedes incluso introducir una descripción precisa de los personajes e incluso puedes ampliar los escenarios u proponer otros. Pero la petición ya está hecha: debes seguir la historia, sin que se note el cambio de tono, sin que nos demos cuenta de la transformación. Reflexiona en primer lugar sobre el lenguaje empleado y la creación de ese estilo en ascenso, que conduce al lector desde el desconocimiento de lo que va a ocurrir, hasta ese final abierto, que lo deja sin aire, con los ojos idos por el inminente horror, que acaba de presenciar en su mente.  No olvides que la imaginación es la puerta más traslucida para transportarnos a otras épocas, evocar otros mundos o culturas o forjarnos imágenes, más o menos fehaciente sobre lo narrado, sin menoscabo, de lo posible, lo que se intuye, lo que el autor ha querido, eso que falta o que desconoce el autor, eso que desarrolla su propio inconsciente, lo que no se ve, pero se palpa, se siente o se reconoce.

En el camino de Akasaka, cerca de Tokio, hay una colina, llamada Kii-No-Kuni-Zaka, o "La Colina de la provincia de Kii". Está bordeada por un antiguo foso, muy profundo, cuyas laderas suben, formando gradas, hasta un espléndido jardín, y por los altos muros de un palacio imperial.
Mucho antes de la era de las linternas y los jinrishkas, aquel lugar quedaba completamente desierto en cuanto caía la noche. Los caminantes rezagados preferían dar un largo rodeo antes de aventurarse a subir solos a la Kii-No-Kuni-Zaka, después de la puesta de sol.
¡Y eso a causa de un Mujima que se paseaba!
El último hombre que vio al Mujima fue un viejo mercader del barrio de Kyôbashi, que murió hace treinta años.
He aquí su aventura, tal como me la contó:
Un día, cuando empezaba ya a oscurecer, se apresuraba a subir la colina de la provincia de Kii, cuando vio una mujer agachada cerca del foso... Estaba sola y lloraba amargamente. El mercader temió que tuviera intención de suicidarse y se detuvo, para prestarle ayuda si era necesario. Vio que la mujercita era graciosa, menuda e iba ricamente vestida; su cabellera estaba peinada como era propio de una joven de buena familia.
-Distinguida señorita -saludó al aproximarse-. No llore así.. Cuénteme sus penas... me sentiré feliz de poder ayudarla.
Hablaba sinceramente, pues era un hombre de corazón.
La joven continuó llorando con la cabeza escondida entre sus amplias mangas.
-¡Honorable señorita! -repitió dulcemente-. Escúcheme, se lo suplico... Éste no es en absoluto un lugar conveniente, de noche, para una persona sola. No llore más y dígame la causa de su pena ¿Puedo ayudarla en algo?
La joven se levantó lentamente... Estaba vuelta de espaldas y tenía el rostro escondido... Gemía y lloraba alternativamente.
El viejo mercader puso una mano sobre su espalda y le dijo por tercera vez:
-Distinguida señorita, escúcheme un momento...
La honorable señorita se volvió bruscamente. Dejó caer la manga y se acarició la cara con la mano... ¡El viejo vio que no tenía ojos, nariz ni boca!...
¡Huyó, gritando de espanto!
Corrió hasta el borde de la colina, oscura y desierta, que se extendía delante de él... Corría sin pararse y sin osar mirar hacia atrás... Por último vio, en lontananza, la luz de una linterna... Era una lucecilla tan pequeña que se hubiera podido confundir con una mosca luminosa. Era la bujía de un mercader ambulante, un vendedor de sopa que había levantado su tenderete al borde del camino. Después de la experiencia que el viejo acababa de sufrir, la más humilde de las compañías le pareció deseable. Se echó a los pies del vendedor de sopa, gimiendo:
-¡Ah!... ¡Ah!... ¡Ah!...
-«Koré»... «Koré»... -replicó el vendedor ambulante bruscamente-. ¿Qué le ocurre? ¿Le ha hecho daño alguien?
-¡No!... Nadie me ha hecho daño... -murmuró el otro-. Pero... ¡Ah!... ¡ah!... ¡ah!...
-¡Por lo menos le han dado un buen susto! -dijo el mercader, demostrando poca simpatía-. ¿Se ha encontrado con algún ladrón?
-¡No!... Pero, cerca del foso... he visto... ¡Oh!, he visto una mujer que... ¡Ah!, jamás podré describir cómo la he visto...
-¿Qué? ¿La ha visto, tal vez, así?... -exclamó el mercader.
Se acarició la cara que, de pronto, se hizo semejante a un huevo.
¡En aquel mismo instante se apagó la luz!

 

 

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Comentarios Talleres literarios: Bravísimo Lafcadio Hearn

Gracias, muchas gracias
Gracias por hacerme conocerlo...
Besos y buen finde
Alelaz
Muy bien arle... veo que sigues trabajando duro y muy bien, te felicito y te dejo un gran abrazo



Desde la Plaza Tapatía (al fondo, el Instituto Cultural Cabañas), Guadalajara, jalisco, Mex.

Felíz fín de semana
Muchas gracias inquisidor, por todo. Tus post me encantan y me encanta que visites el blog.
Besos
Celebro que te haya gustado, alelaz. Son cuentos increíbles, a mi personalmente me encantan
Gracias Leo, espero que pases un gran fin de semana. Yo estoy de bajon. Me tienen que operar.
Besos
[...]http://www.ciudadseva.com/textos/cuentos/ing/hearn/lh.htm http://elarlequindehielo.obolog.com/textos-talleres-literarios-bravisimo-lafcadio-hearn-149729 http://japonenunatazadete.wordpress.com/2009/04/29/ensayo-de-lafcadio-hearn-sobre-el-incienso-i/ http://www.chinaviva.com/libros/lafcadiohearn.htm[...]

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