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Taller de texto narrativo: Almas al cuadrado.

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Taller de texto narrativo: 
Almas al cuadrado.

Almas al cuadrado.

Foto: Juan Frechina


Allí estaba ella, mientras yo observaba el cielo con entusiasmo a través del ventanal, ella paseaba por la puerta de la biblioteca acompañada por esa gente estúpida que la marginaba por su físico y su carácter. Tenía un pelo precioso y era muy guapa; pero sus cualidades, en vez de provocar admiración, provocaban envidia hasta el punto de ser la causa de los insultos, las salidas de tono, las rencillas.


A mí me provocaba malestar que no tuviera amigos o que –la mayoría de las veces- la encontrases abstraída en su mundo y sola. Por eso decidí dar el primer paso, quería ser su amiga, quería ganarme su confianza y desde luego lo conseguí porque nos volvimos inseparables.


Precisamente fue ese deseo mío, el que provocó que ellos la tomasen conmigo también. Nuestra amistad fue una bomba de relojería. Todo lo que sucedía a nuestro alrededor explotaba, todo lo que hacíamos o decíamos era desmantelado, puesto en evidencia. Nuestra simple presencia era un insulto, un incordio o molestia.


Sin embargo eso no me importó. Yo misma me fui apartando de la chusma, yo misma dibuje una burbuja protectora y en ella nos situamos mi nueva amiga y yo, el resto –pese a los insultos o las palabras malsonantes- podía golpear el aire; pero a nosotras no nos dañaban, no lograban volvernos vulnerables; no lograban hallar el arma arrojadiza que hiriese nuestra mejilla.
Admito que existieron humillaciones, vejaciones que intentaron agujerear la burbuja; pero ni todos los insultos, ni todos los sapos y culebras, soltados pro sus bocas, consiguieron menguar nuestra amistad, que fue brillando con una luz intensa, una luz que iluminaba todo lo que hacíamos nosotros, mientras los insidiosos permanecían hacinados en la penumbra.


Un día, uno de los días más felices de mi vida, sentí que estaba exultante y contenta. Sus ojos ya no estaban apagados, brillaban, hablaban de gratitud, saltaban el vado con esperanza. Nos dimos cuenta entonces y, en nuestro fuero interno lo celebramos, que aquellos que pasaban el tiempo maquinando maldades, eran los seres grises más tristes de la tierra; que, mientras nosotras habíamos aprovechado el tiempo, ellos lo habían malgastado, su tiempo era disparado a bocajarro por la infelicidad.


Mientras ellos perdían minutos, horas, días; nosotras, descubríamos el valor de la confianza y la gratitud; los lazos que nos unían se hacían cada vez más fuertes; la pócima de la que bebíamos hacia que revitalizáramos cuerpo y alma, nos daba alas.


Lo sé, ahora lo sé: nos hemos convertido en unas privilegiadas; la coraza que nos protege es sin duda más resistente que cualquier otra: es una coraza que hemos cosido pasito a pasito, con paciencia: una coraza que nos permite intercambiar el alma. Eso es, son nuestras almas las que se han unido; seguras de sí mismas, son capaces de alzar el rostro con insolencia, se han multiplicado, cuadriplicado, solidificado.

María, 1º F

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