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Taller de literatura: Redacciones de 2º C, a partir de la frase: -¡Por Dios, que si él lo hace, también nosotros!

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El rincón oscuro

“¡Por Dios, que si él lo hace, también nosotros!” ponía en la última hoja del libro. No era en realidad la última, pero el resto estaban medianamente destrozadas y polvorientas. Por ello volví a dejar el libro en el estante de donde lo había cogido. Aquella biblioteca era muy acogedora, pero no encontraba lo que buscaba: un libro que me había recomendado una amiga por Facebook.

Empecé a merodear por allí. Si no encontraba nada, me largaría a casa. Entonces me fijé en un espacio que había entre una estantería y otra. Me llamó la atención aquel estrecho y oscuro. Lo seguí, pero acababa en una pared. La luz de las lámparas no llegaba hasta allí, por lo cual estaba muy oscuro. Estaba a punto de irme de allí, cuando vi que había un libro en un rincón. Me agaché para recogerlo. Debía devolverlo a alguna estantería o se estropearía. Antes de devolverlo, intenté hojearlo un poco. Estaba tan polvoriento que apenas se veía el título.

Los minutos pasaban con lentitud y pese a la escasez de luz que sin duda dañaría mis ojos, no podía dejar de leer. La historia, ambientada en el Renacimiento, decía así:

“Yo siempre fui el niño rico del pueblo, el que siempre tuvo juguetes y ropa nueva, el envidiado por todos tanto por aquellos que eran mis amigos, como los que no lo eran tanto.


Como sacaba buenas notas (iba a un colegio de prestigio al que pocos niños pueden asistir), mi padre siempre me compraba cosas o me daba dinero para que yo me comprara lo que quisiera. Ese era uno de los motivos por los que había ido al mercadillo ambulante que estaría en el pueblo durante tres días. Pero no iba para comprar juguetes, quería comprar algo deslumbrante, extraño, fuera de lo normal, quería causar la admiración de todos los chicos del barrio.


Entonces fue cuando vi aquel puesto que parecía agazaparse al final, como si su dueño no quisiera que los incautos lo descubriesen. Movido por una gran curiosidad, me acerqué. Allí había todo tipo de cosas extrañas: figuras de brujas legendarias, vasijas de grandes o pequeños tamaños, plantas que nunca había visto en mi vida y que tenían forma de enredaderas, hierbas medicinales… Me llamó la atención un objeto y no precisamente porque fuese extraño, sino por todo lo contrario. Se trataba de un pequeño reloj de pared, redondo, que llevaba grabados los números romanos con una caligrafía muy llamativa; esa parecía su única peculiaridad. Por lo demás, era bastante corriente.
Supongo que el dueño del tenderete me vio ensimismado mirando el reloj y por ello me preguntó:


-¿Te gusta, chico?


Yo levanté la cabeza para mirar al hombre y descubrí que su pelo blanco como la nieve le llegaba hasta la cintura.


-Esta belleza de reloj podrá ser tuya… -dijo- con lo que llevas en el bolsillo.


-No, gracias –respondí, mientras me echaba hacia atrás-, no quiero comprar eso precisamente.


-¿Estás seguro? Esto no es un reloj normal, pues si fuera el caso, no estaría en mi puesto. Resulta que este reloj funcionará eternamente, solo tendrás que darle cuerda una vez. Y será tuyo con lo que llevas en el bolsillo.


No supe por qué, pero el argumento del señor era creíble. Entonces me paré a pensar: estaría bien tener un reloj así, y lo que yo tenía en el bolsillo no era mucho.


-Está bien –dije-, me lo quedo.


Le entregué unas pocas monedas y me dio el reloj.


Cuando llegué a casa le di cuerda y el segundero empezó a moverse produciendo un sonido extraño, pues parecía que los segundos iban tan rápidos que cada uno de los sonidos se fundía junto al otro formando un único sonido. Pero mientras marcara bien la hora, no me importaba.


Pasaron los días y los segundos del reloj se habían vuelto normales, aunque me daba la impresión de que cada vez iban más lentos. Cada vez había más espacio entre un sonido y otro, hasta que llegó el momento que transcurrían horas entre un tic y un tac. Pero luego eran días… y luego semanas.


Pasó un año y decidí contar el tiempo que transcurría de un sonido a otro: un día el reloj hizo “tic”, y en un mes exacto hizo “tac”, y luego en dos meses exactos volvió a hacer “tic”, y luego en cuatro meses exactos volvió a hacer “tac”. Al parecer los sonidos se regían por una simple norma: el tiempo que transcurría entre un sonido y otro, se doblaba hasta el siguiente.


Aquel reloj era inservible, sin embargo y debido a su sorprendente cualidad no me deshice de él. Era como si me hubiese hechizado.Yo siempre contaba el tiempo entre un tic y un tac, luego este se doblaba una vez y otra y otra… hasta que la diferencia fue de años, y acabé perdiendo la cuenta.


Un día deduje que el reloj se había parado. Habían transcurrido muchos años de mi vida, y no había vuelto a sonar desde la última vez. Pero no me deshice de él. Esperé y esperé a que sonara.


Personalmente he ido creciendo y menguando y ahora soy un pobre viejo que descansa solitario en su, también, vieja casa. Pero el otro día, mientras leía tranquilamente en mi sillón, escuché el maravilloso ruido que mis oídos no percibían desde hacía tiempo: un “tac” del reloj.

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El sonido me sobresaltó y me quedé mirando fijamente el reloj. Aquella fue la última vez que lo oí, pues era imposible que mi vida durase hasta el próximo “tic”. Entonces tuve la sensación de que el reloj se había parado por completo. Pero no. Al cabo de muchos años tras mi muerte, volverá a sonar. Y al cabo del doble de tiempo, volverá a sonar. Y al cabo de mucho más tiempo, sonará otra vez, y nunca parará.”


En ese momento paré de leer y me di cuenta de que me dolían los ojos. Pero el libro no acababa ahí, e iba a seguir leyéndolo, así que decidí llevármelo a casa.


Mientras iba por la calle tenía infinitas ganas de llegar a casa y continuar leyendo. No pude sustraerme de su embrujo y me senté el banco de un parque a leer. Después de la oscuridad del rincón de la biblioteca, aquello era maravilloso: la luz del sol se filtraba entre las ramas de los altos árboles pintados con los colores del otoño, y sus hojas cubrían el suelo que se extendía hasta un pequeño estanque rodeado de arbustos.


Entonces continué leyendo:


“Como no quería que le sucediese nada al reloj, lo guardé con cuidado en una caja. Entonces vi como salía un papel de una de las ranuras del reloj. Era una carta. La abrí y desenrollé el papel que había dentro. Decía así:


“Hay una estrella en el cielo diferente a las demás, que observo día y noche. Ella siempre está ahí, pero a la vez no está. Y brilla mucho. Es tal su brillo, que me ciega en todo momento. No puedo dormir, pues no puedo dejar de mirarla. Es tanta su belleza, que desearía estar con ella. A veces veo en ella un color rojizo, otras veces azul, y otras blanco. De día tampoco la dejo de mirar. Cada vez que la veo, me dan ganas de subir al cielo para permanecer en ese lugar. Su lejana brillantez me hace recordar aquellos viejos y felices tiempos que nunca recuperaré. Y yo sé quién es esa estrella, sé que eras tú”.
Mis ojos se llenaron de lágrimas al recordar aquella carta que yo mismo escribí cuando falleció mi amada Linda: la escribí y tiré desde un monte muy alto. Y le deje al viento llevársela con la ansiosa esperanza de que ella la leyera. Nunca supe cómo había vuelto a mis manos, pero aquello podía significar dos cosas: o bien, ella la había leído y me la había devuelto; o bien, había sido el propio viento el que la había empujado a mi regazo, aunque nadie la había leído.”


Al acabar el libro, sonó el móvil. Cogí el aparato y miré el mensaje que me había enviado mi amiga. Esta preguntaba por el libro que me había recomendado. Yo le envié un emoticono de decepción para indicarle que no lo había encontrado. Pero entonces mi mirada se cruzó con la portada del libro que acababa de leer. Había desaparecido aquel polvo incómodo que había impedido que viese el título en la oscuridad. Allí estaba el título del libro, el mismo que me había recomendado mi amiga. Con el anhelo de verla le respondí. Lo había encontrado. ¿Había sido una coincidencia o el libro me había llamado?

Laura, 2º C

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