Avisar de contenido inadecuado

Taller de literatura. Las redacciones de 2º C, a partir de esta frase: ¡Por Dios, que si él lo hace, también nosotros!

{
}

El gran día

 TAGS:undefined
¡Por Dios, que si él lo hace, también nosotros!

Cuando miré el reloj era la una de la mañana. Me tenía que levantar a las siete para ir al Instituto. La película me había hecho perder la noción del tiempo. Eso sí, era la mejor película que había visto nunca.

A las siete sonó el despertador, con ese molesto e insoportable pitido. Me vestí y fui a desayunar. Mamá me había preparado unas ricas y nada saludables tortitas. Como todos los días a la misma hora, siempre tan puntual, llegó mi gran amiga Laia. Tocó tres veces a la puerta y ambas salimos camino del instituto. Laia es, para la gente que no la conoce como yo, una chica algo rarita e incomprendida; pero, a pesar de sus imperfecciones, yo la quiero mucho.

Teníamos primero clase de Historia. Era una clase muy aburrida. Lo único que hacía que no me durmiese era Alec. Ese chico me gustaba desde hacía menes. Tenía el pelo castaños y unos ojos almendrados y verdes, que me fascinaban. No paraba de mirarlo, aunque él no parecía darse cuenta.


Después de la clase de Matemáticas, tocó el timbre del patio. En esos ratos, Laia y yo nos sentábamos siempre en los escalones que daban a la playa y hablábamos de nuestras cosas. Unas veces de fiestas; otras, de ballet, el deporte que practicábamos desde que éramos pequeñas, y muchas otras veces, de Alec.

 TAGS:undefined
Otro timbre nos recordó que habían acabado las clases y podíamos marcharnos a casa. Entonces me crucé con él. Alec. me saludó con una sonrisa y nos pusimos a hablar. Me comentó que tenía problemas con el examen de matemáticas del día siguiente y se fue. Pasados unos minutos, comprendí lo que había pasado. ¡Me había pedido ayuda para el examen! y yo, como una inútil, no le había dicho nada. Seguramente él pensaría que no tenía tiempo o que no me importaban sus problemas.


-¡Qué tonta he sido!- me dije a mí misma, pero ya no podía dar marcha atrás. Me fui a mi casa y lo dejé pasar.


Cuando llegué a casa, empecé a estudiar para el examen. Mientras me distraía, pensaba en otras cosas, como en la dulce mirada de Alec. El tiempo pasaba lento. Los ojos de Alec me acompañaban. Seguían allí. Yo borraba los ejercicios y los repetía de forma frenética, hasta que lograba que me salieran. Por fin paré, porque la cena ya estaba preparada.

Terminé de cenar y cogí un momento el móvil. Había recibido un whatsapp de Laia, que decía:
-Acaban de hacer una película flipante en la tele. Si tienes tiempo, deberías verla.
Al leer el mensaje, pensé que no perdía nada. Así que busque el canal y me puse a verla, hasta que me dieron las tantas.


-¡Por Dios, que si él lo hace, también nosotros!


Cuando miré el reloj ya era la una de la mañana y me tenía que levantar a las siete para ir al Instituto. La película me había hecho perder la noción del tiempo, aunque había merecido la pena porque era la mejor película que había visto nunca.

A las siete sonó el despertador con su molesto e insoportable pitido. Me vestí y me fui a desayunar. Mi madre me había preparado unas ricas y saludables tortitas.
Entonces tocaron tres veces. Era la señal para ir al Instituto. Y yo sabía que allí, en el portal estaría esperándome estaba mi amiga Laia, tan guapa como siempre. Era inconfundible. Seguramente llevaría su camisa rosa, las geniales botas azules y la melena suelta.


En clase de Matemáticas no podía dejar de mirarlo. Se había convertido en algo obsesivo. Pero, aunque quisiese hacerlo, intentaba apartarlo de mi mente. Algo imposible, porque los ojos no me obedecía y se volvían en su dirección. Algunas veces, cuando nuestras miradas se cruzaban, él me sonreía. Esa era la mejor parte del día.


Sonó el timbre que nos indicaba que ya podíamos largarnos, que no estábamos obligados a permanecer allí. Entonces me lo crucé, yo lo saludé y ambos estuvimos hablando un poco. Me comentó que tenía problemas con el examen de Matemática que teníamos al día siguiente. Yo me ofrecí a ayudarlo, pero él me dijo que daba igual, que no quería molestar y se fue.


Mientras volvía a casa, no paraba de pensar:


-¿Y si le hubiese insistido? Ahora hubríamos quedado- me dije, con tristeza.

Sin darle más vueltas, entré en casa y empecé a estudiar para el examen.


Después de horas de estudio, me fui a cenar. Al acabar, miré el móvil. Había recibido un whatsapp de Laia que decía:


-Acaban de hacer una película flipante en la tele. Si tienes tiempo, te recomendó que la veas. ¡Es una pasada!


Al leer el mensaje, pensé que no perdía nada viéndola. Así que busqué el canal, me senté y empecé a verla.


¡Por Dios, que si él lo hace, también nosotros!


Cuando miré el reloj ya era la una de la mañana y me tenía que levantar a las siete para ir al instituto. La película me había hecho perder la noción del tiempo, ahora sí, era la mejor película que había visto nunca.


A las siete sonó el despertador con ese molesto e insoportable pitido. Me vestí y me fui a desayunar. Mi madre me había preparado unas ricas y nada saludables tortitas. En la puerta se oyeron tres secos golpes. Como siempre era mi gran amiga Laia. La dejé esperando un par de minutos mientras me acababa de arreglar. Le dije adiós a mis padres y me fui con ella al instituto.


A última hora nos tocaba Educación Física. Esa semana estábamos dando vóley playa. Así que me cambié y, mientras las otras chicas de clase hacían selfíes y contándose lo divertida que era la clase, yo me senté en uno de los bancos, mirando hacia la playa.
El profesor decidió que había tiempo para hacer un partido y a mí me tocó en el equipo de Alec. ¡Qué suerte tuve!


Después de un partido muy emocionante, sonó el timbre que indicaba que éramos libres. Salí del centro y entonces me crucé con él. Me comentó que tenía problemas con el examen de Matemáticas que teníamos al día siguiente, yo le contesté que si quería yo le podría ayudar, pero me dijo que daba igual, que no quería molestar. Insistí y al final quedamos en mi casa a las siete para estudiar.


El corazón me iba a cien por hora y me daba la impresión que no iba a poder parar la taquicardia. Decidí que tenía que tranquilizarme, respiré hondo y no continué hasta que el pulso no se me había relajado.


Ya eran las siete y en cualquier momento podría llegar Alec. Me comía la ansiedad. Me asomaba a la ventana, me sentaba; así pasaron diez minutos, hasta que el timbre sonó. Era él. Bajé las escaleras y abrí la puerta.


Pasamos largas horas estudiando. Para mi asombro, no fueron tan incómodas como yo pensaba que iban a ser.


Cuando mi madre vino a avisarme de la cena ya estaba hecha y vio que Alec seguía allí, lo invitó a cenar y él no pudo rechazar su amable invitación.


Al acabar, miré el móvil. Había recibido un whatsapp de Laila que decía:


-Acaban de hacer una película flipante en la tele. Si tienes tiempo, mírala. Es genial.


Pensé que no perdería nada intentándolo y le pregunté a Alec si le apetecía ver una película. Él, con una sonrisa en la cara, me dijo que sí.


-¡Por Dios, que si él lo hace, también nosotros!


La peli ya había acabado y estábamos tumbados uno al lado del otro. De repente, mi mano y su mano se tocaron y no sé por qué, pero me la cogió. Nos quedamos mirándonos y cada vez estábamos más y más cerca el uno del otro. Me retiró el pelo de la cara y, cuando se estaba acercando, para lo que yo creía que era un beso…


-Cariño, despierta. Son las siete. ¡Te he preparado tortitas!
Todo había sido un sueño, menuda decepción me llevé.


Ana, 2º C

{
}
{
}

Deja tu comentario Taller de literatura. Las redacciones de 2º C, a partir de esta frase: ¡Por Dios, que si él lo hace, también nosotros!

Identifícate en OboLog, o crea tu blog gratis si aún no estás registrado.

Avatar Tu nombre

Los comentarios de este blog están moderados. Es posible que éstos no se publiquen hasta que hayan sido aprobados por el autor del blog.