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Taller de literatura. Cadena de propósitos. Redacciones, 2º C a partir de la frase: ¡Por Dios, que si él lo hace, también nosotros!

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Cadena de propósitos

-¡Por Dios, que si él lo hace, también nosotros!
Os preguntaréis por qué dije eso. Bien, todo empezó en una entrevista que tenía para un puesto vacante. El puesto era de cocinero en un hotel de cinco estrellas. Aunque no era un gran chef, un trabajo es un trabajo. No perdía nada con intentarlo y soñar un poco. Sí, soy consciente de mi ingenuidad. Ya sé que si un hotel de cinco estrellas ofrece un puesto de “chef” y no sabes cocinar a la perfección, lo llevas tan crudo que no merece la pena ni que lo intentes. Pero, ¡qué le vamos a hacer!, me encantan los retos e imposibles.
Llegué al hotel para hacer las pruebas. Había muchísima gente, así que me armé de paciencia. Los que esperaban para hacer las pruebas, podíamos hacer un tour por el hotel. Yo empecé por la cocina. Un espacio muy grande, limpio y ordenado ( o sea, todo en su sitio y una pulcritud, como no había visto en ningún otro sitio). Brillaba tanto, que me pareció que allí podrían cocinar los mismísimos dioses; además, era un estilo futurista y muy a la moda. Personalmente me encantaba. Era simplemente perfecta.
Después hice un recorrido por los dormitorios (olvide decir que si te aceptaban, podrías quedarte a vivir allí con tu familia y sin tener que abonar ningún tipo de alojamiento). Eran habitaciones de lujo, tan impresionantes, que si te tumbabas en la cama, seguramente los sueños acudirían sin ni siquiera llamarlos, sin que uno tuviese que estimularlos con pastillas. Por el contrario, el comedor tenía un estilo más clásico, pero no por ello menos glamuroso. Pude ver también la piscina, con aquella agua calmada y extremadamente trasparente y que me pareció tan grande que parecía la sala de máquinas de un polideportivo.
Cuando terminé de verlo todo, dio la casualidad de que oí mi nombre por el megáfono. Me tocaba a mí; pero, entonces recibí una mala noticia. Se abrió la puerta y salió aquel hombre eufórico, que levantaba las manos al cielo y daba gracias a voces. Lo habían contratado. Alto, robusto, calvo, con esos ojos marrones medioentornados y una cara tan redonda que parecía un melón. Sí, seguramente podría pasar por chef, pero a mí no me la colaba. Le faltaba brío. Se movía a un paso marcial excesivamente ralentizado. Tal vez tuviese unos 35 años a juzgar por esos rasgos maduros pero ausentes de arrugas. Sonreía, aunque ese gesto parecía camuflarse ante la presencia de aquel mostacho moviéndose arriba y abajo, como si quisiera servir de acicate a sus palabras.
Lo examiné brevemente y después dije:
-¡Por Dios, que si él lo hace, también nosotros! Lo bueno de estar allí en aquel hotel era que se `podían ver algunos famosos, como el actor Vin Diesel, que estaba de vacaciones. Con él tuve tiempo de hacerme un selfie, lo único que conseguí, después de un par de horas esperando estoicamente.
No me habían cogido pero no por eso me desanimé. Así que busqué por el periódico otra oferta de trabajo y, como no encontraba, busqué por Internet. Encontré una de obrero. Admito que no es chulería, lo cierto es que yo siempre fui un manitas, de ahí que en clase de manualidades la profe siempre se quedara boquiabierta conmigo.
Sin perder un segundo cogí mi motocicleta (motocicleta con ruedas pequeñas, que tiene una plataforma para apoyar los pies, así que en eso sí que no podía fardar) y me puse en marcha hasta el lugar donde supuestamente se ofrecía el curro. Cuando llegué, el sitio parecía tranquilo. Imaginé que esa tranquilidad de fin de semana se rompería durante los duros días de trabajo cuando las máquinas atronasen. En ese momento, todo era distinto. Un lugar con clase y buen ambiente, lleno de vegetación y que destacaba por unos unifamiliares cómodos con toda clase de prestaciones. Era como si escuchase el tintineo de la propaganda.

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Llegué a la oficina de la empresa. El sitio parecía desierto, como si a nadie le interesase ser obrero. No se veía ni un alma esperando. La secretaría parecía muy aburrida. Estaba prácticamente en posición fetal, encima de un sillón demasiado grande para su cuerpo. Tosí un poco para que me viese y efectivamente… Se me quedó mirando. Le conté el caso y dijo que esperase un poco.
Me armé una vez más de paciencia, pese a que era evidente que no tenía nadie delante. Para hacerme un poco el intelectual, agarré una monografía de arquitectura de la mesita y comencé a hojearla. Diez minutos después me dijeron que entrara para hablar con el jefe.
En cuanto traspasé la puerta, lo vi. Era un señor de unos 47 años creo. Apenas le salían unos pelillos blancos de la cabeza, conté además un importante número de arrugas y unos ojos demasiado azules, fríos y pequeños. También me sorprendió su delgadez y el corte de su traje. No sé el por qué me imaginé que el tipo era inglés.
El hombre se quedó mirando, esbozó una sonrisa y dijo:
-Tome asiento, caballero. ¿Quiere un té, señor…?
-Nicolás Gheorghitanu, señor. Y no, no hace falta- sonreí a su vez, intentando mantener su mirada.
-Señor Gheorghitanu, eh. ¿Y a usted qué se le da bien?- preguntó, dejándome un poco fuera de onda.
-Las manualidades. Soy muy bueno construyendo cosas- respondí, sin bajar la mirada.
-Menos mal, porque nosotros necesitamos un carpintero. ¿Estaría usted interesado? Le daríamos un chalet aquí con todas las comodidades y necesidades que deseé: coche, piscina, jardín, tres dormitorios y tres baños. Y por supuesto, todo incluido.
-Sí, señor, por supuesto, señor. Sería un honor trabajar para usted- No tardé en afirmar. Después le seguí la corriente y le hice algo la pelota, hasta que…
-¡Bien, pues el puesto es tuyo!
Cuando salimos por la puerta vimos a muchas otras personas esperando para el trabajo. Así que yo había sido el primero. Miré el reloj y me di cuenta de que me había adelantado una hora. Feliz descuido.
El jefe dijo:
-El puesto ya está cogido. No es necesario que esperen más. Tal vez, en otra ocasión.
Me causo una grata impresión aquella mano. El hombre la movió, retiró la gorra y se rascó la coronilla. Después dijo:
-¡Por Dios, que si él lo hace, también nosotros!
La frase me sonaba tan familiar, tan cargada de cotidianidad y positivismo. Así que ahí era donde comenzaba la cadena de los buenos y decisivos proyectos.
Nicolás, 2º C

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