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Taller de literatura: Las asociaciones solapadas

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Taller de literatura: Las asociaciones solapadas

Muchas de las narraciones infantiles construyen sus cimientos al otro lado del espejo. Me explico: crean un mundo inusitado, poblado de seres increíbles que salen de una Nada como un conejo de una chistera. En esas historias se construye un sólido universo paralelo que potencia la imaginación del niño, facilitando de este modo que se ejercite el músculo de la fantasía gracias a los estímulos inéditos, a las sugestiones y su magia sana y volátil.
Pero esta capacidad de fabulación es un estímulo, una torre de Babel en la que viven todos los grandes creadores, entre ellos, por supuesto, Cervantes. Lo que te proponemos en este caso es sencillo. Te has transformado en un ser de cristal y, como le sucede a Tomás, tu sensibilidad se ha multiplicado. Sales al mundo, con esa nueva identidad diáfana y quebradiza. Nadie debe tocarte porque podías estallar en mil micropartículas y morirías. Eres un ser incomprendido, pero tú devuelves esa locura transitoria, con pelotas clarividentes: pensamientos, ideas, disertaciones, capaces de desafiar la naturaleza más sabia. Vas más allá del resto en tus apreciaciones. Ves el microcosmos que se esconde en cada uno de los seres que te rodean. Y es ahora, cuando la gente te mira sin comprender lo que estás viendo, cuando tú, lanzas a sus ojos la bola de cristal y les muestras lo que ellos desconocen, lo que la perplejidad de su mundo te ha desvelado.

Aghata

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El hombre de cristal

Seis meses estuvo en la cama Tomás, en los cuales se secó y se puso, como suele decirse, en los huesos, y mostraba tener turbados todos los sentidos; y aunque le hicieron los remedios posibles, sólo le sanaron la enfermedad del cuerpo, pero no la del entendimiento; porque quedó sano, y loco de la más extraña de las locuras que entre las locuras hasta entonces se había visto. Imaginóse el desdichado que era todo hecho de vidrio, y con esta imaginación, cuando alguno se llegaba a él, daba terribles voces, pidiendo y suplicando con palabras y razones concertadas que no se le acercasen, porque le quebrarían; que real y verdaderamente él no era como los otros hombres, que todo era de vidrio, de pies a cabeza.
Para sacarle de esta extraña imaginación, muchos, sin atender a sus voces y rogativas, arremetieron contra él y le abrazaron, diciéndole que advirtiese y mirase cómo no se quebraba. Pero lo que se granjeaba con esto era que el pobre se echaba en el suelo dando mil gritos, y luego se tomaba un desmayo del cual no volvía en sí en cuatro horas: y cuando volvía, será renovando las plegarias y rogativas de que otra vez no se le acercasen. Decía que le hablasen desde lejos, y le preguntasen lo que quisiesen porto a todo respondería con más entendimiento, por ser hombre de vidrio y no de carne; que el vidrio por ser de materia sutil y delicada, obraba por ella el alma y con más prontitud y eficacia que no por la del cuerpo, pesada y terrestre. Quisieron algunos experimentar si era verdad lo que decía, y así, le preguntaban muchas y difíciles cosas, a las cuales respondió espontáneamente con grandísima agudeza de ingenio, cosa que causó admiración a los más letrados de la Universidad y a los profesores de Medicina y Filosofía, viendo que era un sujeto donde se contenía tan extraordinaria locura como era el pensar que fuese de vidrio, se encerrase tan grande entendimiento, que respondiese a toda pregunta con propiedad y agudeza. (…)
Tuviéronle encerrado sus amigos mucho tiempo, pero viendo que su desgracia pasaba adelante, determinaron condescender con lo que él les pedía; que era le dejasen andar libre. Y así le dejaron, y él salió por la ciudad, causando admiración y lástimas a todos los que le conocían. Cercáronle luego los muchachos; pero con la vara los detenía, y les rogaba que le hablasen apartados porque no se quebrase, que por ser hombre de vidrio era muy tierno y quebradizo. Los muchachos, que son la más traviesa generación del mundo, a despecho de sus ruegos y voces le comenzaron a tirar trapos y aún piedras a ver si era de vidrio como él decía; pero él daba tantas voces y hacia tales extremos, que movía a los hombres a que riñesen y castigasen a los muchachos porque no le tirasen.
MIGUEL DE CERVANTES: El licenciado Vidriera.

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