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Taller literario: Te ha comido la ilusión el gato

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Te ha comido la ilusión el gato: Taller de literatura


Sabemos que la naturaleza es caprichosa y que puede darnos la espalda. La llegada de la lluvia (del monzón, en este caso), es una bendición para los campesinos, pero el monzón puede retrasarse e incluso no aparecer, condenando a un pueblo a la sequía. Los campesinos se preguntan entonces: ¿por qué se han enojado los dioses? Cada pueblo tiene sus rituales ancestrales para conjurar a la lluvia. Lo que te pedimos ahora es que trates de reflejar el desaliento de un campesino, Hasari. Quiero ver a través de sus ojos: quiero sentir ese monzón que anhela en mis carnes, quiero que espantes a los demonios, que nos descubras el ritual con el que pretende confabular a los dioses, para que rompan la tinaja en la que han encerrado la lluvia después de su enojo y se la envíen al pueblo: el agua bienhechora, purificadora.


Mari Carmen Moreno Mozo

Hombres, mujeres, niños, todos, hasta los animales, observaban ansiosamente el cielo. Por lo común se levanta un fortísimo viento pocos días antes de que estalle el monzón. El cielo se oscurece bruscamente. Las nubes invaden la tierra. Se precipitan unas sobre otras, como el algodón que se carda. Recorren la superficie de los campos a una velocidad fantástica. Luego les suceden otras nubes, enormes, como bordadas de oro. Unos minutos más tarde estalla una ráfaga formidable, un huracán de polvo. Por último, una nueva oleada de nubes negras, esta vez sin rebordes dorados, sume el cielo y la tierra en las tinieblas. Un interminable fragor de trueno sacude el espacio. Y es el desencadenamiento. Agni, el dios del fuego de los Veda, el protector de los hombres y de los hogares, lanza sus rayos. Las gruesas gotas calientes se transforman en cataratas. Los niños se arrojan desnudos bajo el diluvio aullando de alegría. Los hombres exultan, y las mujeres, al abrigo de las galerías cubiertas, cantan en acción de gracias.


El agua. La vida. El cielo fecunda la tierra. Es el renacer. La victoria de los elementos. En pocas horas la vegetación brota por todas partes, los insectos se multiplican, las ranas salen por miríadas, los reptiles pululan, los pájaros gorjean construyendo sus nidos. Y sobre todo, los campos se cubren como por encanto de un plumón del verde más hermoso, cada vez más espeso y cada vez más alto. El sueño y la realidad coinciden. Al cabo de una o dos semanas, en el cielo, por fin apaciguado, aparece el arco de Indra, el rey de los dioses, el señor de los elementos y del firmamento. Para los humildes campesinos este arco iris revela que los dioses han hecho la paz con los hombres. Habrá una buena cosecha.


Un buen mozón significa que el capo de los Pal, que no medía más que un cuarto de hectárea, produciría alrededor de quinientos kilos de arroz. Como para alimentar a toda una familia durante más de tres meses. En espera de la próxima cosecha, los hombres deberían alquilar sus brazos a los zamindars, empleo muy incierto que a menudo sólo proporcionaba de cuatro a cinco días de trabajo al mes, en ocasiones tan sólo unas horas. En aquellos tiempos la remuneración de la jornada era tres rupias, un cuarto de dólar, más una porción de arroz inflado y seis bidi, unos cigarrillos en forma de cucurucho que se hacen con una pizca de tabaco liado con una hoja de Kendu.


Pero el viernes 12 de junio terminó sin que se viera la menor nube. Los días siguientes el cielo siguió mostrándose de un blanco acerado. Por fortuna, Hasari había tomado la precaución de hacerse reservar la bomba de riego. Al no poderse permitir ese lujo, Ajit, el vecino de los Pal, se lamentaba. Al cabo de unas semanas, los brotes más tiernos de su pequeño arrozal viraron hacia el amarillo. Los más viejos de la aldea rebuscaron en su memoria para tratar de recordar cuándo, en tiempos pasados, el monzón se había hecho esperar tanto. Uno de ellos recordó que el año de la muerte del mahatma Gandhi no se había presentado hasta el 2 de julio. Y el año de la guerra con los chinos, no había habido monzón. Otras veces, como el año de la muerte del toro premiado, había caído con tanta fuerza, hasta el 15 de junio, que todos los planteles se habían inundado. Pero todavía.


La inquietud empezó a dominar a los más optimistas. ¿Es que Bhâgaban, el Gran Dios, se había enojado? Junto con sus vecinos, los Pal fueron a pedir al sacerdote que celebrara una puja para pedir la lluvia. Como precio de sus servicios el brahmán pidió dos dhotis para él, un sari para su mujer y veinte rupias, un dólar sesenta. Todos se precipitaron a solicitar un nuevo préstamo al mohajan. Antaño una puja consistía en sacrificar un animal, por ejemplo, un macho cabrío. Actualmente ya casi no se hacían sacrificios de animales. Costaban demasiado caros. El sacerdote se contentó con encender una mecha impregnada de ghee, la manteca clarificada ritual, ante la estatua de Ganesh, el dios que da la suerte. Luego hizo arder unos bastoncillos de incienso y salmodió unas mantras que los campesinos escucharon respetuosamente.
Pero ni Ganesh ni los demás dioses oyeron sus plegarias y Hasari se vio obligado a alquilar la bomba de riego. Durante seis horas, los espasmos de la máquina inundaron los brotes del campo de los Pal con la sangre indispensable para su crecimiento.

Adquirieron un hermoso color de esmeralda y crecieron diez centímetros. Entonces se hizo urgente el trasplante. En la inmensa llanura de cultivos, más allá del cuadro verde de su campo, Hasari veía docenas de cuadros ya amarillos. Los que no habían podido dar agua suficiente a su arrozal medían ahora la magnitud del desastre. Para ellos no habría cosecha, el espectro del hambre asomaba por el horizonte.


Ahora ya nadie escrutaba el cielo. El aparato de radio del mohajan afirmaba que aquel año el monzón llegaría con mucho retraso. Aún no había llegado a las islas Andaman. Estas islas se encuentran muy lejos en el mar de Bengala, frente a la costa de Tailandia. De todos modos, la radio ya no podía decir nada nuevo a los campesinos de Bankuli. <>, pensaba Hasari. <<Sabíamos que hasta que no viéramos al cuco-arrendajo, tardaría en llegar la lluvia. >>


A comienzos de julio varios bauls de ocre ropajes atravesaron la aldea. Los bauls son monjes itinerantes que cantan la gloria del dios Krishna. Se detuvieron cerca del santuario de Gauri, bajo el baniano que hay donde terminan los campos, y empezaron a cantar, puntuando sus estrofas con chirridos de una especie de laúd de una cuerda, campanillas y unos címbalos minúsculos. <<Pájaro de mi corazón, no seas vagabundo>>, imploraba su melopea. << ¿Es que no sabes que tu vagar nos hace sufrir? ¡Oh! Ven, pájaro, y trae contigo nuestra agua. >>

 Dominique Lapierre

 

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