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Taller literario: El magisterio de los cuentos.

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foto: J. Frechina. En-valencia-fotografo-bodas-http://www.jfrechina.com/

Taller literario: El magisterio de los cuentos. ¡¡Aliméntate de cuentos!!

El farol rojo


Había una vez un pobre vendedor de dulces en la ciudad de Marraquesh, que cada día se hacía más pobre. El porqué no lo sé, pero el caso es que llegó un momento en el que no pudo comprar más miel para fabricar sus dulces. Y como le daba vergüenza ponerse a mendigar, se dijo a sí mismo: <<Dejaré Marraquesh, cruzaré las montañas, y tal vez halle mejor fortuna en algún lugar.>>


Pero a ningún hombre le gusta viajar a otras tierras sin dinero ni bienes de ninguna especie; así que Ahmed, el pobre vendedor de dulces, emprendió su viaje llevándose todo lo que tenía en el mundo. De cualquier manera su carga no era muy pesada, porque sólo consistía en un farolillo de hojalata con cristales rojos.


Durante días y días Ahmed cruzó una montaña tras otra, subsistiendo gracias a la hospitalidad de los lugareños, que no era mucha. Y al final llegó hasta un ancho y próspero valle, donde se asentaba una ciudad de la que ningún viajero le había hablado nunca. De modo que Ahmed se acercó a las puertas de la ciudad y se puso a hablar con algunos hombres que encontró por allí. Su asombro fue mayúsculo cuando se dieron cuenta de que era extranjero, porque al parecer jamás un extranjero había visitado aquella ciudad. Luego lo condujeron ante el pachá, quien lo hospedó en su propia casa, que era la más rica de todas las que Ahmed había visto o había oído hablar en su vida, más rica aún que cualquier lugar de Marraquesh. había montones de joyas por todas partes, y se empleaba el oro para uso doméstico. Durante los tres días exigidos por la Ley del Profeta, el pachá le prodigó a Ahmed todo género de atenciones. Pero llegó la hora de que el huésped partiese, y a Ahmed le entró una gran preocupación, porque le parecía que no podía abandonar a un anfitrión tan amable sin hacerle un regalo; y la única cosa que podía ofrecerle era aquel insignificante farolillo de hojalata con cristales rojos. Aun así, esperaba que el pachá se diera cuenta de que eso era todo lo que tenía, y que aceptaría el obsequio con el mismo espíritu con el que le sería entregado. Por consiguiente, ofreció el farol al pachá antes de partir.


El pachá tomó el farol, y lo examinó con asombro y regocijo; porque, aunque resultara curioso, pero en aquella ciudad no había cristal. De hecho, ni siquiera se había oído hablar de él, y aquello de ver la luz de una vela brillando a través de un cristal rojo resultaba un espectáculo maravilloso y prodigioso para el pachá. Sin embargo, y a pesar de que estaba encantado con el farol, el recibirlo le hizo sentirse molesto. Uno no podía recibir un obsequio tan valioso como aquél, sin desprenderse a cabio de algo de gran valía; y no sabía cómo se las iba a arreglar para hacer un regalo del mismo valor, ya que en sus tesorerías no tenía nada más que un montón de oro corriente y moliente, una tonelada o dos de simples rubíes, una estancia llena de las más vulgares esmeraldas, y algunas arcas de diamantes a las que nadie echaría más de un vistazo. ¿Qué posibilidad le quedaba, pues, de corresponder adecuadamente al extranjero?


Al final, llegó a la conclusión de que lo único que podía hacer era darle lo que tenía: ofrecer a Ahmed doce camellos cargados de oro y joyas, y confiar en que, dada la insignificancia del regalo, Ahmed lo aceptaría con el mismo espíritu con el que le sería entregado. Así lo hizo, y Ahmed trajo a sus doce camellos a salvo hasta Marraquesh, a través de las montañas.


Una vez llegó a Marraquesh, Ahmed compró un hermoso jardín repleto de palmeras y naranjos, de jazmines y limones aromáticos; un jardín que nunca estaba en silencio, gracias al murmullo del agua y a los trinos de los ruiseñores. Se construyó allí un palacio del mármol más puro, y vivía en él como un hombre rico y feliz.


Ahora bien, Ahmed tenía un hermano, llamado Said, un tendero de poca monta que se había vuelto pudiente mientras Ahmed se había hecho pobre. Pero en vez de ayudarle, al final ni siquiera había estado dispuesto a reconocerlo como hermano. Sin embargo, ahora que Ahmed era rica, a Said le vino a la memoria aquella relación fraternal que existía entre ellos , y fue a ver a Ahmed. Se dirigió a él en términos muy cariñosos y fraternales, y Ahmed lo recibió con agasajos y le hizo buenos regalos.


Pero, durante la visita, Said no pudo descubrir de dónde había salido toda aquella riqueza.
Así que, al final, se lo preguntó a su hermano abiertamente. Y Ahmed, que era una persona de lo más sencilla y nada envidiosa, le contó la historia tal como había sucedido. Por qué había sucedido así todavía le intrigaba: no conseguía entender por qué el pachá le había hecho semejantes regalos, puesto que no se le había ocurrido que el farol pudiese parecerle algo de valor. Pero ya que el pachá se los había hecho, él había aceptado lo que Dios le había enviado sin darle muchas más vueltas.


Cuando Said escuchó la historia, se quedó aún más perplejo que su hermano, y no pudo dejar de pensar en ella ni de día ni de noche. Al final llegó a la siguiente conclusión: <>


Con lo cual Said se fue a su tienda, compró unas mulas, y cargó sobre sus lomos todas las mercancías que poseía. Además vendió su casa, y con el dinero compró más mercancías, y las cargó también sobre sus mulas. Luego partió hacia las montañas, siguiendo el camino que su hermano le había indicado.


Pero cuando Ahmed se había internado en aquellas montañas, su pobreza lo había protegido como un escudo infalible y, de vuelta con sus camellos cargados de tesoros, lo había amparado el especial deseo de Alá, ya que aquellas montañas eran morada de ladrones, y no los había peores en todos los confines de la tierra. Apenas llevaba Said más de cinco días de viaje desde Marraquesh, cuando estos ladrones lo asaltaron, le quitaron sus mulas, lo golpearon, y lo dejaron medio muerto debajo de un árbol. Al recobrar el sentido, Said se encontró tan pobre como en otro tiempo lo había sido su hermano Ahmed. Pero la vergüenza y el miedo a los ladrones le impidieron volverse atrás. Con que siguió adelante todo lo rápido que se lo permitían sus heridas, y por fin fue a parar a aquel valle ancho y fértil del mismo modo que lo había hecho su hermano.
Una vez llegó a la ciudad, fue tratado con la misma hospitalidad que Ahmed y conducido a casa del pachá, donde sus heridas fueron ungidas. Y durante tres días se le alimentó y trató con toda consideración. Pero llegó la hora de que se fuese, y entonces lloró amargamente la pérdida de todos aquellos magníficos regalos con los que había emprendido el viaje para ofrecérselos al pachá. De todas sus pertenencias no le quedaba más que un reloj, un viejo reloj de latón muy corriente. Bueno, pues si aquello era su única posesión, y en definitiva a su hermano había dado todo lo que tenía: un farol de hojalata, él también probaría fortuna. Así que ofreció el reloj al pacha.


Y tuvo mucha suerte, porque en aquella ciudad jamás se había oído hablar de relojes, igual que pasaba con el cristal. Por tanto, el pachá valoró el reloj muy por encima de las riquezas de todas aquellas mulas cargadas de mercancías de las que los ladrones se habían apoderado. Lo apreció tanto, que se devanó los sesos pensando en algo adecuado que ofrecerle a cambio: algún tesoro que pudiese ofrecerle a Said, que no lo dejase vergonzosamente en deuda con él. Oro y joyas tenía a montones, pero qué significaban el oro y las joyas comparados con semejante obsequio… Sólo tenía un tesoro en toda su tesorería comparable a aquel reloj. Aquel tesoro, su bien más preciado, era el regalo que le había hecho otro extranjero: el farol rojo.


Y así, con infinito pesar y gran ceremonia, el farol de cristales rojos de Ahmed fue retirado del cojín de terciopelo sobre el que descansaba en la estancia más segura de la tesorería, y ofrecido a Said. Y con aquella recompensa de sus viajes, Said partió de nuevo hacia la ciudad de Marraquesh, de donde había venido. Y ya os podéis imaginar que los ladrones no tuvieron ocasión de molestarle en su viaje de vuelta.


En RICHARD HUGHES, En el regazo de Atlas.

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