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El señor de las moscas, William Golding.

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Allí tendidos escucharon con duda al principio y después con terror, la narración que los mellizos les susurraban entre pausas de extremo silencio. Pronto la oscuridad se lleno de garras, se lleno del terror de lo desconocido y lo amenazador. Un alba interminable borró las estrellas y, por fin la luz, triste y gris, se filtró en el refugio. Empezaron a agitarse, aunque fuera del refugio el mundo seguía siendo insoportablemente peligroso. Se podía ya percibir en el laberinto de oscuridad lo cercano y lo lejano, y en un punto elevado del cielo las nubecillas se calentaban en colores. Una solitaria ave marina aleteó hacia lo alto con un grito ronco cuyo eco pronto resonó, y el bosque respondió con graznidos. Flecos de nubes, cerca del horizonte empezaron a resplandecer con tintes rosados, y las copas plumadas de las palmeras se hicieron verdes.

El señor de las moscas, William Golding.

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