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Señas de identidad: La narrativa en los sesenta

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Ernest Descals

Señas de identidad (1966) es la primera novela de madurez de Juan Goytisolo e inaugura, junto con Tiempo de silencio (1962), de Luis Martín Santo, la orientación experimental en la narrativa española. Ambas obras presentan una visión crítica de la España contemporánea de los años sesenta, contemplada de manera compleja y a veces abiertamente contradictoria, lejos de los esquemas del realismo social predominante.

La novela de Goytisolo es fruto de una crisis personal y literaria. Tras seis años de silencio, el escritor inicia con Señas de identidad una trilogía española que se completará con Reivindicación del conde don Julián (1970) y Juan sin tierra (1975). La clave de esta nueva escritura procede directamente de la renovación formal de las técnicas narrativas protagonizada por los grandes novelistas del siglo XX (Kafka, Proust y, sobre todo, Joyce y su Ulises).

La novela se desarrolla en tres días. El protagonista, Álvaro Mendiola, miembro de una buena familia de la burguesía catalana, llega a su finca de Barcelona donde convalece de un ataque al corazón. A través de una serie de documentos: cartas, fotos, etc., familiares rememora todo su pasado y, con él, algunos sucesos de la vida nacional. La reflexión le permite describir facetas oscuras de vida y de la del pueblo español. La búsqueda de ese pasado, de sus señas de identidad es angustiosa y caótica, como la vida misma.

La acción no es lineal sino que viene marcada por rupturas de espacio y de tiempo. Un caos estructural que se corresponde con el propio caos existencial del protagonista. Cronológicamente, la novela abarca sucesos de la época de Alfonso XII, de la República, de la postguerra. Es un tiempo no lineal: en realidad en la novela confluyen los tiempos y se dispersas en un presente que se cierne en un intento de organizar el caos en el que vive el protagonista. Por otra parte, el espacio es variado: Barcelona, París, Suiza, Venecia, La Habana, Yeste, Andalucía. Es un espacio que ya no es tratado como reflejo de la realidad sino que pretende reemplazarla; es decir, crear su propia realidad textual.

La mayor parte de la novela se narra en segunda persona, aunque también se utilizan la primera y la tercera. Ese tú autorreflexivo del narrador-protagonista nos produce el efecto de un espejo. A través del monólogo que mantiene consigo mismo, nos acercamos a él y al mismo tiempo podemos criticarlo desde fuera como si estuviéramos ante una representación teatral. El autor realiza así un examen de conciencia que le obliga a estudiarse y analizarse en busca de sus señas de identidad.

 Así se da lugar a diversas formas de enunciación, a veces simultáneas (el narrador se enmascara y se desdobla permanentemente hablando desde otras voces).  Aparecen muchos párrafos sin puntuación y otros están en otras lenguas  (francés, catalán, italiano, inglés, alemán). Se utiliza además diversas formas de expresión: el nivel coloquial, el monólogo interior, la lengua de comunicación oficial, el poema narrativo.

El protagonista muestra su desasosiego: ha perdido los lazos que le podían unir a su pasado y a su patria. La dolorosa separación, aparentemente indiferente del protagonista respecto a su patria es muy expresiva (<<La tierra sigue allí, sometida a la ley idéntica, inexorable: lejos tú de ella, distraído ya, sin dolor ni reparo, de tu absorbente amor de antes>>). El autor denuncia la miseria que asola España y critica  la invasión del turismo que está <<afeando el país, sin mejorar al habitante>>.

El desarraigo del protagonista es evidente y se condensa en momentos climáticos de gran calidad técnica. Las oraciones son simples, independientes unas de otras y son frecuentes las estructuras bimembres (<<Tierra pobre aún, y profanada; exhausta y compartida; vieja de siglos, y todavía huérfana. Mírala, contémplala (…) ¿Culpa de ella o de ti? Las fotografías te bastan, y el recuerdo>>). Es un estilo nominal el verbo se solapa y se consigue así un ritmo lento y poético.  Con estos procedimientos el autor expresa la subjetividad del protagonista.

De este modo el autor expresa la subjetividad del protagonista

 Goytisolo  no pretende “retratar” la realidad social española, ni siquiera transformarla, sino más bien hacer un diagnóstico de los cambios que se estaban produciendo. Para ello, se convierte en el principal protagonista de su obra. La búsqueda de sus propias señas de identidad como escritor

De manera sistemática y selectiva, el escritor se enfrentará con su propio pasado e irá destruyendo todos los mitos fundadores de la dictadura franquista; pero, sobre todo, desmitifica el desarrollo acelerado de la España del turismo y la emigración.  Mediante el cambio abrupto y la simultaneidad de situaciones, localizaciones, idiomas, personajes y sujetos verbales, el autor transmite al lector la misma impresión de vértigo, desconcierto y desorientación que vivía la sociedad española del momento.

Para ello, Goytisolo utiliza fundamentalmente dos técnicas: el contraste irónico y la hipérbole. Hablando para sí y de sí (principalmente desde el punto de vista de la segunda persona del singular), se da una convergencia entre la subjetividad e intimidad del personaje y la crítica social que el autor expresa objetivamente. La síntesis de una y otra forma un vasto testimonio social de la España de la postguerra, compuesto a modo de collage o rompecabezas, cuyas piezas el lector debe organizar y reconstruir, en este sentido, el escritor le invita a realizar un ejercicio de introspección similar al realizado por el mismo en busca de “sus señas de identidad”.

 

Habías amado aquella tierra con el espanto lento, ardoroso del volcán –íncubo tú y sumisa ella, la rica ofrenda de su miseria, como preciosa dote para ti, unidos, creías, en una misma lucha contra el destino amargo.

Varios años han trascurrido desde entonces y si, esperanzado y andrajoso Ayer se fue. Mañana no ha llegado. La tierra sigue allí, sometida a la ley idéntica, inexorable; lejos tú de ella, distraído ya, sin dolor ni reparo, de tu absorbente amor de antes. La suerte se burló de los dos. El Norte obeso puso los ojos en ella y una infame turba de especuladores en sol ( agotados sucesivamente el oro, la plata y los ricos filones de sus entrañas; los bosques, los regadíos, las dehesas; la rebeldía, el orgullo, el amor a la libertad de los hombres por la usura avariciosa de los siglos) ha caído sobre ti ( oh nueva, abrasada Alaska) para acumular y enriquecerse a costa de tu último don gratuito ( el celeste chivo enardecedor y violento), fundar colonias, chalés, snacks, paradores de turismo, tabernas andaluzas, hoteles, afeando el país sin mejorar al habitante: expertos alemanes, peritos en playas, solitarios cazadores de fortuna, laureados y canosos combatientes de las Cruzadas y hasta una dama gárrula tocada con un turbante hindú que lee gravemente Mío Cid sobre la inhóspita giba de un cabello ( una doncella en la otra, la sustrae del flujo solar con una descolorida sombrilla).

Tierra pobre aún, y profanada; exhausta y compartida; vieja de siglos y todavía huérfana. Mírala, contémplala. Graba su imagen en tu retina. El amor que os unió sencillamente ha sido. ¿Culpa de ella o de ti? Las fotografías te bastan, y el recuerdo. Sol, montañas, mar, lagartos, piedra. ¿Nada más? Nada. Corrosivo dolor. Adiós para siempre, adiós Tu desvío te lleva por nuevos caminos. Lo sabes ya. Jamás hollarás ese suelo.

Señas de identidad

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