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Reseña de Los siete libros del Mediterráneo de Fernando de Villena

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Reseña de Los siete libros del Mediterráneo de Fernando de Villena 

 

¡Oh mar, oh tú, supremo

moderador piadoso de mis daños!:

                  

                                                 Luis de Góngora

Mas ninguno sintió, como yo ahora,

la muy triste dulzura

de las olas constantes y los hombres,

(las más bellas y frágiles, Dios mío,

de las obras nacidas por tu mano).

                                    Fernando de Villena

Le decimos a la Poesía “Poesía, haz que aparezca la rabia de Aquiles” y voilà, sentimos cómo esta rabia  penetra hasta las entrañas. Eso es poesía, un acto del lenguaje, sí; pero un acto en el que nos proyectamos. No se entendería la poesía sin esa inmutabilidad de la  palabra, capaz de renacer una y otra vez, cual ave fénix, en un tiempo astillado por la prisa, la ambición y la guerra.  Cuán fértiles son los versos que nos conmueven, cuánta enseñanza puede encerrarse en esa ánfora, en el seno purpureo de la poesía: “No es terrible la muerte, pues antes de morir somos eternos”.  No necesitamos más alimento, los versos de Fernando de Villena realizan esa transmigración del alma, consiguen mitigar nuestra ira ante la inexorabilidad de la existencia, gracias al bálsamo de la palabra. Fernando es uno de esos autores que ha llegado con paso firmen a ese jardín de las Hespérides, un huésped importante de la casa de la Poesía. Desde que apareciera Pensil de rimas celestes en 1980, este doctor en Filología Hispánica, no ha permitido que las voraces sirenas de los coches, “ese gran color de asombros” –como él mismo las llama- acallen su canto; él lo ha conseguido, ha logrado que nosotros nos detengamos a escuchar la música que sale de su flauta de oro, su palabra poética. Y nos detenemos porque su canto es argentado y brillante, porque recoge el néctar de los poetas del Siglo de Oro, porque despiertan nuestras emociones, y qué duda cabe, que eso es lo que consigue la buena poesía.

Los siete libros del Mediterráneo es, dentro de su producción, un faro luminoso desde el primero hasta el último de sus versos. El autor fleta el barco con esmero y consigue que el lector se sienta cómodo en esta travesía. Este brillante homenaje al Mediterráneo, publicado por Evohé en una edición cuidada y cuya portada es una amable invitación a morder la manzana de nuestra tradición occidental, es una joya preciosa, un inapreciable deleite para nuestros sentidos.

 

El lector viaja en este Pegaso luminoso que se detiene con paso quedo en cada recodo del camino; se detiene y nos hace sentir el poder o declive que han delineado sus tierras, los desmanes y afanes de sus gentes morenas abren las aguas y nos muestran los ricos tapices grecolatinos que hilaron sus dioses; los palacios, santuarios y conquistas de sus pueblos y el cetro de las religiones que lo han regado: cristianos, musulmanes y judíos, cuyas voces se oyen en el ágora de la memoria histórica.

Antes de iniciar el trayecto escuchamos la cálida voz de Fernando. Se queja el autor del paso del tiempo y de la pereza de lo cotidiano que ha embalsamo ese deseo de salirle al paso al sueño, de realizar un viaje por el mediterráneo con sandalias de peregrino. Se conduele a su vez de la deslealtad de los tiempos, del abandono de la tradición grecorromana y del declive de su enseñanza, del parco conocimiento de la Biblia; en fin, del despego airado de las Humanidades. Los hombres hemos olvidado el sendero trazado por otros, nos hemos lanzado sin ese paracaídas, hacia una vida huera, desprovista de ética, una vida que ha olvidado sus enseñanzas, esos topoi  que aparecen a lo largo de la obra, como espacios luminosos y nos recuerdan las enseñanzas filosóficas de los clásicos, tan presentes en el libro: ¿Dónde están esos días furiosamente azules/ en que el mundo se abría con dulzura/ como el oscuro fruto de una higuera? A lo largo y ancho de sus orillas y a través de los personajes reales o ficticios, escuchamos a los magos de las palabras (Homero, Horacio, Rilke, Cavafis, Dante), ellos nos quitan la venda que inocula nuestros ojos, para que los sintamos vivos.

         El autor realiza una minuciosa carta de navegación para que no perdamos el rumbo.  El viaje que realiza en su primera parte desde Granada hasta el eje neurálgico donde confluyen las tres religiones, ese Jerusalén que  “es grande pero mal vivirán serpientes en un cofre de plata repujada”; le sirve al lector para penetrar en el corazón de las ciudades, para que oigamos el canto del silencio y de las piedras. Recorremos todas esas ciudades o pueblos, sus  ríos e islas  (Valencia, Colliure, Mantua, Roma, Delfos, Corinto, Estambul, el rio Jordán, Jérico, Jerusalén, Tripolí, Cártago) y en ese recorrido interior oímos las preguntas, clavadas como astas de toro en nuestros corazones: ¿Y si Dios no existiese? El propio verso lleva a cuestas la propia vida del poeta, sus propios sueños cargados en la espalda del Mediterráneo: “La vida es no pensar,/ no sentir ni deseos ni temores;/ la vida en plenitud ya no precisa/ ni siquiera palabras; basta el Mediterráneo:/ contemplar muy despacio a cualquier hora/ un fragmento de azul o tal vez negro/ si la noche es cerrada…

Una vez nos ha contado la historia de sus ciudades, penetra hasta el tuétano en este Mare Nostrum. Primero, la antigüedad y el dolmen grecorromano, después los siglos de oro, finalmente el mundo actual y el homenaje póstumo a todos aquellos, cuyas historias cantan todavía las caracolas, si aguzamos el oído. Sentimos el furor de tartesios y fenicios, el esplendor de Kemet, la Tierra Negra, de sus fértiles terrenos de aluvión. Selene los denuda para nosotros y observamos en su esplendor, su rudo atavío cubierto de sangre, ante el fragor del combate: Hombres en cuyos ojos/ que han visto el cataclismo/ brilla el fulgor interior de la tragedia, / llegan a nuestras playas”. Y resuenan las Helénicas, ellas son las que ofician el viaje a la sombría laguna: “Sombrío es el camino y tortüoso / que a la Estigia conduce”. Pero tal  vez sea este personaje ficticio creado por Fernando (Quinto Polión, el viejo cónsul romano retirado a la Bética) el que consiga una poderosa empatía con el lector, pues el autor ha cincelado –aunque seguramente a imagen y semejanza suya- el carácter romano, sus enseñanzas y espíritu: “Y así, ahora, en silencio/ después de tantas veces/ prisionero en la red de mis pasiones/ ya sin fuerzas ni afanes, me pregunto/ si no es dulce tal vez ser derrotado”.

Una vez devorado ese pasado, nos adentramos en la oscura Edad Media. Tres van a ser nuestros acompañantes: una pobre muchacha que lamenta la ausencia del amado, un judío (Jehudá Ha- Levi), que nunca logró el sueño de pisar Tierra Santa y el sentido, la tristeza y desolación de aquellos monjes y cruzados que hollaron los caminos y sembraron pavura. Tres tristes congojas: “Buscad entre las sombras, / allá donde la mar no tiene orillas/ la nave alegre en que se fue mi amigo, / y si al fin la encontráis/ decidle que lo aguardo, / que el aire de mi vida es su regreso”.-dice la joven. “Los mundos se consumen como hogueras, / pero me has hecho eterno con tu soplo”- oímos esta declaración, el auto-convencimiento de Jehudá Ha- Levi. Y estas palabras laceradas por la tristeza y la desolación de esos monjes y cruzados que hollaron los caminos y sembraron pavura, por un firme blasón, por un destino que les fue arrebatado: ¡Malhayan tantas guerras y ambiciones!/ ¿A dónde acudirían?/ Caído había ya Constantinopla/ en manos de los turcos.

         Avanzamos en el tiempo, ahora el autor penetra en los Siglos de Oro: la “claridad renacentista, la confianza en el ser humano”, baila en el tiempo con “el buitre del desengaño”. Fernando es un experto en estas lides y de ahí el reencuentro con los moldes clásicos y el sentir de estos hombres: sus desmanes amorosos, su búsqueda titánica de favores: su deseo de medrar en la vida y sus peticiones a los poderosos levan anclas. La inconstancia de la dama y el topoi de su crudeza le sale al paso al lector: “Pero luego levanta con bravura/ montes de espuma y la quietud deshace, que el mar y Laura son de igual textura”. No sólo ella parece burlarse de los poetas, también se burla  Fortuna al propiciar caídas en desgracia (como las galeras), hasta la vida se burla de  esas peticiones in extremis, de favor,  como la de Cervantes.  Pero no sólo a ellos la vida les ha sido adversa, también les fue a todos aquellos que tuvieron que exiliarse de Sefarad, todos esos judíos que se marcharon de la Península y que ahora, como le sucede a este judío sefardí, la añoran: “¿Volveré a Sefarad alguna noche/ con la complicidad/ piadosa de las sombras?” Por último el poeta crea a Omar y nos hace ver el mundo a través de los ojos de este humilde mercader de Istambul, al que acompañamos en su desvarío, en su lucha por la supervivencia: “Las horas se me escapan día a día/ luchando por ganar unas monedas, / pero la vida es dulce/ y yo nada le pido”.

Ahora es el momento de la denuncia, de preguntarse, de preguntar al lector a qué oscuro puerto nos dirigimos. El mar Mediterráneo está herido, pues la otredad lo tiene prisionero; sus purísimas aguas se han convertido en un oscuro pozo de ponzoña y miseria; en el pábulo de poderosos sin escrúpulos: los barcos van a morir a sus aguas, las pobres gentes atraviesan sus aguas cristalinas en endebles pateras: “Es tan hermoso el mar… es sementera/ de colores y luz, es arco y flecha; pero no debe ser muerte que acecha/ a quien fía su vida a una patera”. El poeta consigue  quitarnos los tapones de los oídos, consigue que nos enfrentemos con coraje a las sirenas, esos pájaros alados que han sembrado de vergüenza y horror el Mediterráneo, consiguen que Mnemósine nos devuelva lo que fuimos.

Precisamente para que no lo olvidemos el autor homenajea a los hombres que han bebido la tradición del Mediterráneo, aquellos grandes personajes, cuya magnificencia es tal que estiramos el cuello para verlos y oírlos: Safó, Diógenes, Ashaverus, Cristo, Keats… etc. En primera o tercera persona el poeta los hace cantar a ellos, el canto de su cítara es tan dulce, que nosotros los vemos, se pasean ante nuestros ojos, como si aún siguiesen vivos.  

Fernando de Villena nos ha seducido.  El libro es una caja de resonancias, las palabras se imantan de tonalidades, se amplifican, pues el poeta sabe cómo desplegar los recursos estilísticos: prometéicas rocas, mudo frenético aspaviento, bonancible cielo, próvidas abejas, acéfalo tumulto. Hallamos en el texto personificaciones (alegres cúpulas), trimembraciones (pueblos de polvo, sol y adobe), epítetos (osados caballeros, gráciles palmeras, oval almendra), etc. El reencuentro con cultismos (consciencia, áurea), voces que suenan a arcaísmos (ahíta, malhaya) o que se aúnan en asociaciones ciertamente inéditas o poco frecuentes (dulcedumbre, orimiel, sitibundas), muestran su sabiduría idiomática.

Nuevamente Javier Baonza ha aceptado en su elección. Poco me queda decir, salvo que espero que nadie te enseñe las fotografías de este viaje. La poesía –la buena literatura en sí- es un viaje interior, que debes realizar tú mismo. Deja que el canto de Fernando te embriague, destierra el mundanal ruino y escúchalo, una y otra vez, déjate embriagar por su poesía, como he hecho yo misma.

Aghata

 

El MEDITERRÁNEO

 

Vincularé Tu nombre al mío, humilde,

tu nombre azul y altísimo,

de sueños y de gestas,

de dioses y de efímeras banderas…

Tu nombre, sí, tu nombre, mar sagrado,

mar venerable y nuestro,

sabio Mediterráneo,

carcelero de fustes y denarios

que en fantasmas trirremes

son teatro a la danza de las algas,

al salto de los pulpos,

a la huida argentina de los peces

hacia grutas de sombra

donde su pena esconden y vergüenza

sirenas derrotadas…

 

Como ciñes el brazo de las rocas

con pulseras de fénices espumas

ceñiré con mi verso fugitivo

el talle de tu historia,

feliz Mediterráneo;

como besas los puertos más ocultos

y las dársenas sucias

de las viejas ciudades

que a tu espejo se asoman

-suave o apasionadamente fuerte-,

así yo besaré tus hondas calas,

el corimbo festivo de tus islas,

la memoria festiva de tus héroes…

 

En vano la medusa

que llega desde América del Norte

podrá con su veneno contagioso

derrotar la hermosura de tus mitos,

la suavidad perfecta

de las muchachas ágiles,

morenas tal las ánforas de antaño,

que miden con tus olas sus cinturas,

con tu espuma sus risas;

la dicha ilimitada de quedarse

tendido en las arenas escuchando

con los ojos cerrados como valvas

tú pálpito dorado,

tu pálpito de siglos y leyendas.

 Los siete libros del Mediterráneo, Fernando de Villena

Editorial Evohé

 

 

 

 

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Comentarios Reseña de Los siete libros del Mediterráneo de Fernando de Villena

bastante bueno y tu relatandolo no te quedas atras
Te doy la razón en cuanto es un libro básico ... para la persona que le gusta la poesía
Deliciosos y trémulos poemas ... vaivenes de cuerpos y olas ... perfecto!!
Como siempre tu complemento magnífico ... esta vez las musas estaban en tu bando
Un fuerte beso querida Aghata.

Muchísimas gracias, apreciada Aghata por ese soberbio artículo que has tenido la gentileza de dedicar a mi libro. Saludos cordiales de Fernando de Villena.
Fernando De Villena Fernando De Villena 25/10/2010 a las 14:40

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