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Reseña Siete Casas en Francia, Bernardo Atxaga

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Un autor inteligente es aquel que  nos subyuga desde el principio, el que consigue que nos involucremos y escuchemos atentos el ruido de los personajes, la trama de las acciones o esa sustancia temporal que fluctúa, marcando el ritmo de las acciones. Eso es que consigue Bernardo Atxaga con “Siete casas en Francia”, consigue subyugarnos, sobre todo porque nos muestra una tierra baldía, unos personajes casi esperpénticos y una situación histórica que  aproxima poderosamente sus aristas a nuestra civilización. Atxaga  sitúa los hechos en un entorno determinado, el Congo Belga, el territorio inhóspito pero productivo que perteneció al rey Leopoldo II y donde el oprobio y el afán de riqueza destrozan cualquier resquicio de  cordura humana.

 Lo primero que nos llama la atención es su “título”, Siete casas en Francia. El lector, no tiene ni idea de que ese título, el umbral que lo induce en parte a comprar la obra, no es más que una  trampa, ni siquiera una pista certera sobre el contenido de la novela. Tal vez la novela abra el agujero de nuestra imaginación  y sentimos el gusanillo de la aventura, a eso nos suena el espacio mítico en el que se ambiente: el Congo, el África milenaria, ¿el paraíso?  Pero aquí no es la aventura el motivo principal, sino la denuncia de las atrocidades cometidas, por “un puñado de dólares”,  como suele decirse.

Yanbamgi es uno de los enclaves militares que la Force Publique del rey Leopoldo II tiene en África. Rico en materias preciosas, el espejismo de la riqueza enerva los bajos instintos de los hombres que habitan ese particular infierno; la única carta que se levanta en la mesa, es el deseo de rentabilizar no sólo la extracción de caucho, sino también el tráfico ilegal de marfil y maderas preciosas, cuyo precio está en alza en Europa.

La mujer de Lalande Biran lo sabe. La conocemos a través de las cartas que manda a su esposo,  en ellas muestra una intransigencia brutal: le conmina  a permanecer en un país que él detesta, únicamente para lograr su capricho, una casa más en París.  Casi nos apiadamos de ese pelele, pero poco a poco su imagen fantasmagórica va surgiendo ante nuestros ojos; su crueldad, su falta de ética, el despotismo con el que trata a sus subordinados. El dato que colma el vaso de nuestra repulsa es ese deseo desaprensivo y brutal de poseer a  las jóvenes vírgenes de la tribu. Incluso, cuando el rastrero perro fiel que ejecuta sus órdenes le pide que le permita acostarse con la joven, él capitán le sugiere que escoja una hembra de entre los mandriles que han llevado a la tribu, una que le guste.  Nos preguntamos en qué momento ese hombre, amante de la poesía, cuyos intentos por extraer momentos mágicos de inspiración de las situaciones más grotescas o desaforadas, en qué momento  perdió su alma, en qué reducto del camino se volvió tan frío y paralizó a cada uno de sus subordinados, que se mueven a su libre albedrío.

Al lector se le hiela la sangre ante el mosaico de crueldades que describe Atxaga sin un ápice de sentimentalismo, con la seguridad del orquestador que se sabe seguro de su pluma: el autor nos muestra el torbellino de inhumanidad, con cierta ironía, acentuando los movimientos histriónicos de los personajes, deshilando con coletazos certeros sus comportamientos a cual más patético o insensible. Ni siquiera conseguimos encariñarnos con el nuevo oficial, Chrysostome Liège, el tirador infalible, que exaspera al resto. En apariencia es un misterio, un tirador extraordinario, un alma letal para los nativos o los elefantes; un hombre, que lleva un lazo azul al cuello, que se desabrocha la camisa y luce con arrogancia la medalla de la virgen.  Todos conspiran a sus espaldas, todos buscan su punto débil hasta que descubren  ese terror titánico por contraer la sífilis,  una falta que castra su hombría: el temible cazador es incapaz de apuntar su propio gatillo.

El resto de los personajes son descritos con la misma descarnada indiferencia. El ex legionario Coco  es un personaje hostil, acuciado por un sinfín de voces que apuestan sus decisiones en una ruleta maquiavélica. Donatien, por su parte, sólo es  la sombra que sigue al capitán con la lengua fuera, su brazo ejecutor, incapaz de discernir entre el bien y el mal.  Ni siquiera podemos sentir lástima por Livo,  aunque nos sintamos atraídos por su oimbé. La consabida imagen del “buen salvaje” que retrataron los hombres del Siglo de las Luces hubiera distorsionado la visión esperpéntica de este mundo carente de ética o libertades.

En un principio, el capitán, el gran orquestador, siente que su territorio ha sido tocado por la batuta de la fortuna; la inminente visita de Leopoldo II enciende la cerilla de su autoestima: el rey se dispone a visitar el Congó, para dotar al pueblo de una reina comme il faut, una bailarina de la que se ha encaprichado.  Pero pronto el castillo de naipes se derrumba. La visita se transforma en una situación más grotesca si cabe; sólo vendrá una pequeña comitiva, con el Papa, un periodista famoso y una virgen, cuya imagen conquistará el río y muchos kilómetros a la redonda. La idea de colocar una virgen, símbolo de la pureza, en el territorio menos virtuoso del planeta; un reducto donde el látigo, la muerte y la falta de ética, se  ha adueñado de la vida, es una bufonada más, otra vuelta de tuerca del autor.

Sin duda Atxaga consigue mover los hilos de sus personajes con eficacia. Sus movimientos son como teas candentes por las que transita un lector, que poco a poco va inmiscuyendo más en los acontecimientos, no sin cierto pavor ante lo que se nos va narrando. El autor se mueve con comodidad, no se rasga las vestiduras, no adoctrina al lector, sólo marca el ritmo depravado de sus personajes, dejando las pinceladas certeras, hasta conferir una caricatura mordaz de una situación histórica, que puede y debe posicionarnos.

 En definitiva, al igual que ya hicieron otros, el supuesto distanciamiento es una excusa para que sintamos de qué calaña estamos hechos. Los hilos de la codicia, la impudicia y la falta de ética, siguen moviendo este barco que se dirige peligrosamente al iceberg. Y nadie se acuerda ya de aquel viejo dicho de Gracián, que debería ser el timón que moviera el barco. Esa  agudeza verbal que nos recuerda que:

“Hemos de proceder de tal manera

                      que no nos sonrojemos ante nosotros mismos”.

                                       Baltasar Gracián

 

He aquí dos fragmentos significativos de la obra

(...)  

Sucedió que, un domingo en que el vino de palma había corrido en abundancia, al teniente se le ocurrió organizar un campeonato de tiro para decidir quién de entre los oficiales se merecía el título de <<Guillermo Tell>> de Yangambi. Él pondría los cartuchos, de eso no había que preocuparse.

-Ganaré yo- se jactó ante los oficiales.

Lo decía convencido. El alcohol lo volvía fanfarrón, y además, por decirlo con una metáfora, dividía su cabeza en dos. Aquel día, las dos partes eran muy desiguales. En la primera de ellas, los logros de Chrysostome se hallaban reducidos al mínimo; en la otra, los suyos aparecían aumentados y multiplicados, especialmente los que correspondían a su época de légionnaire.

Trajeron unos cuantos niños de un mugini próximo y comenzó la competición con más de una decena de participantes dispuestos a disparar a las manzanas que los niños sostenían en la cabeza. Lopes y otros oficiales evitaron defraudar al teniente, disparando sin demasiado cuidado; pero Chrysostome era incapaz de disimular, y jugó limpio, con honradez, tratando a la segunda autoridad de Yunbambi como a un soldado más. Con cinco cartuchos partió cinco manzanas; el teniente, sólo dos.

En un primer momento, el teniente dio muestras de admitir la derrota con el espíritu deportivo que caracteriza a los militares, y comentó en tono de broma que era zurdo y eso suponía cierto hándicap a la hora de disparar. Se lo habían dicho muchas veces, sobre todo en sus tiempos de legionnaire, pero nunca lo había visto tan claro como aquel día.

Llegados a aquel punto, Chrysostome pudo haberle seguido la corriente, pero una vez más quiso jugar limpio, con una rectitud acaso excesiva, y antes de que el teniente acabara de hablar- cavando con sus palabras un hoyo en el que ocultar su vergüenza-, hizo un gesto a los nativos para que le pusieran otro niño con su correspondiente manzana en la cabeza y disparó, esta vez en posición zurda. A pesar de un ligero tambaleo del niño, Chrysostome partió la manzana por la mitad.

-Ahora sí que me he quedado sin excusas- dijo el teniente.

Chrysostome cometió entonces un nuevo error:  perdió la oportunidad de permanecer callado. Nada le habría costado a un hombre como él, incapaz de pronunciar más de veinticinco palabras al día, guardar silencio; pero en aquel momento le dio por manifestar su pensamiento:

-No se preocupe, mi teniente. Para la edad que tiene dispara usted bastante bien.

¡Ay! ¡La involuntaria crueldad de la juventud! Si al menos hubiera dicho <<no te preocupes, Cocó>>, se hubiera podido interpretar la frase como un comentario en confianza o como una broma; pero aquel <<no se preocupe, mi teniente>> no dejaba lugar para la duda. Además, ¡se había atrevido a juzgarle, a declara que disparaba bastante bien.

Fue una humillación, y al teniente le quedó dentro, en una de las dos partes de su cabeza, un resquemor, un poso de odio. En cuanto a Chrysostome, sin pararse a pensar en los problemas que podía acarrearle aquel segundo título, tomó la costumbre de pasearse con los tres o cuatro botones superiores de la camisa desabrochados, exhibiendo su cinta azul y la cadena de oro. Los otros oficiales  lo interpretaron como una chulería, como si su actitud estuviera proclamando:

-Soy uno de los más pequeños de Yangambi  en cuanto al tamaño físico, uno de los más jóvenes en cuanto a la edad, pero con el rifle Albini- Braendlin soy el más grande.

El resquemor y el odio que ya habitaban en el corazón del teniente Van Thiegel comenzaron a ser generales en todo Yangambi.

Trascurrieron unas cuantas semanas más, y Chrysostome apareció un día en Yamgambi cargando a hombros con algo que, visto de lejos, parecía un madero. Dejó atrás el barrió de los askaris  y de los suboficiales negros, atravesó el campo de tiro, recorrió la Place du Grand Palmier hasta su centro y, en vez de continuar hasta su paillote, acabó sentándose al pie de la palmera, en uno de los bancos pintados de blanco. Era evidente que deseaba mostrar lo que traía.

Se le acercaron los oficiales que andaban por allí y unos veinte askaris , y también algunos sirvientes y sirvientas que trabajaban en los mataderos y en los graneros. Vieron entonces que se trataba de un trofeo de caza: el cuerno de un rinoceronte negro. (…)

 

 

 

(…)

El artículo de Le Soir era riguroso, y Lalande Biran lo leyó como si fuera un poema, disfrutando con cada una de las líneas. En él se aseguraba que el precio del marfil se había multiplicado por 3,7 en ocho meses; el del ébano, por 2,8; el de la teca, por 3,2; el de la caoba, por 3,3. Conociendo a qué resultado conducían  -¡1.500.000 francos!-, los números le llenaron de gozo. Tanto más cuando venían acompañados de frases en las que se afirmaban que los precios seguirían ascendiendo hasta Navidades, y que la demanda de maderas nobles se había triplicado o incluso cuadruplicado.

Terminó su bebida y permaneció contemplando el río, fumando ahora con caladas más largas. El agua se rizaba en algunos puntos, su movimiento era constante. En el pequeño puerto de delante del almacén las canoas se balanceaban con suavidad y delicadeza. En contraste, la selva parecía inmóvil, como una pintura.

-<<Le han dicho a Sísifo- pensó-, la roca que llevabas sobre tus espaldas ha sido destruida; siéntate, si así lo deseas en la orilla del río a contemplar la corriente. Ya no hay peso, no hay obligaciones>>.

El poema tendría que continuar en idéntico tono para que quedara reflejado el enorme alivio que sentía. En breve, siguiendo el mismo curso que las aguas del río, viajaría hasta Léopoldville; luego en tren hasta Matadi; por último, un paquebote lo llevaría hasta Europa.

Volvió a tomar en consideración los números del artículo -3, 7, 2,8, 3,2, 3,3- y pensó que tal vez debían figurar en el poema como símbolos de la fuerza que destruiría la pesada roca de Sísifo, su vida en Yangambi. Pero era difícil incluir números en un poema. Era algo que nunca se había hecho. ¡Lástima no estar en París para plantear la cuestión ante sus colegas, los petas de la Bonne Nuit, y someterla a discusión!

Donatien se presentó en el porche a toda prisa, y le dejó tres cartas sobre la mesa antes de saludar militarmente.

-Ésta viene de la Dirección de la Force Públique. Ésta otra es del duque Armand Saint- Foix, y la tercera de su esposa, Christine Saliat de Meilhan- le informó señalando cada carta con el dedo.

Tras tres semanas en la selva, le parecieron pocas.

-Mi capitán, ¿desea que le afeite?- preguntó Donatien.

-Después de que lea las cartas.

Donatien no parecía tener intención de marcharse. La nuez se le movía arriba y abajo en el cuello. Empezaba a decir algo pero se interrumpía, balbuceante.

Lalande Biran levantó la vista.

-¿Qué sucede?- preguntó.

-Hoy es jueves, mi capitán. La muchacha está en la paillote- dijo al fin Donatien, comiéndose las palabras más que de costumbre: <<Aujourd´e jeumoncatainelafielaupaillote>>.

Lalande Biran le miró con atención. Donatien no podía controlar su deseo, y, de haber tenido más arrojo, habría corrido a reunirse con la muchacha en su paillote. Él estaba lejos de sentir lo mismo. Las tres semanas en la selva, buscando marfil, no habían despertado en él el menor deseo de poseer una muchacha. No podía explicarse aquella apatía. Igual que su vista, igual que su afición por la pintura, su deseo carnal era cada vez más dócil.

Una sombra atrajo sus ojos a las aguas del río. Pero no eran murciélagos, sino los pájaros llamados waki .

-Métela en algún sitio hasta mañana- dijo. Apagó el cigarrillo en la suela de su bota y echó la colilla al vaso.

Donatien tenía en su paillote una jaula de la que solía servirse cuando tenía que cuidar una muchacha durante algún tiempo. Asintió con la cabeza. Cumpliría la orden obedientemente. Su nuez se movía despacio, como con tristeza.

-Donatien- le dijo Lalande Biran-. Has visto los mandriles que trajimos, ¿verdad? Están en el campo de tiro. Si no te puedes aguantar las ganas, búscate una hembra. Seguro que encuentras alguna de tu gusto.

Por un momento, Donatien se quedó indeciso. Luego, saludó militarmente y se marchó al almacén.

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