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Reseña El secreto de If, Ana Alonso y Javier Pelegrín

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En ocasiones los lectores adultos, los mismos que se vanaglorian de su amor por la literatura, menosprecian el género fantástico, alegando que ya no tienen el cuerpo para esos trotes, que los lances mágicos de princesas, dragones y sus supercherías son malabarismos para niños. Olvidan que fueron precisamente esos mitos y leyendas los que abrieron la veda literaria, pues la fantasía es el vergel de la creatividad literaria. Afortunadamente no todos adultos piensan así, aún existen locos, autores, que creen en las posibilidades  de este género, que se arriesgan y hacen oídos sordos a las críticas malintencionadas. Ellos ejercitan el músculo de la imaginación y entregan sus tesoros a niños y adolescentes porque ellos sí son capaces de penetrar en el país de Nunca Jamás, ellos no cortan las alas de la fantasía; al contrario, las despliegan con entusiasmo.

De todos estos locos autores que se balancean con brío por la literatura fantástica existen dos (Ana Alonso y Javier Pelegrin) que han unido sus fuerzas; ellos usan con acierto la poción de la creatividad sin olvidar el aliño de la tradición. En El secreto de If, como ya lo han hecho en obras anteriores, resuelven nuevamente el acertijo literario que se han planteado y consiguen crear una obra capaz de encandilar a jóvenes y adultos. Con ella se hicieron con el Premio Barco de Vapor en el  2008. El jurado valoró el estilo, la profesionalidad con la que superan los tópicos, pero ante todo valoró la trama urdida, ese juego de identidades mutantes que mantiene la tensión narrativa hasta el final. La cita de Calderón, el homenaje a El Conde de Montecristo de Dumas, la revisión de la tradición oral (leyendas célticas, cuentos maravillosos); todos estos elementos, incluidas las ilustraciones de Marcelo Pérez, logran una perfecta adecuación entre forma y contenido, consiguen potenciar la trama, que el lector la visualice.

Ana y Javier siguen muy de cerca la tradición, pues hallamos muchos de los tópicos que aliñan la salsa del género fantástico: unos príncipes obligados a casarse por el compromiso que sellaron sus padres cuando eran niños; una anciana que no lo es, un joven que es una princesa, un prisionero torturado por las pesadillas, un mar que provoca visiones,  una torre mágica, una ciudad sumergida… Los autores beben con tiento de  una tradición vital, pero, a su vez, la modifican: es curioso que sea la princesa la que salve al príncipe, que el malvado no actúe por codicia o deseo de venganza.

El hilo conductor de la trama es la búsqueda de auténtica identidad, es ese juego entre realidad y ficción el que consigue mantener al lector en vilo. La princesa que se dirige a If no es la verdadera princesa, sino su dama de compañía. La verdadera princesa cabalga acompañada de Sirio (un antiguo ladrón) hacia la peligrosa Gran Cordillera. Su valentía y el deseo de proteger a su pueblo son los móviles que la guían. En el trayecto se topa con una pobre anciana que se ha extraviado (tampoco esta es una anciana corriente) y rescata a Keir, el joven que ha vivido toda su vida encerrado en la torre mágica y que desconoce su verdadera identidad.

Los personajes llegan  a If, el poderoso reino en el conviven humanos y seres mágicos,  con el propósito de averiguar la verdad. Temen que el casamiento sea un burdo truco urdido por el rey o el senescal. Los recibirá un ambiente hostil, pues la corte considera como un insulto la insolencia de la princesa. Arland, el príncipe, deberá superar una serie de pruebas, en el curso de las cuales surgirán las dudas, como flechas lanzadas a la misma diana. ¿Quién es en realidad Keir? ¿Es el príncipe el heredero legítimo? ¿Acaso el rey es un farsante? Los nobles móviles de los protagonistas se diseminan por unos escenarios que reconocemos, fragmentos fugaces de leyendas engarzadas con maestría: la ceremonia que renueva la alianza con los seres mágicos, el reino subterráneo y la conversación con la reina de las hadas, las calles de una ciudad enmudecidas por un poderoso hechizo, etc.  El lector asiste a los personajes en su lucha, siente cómo buscan las respuestas, con qué esfuerzo acometen las dificultas, con qué astucia se enfrentan a los enigmas.

Sin duda una historia urdida con inteligencia, que renueva la tradición, pese a la fuerza de sus raíces y que  trasmite una enseñanza: El secreto de If, nos muestra como el coraje y búsqueda de la libertad son las únicas constantes que fortalecen el músculo de la vida.  

Aghata

El secreto de If

 

<<Yo sueño que estoy aquí,

de estas prisiones cargado,

y soñé que en otro estado

          más lisonjero me vi.>>

CALDERÓN DE LA BARCA

      La vida es sueño

 

 

-Príncipe Arland, he venido a vuestro país de buena fe, dispuesta a cumplir la palabra de mi padre y a casarme con vos- dijo finalmente la lejana vocecilla-. Pero, antes, es mi deber asegurarme de que mi futuro esposo es tan inteligente y virtuoso como su fama pregona. Pensad que, al desposarme, os convertiréis en el soberano de mi reino, el pequeño país de Kildar. No puedo imponerles a mis súbditos un soberano incapaz. Si vuestras dotes de gobernante son tan perfectas como se dice, será un honor para mí convertirme en vuestra esposa y compartir con vos el trono de  nuestros dos países. Pero, antes, debo comprobar que los rumores no mienten. Espero que sepáis entenderlo.

Por todas partes estallaron gritos de incredulidad y airadas protestas. Las palabras de la princesa eran de una insolencia inaudita. Muchos de los caballeros presentes se llevaron instintivamente la mano al puño de sus espadas y avanzaron hacia el palanquín con expresión amenazadora, pero el príncipe los detuvo con un gesto.

-Esperad- ordenó-. Oigamos qué es lo que quiere la princesa. Alteza, hablad claro y sin rodeos. ¿Cuáles son vuestras exigencias?

De nuevo se oyó una irritante tosecilla en el interior del palanquín de oro.

-Quiero someteros a dos pruebas – fue la respuesta de la joven-. Si salís airoso de ellas, abandonaré mi palanquín.

Se hizo un tenso silencio en el gran salón del trono. Todos los presentes miraban expectantes al príncipe que se había puesto mortalmente pálido.

-Adelante- dijo finalmente Arlan con acento imperioso-. Plantead las pruebas que deseéis. Estoy dispuesto a someterme a ellas.

Se produjo entonces una algarabía ensordecedora alrededor del palanquín. Los nobles de la corte lucharon para atravesar el cerco de los porteadores, que les impedía el paso con sus largas lanzas. Una anciana dama se desmayó y otras se precipitaron a atenderla. Un hombre de la corte se acercó al príncipe y le susurró algo, sudoroso y desconcertado.

En medio de aquel desbarajuste general, Keir observo que Dahud le decía algo al oído a su criado Sirio, y que este se alejaba hacia el fondo del salón. Unos momentos después, regresaba acompañado del gigantesco personaje que respondía al nombre de Atlas, y al que Keir ya había tenido ocasión de ver la noche anterior. Mientras el gran chambelán recorría las filas de los cortesanos, intentando restablecer el orden, Atlas escuchó en silencio y con la cabeza gacha las palabras de la auténtica princesa. Keir se encontraba muy cerca de ellos, pero los nobles que los rodeaban hacían tanto ruido con sus gritos y protestas que no consiguió oír nada de lo que decía Dahud. Lo único que vio fue que el gigante, después de asentir varias veces, se alejaba con expresión pesarosa, avanzando pegado a la pared hasta salir del gran salón. Por otra parte, Sirio daba muestras de un gran nerviosismo y, aferrándose a la manga de Dahud, le murmuraba algo con gesto implorante.

Mientras esto ocurría, el príncipe había regresado a su trono y se había sentado majestuosamente en él. Luego, tomando su pesado cesto de oro y rubíes en la mano derecha, golpeó enérgicamente el suelo tres veces seguidas.

-¡Silencio!- ordenó con voz de trueno, logrando que instantáneamente, todos sus súbditos enmudecieran- Os exijo que no ofendáis a mi prometida. Señora, decidnos en qué consiste vuestra primera prueba y acabemos cuanto antes.

Una vez más, brotó de las profundidades del palanquín la voz de plata de la falsa princesa.

-La primera prueba es a la vez de erudición y de inteligencia- dijo-. Estoy segura de que no la encontraréis muy difícil. Uno de mis porteadores lleva consigo un pergamino en el que he ordenado consignar algunos de los hechos más relevantes de la historia de vuestro reino. Evan, lee el contenido del pergamino.

Obedeciendo la orden recibida, uno de los porteadores extrajo de entre los pliegues de su túnica un pergamino enrollado y, tras desplegarlo, leyó con voz temblorosa lo siguiente:

-<<Este pergamino contiene cuatro párrafos verdaderos. Decid cuáles son y habréis superado la prueba>>.

El hombre hizo una pausa para aclararse la garganta. Se le veía muy nervioso, pero, aún así, logró reunir fuerzas para seguir adelante con la lectura.

>>Primero: No hubo hombres en la Tierra de If hasta la llegada de Anyon y Camlin, los dos hermanos fundadores del reino. Antes, sólo los seres del Mundo Mágico poblaban estas costas.

>>Segundo: Anyon y Camlin ofrecieron como regalo a los seres del Mundo Mágico el don de la escritura, y estos, a cambio, les dieron a elegir entre sus más preciados dones: el de la verdad y el de la inmortalidad.

>>Tercero: Camlin eligió el don de la verdad y se convirtió en el primer rey de If. Su hermano Anyon trató de traicionarle, entregando el don de la verdad a cambio de la vida eterna. Pero Camlin fue más valeroso que Anyon y logró conservar para sus descendientes el preciado don que había elegido.  Gracias a ese don, los gobernantes de If, a diferencia del resto de las criaturas humanas, pueden distinguir la verdad de la mentira e impartir una perfecta justicia.

>> Cuatro: Tras su derrota, Anyon huyó de if y fundó su propio reino en un territorio lejano.

>> Quinto: El rey Camlin tuvo un hijo llamado Anwell y una hija llamada Alma. Anwell huyó de la tierra de If al llegar a la mayoría de edad y nadie volvió a verlo jamás. Alma se convirtió en la segunda reina de If, y de ella descienden los actuales soberanos del reino.>>

El porteador alzó los ojos del pergamino y lo enrollo cuidadosamente. Los cortesanos empezaron a cuchichear entre sí con gesto de perplejidad. Por fin, se alzaron algunas voces.

-¡Príncipe, esto es una burla!-dijo un anciano caballero-. ¡No os prestéis a semejante pantomima! Todos los presentes sabemos que, los párrafos que de los párrafos que se han leído, solo tres son verdaderos.

-Dejad que sea el príncipe quien conteste- dijo con dulzura la voz del palanquín-. Si reúne las cualidades que se le suponen a un rey de If, no creo que necesite la ayuda de sus súbditos.

-¡Pero es que esto es una tomadura de pelo1- insistió el anciano-. ¡Alteza, ya habéis sido demasiado tolerante!

Muchos de los presentes aplaudieron las palabras del anciano. Pero el príncipe les hizo callar con un gesto.

-No se trata de ninguna burla- afirmó serenamente-. El acertijo está bien planteado, y es sencillo de resolver. Tal y como se nos ha dicho, existen en ese pergamino cuatro párrafos verdaderos. Es cierto que el reino lo fundaron Anyon y Camlin y también lo es que ofrecieron el don  de la escritura a los seres del Mundo Mágico y con él, el maravilloso don de la memoria. También es verdad que, a cambio, se les dio a elegir entre verdad e inmortalidad, y que Camlin eligió la verdad, desoyendo los consejos de su hermano.

-¿Lo veis?- le interrumpió el anciano caballero-. Solo los tres primeros párrafos son ciertos.

-Esperad- le exigió Arland- Sigamos analizando el contenido del pergamino… De los dos hijos que tuvo Camlin, fue Anwell quien permaneció en If. Alma abandonó el reino al cumplir los dieciocho años traspasando la Gran Cordillera, y nunca se volvió a saber de ella; por tanto, el párrafo que dice lo contrario es falso. Y el anterior también  lo es, porque Anyon no fundó ningún reino fuera de las fronteras de If, sino que quedó atrapado para siempre en el maleficio de su propia traición.

-Alteza, le estáis dando la razón a vuestro humilde súbdito- insistió suavemente el anciano. Solo hay tres párrafos verdaderos en el pergamino.

-Os equivocáis – repuso Arland sonriendo- Hay un cuarto párrafo verdadero: el que afirma que el pergamino contiene cuatro párrafos verdaderos. Ese también se ajusta a la verdad. Por tanto, la prueba estaba bien planteada.

-Y vos la habéis resuelto hábilmente, príncipe- dijo con admiración la voz femenina del palanquín-. Y con ello me habéis dado una gran alegría.

Adalard, abrid la primera puerta.

Otro de los porteadores que rodeaban el palanquín avanzó hacia su parte delantera y accionó un resorte en su borde inferior. Al instante, el panel de oro macizo se deslizó hacia arriba dejando al descubierto otro panel similar, aunque este parecía menos grueso y se hallaba completamente cubierto de delicadas filigranas y dibujos que representaban al Sol, La Luna y las principales constelaciones de estrellas. Todos los dibujos estaban labrados en oro excepto una de las estrellas de la constelación que ocupaba el centro del panel, formada por un único diamante purísimo.

-El segundo desafío que me atrevo a proponeros pondrá a prueba vuestra destreza con el arco- explicó la cantarina voz de la falsa princesa desde el interior del palanquín-. Mi fiel Adalard os entregará uno de los célebres arcos de Kildar, famosos por su flexibilidad y puntería. Desde la puerta de este salón, deberéis disparar a la estrella de diamante de mi palanquín y acertar a romperla con vuestra flecha.

-Soy un buen arquero- dijo Arland sin alterarse-. Entregadme ese arco, acepto el desafío.

El porteador que había accionado el resorte del palanquín avanzó con un viejo arco de madera en los brazos y se lo entregó al príncipe. También le entregó una única flecha.

El príncipe y a se disponía a ocupar la posición que se le había indicado para el disparo cuando Adalard se interpuso en su camino y, sin decir palabra, le colocó una máscara de oro macizo sobre el rostro. La máscara tenía una minúscula abertura a la altura de la nariz, y ninguna a la altura de los ojos. De nuevo estallaron las protestas y los gritos.

-¿Qué haces?

-¡Detenedlo!

-¡Se ha atrevido a tocar al príncipe!- se oía por doquier.

Varios caballeros cayeron sobre Adalard y lo tiraron al suelo, inmovilizándolo.

-Alto- dijo el príncipe, con la voz distorsionada por la máscara-. No hagáis nada. Princesa, ¿qué significa esto?

-Os dije que era una prueba de destreza… ¿Qué destreza se necesita para acertar un blanco que uno está viendo? Lo extraordinario es dar en la diana sin ayudarse de los ojos. Y yo espero lo extraordinario de vos, príncipe.

La gente miró expectante a Arland, que permanecía inmóvil delante del palanquín.

-Entonces, es preciso que dispare con la máscara puesta. ¿Me está permitido quitármela hasta ese momento?- preguntó el príncipe sin perder la calma.

La voz del palanquín tardó unos instantes en contestar.

-Desde luego- dijo al fin-. El único requisito que debéis cumplir es llevarla puesta en el momento de efectuar el disparo.

El príncipe se quitó la máscara con majestuosa dignidad y llamó a uno de sus lacayos de confianza.

-Dunn, tráeme una copa de cristal y un odre lleno del mejor vino- ordenó.

El lacayo hizo una reverencia y se alejó para traer lo que se le pedía, en medio de los cuchicheos de la corte.

-¿Qué se propone?- preguntó en voz baja Sirio, que había vuelto a ocupar su puesto junto a Keir-. ¿Piensa emborracharse para afinar la puntería?

Keir le miró de un modo extraño, como si no hubiera oído su pregunta.

-¿Qué va a hacer ese hombre, ese tal Atlas?- preguntó a su vez, sin dejar de mirar al anciano criado-. ¿Qué le ha ordenado ella que haga?

Sirio frunció el ceño, visiblemente contrariado.

-No es metáis en eso- repuso en tono de advertencia-. Mirad, ya vuelve el lacayo.

En efecto, el hombre que respondía al nombre de Dunn se aproximó al príncipe con la copa y el odre que éste le había pedido. Arland tomó la copa entre sus manos y examinó atentamente su finísimo cristal. Luego se volvió hacia el palanquín.

-Princesa, ¿conocéis a alguien que haya acertado a un blanco en las condiciones que vos me exigís?

-Nadie que lo haya intentado lo ha conseguido jamás- afirmó la falsa princesa tras una tintineante sonrisa.

-Entonces, yo no intentaré- dijo el príncipe-. Dunn, lléname la copa. Y no dejes de verter vino hasta que yo te ordene que pares.

Ante el asombro de todos los presentes, Dunn comenzó a escanciar el vino en la transparente copa que sostenía el príncipe, y no dejó de hacerlo cuando esta comenzó a rebosar. El vino caía al suelo por los bordes de la copa, pero Arland no decía nada, de modo que su lacayo continuaba vertiendo el líquido del odre que burbujeaba un instante en la superficie del recipiente lleno antes de desbordarlo e ir a parar al suelo. Aquella extraña situación se prolongó largo rato, hasta que el odre estuvo vacío. El charco de color sangre que se había formado en el suelo era tan grande que había empapado el borde del vestido de algunas de las damas más próximas.

Gracias, Dunn- dijo entonces el príncipe con la mirada vacía-. Necesitaba contemplar con mis propios ojos qué le ocurre a un corazón cuando rebosa de deseos e intenciones. Todos lo habéis visto. Nada nuevo puede entrar en él; la realidad se derrama a su alrededor sin introducirse en su recinto cristalino. Es preciso vaciar el vaso para dejar lugar al misterio del mundo exterior, ese es el secreto: hay que vaciar el corazón.

En medio de un profundo silencio, el príncipe camino hacia el lugar que le había señalado la princesa para efectuar el disparo.

-Ponedme ahora la máscara- ordenó-. Mi corazón está vacío.

Adalard le ajustó nuevamente la máscara de oro. El príncipe alzó con lentitud el arco, tensó la cuerda y apuntó con la flecha. Luego,  sin la menor vacilación, disparó. La flecha silbó en el aire unos segundos y se estrelló contra el diamante, haciéndolo estallar en mil pedazos. Todos los presentes comenzaron a aplaudir entusiasmados. Hasta los porteadores de la princesa estallaron en exclamaciones de júbilo. Antes de que los aplausos cesaran, el panel de oro labrado que había servido de blanco se deslizó hacia arriba, y del interior del extraño vehículo descendió una grácil figura femenina con el rostro velado.

-Habéis sido muy hábil, príncipe- dijo la joven desde detrás de su velo-. La única forma de acertar ese disparo era renunciando a imponerle vuestra voluntad a la flecha, y vos lo habéis adivinado… Empiezo a creer que todo lo que se dice de vos es cierto.  Al igual que vuestros antecesores, tenéis el don de saber elegir entre todos los caminos aquel que conduce al modo de obrar más recto y acorde con la verdad.

Los cortesanos de If estaban tan contentos, después de lo que acababa de ocurrir,  que algunos incluso aplaudieron tímidamente las palabras de la princesa. Sin embargo, el príncipe no parecía compartir su alegría.

-¿Y adivino si afirmo que aún me tenéis reservada una tercera prueba?

¿Cómo lo habéis sabido?- preguntó burlonamente la joven oculta bajo el velo.

-No os habríais cubierto de ese modo si no tuvierais una tercera condición que imponerme – repuso sombríamente el príncipe-. Y algo me dice que para vos, esta es la más importante de todas.

La princesa se irguió y adoptó una actitud solemne.

-Así es- reconoció. Si deseáis que os descubra mi rostro, deberéis someteros a una tercera prueba. Esta será la última, os doy mi palabra. Y si salís bien parado, mi mano será vuestra, y con ella, mi reino y mi corazón.

-Está bien- suspiró el príncipe- . ¿De qué se trata esta vez?

Antes de que la joven hablase, Keir sorprendió la suplicante mirada que Sirio le dirigía Dahud.

-En mi país creemos que las espadas siempre dicen la verdad- repuso tras un instante de vacilación la joven del palanquín-. Dejemos que las espadas hablen por nosotros. Mi condición para mostraros el rostro que se oculta detrás de este velo, es que os batáis en un duelo a primera sangre con el caballero que elija mi espada. Si salís vencedor de ese combate, me casaré con vos.

-Se oyó un murmullo de sorpresa entre los cortesanos.

-¿Queréis que me bata con uno de los caballeros de mi corte?- preguntó el príncipe, sorprendido.

-Quiero que os batáis con uno de los caballeros presentes en esta sala, y para ello les ruego a todos ellos que formen un círculo en torno a mi persona, a fin de que mi espada tenga la oportunidad de elegirme un paladín.

Se armó cierto revuelo en el gran salón mientras los jóvenes cortesanos se apresuraban a cumplir la última exigencia de la princesa. Algunos caballeros de mediana edad quisieron entrar a formar parte del círculo, pero la muchacha velada los rechazó con amabilidad, alegando que la edad de los contendientes debía ser parecida para que el combate resultase justo.

Cuando Dahud, disfrazada de hombre, se dispuso a ocupar su lugar en el círculo, Keir la retuvo asiéndola por un brazo.

-Esperad- le dijo-. Vos no podéis batiros. Dejad que sea yo quien ocupe vuestro lugar.

-¿Vos?- se extrañó la joven-. Pero si nunca habéis tenido la oportunidad de aprender el manejo de la espada…

Soy bastante ágil y diestro con las manos. Estoy seguro de que sabré defenderme, en caso de resultar elegido. Además, no es más que un duelo a primera sangre.

-No os ofendáis, Keir- le respondió Dahud con una leve sonrisa-. Os agradezco vuestro gesto, pero es imposible que me sustituyáis. Para todos los presentes,  no sois más que un criado del noble Duncan. Y un criado no puede batirse en duelo.

Keir soltó a la princesa, herido.

-Está bien; solo quería protegeros. Pero ya veo que despreciáis mi ayuda.

Dejando a Keir enfurruñado al lado de Sirio, Dahud, con su disfraz de hombre, se introdujo en el círculo de caballeros que se había formado en torno a la falsa princesa.

Cuando el círculo estuvo perfectamente cerrado, la joven se abrió el manto de terciopelo negro que la cubría y, llevándose la mano derecha al costado, extrajo de la vaina dorada que llevaba sujeta al cinturón una recia y afilada espada.

-Acercaos todos a mí- ordenó-. Que el círculo se cierre tanto como sea posible.

Todos los caballeros avanzaron varios pasos. Justo entonces, la joven lanzó la espada hacia lo alto con gran destreza. La espada dio un par de vueltas en el aire antes de caer. Instintivamente, todos los caballeros del círculo retrocedieron. Todos menos uno… La espada fue a parar directamente a los pies de la princesa Dahud.

-La espada ha elegido a un caballero de mi corte para batirse con vos- dijo suavemente la joven del palanquín dirigiéndose al príncipe-. El noble Duncan será mi paladín… Es muy diestro con la espada, os lo advierto. Será un difícil adversario.

Uno de los jóvenes que habían formado parte del círculo poco antes se adelantó temblando de indignidad.

-Príncipe, no aceptéis, os lo imploro- dijo-. Todo esto no ha sido más que una burda trampa. ¿No os parece muy sospechoso que el único caballero de la corte de Kildar presente en este salón haya sido el elegido por la espada de la princesa para batirse con vos? Reconoceréis que es demasiada casualidad.

Pero el príncipe lo miró con mal disimulado enfado.

-Aquí no ha habido casualidad alguna- dijo con dureza-. La princesa no tiene la culpa de que todos los caballeros de mi corte se hayan apartado cobardemente para evitar su espada. Me batiré con el noble Duncan, ya que es el único que ha tenido el valor suficiente para permanecer en su sitio. Si no queréis asistir al duelo, tenéis mi permiso para abandonar la sala.

Los caballeros aludidos se apartaron, avergonzados. La falsa princesa también retrocedió, y dio órdenes a sus porteadores para que retirasen el palanquín del centro de la estancia. Luego, para sorpresa de Keir, Atlas se arrodilló ante el príncipe, ofreciéndole una espada sobre un cojín de raso púrpura.

-Esa es la espada con la que deberéis batiros- explico la joven velada-. Duncan luchará con la mía. Si tenéis alguna duda acerca del arma que os ofrezco, podéis compararla con la de mi paladín. Observaréis que ambas son idénticas.

-No deseo hacer ninguna comprobación- repuso él con dignidad-. Vuestra palabra es suficiente para mí.

El príncipe tomó la espada que Atlas le ofrecía y la sopesó cuidadosamente entre sus manos. Luego, situándose en posición de ataque, se encaró con su rival.

La princesa Dahud, con la espada en la mano, comenzó a girar lentamente alrededor del príncipe. Fue ella la primera en decidirse a atacar, lanzándole una estocada a su adversario que este logró esquivar sin demasiados problemas. Ambos contendientes eran extraordinariamente diestros con sus armas, y las fintas se sucedían sin que ninguno de los lograse tan siquiera rozar a su enemigo.

Cada vez que el filo de la espada del príncipe pasaba cerca de Dahud, Keir lanzaba un grito ahogado. Sus ojos parecían los de un loco, y las personas que le rodeaban comenzaron a apartarse, asustadas. Sirio, perplejo, lo miraba de cuando en cuando sin saber qué hacer. Parecía también muy agitado, pero, al mismo tiempo, era evidente que no quería llamar la atención.

-Controlaos- murmuró al oído de su compañero-. ¿Qué os pasa? No es más que un combate a primera sangre.

Keir clavó en él una mirada llena de desconfianza.

-Algo está mal- repuso entre dientes- . Y vos lo sabéis tan bien como yo. ¡Debéis parar todo esto!

-Ya es demasiado tarde- replicó sirio con tristeza-. Además, ¿qué sabéis vos?

-Lo suficiente como para darme cuenta de que ella está en peligro. ¿Es que no os importa?

Antes de que el anciano tuviese tiempo de responder, oyeron un grito ahogado de Dahud. Sin pararse a reflexionar, ´Keir corrió hacia el príncipe, dispuesto a lanzarse sobre él y arrebatarle la espada. Pero, antes de que pudiese lograrlo, un par de cortesanos le interceptaron y, tras asestarle varios golpes, lo arrastraron hasta el estanque, arrojándolo dentro. Sirio corrió a sacarlo del agua: estaba inconsciente.

Aquel incidente atrajo un momento la atención de la princesa, que se quedó mirando al joven tendido en el suelo con expresión aturdida. Su distracción apenas duró unos segundos, pero el príncipe Arland supo aprovecharla. Antes de que Dahud pudiera recuperarse, la atacó desde el lado derecho, lanzándole una estocada que parecía dirigida directamente al hombro. Sin embargo, en el último momento, Arland desvió ligeramente la espada, que atravesó la manga del jubón de su contrincante y fue a clavarse en una de las columnas de madera de la sala. La princesa, así inmovilizada, se quedó mirando fijamente al príncipe con expresión de cólera. Arland le hizo una profunda reverencia y se apresuró a desclavar su espada de la columna, dejando nuevamente libre a su rival.

-Había oído decir que la princesa Dahud era extraordinariamente hábil con la espada, pero nunca pensé que fuera a tener la oportunidad de medirme con ella- dijo con gravedad-. Los rumores acerca de vuestra destreza se quedan cortos, alteza. Os batís mejor que el mejor de mis caballeros.

-Me habéis descubierto- murmuró Dahud-. Habéis adivinado la verdad, a pesar de la máscara mágica que me oculta. Sirio, tráeme el agua.

El anciano criado le tendió instantáneamente a su ama la cantimplora que habían llenado con el agua del lago de la hechicera. Dahud vertió un poco del transparente líquido en su mano y se lavó el rostro con él. Entonces, el hechizo que le hacía parecer un hombre se deshizo como por ensalmo, y todos pudieron admirar el verdadero aspecto de la princesa Dahud. Su belleza hizo enmudecer incluso a los que hasta entonces se habían mostrado más intolerantes con las exigencias de la prometida del príncipe. Después de contemplar sus maravillosos ojos llenos de inocencia, nadie podía seguir poniendo en duda la rectitud de sus intenciones.

-Habéis superado la tercera prueba al escuchar la verdad de la espada- dijo la joven con labios temblorosos-. Señor, sois digno príncipe para vuestro pueblo. Será un honor para mí ser vuestra esposa.

La corte estalló en aplausos mientras el príncipe tomaba de la mano a su prometida.

Ana Alonso/ Javier Pelegrín.

 

 

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Comentarios Reseña El secreto de If, Ana Alonso y Javier Pelegrín

Aunque no es uno de mis géneros preferidos, parece muy interesante. A ver si estas vacaciones puedo darme el lujo de leer algo que no sean exámenes y redacciones... Ah, espero que vayas restableciéndote de la operación. ¡Ánimo! Un saludo desde Algemesí, Valencia.
Plaerdemavida Plaerdemavida 31/03/2010 a las 23:59
Es una buena lectura, está recomendada para mayores de 12 años. A mí personalmente me encanta la fantasía, al igual que a mi hija María.  Vaya, veo que estamos cerquita. Suerte con las correcciones. Si necesitas algo, ya sabes dónde me tienes. Por cierto, yo estoy en Torrente.
Saludos
hola  aghata buenos dias  la lectura es lo mejor que se ha inventao yo desde luego he perdio la cuenta de cuanto s libros he leido he inculcandole a mis hijos que un libro  en un libro se halla la sabiduria sea el tema que sea, y hoy que son hombres les gusta leer como a mi feliz dia felicitaciones por esta entrada besitoss
Cuidado Aghata, tienes tres mensajes de spam. Seria interesante que pusieras el filtro o los eliminaras!. Consejo de amiga, pueden venir con algun virus.

Un besote.

 
luzdeluna1 Inma 31/05/2010 a las 16:54
me parece un libro interesante
rtu rtu 01/04/2013 a las 11:20
Yo me he leido el cuento y me ha parecido muy interesante y chulooooo¡
Os lo recomiendo
Claudia Claudia 23/04/2013 a las 20:36
Este libro es chulíiiiiiiisimo me ha encantado y es muy interesante os lo recomiendo chicos y la doy la enhorabuena a los escritores de este cuento.
Os lo habéis currado de gordo.
UN BESOTE MUY GORDO.............
MUAC
Almudena Almudena 23/04/2013 a las 20:39

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