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Reseña Una palabra tuya, Elvira Lindo

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Una palabra tuya

 

Para Elvira Lindo “Una palabra tuya” es una obra muy personal, que fue madurando poco a poco  y que salió a la luz en su aventura neoyorquina. La  escritura de esta novela se convirtió en su momento en una tabla de salvación, un medio eficaz para ahogar la soledad. Dice que mientras  desgranaba la historia, actuaba para sí misma, gesticulaba, hablaba en voz alta, interpretaba a los personajes. Movimientos todos ellos oscilatorios del engranaje de su propia vida, puesto que esta escritora gaditana, afincada en Madrid desde los doce años, trabajó durante años en la radio por lo que ese afán declamatorio por exteriorizar el universo intimo de sus personajes  no le es ajeno. No en vano  Manolito Gafotas, surgió de uno de esos personajes radiofónicos que ella creaba y a los que posteriormente, les ponía voz. 

 Una palabra tuya, es para la propia autora su mejor novela, la más íntima, la que ha salido de las entretelas de su corazón, aunque no sea en modo alguno una novela de fácil lectura, pues se presta, como toda buena lectura, a la relectura, a la reflexión posterior; ahí es donde extraemos su jugo, donde más nos complace. El sentido final trasgrede de las fronteras de la novela, nos ofrece una mirada oblicua de los seres humanos, siempre inmersos en una realidad obcecada por el deseo de ser algo en la vida, por el  deseo de consolarse apropiándose de la miseria de los otros, sintiendo cómo su calor no se difumina o se pierde, pese a que el tiempo es airado y nos impulsa a seguir sin saber hacia dónde ni por qué.

Cuenta la historia de Rosario, una mujer hastiada de su vida, desencantada, que trabaja barriendo las calles y a la que la vida no le ha tratado con estima. Ella exterioriza su ira íntima e increpa a Dios, al mundo, a sus congéneres, sobre una suerte que no entiende. No comprende por qué la vida se ha acartonado hasta el extremo de no parecerle una vida digna, sino una experiencia dolorosa, exenta del mínimo entusiasmo. Ella retrocede en el tiempo y explica los motivos de su desencanto, el carácter apático de su vida, el monótono recorrido que desgrana se circunscribe a un universo frío y exento de calor humano. Nos habla de sus relaciones con su madre, de cómo ella le recuerda una y otra vez, su precocidad, su manida falta para ascender cada peldaño, su aterrizaje temprano en el territorio insulso de la madurez. Las palabras de su madre son como púas candentes y por eso, ella es capaz de encerrarla en un armario sin que la madre ofrezca resistencia, mentirle sobre sus empleos o desear su muerte, cuando la mujer pierde las facultades  y vive en la desorientación perpetua.  Su hermana Palmira, apenas le ayuda, se desentiende de su madre, y se sitúa al margen. Parece una persona más anodina incluso que ella, enclaustrada en un universo familiar asfixiante, que vive en perpetua preocupación por los hijos, pero que no comparte una relación normal con su marido, con el que hace mucho tiempo que ya no mantiene relaciones sexuales.

Frente a Rosario, situamos a Milagros, una amiga de la infancia con la que se reencuentra y que le propone compartir el negocio del taxi. Una vez es despedida por su tío, ambas comienzan a trabajar como barrenderas municipales.  Los ojos de Rosario miran a Milagros por encima del hombro, aparentemente ella es superior, porque tiene más sentido común; mientras que Milagros es más impulsiva e irreflexiva. Su obsesión por protegerla, por ayudarla, por quererla, le parece a Rosario una tara, una incómoda prolongación de su infancia, cuando ella misma veía lo que le hacían a su amiga. A la que mucha gente consideraba la Monstrua.

Sin embargo Milagros siempre está ahí, es su colchón, un medio para paliar el frío del entorno, una persona que le incomoda, pero que cuida a su madre cuando está enferma y es capaz de amortajarla.  Milagros es una persona instintiva y tierna, que recoge objetos de la basura, recuerdos rotos y los lleva a su casa, mientras que ella se deshace de todo lo que pudiera recordarle a su madre, secretos que se ciernen sobre su espalda y escuecen.

Lindo consigue en todo momento un retrato veraz, rico en matices.  Aunque hable Rosario, al principio casi en un monólogo perpetúo e irónico, poco a poco vamos escuchando la voz de su compañera, que va creciendo hasta volverse nítida y mucho más compleja de lo que en principio nos parecía. Lo cierto es que Lindo hace un retrato de las dos, perfilando en cada nuevo diálogo, en cada movimiento, sus individualidades, hasta el extremo de parecernos que al final se subvierten en cierto modo. Ese retrato cervantino, es lo más logrado de la novela porque las personalidades se bifurcan y contrastan con verdadera maestría. 

El deseo de sentirse querido y aprobado por los otros, el sentimiento de que la vida no es fácil ni justa con las personas, y la ausencia de ambiciones se convierte en los motivos donde cuesta que se encajen los personajes. No solo se nos muestra la relación entre ambas, sino que la autora nos describe el resto de personajes, con trazos simples, pero certeros. De todos ellos destaca además Morsa, conductor de un camión de basuras, con el que la protagonista mantiene una insulsa relación sexual, desvinculada de calor o apasionamiento. Los dos se sienten solos, ambos necesitan experimentar ese contacto para desterrar la locura del aislamiento y la soledad, por eso no se hacen preguntas incómodas y por eso Rosario nos describe su relación sexual de forma descarnada.

Lo que sorprende en todo momento es la credibilidad de los personajes, su pulsión, vida es como la de cualquier otro ser humano,  triste o descarnada. Elvira Lindo no hace concesiones, no enmascara las situaciones; muy al contrario, las retrata con total naturalidad, acopiándose de los coloquialismos, de las  expresiones enfáticas o del argot que acentúan los caracteres de personajes y situaciones. Elvira los deja hablar y pese a la aparente sencillez, intuimos que el lenguaje ha sido construido al milímetro, obviando cualquier retoricismo que entorpecería el verismo o lo encareciera peligrosamente con un sentimentalismo ajeno a la historia.

El acierto de la novela que le hizo merecedora del premio Biblioteca Breve, uno de los más laureados, ha facilitado su adaptación cinematográfica. Dirigida por Ángeles González-Sinde, Una palabra tuya ha sido adaptada al lenguaje fílmico intentando respetar en todo momento el relato de esas vidas corrientes y desencantadas, que buscan en todo momento atisbar pequeños destellos de felicidad, pero sin lograrlo.  Interpretada por Malena Alteiro (Aquí no hay quien viva, Días de Cine), Esperanza Pedreño (“Cañizares” de Camera Café) y Antonio de la Torre (Volver, Azul oscuro casi negro),  la obra se acopia del flash-back para sustituir ese relato en primera persona de la protagonista. Pero aunque consigue un buen ritmo y los actores se esfuerzan para meterse en la piel de los personajes, lo cierto es que la acentuación del patetismo, nos deja un sabor agridulce. Como ocurre en otras ocasiones y aquí también, la película no consigue estremecernos del mismo modo que nos estremecemos cuando leemos la novela, además polariza excesivamente las situaciones para poner el énfasis en un dramatismo exacerbado, mientras que en la novela el ritmo presenta muchas otras modulaciones: encontramos el dramatismo sí, pero también pasajes más amables, donde asoma la ironía, donde los personajes se relajan, para vivir únicamente las situaciones sin apretar los dientes, sin sentirse tan míseros o desgraciados.

Aghata

Una palabra tuya

 

Una palabra tuya, Elvira Lindo

 

Son cosas a las que te acostumbras, te acostumbras a que la desconsideración de la gente no te haga daño. Se te hace callo en el alma igual que en las manos.  Al principio, te cuando salía de noche, en el turno de las seis de la madrugada, que en invierno se hace tan duro por el frío, ese frío cabrón que a mí me traspasa todos los calcetines, me sentía desgraciada por mi manía de compararme con el resto de la humanidad. Milagros decía que era envidia, y no, no es envidia. Ni es soberbia ni es envidia. No lo digo para defenderme, pero no es envidia. Es el sentido de la justicia, que yo lo tengo muy interiorizado. Hay personas que viven una vida asquerosa en todos los sentidos, desde el sueldo que ganan hasta el marido que les tocó en la rifa, o la cara horrenda que les ha dado Dios para que afeen el mundo a su paso, y sin embargo, esas personas son felices cuando dicen, qué bien que estamos todos juntos otra vez por Nochevieja; son capaces de ver a todo ese famoseo que sale en la televisión entrando y saliendo de fiestas, entrando y saliendo de hoteles, saliendo del aeropuerto, entrando en el AVE, y en ningún momento se les pasa por la cabeza el pensar, y por qué coño ellos sí y yo no. A ver, que alguien me diga por qué. Son personas que ven al prójimo y no se comparan, ¿no es increíble? Y se alegran cuando los Reyes de España saludan desde el yate de verano porque no son capaces de decirse a sí mismos, qué pasa aquí, qué pasa conmigo. Dios mío, tú que todo lo ves, por qué a mí no me llega el sueldo ni para ir a un cámping de Benidorm. Indignaos, coño, que no tenéis sangre en las venas. ¿Estamos hablando de la envidia?, pregunto.

Mi madre solía decirme, hija mía, es que tú tiendes a ver siempre la vida por el lado más desagradable. Y si tu madre te machaca con esa idea de ti misma desde pequeña, te lo crees, porque, cuando eres niño te crees todo lo que te diga tu madre, aunque vaya en contra de tu autoestima, aunque te deje para siempre hundida en el barro, aunque te coma las entrañas, como un alien, la sospecha de que tal vez tenga razón, que puede que la vida sea de otra manera pero que hay algo en ti, como una tara de nacimiento, que hace que la veas por el lado más miserable. Aún así, en cuanto tuve un poquito de uso de razón, en cuanto tuve conciencia, me esforcé por convencerme de que no era mío el problema, como me repetía mi madre, sino del mundo, que no está bien repartido. Ni el dinero ni la belleza. El problema es que en el cerebro de mi madre sólo cabían tres ideas y la pobre las mareó toda su vida y me torturó a mí, y a pesar de que, repito, no era una mujer inteligente, y ahora lo sé, lo sé todo, lo tengo todo ordenadito en el cerebro, los padres, aunque sean tontos de baba, o locos o asesinos, influyen sobre nosotros. Quien haya sido capaz de librarse de una madre que tire la primera piedra.

No tengo ningún interés en ver la vida negra, mamá, te lo juro, le decía, ningún interés, pero cualquier persona con dos dedos de frente se plantea así de crudamente la realidad. Esto es lo que Dios le concedió a estos y esto es lo que me concedió a mí esto es lo que te concedió a ti. Y no hay más verdad en la vida que esa, mamá. Ella decía que mis creencias eran incompatibles con la palabra de Dios, que Dios nos manda pruebas y hay que intentar superarlas y que en ese afán se puede encontrar también la felicidad. Y yo le decía que desde hacia tiempo se sabía que marxismo y religión eran compatibles. Y es extraordinario que aunque mi madre no tenía ninguna noción de marxismo, era escucharme decir eso y echarse a llorar. Nunca llegué a entender por qué.

Como ejemplo de esa  resignación cristiana que practicaba mi madre y que yo no compartía (para nada) está el hecho de que a mi madre se le caía la baba con los niños de las Infantas. Yo creo que hay madres que acaban queriendo más a los hijos de las Infantas que a los suyos propios. O a los de Carolina, que encima es de otro país. Mi madre puede servir de ejemplo de ese disparate.

Sí, creo en Dios. No veo por qué, no me importa volver a repetirlo, eso tiene que ser incompatible con todo lo que he dicho. Creo en Dios, hablo con él y muchas veces le he preguntado: por qué a mí. Y me ha costado muchos años encontrar la respuesta. Creo que la he encontrado.

Me acuerdo de un libro que me trajeron los Reyes cuando tenía diez años. Se llamaba Pollyana y era de una niña pobre y huérfana de madre que vive con su padre; resulta que cuando llegan las Navidades la tal Pollyana tiene que ir a por su regalo a la beneficencia, porque en su casa no hay dinero ni para eso, y la niña se encuentra con que Papá Noel ( en este caso las señoras de la beneficencia), por un error organizativo, le ha dejado unas muletas. La niña, Pollyana, se va llorando a casa, natural, pero creo recordar que es su padre, que en cuento estaba retratado como un santo pero que para mí era un cínico porque si no es que no me lo explico, quien viendo a la niña llorar tan amargamente con las muletas en la mano le enseña a jugar al Juego de la Alegría. El Juego de la Alegría consiste en buscar un motivo de alegría a cualquier acontecimiento de tu vida, por mucho que te joda un acontecimiento. El padre de la niña, San Cínico, le propone que jueguen al juego de la alegría con las putas muletas y Pollyana de momento se queda sin habla, con los ojos a cuadros, como se hubiera quedado cualquier criatura ante una propuesta tan ridícula, pero luego de pronto a Pollyana, que hasta el momento parecía un ser inteligente, se le enciende una luz espiritual en el cerebro ( es un libro de ficción, evidentemente) y siente que hay razones para ser feliz porque, dentro de las innumerables desgracias que le han ocurrido ( muerte de la madre, padre enfermo, pobreza, embargo de la casa, etc.), piensa Pollyana, ya absolutamente contagiada de la locura de San Cínico, ese beato, dentro de la tragedia que marcó su vida desde el primer día en que sus ojos se abrieron al mundo, hay un motivo de celebración: ha recibido unas muletas, de acuerdo, ¡pero no tiene que usarlas, sus piernas están sanas!

Fíjate que yo sólo tenía diez años cuando leí el libro y ya a esa edad anduve varios días cabreada y deprimida. Si no llega a ser porque no quería ofender a mi madre, lo hubiera tirado por la ventana. A mi madre le gustaba. Para ser exactos, le gustaba la teórica: esa niña, la felicidad que provoca el saber resignarse, la superación de contratiempos. Pero en la práctica, ya lo ves, en la práctica mi madre no quería verme limpiando. Los beatos siempre andan en el terreno de la especulación.  Ah, la vida real es otra cosa. ¿ Qué hubiera pasado si yo le hubiera dicho: madre, mira a tu hija, soy barrendera, soy marmota municipal, así me gano la vida y así creo que me la voy a ganar hasta que me jubile? Madre, ¿ahora qué me dices?, ¿no crees que este es el momento de poner en práctica el juego de la alegría de Pollyana? Me puedo imaginar perfectamente cuál hubiera sido su reacción, ay, hija mía, no seas cruel conmigo, no me castigues, por qué me dices esas cosas. Conclusión: mi madre  no se hubiera conformado con las muletas, como no se conformó con que yo no fuera más que tres meses a la universidad, igual que no quería que sus vecinas me vieran en paro, igual que nunca quiso que me vieran con la monstrua Milagros. Y seguro que había momentos en que le hubiera gustado borrarme del mapa para no tener que dar explicaciones a los demás, explicaciones en las que ella también introducía sus mentiras <<la volverán a contratar en la agencia cuando suba su nivel de inglés, esto de la limpieza municipal es sólo temporal>>, pero todo ese poso de decepción que estaba en su interior lo transformaba en un estado de permanente preocupación por mí, de espíritu de sacrificio. Supongo que así entendía ella que debía ser la actitud correcta ante Dios, pero lo que yo me pregunto es, si Dios sabe lo que cada una de sus criaturas está pasando, si Dios todo lo ve, para qué representar una comedia cara a Dios. Eso es lo que me pregunto.

Por qué tenía que vivir esa vida, esa era mi pregunta íntima y desesperada al Señor. Por qué tenía que salir a las seis de la mañana con un cubo de basura en pleno invierno. No todo depende de Dios, eso está claro, también influye la voluntad, la fortaleza de las personas. Por qué entonces Dios me había dado a mí tan poca voluntad.

 

Yo siempre paso frío. Veinticinco calcetines que me ponga veinticinco que traspasa el puto frío y me deja los dedos curvados para dentro, como garras de pájaro. Milagros se empeñaba en darme masajes en los pies cuando llegábamos a los vestuarios, decía que había hecho un curso de reflexoterapia por correspondencia. De reflexoterapia. Y  cuando yo le preguntaba detalles para desmontarle esa invención tan disparatada, que cuándo había hecho ese curso, que dónde se había matriculado –porque si hay algo que no te puedes imaginar es a Milagros siguiendo un curso de nada-, ella me decía que lo había hecho en todos esos años en que no nos habíamos visto y que cuando yo quisiera me enseñaba el título. Ven a mi casa y te lo enseño, me decía, ahí lo tengo colgado en el recibidor, para no darme importancia.

Ya sé que puede parecer de una mala hostia impresionante este interés mío por desmontarle sus embustes pero es que con ella corrías el peligro de consentir que todo valiera igual: la verdad y los disparates.

Ya sé que yo mentía a mi madre pero no era lo mismo. Yo lo hacía por piedad y ella lo hacía por vicio, por costumbre, ella contaba mentiras y se las creía. Yo las contaba conscientemente.

Hubiese hecho o no hubiese hecho el curso de reflexoterapia por correspondencia  a mí sus masajes me aliviaban mucho. La verdad es la verdad y hay que reconocerla aunque nos cueste. Milagros tenía las manos  muy calientes, como si tuviera siempre unas décimas de fiebre, y era simplemente ponérmelas sobre los dedos desnudos, curvados y rígidos por el frío y ya me sentía mejor. Además te tocaba sin escrúpulos, de una forma que yo no me siento capaz de tocar los pies de nadie. Me tumbaba en el banco del vestuario, debajo de las perchas, cerraba los ojos y Milagros empezaba a masajearme los pies de una manera que alguna vez hasta me quedé dormida. Las otras compañeras miraban. Al principio, de refilón, luego, convencidas de que Milagros era reflexoterapeuta (pro correspondencia), se atrevieron a pedirle consejos. Es lo que te digo, ella conseguía integrarse en los grupos de la manera más estúpida que puedas imaginarte.

De cualquier forma yo siempre notaba una cierta desconfianza hacia nosotras dos, notaba como que se comentaban cosas por detrás. Eso lo notas. Y más cuando te ha pasado desde niña. Yo noto, por ejemplo, cuando me mira alguien que tengo a mi espalda. Fue una pena que no siguiera estudiando psicología porque tenía muchas facultades, y considero injusto que haya que estarse ahí cinco años de carrera para ejercerla cuando la psicología es un don y yo, por suerte o por desgracia, lo tengo. Y digo por desgracia porque eso me hacer ver en los demás cosas muy desagradables  que si yo no tuviera este sexto sentido tan desarrollado que tengo no las vería y sería infinitamente más feliz. La inteligencia a veces es un veneno para la felicidad.

Pero, curiosamente, cuando pasaron los dos primeros meses de la caída de la hoya y fui consciente de que no había buscado otro trabajo, de que no lo iba a buscar , de que nunca me apuntaría a ninguna academia de inglés ni de informática y de que me daban de pronto la posibilidad de hacerme fija, pensé , a tomar por culo, firma y olvida, olvida que no quieres estar aquí y que la vida que te ha tocado es la equivocada. Y firmé. Y fue firmar y empezar a salir a la calle de otra manera, con otro empuje. Ocurrió como a los diez días de tener la fijeza. Iba empujando el cubo, al principio de la calle Condes de Barcelona, era completamente de noche y hacía un frío soportable, gustoso. Sentí que el aire me despertaba, que mi cuerpo era más ligero, que el trabajo no costaba y que nada malo podía ocurrirme. Morsa hizo sonar el claxon desde el Cabstar y yo levanté la mano para saludarme. No sé si vio mi sonrisa pero yo misma me quedé asombrada de haber sentido, así, sin oponer resistencia, un pequeño brote de camaradería.

Elvira Lindo

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Comentarios Reseña Una palabra tuya, Elvira Lindo

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me gusta elvira lindo tengo todos sus cuentos  y visto munchas entrevistas de ella  como persona la encuentro u ser normal  tan normal que ese es su atractivo bueno su pareja es de mi pueblo  y un ser de dar ademas de narrador saber idiomas que es traductor etc es tambien  muy normal sin tontos orgullos  ni vanidades fautas  no se si se dice asi seria absurdas esas vanidades al final venimos para irnos y todo es pasar  asi que pasas con 20 joyas enganchas  como con un cordon de cañamo  si queda algo seria a los que nos quieren y hoy con el trabajo etc  quien nos quiere quien importamos quien nos cuida
Vamos estando de acuerdo profe
Tiene todo para ser un libro que engancha ... personajes duros y tiernos ... fuertes y débiles ... añorando y olvidando
Una preciosa y sugerente recomendación
Bella dama.
Estoy realizando un actual memorex, haber si algo de Elvira se va quedando en mi cabeza, espero no quemar los pobres cabellos que hay en mi cabeza.
Mucha sabiduria revalsa en tu barca, pero lo más importante es que nunca se desperdicia y no puede ser despreciado, eres un encanto de maestra, ojala hubiese tenido la suerte de tener una maestra como tu en la secundaria.
Bueno, felicidades por todo el trabajo, libertad y voluntad que tienes para compartir.
Dios te bendiga mi buena amiga.

 Cuidate!!!
He leído la novela y me ha encantado. Los personajes, Rosario, Milagros, Teté muestran la soledad y la fragilidad de unas vidas donde todo es insustancial. Uno puede instalarse en una forma de vivir en la que superando los principios difíciles, puede llegar a parecer soportable, incluso confortable.

Enhorabuena por tu magnífico resumen. 
:)
lerna lerna 05/05/2010 a las 21:02
Muy buena esta novela. Me encantó, un retrato brillante de los personajes
Muy buena esta novela. Me encantó, un retrato brillante de los personajes

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