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Reseña de "La mecánica del corazón" de Mathias Malzieu

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Es obvio que el marketing influye en la venta de un libro: la colocación estratégica en las librerías, las presentaciones, las reseñas, la portada… Todos esos elementos forman un abanico elástico de puntuaciones que hace que nos decantemos  por unos libros y rechacemos otros. En el caso de “La mecánica del corazón”, el último libro de Mathias Malzieu (Montpellier, 1974), la elección cuenta con muchos avales: En primer lugar el magnetismo de su portada, con esa imagen envolvente y volátil, llena de misticismo, que nos advierte del romanticismo implícito, del carácter frágil y ensoñador de los personajes y nos recuerda a la estética de Tim Burton. La portada es la llave maestra, que ven nuestros ojos y sentimos la imperiosa necesidad de abrir la puerta, de desenvolver el regalo literario. Pero no es este el único imán que nos atrae poderosamente, porque alguien nos ha dicho que el escritor es un cantante de pop famoso y que su sexto álbum, que ha sido Disco de Oro en el país vecino, se titula casualmente “La mecánica del corazón”, así que al placer literario se añade la curiosidad por escuchar un disco que ha causado tanto revuelo y en el que han participado artistas y famosos como Olivia Ruiz, Jean Rochefort, Rossy de Palma o Eric Cantona. Sí todos ellos han puesto su granito de arena, es que la cosa merece la pena.  Y por si fuera poco, nos queda el último aval, el que seguramente proporcionara al libro y al disco el reconocimiento que se merecen, la adaptación cinematográfica que llevará a cabo la productora de Luc Besson, una película de animación en 3- D en la que participará nada menos que Joann Sfar, el famoso dibujante. Con todo este tinglado, es seguro que el libro, el disco y el autor se garantizan el éxito, y lo que es más importante la proyección internacional y el suculento beneficio económico.

El lector espabilado se preguntará probablemente si no se está metiendo en la cueva de Ali- Baba, si verdaderamente merece la pena la lectura. Yo, por mi parte, tengo que decir que la lectura me ha atrapado y que nos hallamos ante un delicioso cuento gótico, escrito con una sensibilidad poética extraordinaria, una explosión de sentimientos que nos invita a reflexionar, a auscultar el corazón humano e inaccesible.

Nos adentramos  en una inhóspita noche del siglo XIX, en una humilde casa situada en la cima de una montaña en Edimburgo. Allí vive Madeleine, un alma caritativa, aunque algo chiflada,  que asiste a las parturientas que no tienen a dónde ir; ella se encarga de traer al mundo a los retoños de unas madres, que viven fuera de la ley o que por circunstancias personales no desean ocuparse de sus bebés, como las prostitutas o las niñas que juegan a los médicos. A todas ellas las asiste y nunca les hace preguntas incriminatorias u dolorosas. Pero el bebé que acaba de nacer tiene un grave problema: un corazón tullido, duro, un corazón sordo e incapaz de bombear si no lo repara de inmediato. La doctora de los tullidos le coloca a Jack, un corazón artificial, un reloj viejo de madera, de cuco, que tendrá que ser accionado todos los días y que le permitirá llevar una vida normal en apariencia, siempre y cuando respete las reglas del juego: nunca debe tocar sus agujas, ni expulsar su cólera a borbotones y, por supuesto, no puede enamorarse: su corazón no soportaría los espasmos que provoca ese descontrolado sentimiento.

Así que Jack pasa a ser uno más de la familia de los desarraigados y, aunque Madeleine lo quiere mucho, espera que alguna de los padres que acuden para llevarse a su cálido hogar a esos niños desgraciados, lo adopte. Pronto descubre que eso no sucederá jamás, pues él es diferente y como tal, es rechazado, conminado a espabilarse por sí mismo, pese a la burbuja protectora con la que lo envuelve su “hada madrina”.

El día de su cumpleaños baja al pueblo y el peligro le sale al paso: descubre a la torpe niña miope de grandes ojos  y se enamora de ella. La visión de la que luego se convertirá en la famosa Mis Acacia se fija en su retina, la suerte ya está echada. Se apunta a la escuela para verla, soporta las crueles vejaciones de Joe y de sus compañeros, descubre la ira y desata la cólera; en poco tiempo, ha sembrado el camino de su desgracia, ha desobedecido a su bienhechora, rompiendo todas y cada una de las prescripciones médicas. Es tal su desesperación, que se le mete una idea absurda en la cabeza: debe partir y encontrar a la joven, esa será a partir de ahora el único fin de su vida. Emprende el viaje con el hatillo que le prepara Madeleine y que lleva algo de ropa, el duplicado de las llaves de su corazón y un montón de tarritos con sus lágrimas que ella le regala y que el guardará como delicados tesoros:

 Son mías. Cuando lloro, recojo mis lágrimas en un frasco y las almaceno en el sótano para hacer cócteles”. Hatillo repleto de tarros con sus lágrimas y algo de ropa y me entrega el duplicado de las llaves de mi corazón.

El recorrido desde París hasta la cálida Andalucía  le mostrará las dobles caras del mundo: se encontrará con el repulsivo Jack, el Destripador, pero también con Georges Meliés, el cineasta, que en la historia será una peculiar Elena Francis, además de su amigo y el relojero, encargado de cuidar el engranaje de su corazón de madera. Al principio parece que todo va viento en popa, pues su desvalimiento provoca el enamoramiento de la joven y ambos viven el desenfreno amoroso e intercambian sus almas y secretos. Es un amor romántico descrito con todo lujo de detalles, pero, ¡ay!, al apasionamiento le suceden los celos, las dudas, el deseo desgarrado que no encuentra vías de explosión. El autor nos muestra todos los estadios de ese amor desgarrado que provoca fiebre perpetua y que, al final, se rompe por las circunstancias, los celos, la ira que provoca la presencia de otros.

 Malzieu parece susurrarnos al oído, y sentimos el estremecimiento, el dolor, la ira, el miedo, la soledad. Es obvio que las reglas impuestas de antemano por el destino las corta las tijeras de la vida; son ella las que impiden que nos curemos, las que nos lanzan una y otra vez contra la corriente. El autor consigue acelerar los movimientos de nuestro corazón, nos ofrece el caldo suculento de los sueños y nos muestra hasta dónde pueden conducirnos los deseos. Los personajes secundarios se tornan inolvidables y sentimos cómo respiran, con independencia de que se sitúen como aliados (las prostituas, Arthur) o bien, en el papel de los malvados (Brigitte Heim, Joe). Unos y otros muestran el haz y el envés de la naturaleza del hombre, que es incapaz de esconder la palanca que acciona sus obsesiones más íntimas.

 El mosaico de la vida late compulsivamente en esta historia y Jack nos enseña que la vida se mueve al ritmo de la mecánica de nuestras emociones, que son ellas las que en definitiva se cobran el peaje que hemos pagado.

Aghata

 

La mecánica del corazón

 

 

Nieva sobre Edimburgo el 16 de abril de 1874. Un frío gélido azota la ciudad. Los viejos especulan que podría tratarse del día más frío de la historia. Diríase que el sol ha desaparecido para siempre. El viento es cortante; los copos de nieve son tan ligeros que el aire. ¡BLANCO! ¡BLANCO! ¡BLANCO!  Explosión sorda. No se ve más que eso. Las casas parecen locomotoras de vapor, sus chimeneas desprenden un humo grisáceo que hace crepitar el cielo de acero.

Las pequeñas callejuelas de Edimburgo se metamorfosean. Las fuentes se transforman en jarrones helados que sujetan ramilletes de hielo. El viejo río se ha disfrazado de lago de azúcar glaseado y se extiende hasta el mar. Las olas resuenan como cristales rotos. La escarcha cae cubriendo de lentejuelas a los gatos. Los árboles parecen grandes hadas que visten camisón blanco, estiran sus ramas, bostezan a la luna y observan cómo derrapan los coches de caballos sobre los adoquines. El frío es tan intenso que los pájaros se congelan en pleno vuelo antes de caer estrellados contra el suelo. El sonido que emiten al fallecer es dulce, a pesar de que se trata del ruido de la muerte.

Es el día más frío de la historia. Y hoy es el día de mi nacimiento.

Esta historia tiene lugar en una vieja casa asentada en la cima de la montaña más alta de Edimburgo – Arthur´s Seat-, colina de origen volcánico engastada en cuarzo azul. Cuenta la leyenda que fue el lugar elegido por el bueno del rey Arturo para contemplar la victoria de sus huestes y para, finalmente, descansar. El techo de la casa, muy afilado, se eleva hasta alcanzar el cielo. La chimenea en forma de cuchillo de carnicero, apunta hacia las estrellas y la luna. Es un lugar inhóspito, apenas habitado por árboles.

El interior de la casa es todo de manera; parece un refugio esculpido dentro de un enorme abeto. Al entrar, uno tiene la sensación de hallarse en una cabaña: hay una variedad de vigas rugosas a la vista, pequeñas ventanas recicladas del cementerio de trenes, una mesa baja armada con un solo tocón. También hay un sinfín de almohadas de lana rellenas de hojas que tejen una atmósfera de nido. Este es el ambiente acogedor de la vieja casa donde se asisten un gran número de nacimientos clandestinos.

Aquí vive la extraña doctora Madeleine, comadrona a la que los habitantes de la ciudad tildad de loca, una mujer de avanzada edad que sin embargo todavía conserva su belleza. El fulgor de sus ojos permanece intacto, pero tiene un gesto contraído en la sonrisa.

La doctora Madeleine trae al mundo a los hijos de las prostitutas, de las mujeres desamparadas, demasiado jóvenes o descarriladas para dar a luz en el circuito clásico. Además de los partos, a la doctora Madeleine le encanta remendar a la gente; es la gran especialista en prótesis mecánicas, ojos de vidrio, piernas de madera.  Uno encuentra de todo en su taller.

Estamos a finales del siglo XIX, por lo que no es difícil convertirse en sospechosa de brujería. En la ciudad se rumorea que la doctora Madeleine mata a los recién nacidos y los transforma en seres a los que esclaviza. También se comenta que se acuesta con extrañas aves para engendrar monstruos.

 

En este lugar mi joven madre está dando a luz, y mientras se esfuerza en parir, observa a través del cristal cómo los pájaros y los copos de nieve se estrellan contra la ventana silenciosamente. Mi madre es una niña que juega a tener un bebé. Sus pensamientos derivan hacia la melancolía; sabe que no podrá quedarse conmigo. Apenas se atreve a bajar la vista hacia su vientre, que ya está a punto de dar a luz. Cuando mi nacimiento es inminente, sus ojos se cierran sin crisparse. Su piel pálida se confunde con las sábanas y su cuerpo se derrite en la cama.

Mi madre ha estado llorando desde que subió por la colina hasta llegar a esta casa. Sus lágrimas heladas se deslizan hasta tocar el suelo. A medida que avanzaba, se iba formando bajos sus pies una alfombra de lágrimas heladas, lo cual provocaba que resbalara una y otra vez. La cadencia de sus pasos iba en aumento hasta alcanzar un ritmo demasiado rápido. Sus talones se enredaban, sus tobillos vacilaban hasta que finalmente se cayó. En su interior, yo emito un ruido como de hucha rota.

 

La doctora Madeleine ha sido la primera persona que he visto al salir del vientre de mi madre. Sus dedos han atrapado mi cráneo redondo, con forma de aceituna, de balón de rugby en miniatura, y luego me he encogido, tranquilo.

Mi joven madre prefiere apartar la mirada de mí. Sus párpados se cierran, no quieren obedecer. <<¡Abre los ojos!¡Contempla la llegada de este pequeño copo de nieve que has creado!>>, quiero gritar.

 

Madeleine dice que parezco un pájaro blanco de patas grandes. Mi madre responde que prefiere no saber cómo es su bebé, que es precisamente por eso que aparta la mirada.

-¡No quiero ver nada!¡No quiero saber nada!

De repente, algo parece preocupar a la doctora. Mientras palpa mi minúsculo torso, su gesto se tuerce y la sonrisa abandona su rostro.

-Tiene el corazón muy duro, creo que está congelado.

-Yo también tengo el corazón helado- dice mi madre.

-¡Pero su corazón está congelado de verdad!

Entonces me sacude fuertemente y produce el mismo ruido que uno hace cuando revuelve una caja de herramientas.

La doctora Madeleine se afana ante su mesa de trabajo. Mi madre espera, sentada en la cama. Esta temblando y no es por culpa del frío. Parece una muñeca de porcelana que ha huido de la juguetería.

 

Fuera nieva con auténtica ferocidad. La hiedra plateada trepa hasta esconderse bajo los tejados. Las rosas traslúcidas se inclinan hacia las ventanas, sonrojando las avenidas, los gatos se transforman en gárgolas, con las garras afiladas.

En el río, los peces se detienen en seco con una mueca de sorpresa. Todo el mundo está encantado por la mano de un soplador de vidrio que congela la ciudad, expirando un frío que mordisquea las orejas. En escasos segundos, los pocos valientes que salen al exterior se encuentran paralizados, como si un dios cualquiera acabara de tomarles una foto. Los transeúntes, llevados por el impulso de su trote, se deslizan por el hielo a modo de baile. Sus figuras hermosas, cada una a su estilo, ángeles retorcidos con bufandas suspendidas en el aire, bailarinas de caja de música en sus compases finales, perdiendo velocidad al ritmo de su ultimísimo suspiro.

Por todas partes, paseantes congelados o en proceso de estarlo se quedan atrapados. Solo los relojes siguen haciendo batir el corazón de la ciudad como si nada ocurriera.

 

<<Ya me habían advertido que no subiera a esta casa, a la colina de Arthur´s Seat. Me habían dicho con claridad que esta vieja está loca>>, piensa mi madre. La pobre muchacha tiene aspecto de muerta de frío. Si la doctora logra reparar mi corazón, me parece que el de mi madre le va a dar aún más trabajo… Yo, por mi parte, espero desnudo, estirado en el banco que linda con la mesa de trabajo, con el torso oprimido por un gran tornillo. Y me temo lo peor.

Un gato negro y muy viejo con modales de mozo se ha encaramado a la mesa de la cocina. La doctora le ha hecho un par de gafas. Montura verde a juego con sus ojos, qué clase. El gato observa la escena con aire hastiado: sólo le falta las páginas de economía de un diario mientras sostiene un puro, menudo patán.

La doctora Madeleine revuelve la estantería donde están los relojes mecánicos: hay una gran variedad de modelos. Unos angulosos y de aspecto severo, otros rechonchos y simpáticos, otros de madera, metálicos, pretenciosos… hay de todo tipo. La doctora apoya su oído en mi pecho, escucha los tic- tac de los relojes que ha seleccionado. Sus ojos se entornan, no parece satisfecha. La doctora actúa con cuidado, como una de esas viejas lentas que se toman un cuarto de hora para elegir un tomate en el mercado. De repente, su mirada se ilumina. <<¡Este!>>, exclama acariciando con la punta de los dedos los engranajes de un viejo reloj de cuco.

El reloj que ha elegido mide alrededor de cuatro centímetros por ocho; es un reloj de madera, excepto por el mecanismo, la esfera y las agujas. El acabado es rústico, <<sólido>>, dice la doctora. El cuco, diminuto como la falange de mi dedo meñique, es de color rojo y de ojos negros. Su pico, siempre abierto, le da apariencia de ave disecada.

-¡Este reloj te ayudara a tener un buen corazón! Y además combinará muy bien con tu cabeza de pajarillo- dice Madeleine dirigiéndose a mí.

No me gusta demasiado todo este asunto de los pájaros. Pero soy consciente de que la doctora intenta salvarme la vida, así que no voy a ponerme exquisito.

La doctora Madeleine se pone un delantal blanco: esta vez no hay duda de que va a empezar a cocinar. Me siento como un pollito asado al que se hubieran olvidado de matar. Registra un recipiente lleno de herramientas y elige unas gafas de soldador y se cubre la cara con un pañuelo. Ya no la veo sonreír. Se inclina sobre mí me hace respirar éter. Mis párpados se cierran, ligeros como persianas  que caen en un atardecer de verano. Ya no tengo ganas de gritar. La miro mientras el sueño me vence lentamente. Madeleine es una mujer de formas redondeadas: sus ojos, los pómulos arrugados como manzanas, el pecho, en el que uno se perdería en un largo abrazo. Es tan cálido su aspecto y tan acogedor que podría fingir que tengo hambre con tal de poder mordisquearle los pechos.

Madeleine corta la piel de mi torso con unas grandes tijeras dentadas. El contacto con sus sierras minúsculas me hace un poco de cosquillas. Desliza el pequeño reloj bajo mi piel y se dispone a conectar los engranajes con las arterias del corazón. Es una operación delicada, no hay que estropear nada. La doctora utiliza su firme hilo de acero, muy fino, para coserme con una docena de nudos minúsculos. El corazón late de vez en cuando, pero la cantidad de sangre que llega a las arterias es poca. <<Qué blanco eres>>, dice ella en voz baja.

Es la hora de la verdad. La doctora Madeleine ajusta el reloj a las doce en punto… pero no ocurre nada. El mecanismo no parece lo bastante potente para iniciar las pulsaciones cardíacas. Mi corazón lleva demasiado rato sin latir. La cabeza me da vueltas, me siento en un sueño extenuante. La doctora toca ligeramente los engranajes para provocar una reacción y que de una vez por todas, comience el movimiento. <<Tic- tac>>, hace el reloj. <<Bo-bum>>, responde el corazón, y las arterias se colorean de rojo. Poco a poco, el tic-tac se acelera y el bo-bum también. Tic-tac. Bo- bum. Tic –tac . Bo-bum. Mi corazón late a una velocidad casi normal. La doctora Madeleine aparta suavemente sus dedos del engranaje. El reloj se ralentiza. Y ella agita de nuevo la máquina para reactivar el mecanismo; pero en cuanto aparta los dedos, el ritmo cardíaco se debilita. Diríase que Madeleine  acaricia una bomba preguntándose cuando explotará.

Tic-tac. Bo- bum. Tic- tac. Bo- bum.

Las primeras señales luminosas del amanecer rebotan contra la nieve y vienen a hilvanarse entre las cortinas. La doctora Madeleine está agotada. Yo me he dormido, aunque tal vez esté muerto ya que mi corazón ha estado parado demasiado tiempo.

De repente, el canto del cuco en mi pecho resuena tan fuerte que me hace toser. Con los ojos muy abiertos descubro a Madeleine con los brazos en alto, como si acabara de marcar un penalti en la final de la copa de fútbol mundial.

Enseguida se dispone a recoserme el pecho con aires de gran modista; se disimula muy bien que soy un tullido, más bien parece que mi piel envejeció, se arrugó a lo Charles Bronson. La esfera de mi reloj, de mi nuevo corazón, queda protegida por una tirita enorme.

Y para seguir con vida, cada mañana tendré que darle cuerda a mi reloj. A falta de lo cual, podría dormirme para siempre.

Mi madre dice que parezco un gran copo de nieve con agujas que lo atraviesan, a lo que Madeleine responde que es un buen método para encontrarme en caso de extravío en una tormenta de nieve.

 

Ya es mediodía. La doctora acompaña amablemente a mi madre hasta la puerta. Mi joven madre avanza muy despacio, le tiembla la comisura de los labios. Se aleja con su paso de vieja dama melancólica y su cuerpo de adolescente.

Al mezclarse con la bruma, mi madre se convierte en un fantasma de porcelana. Desde aquel día extraño y maravilloso, no la he vuelto a ver.

Mathias Malzieu

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Comentarios Reseña de "La mecánica del corazón" de Mathias Malzieu

;-)
Un minuto enamorad@
:-)
Beso Aghata
lerna Lerna 25/03/2010 a las 09:02
Tiene que ser un libro fascinante ... es de "mi estilo" de lectura
Como siempre haces unos maravillosos comentarios ... y dejas la miel en los labios con los retazos de los libros
Lo anoto en la lista de la compra
Un cariñoso abrazo ... y gracias.
gracias por tu comentario aghata... siempre tan lleno de sentimiento.
es ahi como vos decis. me alegro que te haya gustado mi escrito.
de aqui me voy un poco mas enamorada... lindo lo que leii y vii
besos linda
yeka Yeka 25/03/2010 a las 23:01
esta bastante bueno ese libro cante o no imaginacion da a borbotones le auguro se vendera como rosquillas
Al final pudiste disfrutar algo las fallas, o no?  
Besos
luzdeluna Luz 26/03/2010 a las 21:03
 os recomiendo el libro con entusiasmo, además es cortito...Así que ánimo ...
¡Ay Luz! Las fallas, las vi en la tele... No fue la pierna ( aunque dudaba de mis correrías por Valencia, porque aún me duele), en este caso fue Juan, todas las fallas las ha pasado con un catarro tremendo... y nos quedamos en casita... abrazaditos, ejemmm... Un beso gigante

bueno me gusto peor no se cual escoger del de la alargada sombra del amor o el mecanismo del corazon la vdd no se cual lleer primero
kris kris 27/04/2011 a las 22:57

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