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Reseña Invisible, Paul Auster

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Bueno, los reyes me han traído algunos libros. Estoy muy contenta e intento no pensar en la inminente operación de rodilla. Ootra vez, otra vez la dichosa pierna haciendo de las suyas. ¡Qué nervios! Y encima el Concurso de Traslados a la vuelta de la esquina. Ya sé que es culpa mía, por no leer las bases como dios manda, pero se me olvidó un pequeño detalle: olvidé poner la clave y sin la clave no puedo acceder a las Adjudicaciones Telemáticas. Así que el lunes iré a hablar con “mis amigos”, a ver qué se puede hacer.

La primera novela que me leído ha sido Invisible de Paul Auster y reconozco que aunque en ocasiones el juego de voces narrativas, la metaliteratura implícita o las escenas subidas de tono entre  Adam y su hermana  ha erizado mi piel, al final me ha quedado un regusto frío, superficial, como si la historia contada no tuviese el gancho necesario para encandilarme. Sí que reconozco los méritos de Auster, que no son pocos: su forma de escribir hace que permanezcas en trance, que continúes la lectura con avidez y que paralices el tiempo, con la esperanza de la conmoción, que llega al final, cuando descubres la verdadera identidad de Rudolf Born, (el antagonista) gracias a las anotaciones de Céline Juin. Es un final notable, que te deja sin aliento, un final aceptable para un best-seller. Pero el mal está en la historia que no termina de atraparme, ya que nunca me siento identificada con los personajes ni siquiera me conmueven. 

La historia se fragua en torno a Adam Walker, un joven estudiante  muy atractivo, eterno aspirante a poeta, que conoce en una fiesta a una pareja inquietante: los franceses Rudolf Born y Margot, su acompañante, una mujer que le resulta muy atractiva y con la que terminará acostándose. Auster nos atrapa con el primer plato metaliterario, la curiosa concomitancia entre Rudolf Born y Bertrand de Born, el poeta que encontramos en el Infierno de Dante siguiendo a los sembradores de discordia y que aparece decapitado, llevando la cabeza en la mano. Una astuta argucia para que nos solidaricemos con el protagonista y sintamos su misma animadversión. Pero el  joven es inexperto e ingenuo, y como a nadie le amarga un dulce abre los ojos como platos cuando el profesor le propone la creación de una revista literaria. Ese altruismo soterrado, esconde gato encerrado y él lo sabe, aún así acepta. Pero Adam sabe que Born no es hombre de una integridad moral impoluta, en su fuero interno intuye la hecatombe y cuando está se produce (cuando Born apuñala al hombre que pretendía robarles), comprende su error y se echa atrás: rompe el cheque de dinero y lo denuncia a la policía.

Esta es la mancha que ensucia su nombre, porque a partir de ese momento, no puede sino sentir odio y rabia. Un desasosiego interno, que le hace sentirse culpable y le obsesiona. Una trama endeble, que no termina de engancharnos, aunque el autor salva la historia con dignidad. El juego de voces narrativas, el hecho de que sepamos que lo que hemos leído no lo ha escrito él sino su amigo, el  famoso  escritor James Freeman,  posible alter ego del propio Auster y al que él acude en el momento perentorio de su final, cuando sabe que su enfermedad ha cercenado su vida y necesita que alguien escriba con una voz distinta de la suya, la historia de sus errores, culpas y resentimientos. La narración cobra fuerza entonces y nos descubre a un Auster muy consciente de su estilo, de su capacidad para cortar la tabla rasa de los acontecimientos y distanciarla del lector, jugando con las voces, moviendo los hilos y distorsionando una verdad obstruida por la disparidad de voces que la narran. El que el narrador se acopie de diversas personas, incluso el tú narrativo, uno de los pronombres más incómodos, sirve al lector para que descubramos la gran capacidad de Auster para hacer literatura, su tremendo dominio de los procedimientos estilísticos, su capacidad para el juego literario.

 Y eso está muy bien y nos obliga a sentir admiración, a embaucarnos en los pasajes para encajar las piezas del puzle. Sentimos que la maraña de los recuerdos, lo vivido siempre puede alterarse o desintegrarse, que nunca podemos estar absolutamente seguros de que lo que hemos vivido sea del todo cierto, porque nuestra memoria puede gastarnos una mala pasada, porque uno ve la realidad desde un punto de vista, pero existen múltiples espejos, seres que nos rodean, personajes que surgen de la sombra y nos acusan o desentierran el hacha de guerra. Ellos no ven, no sienten o se conmueven con nuestros ojos, ellos pueden narrar nuestra historia con otros ojos distintos, hasta el extremo de hacernos sentir que la realidad es invisible, pues se deshace y rehace, puede inventarse o borrarse, incluso podemos sentir que todo lo que hemos creído es una gran mentira en la que hemos estado inmersos sin apenas darnos cuenta.

Lo cierto es que la novela tiene sus logros: como la escabrosa descripción de las relaciones sexuales que mantiene Walker con su hermana Gwyn, uno de los personajes que logran caernos simpáticos, pues sentimos su vitalismo hasta las entrañas. También conseguimos confraternizar con la pareja de madre e hija ( Hélêne y Célice) e incluso con Margot, personaje por el que Adam siente una atracción creíble, que el autor consigue mostrarnos en todos sus estadios, incluidas, por supuesto, sus relaciones sexuales. Auster maneja a la perfección todos esos procedimientos que habitualmente suelen hacernos paladear cada palabra, cada página y escrutar cada giro, con verdadero fervor, sintiendo el placer de la lectura obtusa, que obliga a la relectura. Aún así, y pese a los logros meritorios, la historia no ha conseguido esa complicidad con el lector. Digamos que la novela es casi perfecta, en cuanto a técnica narrativa, pero lo que falla es la historia, algo apática, pese al maremágnum de tiros, investigación detectivesca, escenas de sexo y metaliteratura.

 Aghata

Paul Auster

Invisible

Lo que recuerdo es lo siguiente. En cierto momento de la velada, me encontré solo en un rincón de la estancia. Estaba fumando un cigarrillo mientras observaba a la gente, decenas y decenas de jóvenes cuerpos apiñados en los confines de aquel espacio, oyendo la estruendosa mezcla de palabras y risas, preguntándome qué demonios hacia allí y pensando que tal vez era hora de marcharme. Había un cenicero sobre un radiador a mi izquierda, y al volverme para apagar el pitillo vi que, sujeto en la palma de la mano un desconocido, el receptáculo lleno de colillas se elevaba hacia mí. Sin que lo hubiera advertido dos personas acababan de sentarse en el radiador, un hombre y una mujer, ambos mayores que yo, y sin duda con más años que ninguno de los que se encontraban en la habitación: él, alrededor de los treinta y cinco, ella, veintinueve o treinta.

Hacían una extraña pareja, a mi modo de ver; Born con un arrugado traje blanco de lino, un tanto sucio, y una camisa blanca igualmente arrugada bajo la chaqueta, y la mujer ( que según resultó se llamaba Margot9 toda vestida de negro. Cuando le agradecí el cenicero, me dirigió un leve y cortés movimiento de cabeza y dijo Encantado con un ligerísimo acento extranjero. Francés o alemán, no sabía decir, pues su inglés era impecable. ¿Qué más observé en aquellos primeros momentos? Piel clara, descuidado cabello pelirrojo (más corto de lo que solía llevarse por entonces), facciones amplias y regulares, sin nada especialmente destacable ( un rostro corriente, en cierto modo, una cara que resultaría invisible entre cualquier multitud), y ojos castaños de mirada firme, los ojos perspicaces de alguien que no parecía tener miedo a nada. Ni delgado ni robusto, ni alto ni bajo, pero dando a pesar de ello cierta sensación de fuerza física, quizá debido al grosor de sus manos. En cuanto a Margot, permanecía quieta sin mover un músculo, mirando al vacío, como si la misión principal de su vida fuera la de parecer aburrida. Pero interesante, muy atractiva para mis veinte años, con su pelo negro, suéter negro de cuello vuelto, minifalda negra, botas de cuero negro, y espeso maquillaje oscuro en torno a sus grandes ojos verdes. No era una beldad, quizá, sino una representación de la belleza, como si encarnara algún ideal femenino de la época con su apariencia de estudiado estilo.

Born dijo que Margot y él estaban a punto de marcharse, pero entonces me vieron en el rincón, y como tenía aquel aire tan desdichado, decidieron acercarse para animarme un poco: sólo para asegurarse de que no me rebanaría el cuello antes de que acabara la noche. Me quedé  sin saber cómo interpretar aquella observación. ¿Estaba insultándome aquel hombre, me pregunté, o  intentaba realmente mostrarse amable con un muchacho desconocido que parecía perdido? En las palabras de Born había cierto tono de broma que desarmaba, pero en sus ojos brillaba una expresión fría y distante, y no pude evitar la sensación de que, por razones que se escapaban por completo, me estaba provocando, poniéndome a prueba.

Me encogí de hombros y dirigiéndole una tenue sonrisa, repuse: Lo crea o no, me estoy divirtiendo como nunca.

Entonces fue cuando se incorporó, me dio la mano y dijo su nombre. Tras mi pregunta sobre Bertran de Born, me presentó a Margot, que me sonrió en silencio y luego volvió a su tarea de mantener la mirada perdida.

A juzgar por su edad, me dijo Born, y considerando su conocimiento de oscuros poetas, yo diría que es usted estudiante. De literatura, sin duda. ¿En la Universidad de Nueva York o en Columbia?

Columbia.

Columbia, suspiró. Qué sitio tan lúgubre.

¿ Lo conoce?

Desde septiembre doy clases en la Facultad de Relaciones Internacionales. Como profesor visitante con contrato de un año. Afortunadamente, ya estamos en abril, y dentro de dos meses me volveré a parís.

Así que es francés.

Por circunstancias, inclinación y pasaporte. Pero soy suizo de nacimiento.

¿Suizo francés o alemán? Percibo en su voz algo de ambas cosas.

Born hizo un ruidito chasqueando la lengua y luego me miró fijamente a los ojos. Tiene buen oído, me contestó. En realidad soy las dos cosas: el producto híbrido de una madre germanohablante y un padre francófono. Me crié hablando indistintamente las dos lenguas.

Sin saber lo que decir a eso, me detuve un momento y luego le hice una pregunta inocua ¿ Y que enseña en nuestra deprimente universidad?

El desastre.

Es un tema bastante amplio, ¿no le parece?

Más en concreto, las calamidades del colonialismo francés. Doy un curso sobre la pérdida de Argelia y otro acerca de la retirada de Indochina.

La encantadora guerra que ustedes nos han legado.

No hay que subestimar la importancia de la guerra. Es la expresión más pura y vivida del espíritu humano.

Empieza usted a parecerse a nuestro poeta descabezado.

¿Ah?

Veo que no lo ha leído.

Ni una palabra. Sólo lo conozco por el pasaje de Dante.

De Born es un buen poeta, incluso puede que excelente, pero profundamente perturbador. Escribió poemas de amor encantadores y un conmovedor lamento a raíz de la muerte del príncipe Enrique, pero su verdadero tema, lo único que parecía interesarle con genuina pasión, era la guerra. Le producía auténtico deleite.

Entiendo, repuso Born , dirigiéndome una irónica sonrisa. Un hombre con el que me identifico.

Me refiero al placer de observar cómo los hombres se parten el cráneo unos a otros, de ver castillos envueltos en llamas, derrumbándose, de contemplar a los muertos con lanzas atravesadas en los costados. Todo muy sanguinario, créame, y De Born ni se estremece. La sola idea de un campo de batalle lo llena de felicidad.

Me parece que no tiene usted deseos de convertirse en soldado.

Ninguno. Prefiero ir a la cárcel antes que combatir en Vietnam.

Y suponiendo que se libre de la cárcel y el ejército ¿qué planes tiene?

Ninguno. Sólo seguir con lo que estoy haciendo y esperar que me salga bien.

¿Y qué es?

Escribir. El arte de emborronar un papel.

Eso pensaba. Cuando Margot lo vio al extremo de la habitación, me dijo: Fíjate en aquel chico de ojos tristes y aire pensativo: qué te apuestas a que es poeta. ¿Es usted poeta?

Escribo poemas, sí. Y también algunas críticas de libros en el Spectator.

El periodicucho universitario.

Todo el mundo tiene que empezar en alguna parte.

Interesante…

No tanto. Casi todos los tipos que conozco quieren ser escritores.

¿Por qué dice quieren? Si usted ya lo está haciendo, entonces no se trata del futuro. Ya ocurre en el presente.

Porque todavía es muy pronto para saber si se me da bien.

¿Le pagan por sus artículos?

Claro que no. Es una publicación de la universidad.

En cuanto le empiecen a pagar por su trabajo, sabrá que se le da bien.

Antes de que pudiera contestar, Born se volvió de pronto hacia Margot y anunció: Tenías razón, cariño. Tu jovencito es poeta.

Margot alzó los ojos hacia mí, y con una expresión indiferente, escrutadora, habló por primera, pronunciando las palabras con un acento más marcado que el de su compañero: una inconfundible cadencia francesa. Yo siempre acierto, afirmó. Ya deberías saberlo, Rudolf.

 

 

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Comentarios Reseña Invisible, Paul Auster

Es un hombre que me subyuga ... me atrapa ... tiene un gran magnetismo para mí.

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