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Reseña El castillo de los destinos cruzados, Italo Calvino

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Ítalo Calvino es uno de esos autores a los que les encanta proponer juegos, puzles creativos que   te siguen la pista mientras te adentras en su  universo narrativo y vas abriendo  brechas, trayectos disímiles de los forjados por el escritor, grabados por tu estilete.    Para soltar de la mano al lector y dejarle trasquilar en su historia, hay que ser un autor valiente, un mago, seguro de sus trucos, como es Calvino.  Pese a ello reconoce que cuando escribió El castillo de los destinos cruzados, muchas de las historias que susurraba su pluma se perdían en el bosque de lo desconocido, hasta exasperarle, pues en más de una ocasión, se halló ante un callejón sin salida,  aún así continuó adelante hasta que sintió que la historia ya estaba lo suficientemente exprimida, que no daba más de sí. En esta historia, la telaraña se puebla de tantos filamentos que las historias en ocasiones se tornan díscolas, se salen del sendero y entonces ¿qué se puede hacer?  Lo idóneo en encerrarlas bajo llave en la mazmorra de todas esas historias probables, pero que no nos sirven, que no  se amoldan a lo narrado.

El castillo de los destinos cruzados es un libro fascinante, sobre todo por el esfuerzo realizado, por el sincretismo implícito entre el mundo de la cartomancia y el territorio imprevisible de lo narrado. Calvino  sigue de cerca el estudio que realizó Paolo Fabbri quien presentó una ponencia  sobre “El relato de la cartomancia y el lenguaje de los emblemas”. Según esta propuesta se puede recrear historias distribuyendo la simbología de un mazo de cartas en un orden determinado, de manera que los personajes se amolden a sus características y ensamblen su historia atendiendo a las cartas que les preceden y siguen.  Los elementos pictográficos son este caso tan importantes, como la propia historia y de ahí la dificultad, el juego de destinos que se cruzan deben permitir al lector seguir una historia, más o menos coherente.

Para llevar a cabo este proyecto  tiene en cuenta las cartas del Tarot de Visconti y las del Tarot de Marsella. Recordemos que estas cartas presentan unos personajes con una simbología definida: la reina, la estrella, la papisa, el diablo, la torre. El que más y el menos conoce al menos hipotéticamente la simbología de estas cartas y sabe que la interpretación depende de cómo éstas se combinen.  Por otra parte Calvino difiere  a la hora de conformar el núcleo, la simbiosis de cada uno de los apartados del libro es diferente, lo que  es un logro, porque evita el monoteísmo. El que los narradores que aparecen en la taberna, no avancen en línea recta ni sigan un itinerario regular, adoptando así una perspectiva distinta a la que sigue en el castillo,  nos sirve para forjarnos una idea de las ilimitadas posibilidades narrativas que se nos ofrecen si somos capaces de entender a qué estamos jugando, que nueva travesura se le ha ocurrido a este genial autor.

También es eficaz cómo nos arrastra al juego, con qué maestría hace que sigamos al narrador a través del bosque, hasta conducirnos al  territorio mágico donde nos despoja de todo lo vivido. Parece que hemos penetrado en un sueño, donde ya no podemos identificarnos, parece que ahora somos otros, dispuestos al litigio.   Es en ese momento cuando uno de los personajes, concretamente el castellano, coloca la baraja de cartas boca arriba e inicia la partida.

 “ Uno de los comensales recogió las cartas dispersas, despojando buena parte de la mesa; pero no las juntó en una baraja ni las mezcló: cogió una y la echó. Todos advertimos la semejanza  entre su cara y la cara de la figura y nos pareció entender que con aquella carta quería decir <<yo>> y que se disponía a contar su historia”.

Todo es  tan extraño, los personajes han enmudecido, en esa tabla loca en la que nos jugamos el porvenir, al levantar una carta. Cada historia forjada se amolda a la carta lanzada al azar, de forma que los destinos se anulan y nacen otros que se fusionan, engarzando un collar nuevo, construido con cada una de esas identidades ficticias. El forastero, él último personaje que llega a la mesa, se convierte en el mago, el narrador que mueve los hilos, aunque nadie habla.

Todos los personajes sucumben al magnetismo de las cartas que succiona las historias y las coloca encima de la mesa. Puntos de vista disímiles, narradores que se unen en una baraja que parece dispuesta al azar, pero sin embargo, una vez comenzada la partida, cobra sentido, arrastra a cada uno de ellos a la aventura.

Otro de los logros es la omnipresencia de las referencias literarias  (Orlando furioso, Fausto, Hamlet, Persifal), personajes todos ellos que trasladan al territorio de la meta-ficción, donde la literatura asoma sin aspavientos, de forma nítida. Calvino transfiere las pinceladas de un lenguaje del que parece que nos despojamos hace mucho tiempo, consigue adiestrar la palabra para el equilibrio ficcional. El Medievo asoma, con toda la retahíla de supersticiones, caballeros, princesas, Infierno y Paraíso. El lector descubre que ese castillo o la taberna se aprestan al pavor, pues parece que el mundo se voltea y está al revés y el autor destila resonancias metafísicas y consigue que al final, nos sintamos como en casa.

Aghata

 

 

El castillo de los destinos cruzados

Historia del indeciso (Fragmento)

-Tengo sed.

Y el ángel en el trono:

-No tienes más que elegir de qué pozo quieres beber- y habrá señalado dos pozos iguales que se abren en la plaza desierta.

Basta mirar al joven para comprender que se siente otra vez perdido. Ahora la potencia coronada blande una balanza y una espada, atributos del ángel que desde lo alto de la constelación de Libra vela por las decisiones y los equilibrios. ¿Así que también en la Ciudad de Todo sólo  se es admitido a través de una elección y un rechazo, aceptando una parte  y renunciando al resto? Tanto le da irse como ha venido; pero al volver ve dos Reinas asomadas a dos balcones uno frente al otro, a los dos lados de la plaza. Y cree reconocer a las dos mujeres de su fracasada elección. Es como si estuvieran allí de guardia para no dejarlo salir de la ciudad, cada una de ellas empuñando una espada, una con la diestra, la otra –seguramente por simetría – con la siniestra. Aunque, si bien  no cabían dudas sobre la espada de una, la de la otra podía ser también una pluma de ganso, o un compás cerrado, o una flauta, o un abrecartas, y en ese caso las dos mujeres estaban indicando dos caminos diferentes que se abren  para quien aún tiene que encontrarse a sí mismo: la vía de las pasiones que es siempre una vía de hecho, agresiva, de cortes tajantes, y la vía de la sabiduría, que requiere pensar y aprender poco a poco.

Al disponer y señalar las cartas, las manos del joven se insinúan oscilaciones y ademanes irreflexivos, ya se retuercen lamentando cada carta que han jugado y que más valía reservar para otro juego, ya se abandonan en blandos gestos de indiferencia , dando a entender que todas las cartas y todas las posiciones son iguales, como las Copas, que repiten idénticas en la baraja, del mismo modo que en el mundo de lo uniforme objetos y destinos se despliegan delante de ti, intercambiables e inmutables, y el que cree que decide es un iluso.

¿Cómo explicar que para la sed que siente en el cuerpo no le basta ni este pozo no aquél? Lo que él quiere es la cisterna donde las aguas de todos los pozos y todos los ríos desembocan y se confunden, el mar representado en el arcano  de La estrella o de Las Estrellas, donde se celebran los orígenes acuáticos de la vida como triunfo de las mezclas y de las bendiciones de Dios que van a parar al mar. Una diosa desnuda toma dos jofainas que contienen quién sabe qué jugos pues tos al fresco para los sedientos ( alrededor están las dunas amarillas de un desierto quemado por el sol) y las vuelca para regar la orilla de guijarros y en ese instante los sasafrás brotan en medio del desierto y entre las gruesas hojas canta un mirlo, la vida es derroche de materias errabundas que se dispersan, el gran caldero del mar no hace sino repetir lo que sucede en las constelaciones que desde hace milenios sieguen machacando los átomos en los morteros de sus explosiones, visibles aún aquí en el cielo color leche.

Por el modo en que el joven  echa esta carta sobre la mesa es como si lo oyéramos gritar:

-¡El mar, lo que quiero es el mar!

-¡Y tendrás el mar!- la respuesta de la potencia astral no podía sino anunciar un cataclismo, la subida del nivel de los océanos hasta las ciudades abandonadas, para lamer las patas de los lobos refugiados en las alturas aullando a La Luna, mientras el ejército de los crustáceos avanza desde el fondo de los abismos a reconquistar el globo.

Un rayo que cae sobre la copa del árbol derribando todas las murallas y torres de la ciudad suspendido ilumina una visión aún más horripilante, para la cual nos prepara el joven describiendo la carta con gesto lento y ojos aterrados. El regio interlocutor, de pie sobre el trono real, está tan cambiado que ya no lo podemos reconocer. Detrás de los hombros no se abre un plumaje angélico sino dos alas de murciélago que oscurecen el cielo, los ojos imposibles se han vuelto estrábicos y torcidos, de la corona ha brotado una cornamenta, la cae descubriendo un cuerpo desnudo de hermafrodita, manos y pies se prolongan en garras.

-Pero ¿no eras un ángel?

-Soy el ángel que habita en el punto donde las líneas se bifurcan ¡El que remonta las cosas divididas me encuentra, el que baja al fondo de las contradicciones tropieza conmigo, el que vuelve  a mezclar lo separado recibe en la mejilla mi ala membranosa!

A sus pies han reaparecido los dos mellizos solares transformados en dos criaturas de rasgos a la vez humanos y bestiales, con cuernos, cola, plumas, patas, escamas, unidos al torvo personaje por dos largos filamentos o cordones umbilicales, y del mismo modo es probable que cada uno de ellos sostenga las traíllas de otros dos diablillos más pequeños que han quedado fuera del dibujo, y así de rama en rama se tiende una red de filamentos que el viento mece como una gran telaraña, entre un revolotear de alas negras de tamaño decreciente: lechuzas, búhos, upupas, falenas, abejorros, mosquitos.

¿El viento o las olas? Las líneas esbozadas en el fondo de las cartas podrían indicar que la gran marea está sumergiendo ya la copa del árbol y toda la vegetación se deshace en un ondular de algas y tentáculos. Así es como se cumple la elección del hombre que no elige: ahora sí que tiene el mar,  se hunde en él de cabeza, se mece entre los corales de los abismos, Ahorcado por los pies de los sargazos que flotan bajo la superficie opaca del océano, y arrastra los verdes cabellos de lechuga de mar barriendo los abruptos fondos. ( ¿Así que está es la carta en la que Madame Sosostris, vidente famosa pero de dudoso aparato teórico, al adivinar los destinos privados y generales del emérito funcionario de la Lloyds, reconoció a un marinero fenicio ahogado?)

Si lo único que quería era salir de la limitación individual, de las categorías, de los papeles, oír el trueno que retumba en las moléculas, el mezclarse de las sustancias primeras y últimas, éste es el camino que se le abre a través del arcano llamado El mundo. Venus coronada danza en el cielo de la vegetación, rodeada por las encarnaciones de Zeus multiforme, toda especie y todo individuo, toda la historia del género humano no son sino un eslabón en una cadena de evoluciones y evoluciones.

Sólo le falta llevar a su término la gran vuelta de la Rueda en la que se desenvuelve la vida animal y de la que no se puede decir cuál es el arriba y cuál es el abajo, o la vuelta aún más larga que pasa por la disolución, el descenso hasta el centro de la Tierra en la fusión de los elementos, la espera de los cataclismos que mezcla la baraja de tarot y saca a la luz los estratos sepultos, como en el arcano del terremoto final.

Temblor de la manos, encanecimiento precoz eran huellas bien superficiales de los sinsabores que había sufrido nuestro desventurado comensal. Aquella misma noche fue desmenuzado (Espadas) en sus elementos primeros, paso por los cráteres de los volcanes ( Copas) a través de todas las eras de la tierra, corrió el riesgo de quedar prisionero en la inmovilidad definitiva de los cristales ( Oros), volvió a la vida a través de la germinación lancinante del bosque (Bastos), hasta recobrar su propia e idéntica forma humana montado en el Caballo de Oros.

Pero ¿es él o más bien su sosia el que apenas restituido a sí mismo se vio avanzar por el bosque?

-¿Quién eres?

-Soy el hombre que debe casarse con la muchacha que tú no habrías elegido, que debía tomar el otro camino de la encrucijada, beber del otro pozo. Al no elegir, has impedido mi elección.

-¿Adónde vas?

-A una posada distinta de la que te encontrarás tú.

-¿Dónde volveré a verte?

-Colgado de una horca distinta de aquella en la que te habrás colgado tú. Adiós.

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Comentarios Reseña El castillo de los destinos cruzados, Italo Calvino

wow tienes un muy buen blog gracias por los comentarios en el mio bye cuidate
muy buen blog y gracias por comentar en el mio bye cuidate
Otro de mis favoritos ... nada fácil ... puede parecer intragable
... pero le adoro.
es una forma compleja y aun asi es su lectura interesante
es una forma compleja y aun asi es su lectura interesante

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