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Regalemos cuentos, por Navidad

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Os diré algo sobre la cuestión de las historias. No son únicamente un entretenimiento,

no os engañéis. Son todo lo que sabemos, daos cuenta, todo lo que sabemos para combatir

la enfermedad y la muerte.  Si no tenéis historias, no tenéis nada.

Leslie. M. Silko

 

 

Padre e hijo, Bamacharan Mitra

 

En este mundo egoísta nuestro, donde se arma tanto bullicio por el precio de un simple manojo de espinacas como por la enrevesada política internacional, donde la lucha por la supervivencia en la plaza de abasto es tan descarnada como la que se libra en las Naciones Unidas, aún quedan individuos que se toman la vida a chufla y sistemática se mofan de cualquier conflicto, competición despiadada o crisis. Si les amenazas con fustigarles por su absoluta indiferencia, te sueltan descarados: “¿Para qué malgastar tus fuerzas con un don nadie? ¿No te das cuenta de que no valgo un pimiento?”

El viejo Kanhu era uno más de esa tribu complaciente. Era un bendito para todo el que se le arrimara, sin importar la edad. Incluso los recién llegados a la oficina se hacían pronto de su camarilla, le gastaban bromas, le tomaban el pelo, le tiraban del pantalón o le colgaban un monigote en la espalda de la Kurta. Sereno, imperturbable, recogido, a Kanhu no le molestaban en absoluto las burlas. Era casi imposible tomarle ojeriza; no daba lugar a ello. Ya había dejado claro que no era su intención amenazar las perspectivas de promoción de sus compañeros, pues bien probada había quedado su absoluta ineficacia desde el más temprano inicio de su carrera. Cuarenta largos años de servicio y aún estaba en el mismo lugar donde había comenzado. Las críticas, las advertencias, el sueldo congelado y las amenazas de cese obraban poco cambio en él. Kanhu, el viejo granuja, era incorregible, y poco se podía hacer para mejorar su suerte. Tenía una familia tan pequeña que era apenas visible, pues había dejado atrás en el pueblo a su esposa en paradero casi desconocido: con un sueldo tan mísero, no era cuestión de traerla a la ciudad ni siquiera de paseo. Le habría encantado soltar al niño en el pueblo también, pero a éste se le había ocurrido estudiar. Y cuando consiguió aprobar, después de varios intentos, Kanhu comenzó a albergar esperanzas de que tarde o temprano seguiría sus pasos en la oficina.

Kanhu tenía por hábito, que cumplía con escrupulosa rigurosidad, llegar a la oficina con un abrigo negro de algodón abotonado, tan deshilachado y raído que ni los mendigos hubiesen aceptado la prenda de regalo, y con una capa maloliente y apolillada de color irreconocible echada sobre sus hombros.

De camino al trabajo se detenía a rezar unos diez minutos en cada una de las capillas con las que se topaba, las de los templos de barro y también las que suele ser habitual encontrar en una antigua ciudad como Cuttack bajo aleros y árboles. Y así no era raro que llegase a la oficina siempre después de las doce. El jefe se irritaba sobremanera y preguntaba por él cada cinco minutos. Jadeante y ranqueando, Khanu aparecía al fin, el dhoti, arremangado, arrastrando el paso. Con decisión se desplomaba en la silla y soltaba un profundo suspiro, sin reparar en la nota sobre la mesa. El mensaje, escrito en tinta roja por el supervisor, le recordaba a Khanu que se pasara a hablar con el jefe apenas llegara.

Lo que seguía a continuación era todo un ritual durante el cual Khanu fingía indiferencia y parecía pasárselo en grande. De vez en cuando, Dhanu, el bedel, le increpaba:

-“Khanu, el jefe ha enviado ya cuatro notas esta mañana. Ve a verlo, hombre. Ya tendrás tiempo de relajarte después.”Exhalando un enorme suspiro y a regañadientes, Kanhu escupía su tabaco a medio mascar, se alisaba las arrubas del abrigo y con paso lento y ceremonioso se dirigía a lo que él llamaba la cámara de las torturas. Hasta un cordero al que van a degollar habría mostrado más ánimo. De pie ante el jefe con la cabeza inclinada, los oídos cerrados y las manos cruzadas a la espalda, parecía haberse vuelto de piedra. Cuando la reprimenda llegaba a su fin, salía de la cámara de las torturas, feliz cual novia a punto de casarse, con una mueca impenetrable dibujada en su rostro. Entonces se iba directo a la sala de archivos, un cuarto lúgubre atestado de viejos informes del suelo al techo. Allí, una vez retirados los archivadores del estante inferior, había espacio suficiente para echarse a dormir una siesta. Una estera de junco, desgastada de tanto uso, y un hatillo de pliegos enrollados con un trozo de cuerda le servían de cama y almohada improvisadas para el momento. Con la excepción de unos cuantos, nadie sabía de la existencia de tal escondite. Si por casualidad el jefe le daba por buscar a Kanhu una segunda vez el mismo día, los colegas lo cubrían. El atormentado supervisor miraba encolerizadamente la silla vacía de Kanhu, mascullaba algo entre dientes, arrancaba una hoja del cuaderno atado a la pata de la mesa y garabateaba una nota. “¡Bedel”, gritaba a voz limpia, despertándonos del letargo al que nos abandonábamos en la sillas. “Sí, señor”, contestaba aquel sobresaltado. “Vete directo a darle esto al jefe”, ordenaba. Pero Danhu era amigo de Khanu –no sólo eran los dos del mismo pueblo sino que compartían el mismo cuchitril en las afueras de la ciudad- y por nada del mundo se le ocurriría traicionarlo. Daba entonces un rodeo y se pasaba por la sala de archivos antes de ir a ver al jefe. Khanu y Dhanu eran dos gotas de agua en muchas otras parcelas, también. Desde que llegaron a trabajar a la ciudad, nunca habían vivido con sus mujeres ni se habían tomado unas vacaciones lo bastante largas para que la visita mereciese la pena. El autobús costaba quince rupias, una cantidad desorbitada para sus míseros sueldos. Además – el permiso no era cosa fácil, y por ello bastaba un solo dedo para contar el número de veces que habían ido al pueblo.

Así era la vida de Khanu. Todo seguía su curso normal, sin variación alguna. Mientras tanto, los jefes iban y venía.

Un día el nuevo jefe, un joven lleno de vigor y energía, rebosante de ideas, intentaba razonar con Kanhu: “Mire, Khanu, su absoluta dejadez de funciones tendría sentido si estuviésemos bajo el yugo opresor extranjero. Tal vez entonces lo podríamos incluso ver como algo patriótico, como un gesto de protesta. Pero ahora ya no existe poder extranjero. Nuestro país es independiente. ¿O es que le cabe alguna duda? ¿No le parece que es una falta grave escurrir siempre el bulto?”

Como de costumbre, Khanu suspiró profundamente, el mentón apoyado en el pecho, los labios herméticamente sellados.

El jefe se irritó sin disimulo.

-¿Qué significa ese absurdo hábito suyo, Khanu? ¿Por qué no contesta cuando se le pregunta?- Con el lápiz comenzó a dar golpecitos en la mesa.

Khanu miró de soslayo, tímidamente.

-Señor- balbució-. Señor…

El jefe le echó una mirada de fuego.

-Señor –Khanu carraspeó y masculló algo-. Señor.

-Sí, continúe.

-Señor, cree que soy tonto, ¿no es cierto? Pero no soy lo que parezco, señor. Entiendo lo que me dice, señor. Pero, señor, perdóneme por decirlo, pero el problema que tengo, señor, es que no le pongo interés al trabajo, señor.

-¿Y por qué diantres le pasa eso?

-Señor, sé que es mi obligación trabajar. Y mucho, señor. El país se beneficiaría si arrimara el hombro. Pero, señor, écheme un vistazo, se lo ruego, señor. Mi vida se me escapa día a día. Pero ¿acaso he sido feliz? No. ¿He podido convivir estos años con mi esposa? No. ¿La he traído a la ciudad una semana? No. Ni un solo día lo he pasado con ella, señor…

El jefe guardó silencio. La conversación había tomado un giro imprevisto y algo embarazoso.

-De acuerdo- dijo-. Puede irse.

Khanu, como siempre, mostraba más desparpajo y entusiasmo en el momento de la despedida.

-A propósito- dijo el jefe-, ¿cuándo se jubila?

-Ese día no está muy lejos, señor. Pero usted puede adelantarlo, señor. Mi hijo ha solicitado un puesto en la oficina, señor. Si le concede mi puesto, podría dejarlo de inmediato, señor.

-¿De veras?

La reunión llegó a su fin y, mientras instintivamente sus pies lo conducían a su guarida, Khanu se alegraba de que al menos su jefe se hubiese molestado en hablar con él; otros se hubiesen dedicado a insultarle.

El día en que su hijo recibió la carta con el nombramiento, Khanu solicitó posponer su jubilación. El supervisor adjunto una nota venenosa: fue un error contratar a Khanu, en primer lugar; concederle años extra, un disparate total.

Cuando la solicitud le llegó al jefe, casi se cae de la silla y al instante llamó a Khanu. Como era de esperar, Khanu no estaba en su mesa. Temiendo que hubiese jaleo, Dhanu se apresuró hasta el escondite y despertó al que estaba ya traspuesto. Khanu refunfuño, escupió el betel, se lavó la cara con agua fría y de puntillas entró de nuevo en el despacho del venerado jefe. Allí, con la cabeza inclinada hacia el suelo, aguardó la arenga.

-¿Qué se trae entre manos?- preguntó el jefe con el ceño fruncido-. ¿A qué viene semejante petición?

Khanu se quedó callado.

-¿Cuál es el truco? ¿No me dijo que se jubilaría el día que a su hijo le dieran el contrato?

-Señor- dijo Khanu, después de un silencio que juzgó oportuno-, así lo veía entonces. Pero ahora he cambiado de parecer, señor.

-Ya viendo siendo hora de que se lo deje, Khanu. Cuarenta años de servicio es mucho tiempo para cualquiera. Olvide la prórroga y váyase a casa. Dedíquese a Dios y a los rezos. Búsquele una esposa a su hijo y así tendrá una nuera que le cuide. Vuelva al pueblo y disfrute lo que le quede de vida. ¿Para qué quiere seguir pegado a la oficina?

-No es una cuestión de quedarse en la oficina, señor. La verdad es que si me convierto en pensionista, en una semana me voy para el otro barrio. Señor, no puedo dejar la ciudad y volver así al pueblo. ¿Qué pinto yo allí, señor? No tengo ni un palmo de tierra en la que entretenerme. No sabría cómo pasar el tiempo ni dónde meterme, señor. Usted es mi jefe, señor. Le ruego encarecidamente que ilumine, señor, a éste su más sumiso sirviente, señor.

-Pero usted tiene esposa. Ella le hará compañía. La echaba de menos. ¿Por qué ahora…?

-Ahora es ahora, señor. Antes era antes. Hay un tiempo para todo, señor. ¿Para qué me vale una mujer ahora? Para decirle la verdad, señor, para mí es una extraña.

-Mmm.

-Me casé pero he vivido como un soltero toda mi vida, señor. A todos los efectos, señor. A veces dudo si tengo esposa. La mujer del pueblo es una total desconocida. Todo lo que tengo es su huella dactilar en el recibo del dinero que le mando cada mes. Incluso eso lo habrán falsificado una o dos veces. Sólo he estado en el pueblo en cinco ocasiones desde que me casé, y no he pasado ni una sola noche con ella. Señor, ya puede figurarse el contacto que he tenido con la esposa. El gobierno con su sabiduría no me ha permitido más.

Khanu estaba visiblemente alterado con la discusión. El jefe no vaciló en escribir una nota recomendando la prórroga.

Unos cuantos días más tarde, Khanu pidió con osadía ir a ver al jefe sin que éste lo mandara llamar. Con un temblor exagerado le entregó dos solicitudes de permiso y se quedó de pie mirándose los zapatos.

El jefe ojeó los papeles y esbozó una sonrisa.

-Se ha dado prisa, ¿eh? Apenas el chico ha llegado a la ciudad y ya lo casa. Bien, ¿quién es la afortunada?

-La hija de Danhu, señor.

-¿Danhu, nuestro bedel?

-Así es, señor. Somos del mismo pueblo.

-Muy bien. Pero tres días es lo máximo que le concedo. Aunque estemos en alerta roja por las inundaciones y nos exijan que contemos con todos los hombres para las operaciones de socorro, estoy dispuesto a hacer una excepción en su caso.

-Gracias, señor- farfulló Khanu, rebosante de felicidad-. Muy amable de su parte, señor.

Cualquiera hubiera rascado al menos un día más, con la excusa de que el matrimonio debía consumarse, pero al viejo Khanu no se le ocurrió pedir semejante cosa.

Tres días después de la boda, Khanu y su hijo regresaban a Cuttack, dejando a la recién desposada al cuidado de la suegra.

Pasó el tiempo. Un día, casi un año más tarde, Khanu recibió una carta. Era abuelo. El viejo saltó de la silla y se puso a contarle la buena nueva a todo el mundo y, claro, al jefe también. El jefe se le quedó mirando sin palabras. En privado solía bromear sobre los tres días de permiso para la boda, que Khanu había acatado sin rechistar.

-              Señor- Khanu imploró-, apelo a su generosidad para que me conceda dos días de permiso para que pueda ir al pueblo y festejar el buen auspicio que la carita de luna de nuestro retoño traerá a la familia.

-Vaya, por supuesto- masculló el jefe, sin apartar la vista de los papeles.

Khanu buscó a su hijo. El chico no estaba en su mesa.

-¿Lo has visto?- le preguntó a Dhanu.

-Mi yerno es clavadito a su padre- Dhanu soltó una carcajada-. Antes de que se ocurra retirarte a tu rinconcito, tu hijo te ha tomado la delantera y ya lleva un buen rato de cabezadita.

Se rieron de buenas ganas y marcharon a la sala de archivos.

-Despierta, hijo, despierta- Khanu le zarandeaba el hombro a Ajay-. Levántate nos vamos a casa.

-¿Qué pasa, padre?- Ajay, muerto de sueño, estaba desconcertado-. ¿Dejar la oficina antes de las cinco? ¿Qué le ha dado? ¿Por qué está tan excitado?

Khanu prácticamente lo sacó a rastras.

-Vamos, hijo. Te tengo preparada una sorpresa cuando llegues a casa.

De vuelta a casa hicieron algunas compras y llegaron al trote.

-Aquí hay azúcar- dijo Khanu-. Y ya sabes dónde está la lata de copos de arroz. Pégate un atracón y luego prepara las bolsas de viaje. Yo voy al mercado por tabaco de mascar para tu madre.

-¿A qué viene este jaleo, padre? ¿Por qué tanta prisa y esta urgencia por comprar? ¿Qué ocurre?

-Khanu sacó la carta del bolsillo.

-Léela. Pero no te entretengas y apaña la ropa. No tardaré mucho.

A toda pastilla se fue al mercado, compro tabaco, una camisa de color y algunos juguetes para el nieto. Cuando volvió a casa se encontró a Ajay sentado en la cama, tieso como un palo, ajeno al mundo, con lágrimas en los ojos.

-¿Qué te pasa, hijo?- Khanu no disimulaba su enfado-. El tren llega en treinta minutos y aún no has empezado a hacer la maleta. Por amor de Dios, ¿a qué viene este llanto?

- Padre, ¿cómo me puede decir que son buenas noticias?

-Y ¿por qué no iban a serlo?

-Le seré franco, padre. ¿Se acuerda de que sólo teníamos tres días para la boda? Tuve que despedirme de mi esposa antes de consumar el matrimonio. Sólo una vez la he visto desde entonces y en esa ocasión tenía el período. Dígame cómo podría ser yo el padre de ese niño.

Khanu  se sintió desorientado por un instante. De pronto una sonrisa angelical le iluminó el rostro.

-¿Es esa la mosca que te ha picado, hijo? Rama, Rama, venerado Rama. Hijo, ¿a qué vienen estos melindres? Escúchame, he visitado a tu madre no más de seis veces en toda mi vida, y capa vez que la veía le pasaba esto o aquello, ya sabes, y eso fue todo. Además, los funcionarios del gobierno que viven lejos de su hogar y sus esposas, como nosotros, no deberían hacer una montaña de un grano de arena. Ya sabes cómo era en los tiempos antiguos. Los grandes sabios no se preocupaban de quién había engendrado a su prole. Educar a un niño ya era dicha suficiente.

-Padre, ¿también yo…?- Ajay no daba crédito.

-Claro, también tú- Khanu sonrió-. Vamos, muévete, hijo. Perdemos el tren. Espero que esta vez no le dé por salir puntual. Anímate, hijo. Regálame una de tus sonrisas. ¿De quién si no eres tú? Si lo piensas, un padre biológico no es nada. Es el sentimiento paternal lo que cuenta. Eso es lo que importa, el sentimiento paternal. Me viene ahora a la mente mi amigo Kadam. Me lo encontré el otro día con un niño enfermo en los brazos; el pobre diablo corría como un caballo desbocado. Me quedé boquiabierto.

-Obrero listo- le increpé-. Vas y te casas y tienes un niño como un sol y no tienes ni tiempo para decir adiós a los amigos. ¡Habrase visto!

-No es mi niño- Kadam balbució.

-¿De quién es?

-No, quiero decir, sí. Es mío.

-No te entiendo, menudo galimatías.

-No es mío, ya sabes. Es de la mujer con la que vivo.

El tipo había perdido sin duda la sesera.

-¿Estás en tu sano juicio, Kadam?- le dije. Pero justo entonces me di cuenta de la verdad y bajé la cabeza en señal de admiración.

Khanu se detuvo. Ajay lo miraba fijamente.

-Hijo- prosiguió-. ¿Has leído el Mohamudgar del maestro Shankaracharya? ¿Quién es tu mujer y quién tu hijo? El mundo no es nada sino ilusión. Vamos, date prisa, si quieres coger el tren.

-Sí, padre- dijo Ajay, poniéndose en pie-. “El mundo es ilusión, una extraña ilusión”. Y extraños somos también los seres humanos. Dese prisa, padre, no podemos perder ese tren. Se me olvidó preguntarle: ¿qué le compró a mi niño?

Cuentos contemporáneos de la India. Voces de la Narrativa de Orissa

 

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Comentarios Regalemos cuentos, por Navidad

MI MADRE SIEMPRE ME CONTABA
RODOLFO EL RENO :D PERO PUES CON EL TIEMPO SE VAN PERDIENDO LOS CUENTOS CON LO QUE AHORA SON LAS PELICULAS ANIMADAS ESO LES ATRAE MAS A LOS NIÑOS DE AHORA PERO PARA MI ES MEJOR IMAGINAR :D MUCHOS SALUDOS AGHATA:D
Bonito relato amiga
Deseo que tengas una FELIZ NAVIDAD y un FELIZ AÑO NUEVO en compañia  de toda tu familia
besos
maggie

FELICITACION DE NAVIDAD
Lindo relato.
Besos

new_year_comments20.gif picture by zara_70

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