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Redacciones: Grupo integra

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Redacciones Integra


Iba por el bosque cuando empecé a sentirme vigilada. Giré la cabeza muy lentamente y vi a un humanoide, parecía un terrícola más, pero dudo que lo fuera. Se diferenciaba por el color de la piel y por el ojo que tenía de más en la frente. Aunque hacia ruidos y gestos muy raros y se desplazaba dando pequeños botes, lo que más impresionó fue su mirada escalofriante.


No podía pensar ya que el terror me tenía paralizada. Sin darme cuenta mis pies no me obedecían, corrían sin rumbo fijo y, cuando quise darme cuenta, ya estaba desorientada. Allí, en aquella cueva oscura, me sentí cautivada. Estaba inerte y deshidratada y mi mente no podía creerse lo que había visto.


Las preguntas se agolpaban pero no hallaban respuesta. Las horas se sucedían y yo cada vez me notaba más mareada, en tal estado de inconsciencia, que apenas podía moverme por el interior de la cueva.


No sé cómo pero conseguí salir de de aquel lugar, pero lo hice y a la mañana siguiente no daba crédito a la imagen que me devolvía el espejo. Todavía macilenta y horrorizada por lo que había visto, el miedo continuaba siendo una losa y notaba su presión continua. Era un miedo vigilante y terco, como los ojos e inexpresivos del humanoide que había visto.


Andrea Sansano.


El callejón


Corría el año 1995 en la ciudad de Londres. Como todos los días, el pequeño Estuard, un joven que vivía en uno de esos barrios mediocres y macilentos, estaba sentado cerca de la ventana. 


Como todos los días, el pequeño Estuard estaba sentado cerca de la ventana esperando que su padre llegase de trabajar. El padre era deshollinador, un trabajo duro y mal pagado, por eso cuando llegaba esperaba que su hijo cogiese toda esa ropa llena de manchas negras y las pusiese a remojo.


Mientras, su padre John corría las persiana que daban a un callejón oscuro donde la delincuencia había extendido sus garras marcando las cicatrices de sus habitantes, gentes de malvivir que se apretaban en cuchitriles malolientes.


Después de realizar todas esas tareas que se sabía de memoria y que lo exasperaban tanto, Stuard se vistió con el uniforme del colegio. No le gustaba asistir a clase porque otros chicos se burlaban de él. Lo que más les molestaba era su porte desgarbado, esa forma de caminar como si arrastrase su alma por el pasillo sin importarle los chismes, habladurías u otras maledicencias que se decían de él o su familia.


Alguien había dicho en alguna ocasión que su madre los había abandonado a él y a su padre y que nunca habían vuelto a verla. Esa parte de la historia era dolorosamente cierta pero había pasado tanto tiempo que si alguien la repetía en una cantinela monótona, a él no le producía ningún efecto, ni ira ni tristeza, nada.


El día se le hacía largo. Había tenido que soportar una y otra vez las hirientes palabras de sus compañeros y, aunque pasaba de respuestas fuera de tono, ya estaba harto; así que cuando al fin acabó el colegió, salió como el rayó, como si los demonios quisieran llevarse su alma.


Había comenzado a llover, Estuard aceleró el paso y no se paró hasta llegar a casa, pero ya a unas manzanas sintió una punzada, la corazonada de que algo no iba bien. Ni siquiera había cruzado aún la acera cuando lo vio. Vio el rostro del hombre de la cicatriz asomado a la ventana de su casa. Era una cicatriz dolorosamente familiar, una cicatriz que se hundía en sus recuerdos. En ese momento el hombre lo miró, no con esa mirada franca que nos miran las personas que nos importan, sino con una mirada taimada y dura, una mirada cortante como una navaja.


Estuard salió disparado. Entró en su casa como un rayo y se quedó frente a la chimenea. Allí no había nadie, aunque el juraría, como le diría a su padre, que había vuelto el asesino, aquel hombre perverso que les había arrebatado a su madre.


Matthew Hardy


Hola, soy un terrícola llamado Juan. Tengo 15 años y una vida muy complicada. En apariencia soy un ser normal, un humanoide corriente al que le pierden sus sentimientos, porque, la verdad es que en mi vida real y, aunque no os lo creáis, estoy enamorado.


Encerrado en este triste cautiverio intento pensar o reflexionar acerca de esa persona, la chica que me quita el sueño. Sólo puedo decir que cuando la veo me quedo de piedra y soy incapaz de expresar mis sentimientos, ni un gesto ni una mirada ni una palabra, me quedo inerte incapaz de moverme o decir nada.


Yo, la verdad, creo que ella también me ama pero ¿sabéis qué? Esa verdad ineludible, no me importa e incluso en ocasiones, en los momentos de tristeza pienso que no podremos estar juntos ya que somos polos opuestos. Ella es muy tímida y yo, excesivamente extrovertido, aunque ahora, al verme en esta situación, reconozco que me siento perdido, desorientado.


Cuando ella está cerca, mi piel se vuelve pálida y casi macilenta, intento sobreponerme y sentirme bien, aunque hay veces que no lo consigo. Sé que he sido un tirano porque siempre descargo mi fuerza física contra alguien y también sé que no debería hacerlo, debería dejarlo para mis sesiones de gimnasio, cuando descargo toda la fuerza física en el ring, algo que siempre me ha ayudado.


Mirad, yo pienso que tengo que lanzarme, dar el primer paso. No pierdo nada con intentarlo. Ella es un regalo gratificante para mí, la persona que me hace mejor. Cuando la tengo cerca y veo su bondad, me tranquilizo, ella es la calma después de la tempestad. Soy consciente de que si persevero al fin podremos estar juntos. No decaeré, moriría incluso en el fragor de la batalla del amor.


Juan Antonio Fernández


Estaba en el patio del instituto cuando, de repente, cayó algo en medio del patio. Casualmente yo bajaba en ese momento al baño y pude verlo. Se trataba de una especie de pequeña nave. Me aproximé al ver cómo la compuerta se abría. Un ser salió de allí y, ante mi sorpresa, dijo:


-Terrícola, vengo en son de paz.


Lo que más me divertía era que era un humanoide y no se parecía en nada a los seres horripilantes de los cómics de ciencia-ficción.


El hombrecillo me invitó amablemente a su nave. A pesar de su hospitalidad, yo sentí claustrofobia, como si alguien pretendiese mi cautiverio. No obstante y por miedo a las represalias, le seguí la corriente.


Miré a mi alrededor y entonces vi aquellos seres inertes, que no respiraban ni se movían. ¿Cómo explicar la sensación extraña que recorría todo mi cuerpo? La luz de la nave se reflejaba en la mirada huidiza del humanoide y proyectaba una imagen macilenta y apergaminada como si se tratase de un ser de muchos años atrás.


De sopetón y para mi sorpresa la nave se alzó y comprendí que el humanoide pretendía llevarme a su planeta. Como pudo me explicó qué estaba sucediendo. Había- dijo- un tirano que estaba masacrando a su gente. Esas palabras lanzadas al aire se fundieron con la oleada de gratitud de aquellos que acudían a saludarnos. Sus rostros mostraban una extraña gratitud, como si esperasen de mí, una salvación que yo era incapaz de ofrecer.


En ese momento se escuchó un ruido, un ruido inconfundible, que surgió del fondo de mi mente. Pronunciaba mi nombre… Erick…. Erick… Cuando me desperté, comprendí lo que había pasado. La profesora me miraba airada y expectante, como si esperase una respuesta, mientras yo alzaba los ojos incrédulo. Todo había un sueño, un sueño que tal vez y una vez fuese una premonición. No era la primera que me pasaba… Y entonces supe qué era lo que debía hacer.

Erick Rodríguez

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