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Redacciones. Grupo Integra.

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Una noche fría de otoño de 1992 en el condado de Illinois de los Estados Unidos de América, John Fitzgerald Kennedy, un chico humilde de un barrio de la periferia salió, como todos los días, a tender la ropa.


Estaba en la parte trasera de su jardín cuando escuchó un pequeño estruendo, como si la tierra se estremeciese. Parecía un avión y aterrizó justo allí, a unos pocos metros de su casa. Se aproximó con cautela y entonces se dio cuenta de que no era un avión sino un extraño objeto inerte que desprendía una luz fluorescente. Fitzgerald, asustado, corrió al cobertizo para coger la pala y, cuando estaba allí, lo oyó aproximarse. Tenía forma de humanoide, sin embargo, nunca antes había visto un ser igual.


Entonces, Fitzgerald le gritó: - ¡No te acerques más! ¡Vete! –. Sin embargo, aquellas palabras no lo detuvieron y aquella cosa seguía aproximándose. El joven cogió la pala e intentó arremeter contra él, pero no pudo porque un escudo invisible se lo impidió. Fitzgerald se quedó tan blanco del susto que parecía macilento. En ese momento aquella cosa habló con una voz inteligible y curiosamente bondadosa:


-Tranquilo, terrícola, vengo en son de paz. No quiero hacerte daño. Mi nave se ha quedado sin combustible. ¿Me podrías ayudar?


Fitzgerald contestó:
-Sí, menos mal que no me quieres hacer daño. Lo siento pero parecías un poco tirano.


Lo ayudó y él le contó que había huido del cautiverio que sufría su planeta que había sido conquistado por un extraño tirano que actuaba impunemente y de forma sinuosa como una serpiente. Su objetivo era apoderarse de su mundo, de forma que a él y a los otros habitantes no les había quedado más opción que la huída.


El humanoide se presentó. Su nombre era Götze. Tras su marcha a Fitzgerald le llegó un mensaje de agradecimiento. Lo escuchó vagamente en la pantalla de su ordenador:
-Muchas gracias, terrícola. Espero verte pronto.

Juan Sánchez.

Me desperté tumbado en una gran placa de hierro aquella mañana. Estaba muy fría y me molestaba ya que no llevaba camisa, así que no paraba de tiritar. Miré a mi alrededor y me di cuenta que estaba en una nave espacial. Era una nave gigante y de un color muy triste. En ese momento me dije “si esto es una nave espacial habrán marcianos”. Así que me levante para dirigirme a una habitación. Allí escuché lo que parecía una conversación.


-El terrícola estará buenísimo en nuestro caldero.


En ese mismo momento me entró el pánico y corrí hacia todos los lados, pero no llegué a ningún lugar, estaba exhausto y no sabía cómo escapar ni qué podía hacer. ¿Tendría que hablar con los marcianos? Intuí que no y cuando escuché sus pasos aproximándose, me escondí en el baño…


Entonces los vi, vi a todos aquellos niños en las jaulas. Estaban enfrente. Cuando salí de allí me di cuenta con tristeza que todos estaban muertos. En ese momento yo tenía en mis manos aquellas grandes palancas de color rojo, pero en primer lugar, creí que no funcionaban. Luego descubrí que no era así. Pensé que tal vez si dirigía los comandos podría llegar a mi planeta, pero entonces vi que las coordenadas que habían puesto eran las de Marte.


Cuando aterricé vi un planeta inerte, sin vida y me sentí solo. Cuando pasaron un par de días comenzaron a llegar paquetes, naves y recursos. Creo que a alguien le interesaba que sobreviviera. Así que pude hacerme mi casa y desde hace mucho tiempo vivo aquí, esperando. Ya he perdido la noción del tiempo y no sé qué espero ni a quién. Lo más inquietante es que sigo con vida.


Yensi Jiménez

Hace mucho tiempo en un bosque, que se hallaba en la montaña del Everest vieron un monstruo no humanoide. En apariencia parecía un humano, pero era mucho más grande ya que medía más de dos metros y medio de altura. Se trataba de un ser muy peludo, que tenía un pie enorme de, por lo menos, 64 centímetros de largo.


La noche de diciembre del año 1934 a las cuatro de la madrugada, un grupo de astrónomos, entre los que me encontraba yo, fuimos a estudiar las estrellas. Montamos su campamento tecnológico en una explanada situada en un punto elevado de la ciudad.


Después de prepararlo todo, nos fuimos a las tiendas de campaña con la intención de descansar pero, no había pasado ni una hora, cuando comenzamos a escuchar ruidos extraños. Era tal estruendo que parecía el torpe e incontrolable movimiento de un elefante. Tan fuertes eran los pasos y tanto ruido hacían que nosotros, en primer lugar, ni nos movimos, tal era el terror que sentíamos. Los pasos continuaban, se aproximaban hasta que, en un momento dado, algo arrancó la lona de un zarpazo.
Nada veíamos porque todo estaba muy oscuro. Después de gritar, salimos corriendo.

Entonces lo divisamos. Era muy alto y tenía unos colmillos enormes. Nos dirigimos hasta un árbol y nos subimos como pudimos a una de sus fuertes ramas. Allí pasamos la más extraña y horripilante noche de todas las que habíamos vivido hasta entonces.
Permanecimos en aquel lugar hasta que salió el sol y después regresamos al campamento. Todo había sido destruido, ya no quedaba nada.


Y nadie ha vuelto a pisar esa explanada desde entonces. La llaman la montaña del gigante. Los que sobrevivimos a la experiencia, agradecemos a Dios haber salido ilesos.


No sabemos qué fue lo que pasó o quién era aquel ser, pero, si alguno de nosotros siente curiosidad por averiguarlo, entonces le recordamos las pesadillas, los sueños que nos asaltan por la noche, cuando las estrellas dominan el firmamento.


Julián López.

Había una vez un terrícola humanoide que vivía cautivo en una tierra de fuego, con bichos inertes y asquerosos que daban mucho miedo y cuyo aspecto era macilento. Los humanos estaban aterrorizados. Unos se ayudaban a otros y en sus rostros se veía el reflejo de la gratitud y la perseverancia. Su única esperanza era una huída desesperada, aunque no sabían cuándo podría llevarse a cabo. Sin embargo, también había niños tiranos que tiraban bombas, con las que jugaban a diario y, en cuyos rostros, ya no quedaba vida. Macilentos y huraños, se despertaban cada mañana sin saber adónde ir o quiénes eran sus padres.

Yasmina

 

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