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Algunas redacciones

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Hamlet

La jirafa traviesa

Ginés es el conserje de una de las escuelas que hay cerca de mi casa. Un día cualquiera sucedió un hecho extraordinario: una jirafa atravesó la verja cuando el conserje la abrió de buena mañana y se coló en la escuela.

El pobre hombre que temía una reprimenda del director del centro, no hacía más que echarse las manos a la cabeza. ¡Cómo había podido colarse el animal dentro del recinto! Al principio pensó que sería una jirafa atleta que habría saltado la verja pero entonces se dio cuenta de que había sido culpa suya por haber abierto la verja antes de tiempo. Así que de él dependía que se pudiese atrapar al animal.

Ginés preparó una trampa para coger al animal. De todos era sabido que a las jirafas les chiflaba el potaje, así que cogió un cuenco con el guiso y una red y se quedó esperando que el animal cayera en la trampa.

El tiempo pasaba y el animal no aparecía, así que la hazaña parecía bastante improbable. Sin embargo, de repente, escuchó un chillido extraño. Con el corazón en un puño se dirigió hacia el lugar de donde procedía el ruido.  Allí pudo ver lo que pasaba. En cuanto vio lo que sucedía comenzó a reírse. Pobre señorita Pilar, parecía bastante asustada. La jirafa la perseguía, parecía dispuesta a cogerle una alhaja que brillaba en su cuello.

En un momento, el animal que estaba algo cojo, trastabilló al enganchársele la pata en la reja. El conserje y los niños se dirigieron con rapidez al lugar y ¡bum!, consiguieron atraparla. Así que Ginés llamó a su amigo el geógrafo para que le dijese si podía llevársela, pero él le dijo que ese  no era su cometido, que llamase al circo que casualmente había llegado a la ciudad esa mañana.

Algo afligido por el contratiempo, el pobre Ginés le exigió que le diese el número del circo. Llamaron al circo y vinieron en cinco minutos. El circo casualmente había perdido a la jirafa y la buscaba desesperadamente por lo que, primero les agradeció que se la devolviesen e incluso hizo algo más,  le hizo un regalo a Ginés. Le regaló un jersey. El jersey lo tejió una de las tejedoras que trabajaba en el circo, pero también permitieron participar a los críos del colegio: ellos tejieron el nombre de Ginés y le hicieron un dibujo muy chulo en una de las mangas, que representaba a una jirafa.

 

 

Marc Estruch

Había una vez un niño llamado Ginés. Su padre trabajaba de conserje en una industria dedicada a realizar peluches exclusivos y a la que los dueños llamaban con orgullo Potaje. Era un nombre extraño para los peluches, pero tenía una explicación: era la comida predilecta de su hijo, así que decidieron llamarla así.

Por aquella época Ginés tenía treces años y le exigió a su padre que le cogiera un peluche de una jirafa. Su madre era además una experta tejedora y, por ese motivo, cuando volvió el padre con el peluche, decidió coserle unas alhajas al vestidito que llevaba la jirafa. Eran unas alhajas bastante caras. Costaban aproximadamente unos 150.000 euros, lo que era una barbaridad.

Ginés estaba bastante sorprendido con el valor de su peluche así que lo cogió orgulloso  y salió con él hacia el parque. Todo iba bien hasta que se le enganchó el peluche a la reja del parque y se le rompió el ojal del cuello, lo que provocó que se cayese una de las alhajas. La cogió del suelo y se dirigió algo afligido a casa. Tenía miedo de que su madre le riñera o le quitase el peluche.

Con un poco de miedo le contó a su madre lo que le había pasado. Su madre, como él se temía, le riño porque la joya se había roto y no tenía arreglo.  Entonces él cogió el peluche con rabia y decidió enterrarlo en la montañita que había detrás de su casa.

Ciento veintitrés años después, el geógrafo Robert Thompson halló el peluche. Dos días después lo vendió y se hizo rico. Con el dinero conseguido montó una tienda de antigüedades que continúa siendo famosa hoy. La historia de lo sucedido pasó de boca en boca, de familia en familia y aún hoy, los padres se la cuentan a sus nietos, cuando se reúnen alrededor del fuego las tardes que hay tormenta y no pueden salir con ellos al parque de las inmediaciones.

 

Alba Ferrer

Un día, mi hermano Ginés se levanto de la cama para ir al colegio. Nosotros vivíamos cerca del zoo. Por eso, al coger el autobús, vio a un geógrafo haciéndole fotos a las jirafas. Parecían bastante afligidas y a le dio bastante pena, porque era consciente de que estaban en una jaula, detrás de las rejas durante todo el día.

Cuando estábamos ya en el colegio, una amiga mías que se llamaba Sara me comentó que su abuela le había tejido una camiseta muy bonita. Después de hablar con ella, me fui a clase. Mientras me dirigía al aula, vi al conserje del colegio limpiando y entonces me di cuenta de que estaba cojo.

La verdad es que fue una mañana bastante aburrida, por lo que deseaba volver a casa y, para colmo, cuando regresé mi madre había hecho potaje de verduras para comer. Después vino mi amiga Sara a recogerme y estuvimos un rato por la calle. Estuvimos contándonos chismes hasta que, en un momento determinado, me encontré una alhaja bastante bonita.

Al día siguiente, mi madre le contó a mi abuela que se le había enganchado el suéter en un árbol y se le había roto el ojal. Por eso cuando llegó mi abuela a casa le tejió nuevamente el ojal que se había deshilachado. A mi pobre abuela, que ya no se ve bien, no le hizo mucha gracia y le dijo que tuviese más cuidado la próxima vez, porque ella ya no puede enhebrar bien las agujas.

Más tarde, mi abuela y yo nos fuimos a comprar. Cuando salíamos de la tienda, nos encontramos con el conserje. Ya caminaba mejor y yo me alegré bastante porque la verdad es que era bastante amable con nosotros y la mayoría lo apreciábamos.

Al día siguiente regresé al colegio y mi profesora me entregó el examen de Ciencias Naturales. Había sacado muy buena nota, de ahí que mamá, al enterarse, me felicitó por mi esfuerzo. Ella sabía que yo me esforzaba bastante. Entonces me dijo que si seguía esforzándome y trabajando duro, estaba convencida de que lo aprobaría todo.

Lo más importante, el esfuerzo mereció la pena, ya que me acompañó al zoo, una excursión que no realizaba desde que era pequeña.  Fue una tarde genial, de chicas. Además vino Sara. Una tarde estupenda que recordaría siempre con mucho cariño.

  

Claudia Gregori

Aquella mañana soleada mi hija se fue al colegio como cualquier otro día de la semana. Yo era consciente de que para ella era un día especial porque empezaba el último curso de primaria. Estaba todavía en Sexto.

Una vez en clase, entró el conserje del colegio, Ginés, que solía pasarse por las clases para averiguar quién había faltado.

Se trataba de un hombre bastante afable al que le gustaban los niños. Ellos se lo habían agradecido el día de su cumpleaños haciéndole un collage con dibujos de jirafas, que eran sus animales favoritos.

Por fin había llegado el profesor nuevo de geografía. Se trataba de un geógrafo con un currículum bastante impresionante, aunque, lo más importante, era que hacía reír a sus alumnos y, por eso, lo querían mucho.

Aunque el colegio era antiguo, habían vuelto a reconstruir las porterías y las canastas. Uno de los detalles que había tenido en cuenta eran las nuevas rejas. Eran más altas que las anteriores y eso evitaba que el balón saliese fuera, con el peligro que eso conllevaba.

A mi hija le daba pena su amigo que se había quedado cojo después del golpe que recibió en un accidente de coche. Lo veía cojear por las aulas y se quedaba mirándole la pierna, afligida.

A la vuelta del colegio, mi hija llegó a casa y me dijo que ese día en el comedor habían hecho un potaje riquísimo para comer. También me contó que se había caído en sin querer  y se había roto el ojal de la camisa. Yo le dije que no pasaba nada, que volvería a tejérselo con las agujas, aunque me costase un poco. No obstante, era importante que tuviese cuidado la próxima vez, no debía ser tan torpe… porque un día podía hacerse daño. Se lo dije riéndose pero se lo tomó un poco a pecho y me puso mala cara. No era culpa suya, siempre tenía cuidado pero, a veces, los niños eran unos bestias, corrían por el patio sin mirar a quien envestían y claro, en más de una ocasión, le había tocado a ella.

A la mañana siguiente, mi amiga Noemí perdió una de sus alhajas más apreciada. Era una joya que le había regalado su abuela antes de fallecer y la guardaba con muchísimo cariño. La chica estaba bastante triste y afligida, así que las demás intentamos ayudarla y comenzamos a buscar por todas partes.

Al final dimos con ella, habían pasado casi dos horas intensas, de hecho la buscamos también por la clase y al final la vimos en uno de los servicios. Estaba algo mojada pero intacta. En cuanto la recuperamos, le cambió el humor a nuestra amiga y nos abrazó, agradecida.

Lo más curioso es que se lo habían tomado como un juego de misterio y se lo pasaron genial. Cuando regresó a casa, me habló de todo lo que habían hecho, había sido una mañana misteriosa, aunque divertida y bastante provechosa. Todas habían hecho buenas migas y pese a la reprimenda de algún profesor cascarrabias, el día había sido muy divertido.

Borja, 1º B.

El pasado domingo yo y mi familia fuimos a ver los animales del zoo. Mientras mi padre compraba las entradas, yo, mi madre y mi hermano, recogimos los folletos que indicaban dónde se hallaban los animales y en qué hábitat diferente.

Mi padre compró las entradas y regresó a nuestro lado. Iba acompañado de un antiguo amigo, que curiosamente era el conserje. El hombre nos explicó qué clase de animales había en el zoo y lo que comían. Lo que me pareció más gracioso fue saber que a las jirafas les daban un potaje, como el que podría hacer mi propia abuela.

Una vez nos hubo explicado todo lo que debíamos saber, nos dirigimos hacia el interior del parte. En cuanto entré, sentí cierta lástima por todos esos pobres animales que estaban encerrados entre rejas. A muchos de ellos se les exigía además que participasen en espectáculos, lo que seguramente los agotaría.

Pasado un tiempo, nos aproximamos a una de las hamburgueserías que había por allí. Poco a poco el local fue llenándose de tanta gente que, cuando acabé de comer, apenas podía moverme.

Terminada la comida, nos acercamos a las inmediaciones de los animales marinos. Queríamos ver el espectáculo con calma. Allí mi padre se encontró con otro de sus amigos. En este caso, el geógrafo Ginés. Ginés era alto y rubio y llevaba unos mocasines negros bastante grandes y desproporcionados. Él fue quien nos acompaño a ver los animales el resto del día. Nos contó algunas curiosidades, aunque a mí personalmente la idea de que se utilizasen los dientes de tiburón para hacer alhajas no me gustó nada.

De todas formas, lo pasamos bastante bien, sobre todo porque estuvimos toda la familia unida, ya que mis padres habían hecho un esfuerzo para poder pasar todo el día junto a nosotros.

 

Tan solo en dos días  María Petrosyan

Era una mañana muy especial para mí ya que íbamos a visitar a muchos animales. En cuanto llegamos, comenzamos el recorrido. El animal que más me gustaba era una jirafa muy bonita pero que andaba coja. Quise tocarla pero una reja nos separaba.

Regresamos a casa y allí me encontré con mi abuela que estaba tejiendo una blusa para mi padre, que se llama Ginés y era geógrafo. Su trabajo había influido en su vida, él era feliz porque adoraba su trabajo.

Al día siguiente y antes de ir al trabajo, papá me acompañó al instituto. Subía a clase cuando vi al conserje y me dijo que había encontrado la agenda de una compañera. Nos pusimos a buscar de quién era, cuando un profesor se aproximó a nosotros y nos exigió que dejásemos la agenda en objetos perdidos y que nos fuéramos a lo nuestro.

Al entrar a clase me di cuenta de que tenía un nuevo profesor. Vestía muy elegante, con unos ojales bastante estrambóticos. Este profesor se llamaba Raúl y me caía muy bien. Pero no era el único, había también una profesora que llevaba unas alhajas de pendientes.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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