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Redacciones 2º C

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¡Por Dios, que si él lo hace, también nosotros!
Era un día normal, tranquilo; un sábado como otro cualquiera. Me levanté sobre las 11. 00, cogí el patín y me fui al skate park con unos amigos. Estuvimos toda la tarde practicando y, cuando llegó la tarde, mis amigos y mis amigas nos dirigimos a la casa de la montaña.
Era una casa situada en un paraje solitario y que estaba abandonada. Llegamos a las 7:00. Ya era de noche y nos habíamos puesto a jugar a %u201Cverdad y atrevimiento%u201D. Estuvimos jugando hasta las 20:30 y, cuando terminamos de jugar, bajamos al sótano. De pronto, la puerta se cerró y por más que intentamos abrirla, no podíamos.
Al principio pensábamos que era Pablo porque no había bajado, pero resultó que él también estaba allí, agazapado detrás de las chicas. Así que intentamos mantener la calma, sin embargo, la tensión se apoderó de algunos de nosotros que comenzaron a gritar.
Intentamos llamar por teléfono pero ya dije que allí no había cobertura. También lo intentamos con el whatsapp pero la aplicación se había caído. Subimos las escaleras del sótano y con una silla que había allí le dimos varios golpes a la cerradura.
Tardamos unos diez minutos, pero al final la rompimos y salimos. Ya eran la 1.30 de la madrugada y nos quedaban unos dos kilómetros y medio entre las agrestes montañas si queríamos volver a cada.
El trayecto parecía interminable y, cuando al fin lo conseguí, me tumbé en la cama. Y pensé:
¡Por Dios que sí yo lo he conseguido, también ellos! Nos habíamos separado, pero tenía la esperanza de que todos hubieran llegado sanos y salvos a su casa.
En ese momento me quedé mirando hacía el techo y una nota macabra escrita en sangre que ponía: ¡Estás muerto!
Al día siguiente, yo estaba muerto. No fui el único. Sesenta y seis días después todos los compañeros aparecieron muertos. Unos muertos, otros ahorcados y dos de ellos exánimes en el río del pueblo viejo. La mayoría del pueblo se había marchado, asolada por un terror inexplicable y extraño. Nadie quedó allí, la soledad fue la única compañera de las montañas agrestes, la compañera de los ríos y las casas deshabitadas.
Fidel, 2º C

 

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