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Algunas redacciones de 1ºESO: Andrea

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En un mundo de color rosa: “Las memorias de Sophie”. Andrea

Las bombas caían del suelo causando un espantoso ruido, mientras la gente corría de un lado a otro sin rumbo fijo y asustada. Una niña lloraba desconsoladamente. Buscaba con la mirada a sus padres entre los escombros y el polvo de las bombas. Mis ojos no podían creer lo que estaba ocurriendo en aquel caótico infierno, así que derramaban abundantes lágrimas, lágrimas desconsoladas que parecían marcadas por cada grito de desesperación que se oía y que era como un puñal que se clavaba en mi corazón. Yo no había vivido una guerra. Siempre había creído que vivía en un mundo de color rosa donde todo el mundo se quería, respetaba y cuidaba. ¡Qué equivocada he estado siempre!

Mi familia y yo vivíamos desde siempre en una granja situada a las afueras de París. Allí disfrutábamos criando cerdos u ovejas, o paseando en nuestros caballos. Nos rodeaba la naturaleza y afortunadamente nos abastecíamos de lo que producía la tierra. La casa era de madera y piedras y la recubría un manto de enredaderas. Por dentro, era muy acogedora. Las ventanas eran lo bastante grandes para dejar entrar los rayos del sol y calentar nuestro humilde hogar. Mi madre siempre tenía la chimenea encendida y nos preparaba buenos potajes. Solo disponíamos de dos habitaciones, una para mis padres y otra para mi hermana pequeña y yo. No era una casa muy grande, pero éramos felices.

Mi madre era una persona fuerte y con temperamento. Tenía la tez pálida y unos ojos tristones, como si la vida le hubiese dado muchos golpes y ella se mantuviese firme. Sus ropas eran sencillas y, aunque trabajaba en el campo, las lavaba a conciencia y cuando estaba en el hogar siempre iba muy limpia. Lo cierto es que su piel desprendía un olor que a mí me encantaba. Por otra parte, mi padre era un hombre valiente, trabajador. Al contrario que mamá, su tez estaba siempre roja, era una tonalidad sanguínea fruto de las largas horas en el campo. Era una persona alta, delgada y de aire muy alegre. En cuanto a mi hermanita, pues qué os voy a contar. Era feliz, vivía en su mundo de felicidad.  Adoraba sus ojos azules y su pelo largo y negro como el azabache. Sus mejillas sonrosadas daban un aire de frescura y ternura. Solo tenía un vestido para los domingos, pero se lo ponía muy orgullosa porque decía que una princesa tenía que ir siempre arreglada.

Mis principales distracciones se limitaban a ayudar a mis padres en las tareas de la granja, dibujar en mis tiempos libres, algo que me encantaba y, sobre todo, escaparme con mi amigo y vecino, David. David era judía, su familia y la mía habían sido siempre muy amigas y nos ayudábamos los unos a los otros. Nos pasábamos largas horas jugando en el bosque e inventándonos mundos imaginarios.

Mi amigo tenía el pelo negro y muy corto, era de tez morena y siempre iba con una sonrisa resplandeciente por delante. Sus dientes eran tan blancos que parecían perlas y por eso le llamaba “El chico de las perlas”, mientras él se reía al oírme decírselo.

Sin embargo toda aquella felicidad se truncó, llegaba el tiempo de la oscuridad.

Una tarde, mientras David y yo jugábamos en el bosque como cualquier otro día, empezamos a oír pasos y ruidos de automóviles. Nos asustamos bastante y el chico me dijo, susurrando:

-Sophie, agáchate y no hagas ningún ruido. En cuanto hayan pasado, nos levantaremos y nos iremos corriendo a casa, a ver qué sucede.

Yo le contesté con voz temerosa:

-David, ¿qué pasa? Me estás asustando. Solo son pasos y vehículos.

-No lo sé, pero hay algo que no va bien- murmuró, inquieto, David.

Nos dirigimos hacia nuestras casas. Corríamos con furia, aunque lo hacíamos con tal sigilo, que nuestras piernas parecían no tocar el suelo. La verdad es que teníamos bastante miedo. Llegamos jadeando y entonces vimos a aquellos soldados alemanes apuntando con sus fusiles a nuestros padres y hermanos. Pero, ¿qué estaba pasando? ¿por qué los apuntaban?   Las piernas me temblaban tanto que pensaba que me iba a caer y mi corazón palpitaba tan fuerte que incluso me costaba respirar. A partir de ese momento, todo sucedió muy rápido.    Mi padre gritó:

-Sophie, David, corred, corred, no os detengáis y, sobre todo, no miréis atrás.

Huíamos a campo través. A lo lejos se oía el desagradable ruido de los fusiles. Sus estallidos hicieron que se nos helase a la sangre. Estaban matando a nuestras familias, no podía ser otra cosa. Aquello parecía una pesadilla y ambos rezábamos para que alguien nos despertase, pese a que no parábamos de correr.

La noche oscura cayó sobre nosotros y, sin apenas darnos cuenta, llegamos a un pequeño pueblo y nos escondimos en un granero. Al día siguiente, el dueño del granero nos preguntó qué hacíamos escondidos debajo del heno y por qué nuestros rostros estaban tan aterrorizados.

-Hola, señor. Somos Sophie y David. Los soldados alemanes han asesinado a nuestras familias y nos hemos escapado. Llegamos anoche exhaustos de tanto correr. Por favor, señor. No grité, solo queremos descansar un poco y retomar nuestro camino.

-Tranquilos, chicos. Venid conmigo a mi casa y estaréis atendidos por mi mujer. Os daremos alimento, ropa limpias y una buena cama para descansar y mañana veremos qué sucede.

-Muchas gracias, señor por su hospitalidad. No queremos crearle problemas, creo que dentro de poco ustedes también recibirán la visita de esos soldados- exclamó David.

-Muchachos, por ahora estáis aquí con nosotros y vamos a ayudaros- respondió el dueño del granero.

Estuvimos viviendo con esa familia hasta el final de la guerra. Como no tenían hijos, nos trataban como si nosotros lo fuésemos. Una vez terminada la guerra, ya éramos más mayores. Era hora de que retomásemos nuestro camino. Llegamos a Paris y nos dimos cuenta de los estragos y las huellas que había dejado la guerra, a pesar de eso la gente seguía con sus anodinas vidas.

David estudió Periodismo y eso hizo que nuestros destinos se separaran. Pero un día recibí una carta suya.

“Querida Sophie:

Nuestros caminos se han separado, pero nunca te he olvidado.  Estos años han sido muy duros, he estudiado mucho y he perdido mucho tiempo de mi vida y parte de mi juventud, pero lo he logrado. Ahora ya soy un periodista profesional y además he conocido a una chica francesa muy guapa, llamada Charlotte. Ambos coincidimos en nuestras clases y nos hemos enamorado locamente. Si te escribo esta carta, es para anunciarte nuestro compromiso. Nos casamos y estamos orgullosos de poder invitarte a nuestro enlace que será el próximo 14 de agosto. Tenemos mucho de qué hablar…

Atentamente, David y Charlote. “

Aquella carta me llenó de alegría, aunque, al mismo tiempo me dejó perpleja. Y fui a esa boda. David no había cambiado mucho. Seguía siendo aquel “niño de las perlas”, aunque ahora había crecido y se había convertido en todo un hombre. Charlotte, por su parte, procedía de una familia acomodada y me gustó mucho. Supe que era una mujer valiente y decidida por lo que me propuso ese día.

-Sophie, estoy encantada por fin de verte. David me ha hablado muy bien de ti y la verdad es que tenía muchas ganas de conocerte. Tenía razón, eres una mujer muy bella y agradable. Espero que este evento sea el principio de una gran amistad entre las dos y me gustaría que participaras en un proyecto que tenemos entre manos, David y yo. Él me ha contado lo que vivisteis siendo niños y todo lo que habéis sufrido. Es el momento de vengarse. Estamos investigando a criminales de guerra y, por tanto, queremos encontrar a los asesinos de vuestras familias.

-¡Nos sigas!- exclamé-. Una luz se encendió en mi cabeza y de nuevo el corazón comenzó a latir desesperado como había ocurrido aquel día. Tenía que marcharme a Alemania y seducir a un  antiguo soldado alemán, ellos me darían toda la información para que pudiese hacer bien mi trabajo. Se suponía que yo era una periodista que investigaba la vida de los soldados alemanes después de la guerra.

Partí desde Marsella, donde tengo mi hogar, rumbo a Alemania. Estaba algo triste, pero decidida, pese a que no sabía lo que me iba a encontrar allí, además era la primera vez que dejaba Francia. Las dudas crecían en mi cabeza y el miedo era como una pelota que corría delante de mí.

Al día siguiente de mi llegada, me presenté en mi sitio de trabajo y el plan se puso en marcha. Una noche, los dueños del periódico donde yo trabajaba, me invitaron a una fiesta en la que se entregaba los premios periodísticos del año y así fue como conocía a Dominik, que había sido sargento durante la guerra. Era un joven alto y por supuesto rubio, de ojos azules y de tez muy blanca. Nos presentaron y conectamos enseguida. Él siempre se estaba riendo y yo, la verdad sea dicha, me sentía muy a gusto a su lado, aunque era consciente de que no debía enamorarme de él. Los días pasaron y él comenzó a cortejarme. Yo accedí poco a poco a sus halagos y comenzamos una relación. Con el tiempo fui sacando información sobre su vida durante la guerra. Me contó que había sido sargento y que estuvo destinado en París. Él se encargaba de mandar soldados a las aldeas en busca de judíos. Yo enmudecí al oír sus palabras, intentando retener mis lágrimas; pero, no pude evitarlo, y una lágrima recorrió su mejilla. Me confesó que no estaba orgulloso de lo que había hecho y que después de la guerra tuvo pesadillas a consecuencia de la maldita guerra. Decía que no todos los alemanes eran así y que estaba arrepentido. No pude evitarlo y me enamoré de él.

Una semana más tarde tenía una lista con el nombre de los soldados que  habían ido a las aldeas, así que me cité con David y Charlotte para entregársela. No obstante, sólo pudieron encontrar a dos soldados, porque los demás habían muerto durante la guerra. Pero, en parte, se hizo justicia.

Volví a Alemania y fui a ver a Dominik. Una noche me invitó a cenar a su casa. Allí lo encontré, estaba llorando como un niño desesperado. Me dijo que no era feliz y que no podía seguir viviendo, porque las pesadillas eran cada vez más habituales, estaban en su cabeza y él se estaba volviendo loco. Sacó una pistola del bolsillo de detrás del pantalón  y me pidió que acabase con su vida. Con manos temblorosas, cogí el arma. La sujeté y apunté a la sien, mientras una lágrima recorría mi mejilla. Entonces cerré los ojos con fuerza y disparé. Y supe que por fin mis padres y mi hermana descansarían en paz.

Andrea.

 

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