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Rebecca, Daphae du Maurier.

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Rebecca, Daphae du Maurier.

Justifica que nos encontramos ante un texto literario. Subraya aquellos elementos del lenguaje literario que así lo indiquen.

El fragmento es un texto descriptivo. ¿De qué tipo de descripción hablamos?

Fíjate en la selección del punto de vista. ¿Cómo ha ordenado el narrador los elementos: de lo general a lo concreto, de lo más lejano a lo más cercano, siguiendo un recorrido o camino, empezando por lo más importante. Justifica tu respuesta.

Señala algunos recursos lingüísticos de la descripción: verbos en pasado, abundancia de sustantivos y adjetivos (estilo nominal), presencia de adverbios.

Explica el significado de las palabras subrayadas en el texto:

 

Anoche soñé que volvía a Manderley. Me encontraba ante la verja del parque, pero durante unos momentos no podía entrar. La puerta estaba cerrada con cadena y candado. Llamé en sueños al guarda, pero nadie me contestó y cuando miré detenidamente a través de los barrotes mohosos de la verja, vi que la caseta estaba abandonada. No salía humo de la chimenea y las ventanucas y sus celosías bostezaban en su abandono. Entonces, como todos los que sueñan, me sentí de repente dotada de una fuerza sobrenatural y atravesé como un espíritu la barrera que me detenía.

El camino serpenteaba ante mí, retorcido y tortuoso como siempre, pero según avanzaba, noté que había cambiado; ahora era estrecho y estaba descuidado, no como yo lo había conocido. Al principio me extrañó y no lo comprendía; pero cuando tuve que bajar la cabeza para no tropezar con una rama que cruzaba el camino me di cuenta de lo ocurrido. La naturaleza había reconquistado lo que una vez fue suyo y, poquito a poco, con sus métodos arteros e insidiosos, había invadido el camino, extendiendo por él sus dedos largos y tenaces.

El bosque, siempre amenazador, incluso en tiempos pasados, había triunfado al fin. Oscuro y salvaje, llegaba hasta los bordes del camino. Las hayas, de tronco blanco y desnudo, se inclinaban las unas hacia las otras y entrelazaban sus ramas en un extraño abrazo, formando sobre mi cabeza una bóveda como la de la nave de una iglesia. (…)

El camino me pareció más largo que antes. Evidentemente, los kilómetros se habían multiplicado, como lo hicieron los árboles, y este camino únicamente conducía a un laberinto, a una espesura impenetrable, y no a la casa. Pero, de repente, esta apareció ante mí. La avenida que conducía hasta la puerta estaba borrada por el desmesurado crecimiento de matojos exuberantes que se extendían por todas partes. Me detuve, con el corazón latiéndome con fuerza en el pecho, mientras sentía en los ojos la extraña punzada de las lágrimas. ¡Allí estaba Manderley!¡ Nuestro Manderley!, reservado y silencioso, como siempre.

Daphne du Maurier, Rebecca, Galaxia Gutemberg.

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