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Ponte en la piel de otro: Deber de vacaciones.

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Un día diferente


Aitor era un niño al que le encantaban hacer gamberradas. Siempre andaba robando cualquier cosa que estaba a su alcance y cuando fuera mayor quería ser delincuente. A pesar de todo eso, llevaba una vida dentro de la normalidad.


Pero una mañana de sábado al despertarse todo cambió, pues, al lavarse la cara, se dio un buen susto. ¡El rostro que reflejaba el espejo no era el suyo. Era el de un hombre que tenía pinta de haber matado a alguien. Tenía el pelo negro y algo largo, unos ojos claros y penetrantes y, lo más sorprendente, una cicatriz que le atravesaba media faz.


Enseguida se tocó la cara y pudo comprobar que era real. ¿Qué le había pasado? Se volvió a secar la cara con la toalla, pero seguía siendo él otro.


-¡Aitor!- escuchó la voz de su madre- ¡El desayuno ya está!


Sus padres no debían verlo. Si lo vieran con esa cara se asustarían y lo confundirían con un intruso. Además, su voz había cambiado un poco y, como era bastante alto, resultaba fácil confundirlo con un adulto. Debía salir y hacer algo … ¡Rápido! Pero entonces se preguntó… ¿Debía ir al psicólogo? Se volvió a mirar al espejo. Aquello era tan real como él mismo y lo único que se le ocurría era ir al médico, sin embargo, ¿quién lo iba a creer?
Se vistió y salió de casa a escondidas. Llevaba algo de dinero y el carnet de identidad. Con él quizá pudiera demostrar que no era el hombre que mostraba su rostro.


Pero, mientras esperaba en la consulta, se dio cuenta de algo alarmante: en un cartel que había en uno de los pilares aparecía su cara, bueno, la cara del hombre en el que se había convertido esa mañana. Se acercó disimuladamente, muy disimuladamente al pilar para ver el cartel de cerca. ¡El hombre era un delincuente buscado por la policía, tenía la cara de un ladrón y su nombre era Diego, aunque lo llamaban “Toro”. Por suerte, no había mucha gente allí para verlo, aunque seguramente el médico había prestado atención al cartel.No podía seguir allí ni un minuto más o lo confundirían con el delincuente. Salió disparado. Deambularía por cualquier lugar y evitaría volver a casa. Tampoco tenía a sus amigos, ellos no lo reconocerían ni podían hacer nada. 

 

Mientras se debatía en un mar de confusión, se dio cuenta de que sin darse cuenta se había metido en uno de los peores barrios de la ciudad, aquel en el que se refugiaban truhanes, maleantes y algunos ladrones. <<¿Acaso ahora que tengo esta cara es mi destino venir aquí?>>


Después de caminar un rato, vio a tres hombres que también tenían pinta de haber matado a alguien, aproximarse lentamente hacia donde él estaba. << ¿Serían amigos de Diego o serían enemigos?>>- Pensó Aitor. Cuando se dio cuenta ya lo habían rodeado. Él ni se movió y, al fin, uno de ellos hablo:

-¡Vale Toro, he cumplido el trato.

Y le entregó una bolsa que, al parecer, llevaba bastante dinero.


-Pero, a la próxima… -dijo otro, haciendo el signo de cortarse el cuello con el dedo como si fuera un cuchillo.


Aitor se quedó paralizado con la bolsa en las manos sin decir nada, mientras los hombres se iban. Al parecer el verdadero Diego había hecho una apuesta o se había peleado con alguno de ellos.


Cuando abrió la bolsa se dio cuenta de que contenía un pastón. De pronto estaba eufórico y pensó aprovecharse del dinero. Le daba igual tener la cara tan horrenda y empezaba a sentirse cómodo con su nueva identidad de delincuente. Era tanta su alegría que en ese momento no pensó en su familia ni en sus amigos, en que ninguno lo reconocería.
Lo primero que iba a hacer era comprarse un videojuego, o mejor dicho, una consola. ¿Por qué no? Pero, mientras se dirigía a alguna tienda de juegos, divisó un coche-patrulla de la policía y recordó que tenía el rostro de un ladrón y que, por si no fuera poco, llevaba una bolsa sospechosa llena de pasta.


Puesto que no vio ningún lugar en el que pudiera esconderse, echó a correr. La policía tuvo que darse cuenta porque empezó a oír la sirena. En menos de un segundo, tenía a la pasma detrás. A Aitor le entró el pánico. Puede que tuviera el rostro de un delincuente, ¡pero no las musculosas piernas que debía tener Diego! Él no podía correr tanto como un adulto y la voz de la policía se escuchaba cada vez más próxima:

-¡Deténgase!


No hizo caso. Dio la vuelta a la esquina y, con la mayor celeridad, se metió en el primer lugar que vio: una cafetería. Por suerte el policía que lo perseguía no lo vio y por un momento se sintió a salvo. Lo primero que hizo fue ir a los lavabos. Al menos desde fuera no podían verlo y además aquella zona de la ciudad estaba llena de bares y tiendas, por lo que la policía no podía saber con certeza su paradero.


Pasó allí un rato y luego salió y comprobó que ya no quedaban policías en la calle. En ese momento recordó la bolsa de dinero. ¡No la llevaba! Se le debía haber caído por el camino. Salió disparado de la cafetería y buscó por la calle, pero era obvio que si se le había caído probablemente la policía la habría cogido.


Por lo visto ser delincuente tenía sus inconvenientes y además no se sentía tranquilo. Ya que estaba en una cafetería, pidió una fanta. Pensó que sería muy raro que alguien con esa pinta pidiera un refresco, pero no le apetecía otra cosa. Estuvo un rato calmándose y después salió del bar. Fue en ese momento cuando vio que sus padres le habían dejado varios mensajes en el móvil preguntando dónde estaba y que habían salido para buscarlo.

<<Estamos en la plaza San Gerónimo>>, era su último mensaje. Si sus padres no estaban en casa, él podía volver allí con tranquilidad. Luego, no sería buena idea contestar a sus mensajes. 

Mientras se dirigía a su casa iba mirando a todas partes, tenía miedo de que alguien lo confundiese con Diego. Al fin llegó y se metió en la cama. Se acurrucó entre las mantas y se durmió, con la esperanza de que acabase aquella pesadilla.


A la mañana siguiente, cuando se lavó la cara, ¡volvía a tener su rostro! ¡Volvía a ser Aitor! Tanto se alegró y tan mal lo había pasado que no le quedaron ganas de ser un delincuente, una experiencia que, sentida en su propia piel, le había resultado descorazonadora.


Laura Guerrero, 2º C

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