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Ponte en su lugar: Naim, 1º B

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Era un día normal. Me desperté y estaba sentado en una calle. Empecé a caminar, a pesar de que sentía que mi cuerpo estaba muy cansado y tenía un hambre tremenda. Miré en mis bolsillos para ver si tenía algo de dinero y poder comprarme algo, pero no llevaba nada.


Mientras iba por la calle, me di cuenta de que la gente me miraba mal y se alejaban de mí. De pronto, un hombre sin techo me saludó: “Hola, compañero”, dijo. Se sentó conmigo y me contó su vida. Me sentía muy cohibido, así que le dije que tenía prisa. Comprobé que sí que parecíamos compañeros, ya que estaba bastante sucio y llevaba la ropa rota y con manchas. Casualmente me encontré tres euros, por lo que me dirigí a la parada de la Marina. Cinco minutos después llegó el autobús. El conductor me miró con mala cara y no me paró. En ese momento sentí mucha rabia. ¿Por qué me estaba pasando todo esto a mí?- me preguntaba una y otra vez.


Entonces la vi, era mi madre. Me dirigí hacia ella con una sonrisa de oreja a oreja, pero ella… ¡Si no se aparta, llamaré a la policía!. Sin saber qué contestar, me quedé mirándola y, al ver el miedo de sus ojos, decidí largarme. Entré en un bar y pedí una botella de agua. El propietario muy amablemente me la ofreció y además se negó a cobrarme. Fue allí mismo, en el cristal del bar donde pude ver mi silueta reflejada. Era un vagabundo, sorprendentemente. Salí corriendo, mientras las lágrimas se deslizaban por mis mejillas.

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Poco después volví a ver a aquel hombre sin techo que me había saludado con anterioridad y le pregunté “cuánto tiempo llevo yo aquí”. Extrañado, él respondió “treinta años”. Yo no sabía si reír o llorar, pero, como me vio tan triste y necesitado, el buen hombre me dio su bocadillo y unas palmaditas en la espalda para que me tranquilizara. Me quedé mirándolo, sin saber qué responder.


No había pasado ni media hora cuando un grupo de chavales escupieron a mi compañero. Yo lo defendí, empujando a uno de ellos y ellos, como revancha, me dieron una paliza, la peor paliza que he recibido en mi vida.


Estaba levantando los brazos para evitar los golpes en la cara, cuando oí un sonido familiar. Era mi despertador. ¿No me había movido de la cama? ¿Había sido todo un mal sueño? Comprendí que era un chico muy afortunado, que se quejaba sin motivo. La vida en la calle de los sin techos esa sí que era una vida traicionera y dura. Nunca volvería a menospreciar todo lo que tenía y, a partir de ese día, si me encontraba con un “sin techo” les regalaría, al menos, mi mejor sonrisa.

Naim, 1º B

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