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Poema del Mío Cid

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Cantar de Mío Cid

Englobado dentro del mester de juglaría, (oficio de juglaría). Los juglares se ganaban la vida recorriendo pueblos y castillos para divertir a la gente. Los poemas que recitaban a viva voz se conocen como cantares de gesta porque narran las gestas o hazañas de grandes héroes.  Pretenden entretener, informar y hacer propaganda de los valores de la nobleza: templanza, mesura, valentía, etc.

Se caracterizan porque el autor es anónimo, la métrica irregular y la rima asonante.

Utilizan fórmulas para captar la atención del que oye la historia: Escuchadme, que ahora viene lo interesantes. También aparecen fórmulas que se repiten a lo largo del poema para reconocer al héroe. Mío Cid es el Campeador (batallador), el que en buena hora ciño la espada).

Le falta la hoja del comienzo y dos hojas interiores. Se conserva en un manuscrito copiado en 1307 por  Per Abatt (Pedro Abad). En total conservamos unos 3730 versos. Pensemos en la dificultad que supondría recitarlo de memoria. No sabemos quién lo compuso. Hay quien lo atribuye a dos juglares, uno de San Esteban de Gormaz y otro de Medinaceli. Se supone que se compuso hacia 1140. Hay quien cree incluso que fue escrito por el propio Per Abatt.

La métrica es irregular (versos anisosilábicos) y se compone de series o tiradas, divididos en hemistiquios irregulares entre 10 y 20 sílabas. Cuenta la historia novelada del caballero Rodrigo Díaz que vivió entre 1040-1099).

El tema es la recuperación de la honra. Primero es desterrado y acusado por quedarse con parte de la recaudación de impuestos (en la adaptación se dice además que le estira de las barbas a su enemigo García Ordóñez: ¡El bastardo me ha mesado. Después en la tercera parte del cantar debe recuperarse la honra cometida contra sus hijas que son violadas y maltratadas por sus propios maridos en el robledal de Corpes.

Se divide en tres cantares:

Cantar del destierro: El Cid es desterrado a consecuencia de las envidias y las injurias.  El rey lo destierra  de Castilla y prohíbe que le den cobijo o alimento. Atraviesa Burgos, ciudad en la que nadie se atreve a hospedarlo, se separa de doña Jimena y de sus hijas a las que deja en el monasterio de San Pedro de Cerdeña y se dirige a tierra musulmana, donde consigue sus primeros triunfos. Durante todo el poema se repite la misma idea: Dios, qué buen vasallo, si tuviese buen señor.

Cantar de las bodas. El Cid conquista Valencia y se lo ofrece al rey, como gesto de reconciliación. Alfonso VI le corresponde casando a sus hijas, Elvira y Sol, con nobles castellanos, los infantes de Carrión. Al Cid no le gusta el matrimonio, pero lo acepta para no desairar al rey.

Cantar de la afrenta de Corpes: Los hombres del Cid se burlan de la cobardía de los infantes de Carrión y estos  deciden vengarse, afrentando a sus hijas en el robredal de Corpes.  El Cid, tras pedir justicia al rey, se venga y vuelve a casar a sus hijas con los infantes de Navarra y Aragón. El poema termina con la muerte del protagonista.

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