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Un pensamiento alegre. Artículo

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Un pensamiento alegre

                       

¿Os lo podéis creer?  Anoche no pude reñir a María. Cuando llegó del paseo, yo estaba preparada, con el gatillo de la recriminación apuntándola, dispuesta a leerle la cartilla. Pero cuando fui a disparar, se encasquilloy no pude. María tarareaba continuamente una canción, estaba tan ufana, se le notaba que había atrapado “un pensamiento alegre” y lo paladeaba, lo estiraba como un chicle en la boca.  Balbuceé unas pocas palabras airadas, pero el resto permanecieron ocultas, se negaron a salir.  Toda  esa ira dispuesta a dispararse se encogió y volvió a  la botella de los reproches, esa  que tenemos las madres, escondida y que de vez en cuando, destapamos para que salgan los pequeños liliputienses  y ajusten cuentas con nuestros hijos: el cuarto, los deberes, las  notas, la ropa, el móvil, las salidas… Pequeñas explosiones, que en más de una ocasión se vuelven en nuestra contra, pues no actuamos con el tacto suficiente al derramar esa ira explosiva, sin dar explicaciones.

Las madres  nos equivocamos, actuamos indebidamente, no nos explicamos y sólo esgrimimos la espada de los reproches. Lo sabemos, la mayoría de veces sabemos que ese no es el camino, aunque recaigamos una y otra vez en el mismo error; todas las veces que erre que te erre sentimos que no somos valoradas en nuestro esfuerzo o que nuestros hijos, se desentienden de sus obligaciones.  El problema es que siempre acabamos haciéndolo nosotras, sacándoles las castañas del fuego y por eso ellos se tumban a la bartola y no comprenden el problema: porque esa X es una incógnita que siempre despejamos nosotras, e incluso, si ellos lo hacen y no estamos de acuerdo, deshacemos la madeja y volvemos a hacerla, sin siquiera dar explicaciones.

¡Ay! Vamos por mal camino cuando actuamos así.  Si se equivocan,  deberían repetirlo. Nosotras lo hicimos,  en el pasado. En ocasiones rectificamos, mientras que otras, tropezamos y tropezamos una y otra vez.  Es lógico que no queramos que nuestros hijos se equivoquen, pero si lo hacen… son ellos los que deben subsanar sus errores, los que deben reaccionar. Si se lo damos todo hecho con nuestras propias manos, los estamos engañando, nos estamos tirando piedras en nuestro propio tejado..  Porque la vida cuesta, las oportunidades no llueven del cielo, los exámenes no se aprueban por arte de magia, los trabajos no los dan en la tómbola. Todo eso cuesta y más aún en esta vida donde todo es tan aleatorio, donde nunca debemos bajar la guardia.

Si nosotros hemos tenido que luchar, hemos sufrido y hemos buscado el camino, hasta con los ojos vendados, si pese a todo ello hemos logrado, sobrevivir y si ahora somos razonablemente felices en nuestro entorno cotidiano; entonces, lo lógico sería que borrásemos esa película protectora que hemos dibujado en la silueta de nuestros hijos y que les estimulásemos a realizar todos y cada uno de sus proyectos por ellos mismos. No podemos protegerlos eternamente, no podemos bañarlos en una comodidad ilusoria, ni podemos realizar sus sueños con nuestras manos, ni mucho menos lanzarles consignas para ellos las sigan de manera maquinal, simplemente porque se las hemos dicho nosotros.

 

Lo que si podemos es aconsejarles cuando ellos lo soliciten, tenderles la mano con la palma abierta, apoyarles en sus proyectos y exigirles que colaboren en las tareas cotidianas para que aprendan los valores de la convivencia.

Lo que si podemos es crear ese clima de confianza, para que  ellos en casa se sientan felices. Al fin y al cabo, ellos son el espejo en el que nosotros queremos vernos reflejados, queremos sentir en nuestras entrañas, todos y cada uno de sus “pensamientos alegres”.  

Aghata.

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