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Parálisis

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Parálisis

María estaba tan triste aquella mañana que cuando sonó el ring del despertador decidió no levantarse, no ir al dichoso examen. ¡A  la mierda, las notas!- se dijo. No iría. Le  daba muchas vueltas a la cabeza.  Recordaba el fin de semana, muchos fines de semanas atrás, junto a Iñaki, su novio, que ya no estaba.

No quería tragarse el amargo jarabe de las lamentaciones de los demás. Sabía que hasta la zorra de Miriam se le acercaría a darle el pésame. La ex de Iñaki, cruzándose con ella, compadeciéndose de su dolor, cuando dos días atrás la hubiera estrangulado con sus propias manos si hubiera podido. Total porque Iñaki la había preferido a ella y la había dejado seis meses atrás. Decía que ya no aguantaba sus manías ni esa fobia estúpida que tanto le molestaba: su pánico a la velocidad, con lo que a ellos les gustaba peinar el viento, mientras se les ponía la carne de gallina. Ella lo rodeaba por la cintura y ambos volaban, atravesando las curvas del chalet, en estampida. Una vez en la discoteca, a 30 Km de los chalets, ya no existía el viento, pero la piel se les seguía poniendo de gallina cuando se besaban. 

 Le mortificaba una idea en la cabeza: si Iñaki no hubiese salido con ella, tal vez seguiría vivo. Ella nunca le reprochaba que no se pusiera casco ni le prohibía fumar esa mierda; lo seguía, lo acompañaba sin protestar, sin negarle nada y por eso él –harto de las recriminaciones de las otras- la  había querido tanto. Se había encariñado de su no decir nada, de su ternura y no pensaba dejarla, ni por Miriam ni por ninguna otra.

Aquella noche  se había quedado en casa estudiando. Tenía exámenes, se la jugaba. Pasaba de la extremaunción de las recuperaciones. Sabía que si no aprobaba, se desinflaría y entonces, ni un ejército de valerianas, la ayudarían en la recuperación. Era preferible aguantar, ya saldrían cuando acabasen los exámenes.

 Recordó su última despedida, mientras su  foto quemaba en sus manos como un hierro candente.  Fue ella quien le abrochó la cremallera y le colocó la media que le tapaba hasta las orejas porque aquella noche hacía un frío de cojones. Confiaba tanto en él que su “ten cuidado” apenas se escuchó, fue silenciado por el estruendo del tubo de escape.  

A las tres de la mañana sonó el móvil. Era su amigo Raúl.

-¿María? Tengo que hablar contigo. Es urgente.

-Raúl, ¿qué pasa?- pregunté-. Oyó el delirio de sus lágrimas y supo que algo terrible le había pasado a Iñaki. Él intentó explicárselo, pero sus palabras se rompían en el dique de sus ojos aguados.  Iñaki  estaba bebido, cansado… No tenía la mente en la carretera, la echaba de menos. Decidió volverse a casa y en aquel estado tan lamentable. Su moto derrapó en la curva y…

Los gemidos se apoderaron de su habitación desbancando a libros, apuntes, fotos y le obligaron a salir de su estéril encierro. Era la misma habitación en la que habían tenido algún que otro escamoteo, aunque nunca lo habían consumado.  Ahora era definitivo. Se había salido con la suya: no lo consumarían nunca.

Su madre retiró las cortinas. Hija –dijo- Son las tantas ya. ¿No tienes exámenes? Se volvió furiosa por su intromisión. Allí estaba ella, descorriendo las cortinas, recordándole sus obligaciones. Nada tenía sentido. Se levantó y repitió el ritual de todos los días como un autómata, solo que a partir de ahora los  días tiritarían por la ausencia de  cariño.

 

Simplemente, no le apetecía seguir sin su compañía, pero debía ser fuerte. Él no le habría permitido que se encerrase en una burbuja. Se tragaría sus lágrimas, se tragaría hasta su orgullo cuando Miriam le diese el péseme. Después de todo, sus vidas habían sido marcadas por un idéntico estigma: las dos habían perdido a su ser más querido.

Cuando entró en el aula, todos los ojos se fijaron en ella. No se había maquillado y sus ojos se hundían en unas ojeras horribles, ni siquiera se había colocado unos vaqueros en condiciones. Lo único que quería era pasar el trago del examen y huir de allí, cuánta menos gente la viese, menos monsergas soportaría.  Decidió situarse al final, para pasar desapercibida, aunque eso era imposible pues hasta el profesor la miraba, consternado por su desgracia. Miriam ni se inmutó cuando ella pasó por su lado. Ella también tenía unas pronunciadas ojeras y estaba muy demacrada.

¡Maldita sea! El bolígrafo parecía el arma homicida.  Expulsaba nombres, fechas, acontecimientos a una velocidad vertiginosa, y ese triunfo ahondaba en la yaga, como una sanguijuela.

Al salir, sus compañeros le dejaron paso; únicamente un par… los que siempre habían querido ligar con ella, merodearon a su alrededor. A ella le parecieron tan patéticos; ella nunca sería el hueso quebradizo, que ellos roerían. Aunque la vida la arrodillase, nadie podría arrodillar su dignidad.

De pronto sintió un latigazo en la espina dorsal. Miriam se dirigía hacia ella. Un gran lazo negro ahogaba su pelo; esa era la única herida sangrante que mostraba su cuerpo.  Su corazón latía frenético. Todos se quedaron helados cuando, ante sus miradas expectantes, le giró la cara. Su bofetón soltó todo el despecho que había sentido después del abandono.  Ella comprendió su dolor, supo que  el corazón de Miriam se había detenido mucho antes del accidente y lo envidió; envidió su parálisis.

Mari Carmen Moreno

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Comentarios Parálisis

esta bonito triste mas la vida da su parte triste mas que alegre y interesante  me va como la cancion  y da tambien habla a tanto como dejamos atras en el viaje de la vida

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